Lectio Divina – Lunes II de Cuaresma

¿Cuál es la medida de Dios? La medida de Dios es la sin-medida

1.- Introducción.

Señor, vengo con alegría, con ilusión, con verdaderas ganas de estar un rato contigo y beber el agua limpia y fresca de tu evangelio. Sin esta posibilidad de estar contigo cada día, yo no podría vivir, ni actuar, ni dar testimonio de mi fe. Aquí, en las mismas fuentes de tu amor, yo me lleno cada día. Y descubro que después me fluye el amar a los demás, el perdonar, el servir. Esa facilidad para obrar el bien es fruto del Espíritu Santo. Gracias, Señor, por tu generosidad.

2.- Lectura reposada del Evangelio. Lucas 6, 36-38

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

En este evangelio se nos habla de “medidas”. La medida que Dios usa con nosotros ha de ser nuestra medida. ¿Y cuál es la medida de Dios? La medida de Dios es la sin-medida. Lo propio de Dios no es dar sino “rebosar”. En las bodas de Caná, las tinajas estaban “hasta rebosar” de un vino excelente. En el salmo 23 se habla de una copa “que rebosa”. En primavera la tierra se llena de miles y miles de flores, árboles, arbustos. Dios no tiene un espíritu tacaño sino derrochador. San Pablo, sintiéndose envuelto en la gracia del Señor, dirá que el Padre, al darnos a su Hijo, en Él nos dio todo. Por eso habla de “derroche” (Ef. 1,8).  Lo que Dios nos pide en este texto es que seamos también nosotros generosos en el amor, en el servicio y en la misericordia con nuestros hermanos. Si hemos recibido una medida grande, rebosante, por parte de Dios, no usemos nosotros con nuestros hermanos una medida pequeña tacaña, mezquina. “La misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos” (G.E.105).

Palabra del Papa

“En una época de emergencia educativa, en la que el relativismo pone en discusión la posibilidad misma de una educación entendida como introducción progresiva al conocimiento de la verdad, al sentido profundo de la realidad, por ello como introducción progresiva a la relación con la Verdad que es Dios, los cristianos están llamados a anunciar con vigor la posibilidad del encuentro entre el hombre de hoy y Jesucristo, en quien Dios se ha hecho tan cercano que se le puede ver y escuchar. En esta perspectiva, el sacramento de la Reconciliación, que parte de una mirada a la condición existencial propia y concreta, ayuda de modo singular a esa “apertura del corazón” que permite dirigir la mirada a Dios para que entre en la vida. La certeza de que él está cerca y en su misericordia espera al hombre, también al que está en pecado, para sanar sus enfermedades con la gracia del sacramento de la Reconciliación, es siempre una luz de esperanza para el mundo”. (Benedicto XVI, 9 de marzo de 2012).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto. (Guardo silencio)

5.-Propósito. Hoy voy a ser espléndido, generoso, magnánimo en el servicio a mis hermanos.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí por medio de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, te doy gracias porque ahora comprendo un poco más la locura de tu amor. Si las personas conociéramos un poco la hondura de tu amor misericordioso y nos lo creyéramos, saltaríamos de gozo, y lloraríamos de emoción. Dame la gracia de darme sin medida a los demás, de hacer de mi vida una donación a mis hermanos sin pedirles nada a cambio. Mi mejor recompensa será la de quedar envuelto definitivamente con ese manto de tu misericordia y tu ternura.

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Fue a buscar fruto, y no lo encontró

Una higuera estéril, una vida poco humana, un cristianismo sin seguimiento, una iglesia sin ocuparse del reino,… ¿para qué?

Sin darnos cuenta hemos cambiado los valores que sustentan nuestra vida, lo que nos hace humanos y crea fraternidad por intereses pequeños que nos hacen sentir bien e ir tirando, pero que desarrollan el individualismo y el tener más. No es lo mismo ser felices que estar cómodos; lo valioso no tiene por qué ser lo útil, ni lo bueno es lo que me gusta. Todo lo contrario, hemos entrado en una insatisfacción profunda: somos espectadores pasivos de la creación cuando debiéramos ser protagonistas con el amor y la generosidad que recrean.

La vida cristiana hace huella en los corazones. No es una práctica religiosa que tranquiliza y da razón a nuestras flojeras, alentando nuestras satisfacciones horizontales. No debe manejar la conversión como concepto abstracto, proponiéndolo para los demás sin creer mucho en ella. Tampoco es su expresión más justa, una cuaresma que tiene como fin más oración, ayunos y limosnas, olvidándose de Jesús y de los demás, pues se queda en un rasgarse las vestiduras pero dejar el corazón ileso.

Una iglesia que solo se dedica a conservar, a adornar el culto y mirar pasivamente y volver a proponer el pasado; que mira solo sobrevivir, resignarse y renunciar a la audacia de la creatividad; que quiere diseñar su futuro sin discernir, con un nerviosismo inútil por atarlo todo, se olvida de que somos iglesia de Jesús y que se trata de permanecer arraigados en Jesús, vivir nuestra adhesión a él, pues él es el causante de la vida de la iglesia, guiada por el Espíritu del Resucitado.

A Jesús le duele nuestro dolor, nuestra vida estéril

En tiempos del faraón de Egipto a nuestro Dios le dolía que le privaran de su pueblo, que el faraón se creyera su amo. El mismo pueblo le presentaba este dolor por no poder estar a su lado, a voces con  el corazón herido. Dios se solidarizó por medio de Moisés, su instrumento humano, que después de hacer todo una experiencia espiritual en torno a la zarza ardiendo: se acercó descalzo (sin ningún derecho y dignidad ante Dios), con los ojos tapados (para no morir, pero tener otra vida), visibilizó la liberación con el pueblo.

A nuestro tiempo, Pablo nos recuerda que hemos sido liberados. Que el camino por el desierto es de liberados, bautizados. Comemos y bebemos de la roca espiritual que es Cristo, aunque seguimos sin agradar a Dios, sin reconocernos salvados, que es nuestro mal e incluso acordándonos de Egipto. Siguen faltándonos la confianza en los valores creativos y constructores de felicidad.

He visto la opresión de mi pueblo, ….he oido sus quejas, …..me he fijado en su sufrimiento, …voy a bajar…

Tenemos un Dios que ve, oye, se fija, baja, …. Más humano y sensible, imposible. Cuantos “faraones”, como al pueblo de Israel nos oprimen y, no con trabajos forzados, que terminan por ser los menos importantes, sino quitándonos la libertad para poder dar culto al Dios que nos ha creado. Es la privación y el sufrimiento más grande del hombre: quedarse sin Dios, descentrarse en la creación. No menos cierto es que al lado de los “faraones”, nosotros también hipotecamos y vendemos la libertad, poniéndonos bajo paternalismos por comodidad, facilidad, confiar en seguridades, que terminan por pasarnos factura y anularnos por completo.

Cava, abona, nos da tiempo, contra toda sensatez, ¿Quién sabe si….?

Poco hacemos mandando las responsabilidades a los demás, exculpándonos y criticándonos. Si existe esterilidad, o respondemos con otros cimientos, otro abono, otras formas de partir y de concebir la vida o cundirá cada vez más el abandono y descrédito de nuestra vida. Cuando Jesús nos invita a la conversión para no perecer, nos está hablando de solidaridad, de compartir, de cuidar la vida, de curarla y mimarla. Nos está invitando a ser creyentes que es mucho más que ser religiosos. Nos está diciendo que no hay fe, ni evangelización sin evangelio.

Somos queridos a pesar de nuestra esterilidad. Pero sigue pasando y conoce nuestras opresiones e hipotecas, nuestros sufrimientos y situaciones complicadas, dándolas sentido para aceptarlas y soportarlas. Dios nos ha llamado a fructificar, aunque no sabemos cuando. Con una mirada limpia para ver la realidad sin prejuicios, poniéndonos del lado de las víctimas, siendo compasivos y manteniendo con tesón alternativas evangélicas a una sociedad y a una vivencia cristiana satisfecha, ya estamos dando fruto.

Jesús, nos cava y abona con su Palabra. Volvamos al evangelio, a su fuerza sanadora para fundarnos y arraigarnos en Cristo, para que nuestra vida no sea estéril.

Fr. Pedro Juan Alonso O.P.

Comentario – Lunes II de Cuaresma

Lc 6, 36-38

Ser bueno “sin medida”, como Dios

Sed misericordiosos…

Es una palabra intraducible que hoy corre el riesgo de ser mal comprendida. Que cada uno según su modo de ser se ejercite en encontrarle sinónimos.

— Compartid las penas de los demás…

— Sed indulgentes…

— Dejaos conmover…

— Excusad…

— Participad en las tribulaciones de vuestros hermanos…

— Olvidad las injurias…

— Sed sensibles…

— No guardéis rencor…

— Tened buen corazón…

Así como también vuestro Padre es misericordioso.

La moral cristiana, a menudo tan próxima a una simple moral humana, se caracteriza por el hecho de que es, habitualmente, una imitación de Dios.

San Juan dirá «Dios es amor», Lucas dice: «Dios es misericordia.» Jesús ha insistido a menudo sobre este punto. El mismo era una perfecta «imagen de Dios», que modelaba su comportamiento según el del Padre.

En mi oración, evoco las escenas en las que Jesús ha mostrado especialmente su misericordia…

¿Y yo? A menudo, por desgracia, no me asemejo ni al Padre, ni a Jesús. Desfiguro la imagen de Dios en mí. Doy una mala idea de ti, Señor, cada vez que falto al amor. Cada una de mis palabras duras, de mis acritudes, de mis malas intenciones… cada una de mis indiferencias a las preocupaciones de mis hermanos… ¡es lo contrario de Dios! Perdón, oh Padre, por deformar, a veces, el espejo que yo debería ser de ti.

Y me dejo captar por este pensamiento: Tú esperas, Señor, que yo me parezca a ti, que sea el representante de tu amor cerca de mis hermanos. Ser el corazón de Dios, ser la mano de Dios… ser «como si» estuviese Dios presente cerca de un tal… o un cual… Cada una de mis tareas humanas de hoy tiene un valor infinito, un peso de eternidad: es Dios mismo el que actúa en y por mí, en mis afectos.

¡Sed como Dios!

No juzguéis, y no seréis juzgados… No condenéis, y no seréis condenados… Perdonad, y seréis perdonados.
Dad, y se os dará…

Hay que dejarse interpelar e interrogar por estas frases.

Hay que escucharlas de la boca misma de Jesús, como si hubiéramos estado presentes en su auditorio cuando él las pronunciaba. ¿A propósito de qué detalles concretos de mi vida, de qué personas… Jesús me repite esto, a mí:

No juzgues a un tal… un cual…

No condenes a un tal… una cual…

Perdona a… a…

Da…

Y todo ello no es propio en primer lugar de la «Moral»: es hacer como Dios.

Jesús nos dice que Dios es así.

Una buena medida, llena, apretada, colmada.

Noel Quesson
Evangelios 1

Cada uno con su misión

SE NOS HA ENCOMENDADO UNA MISIÓN

Seguramente nos impresiona la responsabilidad que Moisés tenía sobre sus espaldas. Nada menos que Dios mismo le encomienda una misión: acaudillar a su pueblo para su liberación. Seguramente nos impresiona también la responsabilidad del pueblo judío, pueblo mesiánico, al que Dios le confió una misión histórica con respecto a la humanidad entera. Pues también cada uno de nosotros, nuestra familia, nuestra comunidad, hemos recibido una misión muy concreta y específica que nadie puede realizar por nosotros y que, si nosotros no realizamos, quedará eternamente sin realizar.

El R Congar insistía: «Es hora de que dejemos de pensar que sólo los grandes personajes de la historia han recibido una misión; todos estamos llamados a cumplir una tarea concreta en esa gran epopeya que es la historia de la salvación», en la que no hay «extras», personajes anónimos. Todos y cada uno de nosotros somos esa higuera de la que nos habla el pasaje evangélico de hoy. Un árbol que el Señor Jesús ha plantado en la esperanza de cosechar frutos para el Reino. Cada uno ha de dar fruto independientemente de si las otras higueras están cargadas o son puro follaje. Decimos que Dios nos ha confiado una misión, una tarea. Que no se trata simplemente de no hacer mal, de no hacer daño, de no tener pecado de comisión. Jesús maldijo la higuera que no tenía más que hojarasca. El hortelano está decidido a cortar el árbol, no porque tenga epidemia y pueda contagiar, sino sencillamente porque no da fruto. El amo castiga al siervo negligente que esconde en la tierra el talento que le había confiado. El juez eterno declarará excluido del banquete celestial no sólo a los que le han perjudicado en la persona del prójimo, sino a los que han pasado de largo ante el prójimo hundido y tendido (Mt 25,40).

Pecar es no dar fruto, frustrar los proyectos de Dios, negarse a realizar la tarea que el Señor nos ha encomendado en la construcción de la nueva humanidad. Cada uno tiene una misión. Cualquiera que no cumpla con su tarea entorpece la construcción de la «nueva ciudad»; y si hace mal su tarea contribuye a que sea defectuosa.

Raoul Follereau, el gran padrino de los leprosos, que consagró toda su vida, talento y dinero a erradicar la lepra, cuenta: «Tuve un sueño. Muerto, me presento ante Dios y le digo todo ufano: ‘Mira, mira mis manos limpias’… Dios me mira con infinita compasión y me dice en tono de reproche paternal, pero enérgico: ‘Sí, hijo mío, manos limpias, muy limpias… pero vacías’. Cuando me desperté, me puse a trabajar afanosamente». ¡Qué aleccionador! La conversión cuaresmal implica reavivar la conciencia de la propia responsabilidad y revisar la fidelidad a la misión que el Señor nos ha encomendado.

LA GRAVE RESPONSABILIDAD

En la construcción de la vivienda material es fácil percibir las consecuencias de cumplir o no, o cumplir mal, con la propia tarea. No ocurre lo mismo con respecto a la nueva ciudad, el Reino en plenitud. Toda vida es importante. Toda persona, puesta en las manos de Dios y dócil al Espíritu, puede hacer verdaderos milagros. Que a nadie se le ocurra decir: Yo ¿qué puedo hacer? Tengo tan pocas cualidades, mi vida tiene tan poca influencia… No puedo hacer otra cosa que las tareas de casa… Todas las personas y colectivos tenemos la posibilidad de realizar la misión más grande, la misión que nos hace semejantes a Dios, sus hijos; es la misión de amar y servir a los hermanos, aunque sea a través de pequeños gestos. Esto es lo más importante que puede hacer el ser humano. Y lo puede hacer hasta un tetrapléjico.

Si el ascua de una sola persona, por más humilde y sencilla que sea, es capaz de prender una hoguera gigantesca, ¡cuánto más un montón de ascuas que es la familia o un grupo cristiano! Recordemos aquellas comunidades paulinas compuestas por gente que procedían de los bajos fondos… Incontables millones de cristianos somos los herederos de su fe. Tenemos dormidas dentro de nosotros unas posibilidades insospechadas.

Pienso que nos ha de ayudar a sospechar de nosotros, de nuestras infidelidades (a mí, al menos, me ayudan) el conocer la contrición de muchas personas de vida llena. Me llena de confusión saber de Vicente de Paúl cómo en el lecho de muerte se lamentaba de no haber hecho más. «Has creado centros para ayudar a los pobres, le replica uno de los que le acompañan, has fundado congregaciones, has reformado al clero de Francia, te has prodigado sin reservarte nada para ti. ¿Qué querías, entonces, haber hecho?». Él contesta: «Más, Señor; quería haber hecho más…». Nos contaba un jesuita amigo que el padre Arrupe en los últimos años de su vida repetía contrito: «No he hecho nada, no he hecho nada…». Hace apenas unos días he escuchado a varios seglares amigos, cuya vida es pura entrega: «¡Cuánto hemos recibido de Dios y qué poco hacemos!».

En la parábola, el dueño de la higuera quiere arrancarla de inmediato porque no da fruto; a lo más que accede ante los ruegos del encargado es a darle un plazo. Esto no ocurre jamás con Dios. Él no se venga nunca. Pero debe aterrorizarnos el pensamiento de que «lo que yo no hiciere quedará eternamente sin hacer», habrá un agujero eterno en la historia de la salvación. Por lo demás, en la parábola se nos da a entender que la dejadez, el abandono, la falta de preocupación por

ser fieles a la misión encomendada, el negarse a dar fruto… puede llevarnos a una inimaginable mediocridad, a una vejez rastrera, amargada y amargadora, a una vida inútil.

 

TIEMPO DE REFLEXIÓN Y DE REVISIÓN

Todo esto nos invita a preguntarnos: ¿Qué se habrá frustrado o qué se estará frustrando, quizás, por no ser fieles a los sueños del Señor Jesús sobre nosotros, a la tarea que nos ha encomendado? Otro tanto habríamos de preguntarnos como familia, como comunidad cristiana, como grupo o movimiento eclesial: ¿Qué planes maravillosos hemos desbaratado, quizás, por nuestra mediocridad? Cuaresma es, justamente, tiempo para hacerse estas grandes preguntas: ¿Cuáles son los proyectos de Dios sobre mí como persona, sobre nosotros como familia y comunidad cristiana? ¿Cómo estoy y cómo estamos respondiendo? ¿Qué actitudes y acciones deberíamos emprender para cumplir «mi» o «nuestra» misión específica en la sociedad, en la familia, en la Iglesia?

La vida tiene demasiados retos grandiosos como para que la malgastemos. ¡Cuántas y qué grandes cosas podríamos lograr cada uno en particular y todos en conjunto! ¡Qué crimen tan horrible el de matar el tiempo cuando hay tantas cosas y tan importantes que hacer, ese tiempo que está llamado a ser amor, liberación, gracia!

Se palpa en nuestros días un gran esfuerzo por prolongar la vida humana, por lograr más cantidad de vida. No es esto lo más importante; lo más importante es la calidad de vida. Como se ha repetido tantas veces: «Lo importante no es llenar la vida de años, sino llenar los años de vida», de buenos frutos. Por eso pregonaba Jesús: «Aprovechemos para trabajar mientras es de día, porque llegará el momento en que no será posible» (Jn 12,35). Y Pablo exhortaba: «Mientras tenemos tiempo hagamos el bien» (Gá 6,10). Disraeli escribió: «La vida es demasiado breve para ser mezquina». San Antonio María Claret tenía como consigna: «No perderé ni un solo minuto. Viviré cada día, lo aprovecharé, como si fuera el último de mi vida». He aquí una buena consigna que nos sugiere hoy la Palabra de Dios.

Robert Badén Powell, ante su muerte inminente, deja como testamento a los scouts: «Siento la muerte cercana, pero me siento en paz; francamente he de decir que he sido feliz, porque no he buscado otra cosa que hacer felices a los demás. Procurad dejar el mundo mejor que lo encontrasteis; así viviréis felices y partiréis en paz».

Atilano Alaiz

Lc 13, 1-9 (Evangelio Domingo III de Cuaresma)

Vivir con sentido siempre

El evangelio de Lucas viene hoy a hacer una llamada a la fidelidad de ese Dios salvador de la historia, que se ha jugado todo su prestigio y toda su divinidad con el pueblo. Se narran dos episodios de acontecimientos que ocurrieron, muy probablemente en tiempos de Jesús: unos galileos que el Prefecto romano mandó masacrar mientras ofrecían un sacrificio. Algunos apuntan a la sospecha de tipo político que tenían que ver con el terrorismo zelote, pero no es fácilmente aceptable esta tesis. Sí es importante el dato de que ocurrió mientras ofrecían un sacrificio, un acto religioso. No sabemos a qué se refiere, aunque tenemos noticias de que Pilato (por Flavio Josefo especialmente), responsable directo de la crucifixión de Jesús, fue uno de los políticos más perversos y venales de la administración romana. El otro episodio es mucho más normal, un accidente de trabajo, de tantos como ocurren en la vida, en el trabajo  y ante los que uno se pregunta por qué.

¿Qué pueden significar estos episodios narrados por Lucas? ¿Tiene que ver algo Dios en estos? ¡Desde luego que no! Eso es lo primero que debemos inferir en la lectura del texto ¿Por qué, pues, son narrados? Pues sencillamente para poner de manifiesto que  Dios no es venal como Poncio Pilato y no tiene nada que ver con el accidente de la torre de Siloé del muro que rodeaba la ciudad de Jerusalén; esas cosas pasan en la vida. Eso nos descubre que somos lábiles y que no podemos vivir nuestra vida sin sentido. Todo el conjunto del evangelio de hoy va en esa dirección de una llamada a la conversión y a contar con Dios en nuestra vida. Jesús no ve en los samaritanos sacrificados, ni en los obreros de la torre maldad alguna para ser castigados por ello. No es el anuncio del Dios juez el que aquí aparece. Jesús habla de los “signos” de terror de la vida. Es una lectura realista de lo que ocurre y de lo que siempre ocurrirá, unas veces por la maldad humana y otras porque no podemos dominar la naturaleza. Pero ¿acaso esto no nos debe hacer pensar que debemos estar preparados siempre? ¿Para qué? No diríamos que para morir (aunque pueda parecer que ese es el sentido del texto), sino para vivir con dignidad, con sabiduría, con fe y esperanza. Y si llega la muerte, no nos ha de afanar con las manos vacías.

El tercer momento de la lectura evangélica se centra en una especie de parábola sobre la higuera plantada en una viña que, al cabo de tres años, no da fruto y se la quiere arrancar. La parábola de la higuera estéril es de la tradición (cf Mc 11, 12-14.20-26; Mt 21,18-22). Es curioso y original que Lucas se haya decidido por unirla a esos episodios anteriores. ¿Por qué? Para dar a entender que nuestra vida es como un tiempo que Dios permite (el dueño de la higuera) hasta el momento final de nuestra vida. Los Santos Padres entendieron que Jesús era el agricultor que pide al dueño un tiempo para ver si es posible que la higuera saque higos de sus entrañas. Sabemos que la higuera era símbolo de Israel en el AT, concretamente en los profetas. Por tanto resuena aquí, de alguna manera, la interpelación profética a la conversión. Nuestro evangelista le da mucha importancia en su obra al “hoy” y al “ahora” de la salvación. Por eso ese tiempo concedido a la higuera… es para un hoy y un ahora de salvación y de gracia.

Las conexiones de estos episodios se establecen en razón de la necesidad de estar siempre en actitud de responsabilidad y preparados para cambiar de vida, para arrepentirse; unas veces porque los hombres perversos aniquilan y otras porque ocurren catástrofes. Jesús, con sus palabras, exculpa a los que han sufrido la maldad de Pilato o la mala suerte del accidente, en el sentido de que no son responsables individualmente de lo que ha sucedido. Esto era importante entonces, donde todo se explicaba en razón de conexiones entre responsabilidad personal y castigo. No, los galileos o los trabajadores de la torre de Siloé no eran peor o más responsables que los que no les sucedió nada. Por el contrario, todos debemos estar siempre en actitud de conversión, porque Dios siempre ofrece oportunidades, como es el caso de la parábola de la higuera estéril. Siempre, con el Dios de la salvación, tenemos oportunidad de convertirnos y de buscar el bien.

Fray Miguel de Burgos Núñez

1Cor 10, 1-12 (2ª lectura Domingo III de Cuaresma)

El pasado se revive, se actualiza

Pablo, que había comenzado una polémica sobre la carne sacrificada a los ídolos (1Cor 8,1), comienza aquí (1Cor 10,1) un nuevo período de reflexión para llevar a sus últimas consecuencias cómo tienen que comportarse frente a la idolatría. Para ello se ha valido de un proceso exegético, que se llama midrash, una actualización de un texto del AT, en este caso la epopeya del éxodo; en realidad son varios textos los que Pablo comenta y actualiza (Ex 13,20-22; Ex 14,19; Sal 104,39). Entiende que todo aquello fue un “bautismo” para renacer como pueblo en la libertad que Dios le ofrecía. Pero no todos los vivieron así, sino que murmuraron contra Moisés y contra Dios. El desierto era duro, es verdad; pero la libertad siempre debe tener un precio.

Todo eso era un anticipo, un “tipos” para lo que ahora deben vivir los cristianos. Ahora Pablo intenta sacar las consecuencias parenéticas para la comunidad de Corinto que de nuevo, como el pueblo en desierto, no está lejos de ciertas actitudes idolátricas. La tipología es un ejemplo para que aprendamos, quiere decir Pablo, porque algunos pueden ir a banquetes paganos y comer de algo que se ha consagrado a los ídolos. Esta es una tentación constante en todos los procesos religiosos. Una lectura actual ya no podría referirse a un problema de carnes y participaciones en banquetes sagrados, sino en otros banquetes de poder y de gloria que pueden robar la identidad cristiana.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Ex 3, 1-15 (1ª lectura Domingo III de Cuaresma)

Yahvé, el Dios que da su nombre al hombre

La lectura de Éxodo nos introduce en uno de los momentos más significativos de la historia del pueblo de Israel: la revelación de Dios a Moisés, para que éste comunicara al pueblo su decisión y su proyecto liberador. Es un episodio determinativo de ese pueblo, que ha definido siempre su vida en razón de su fe en el Dios, Yahvé, que lo sacó de la esclavitud de Egipto y le dio una tierra para que pudiera vivir en libertad. También es un episodio que, en el conjunto de las experiencias religiosas de la humanidad, marca un hito decisivo y original. Este capítulo, pues, prepara la gran narración de la liberación de Egipto, que es el momento culminante de las relaciones de Dios, Yahvé, con Moisés y con su pueblo.

El Dios, Yahvé -nombre misterioso, que puede tener muchos significados-, no se revela para dar a conocer un nombre extraño e impenetrable, sino porque ha escuchado el clamor de un pueblo en esclavitud y quiere comprometerse con los pueblos que viven esa opresión. Egipto, entonces, era una potencia impresionante, y sus dioses, los más magníficos del mundo. Sabemos que en el trasfondo de esta narración, que corresponde a la llamada tradición elohista, se apunta a la magia de conocer el nombre de la divinidad, que en las religiones ancestrales tenía un significado especial; quien conocía el nombre de la divinidad lo atrapaba de alguna manera. Podíamos señalar que en nuestro texto el nombre de Yahvé (el famoso tetagramaton divino, compuesto de cuatro letras yhwh, impronunciable para los judíos) tiene una raíz verbal, es decir, dinámica. No es, pues, una definición. Pero en Dios quien dice su nombre, quien se revela, quien descubre el misterio. No es un Dios egoísta de su nombre o de su esencia, al menos aquí. Es un Dios que se da: es el que hace existir, el que crea, el que desvela el misterio… pero eso no significa que ese Dios pueda ser manipulado por el hombre a su antojo. Ahora lo dice para poder conducir a Moisés desde la zarza ardiendo hasta la esclavitud de Egipto para liberar.

Por tanto el Dios, Yahvé, es un Dios que se da nombre a sí mismo, no lo ha descubierto el hombre escrito en un templo (y eso que los especialistas piensan que podía ser un dios local de Madián). No es ahora el momento de explicar en sus pormenores el origen del yahvismo como religión. En realidad es el que hace venir a la existencia lo que no existe; es quien da libertad a quien no la tiene; es quien libera de la esclavitud; es un Dios que se compromete en la historia, con los hombres y con los pueblos de la historia. Esta es la fuerza de la lectura de este domingo de Cuaresma. En las narraciones de la liberación de Egipto, y una de ellas es nuestra lectura, Israel nos trasmite una teología bien determinada: la experiencia que su Dios, Yahvé, se manifiesta como un Dios que no solo salva de las amenazas de los enemigos, sino que también viene en ayuda de las cosas más elementales de la vida: libertad, pan, paz y justicia. Por eso Israel aprenderá en esta teología a identificar el “pan de la vida” con el “pan de la salvación”. Todo eso es lo que significa esta revelación de Yahvé a Moisés.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Comentario al evangelio – Lunes II de Cuaresma

La oración penitencial comunitaria de Daniel en la primera lectura nos prepara para escuchar el texto del evangelio: “Sed compasivos, como también vuestro Padre es compasivo”.  Pero, ¿quién se siente preparado para actuar como Dios actúa?

Y a continuación nos da como una especie de vocabulario básico para vivir en cristiano, algo así como las frases fundamentales para entenderte con la gente cuando viajas a un país extranjero: “No juzguéis, no condenéis, perdonad, dad…Dios os medirá con la misma medida con que vosotros midáis a los demás.”

Sólo quien tiene el corazón abierto a Dios y ha experimentado la compasión y el perdón en su vida, es capaz de actuar guiado por esos sentimientos.

Decíamos en el salmo de hoy: “Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados…, que tu compasión nos alcance pronto pues estamos agotados.”

En el Reino que Jesús inaugura, hay que ignorar las barreras creadas por afinidades y simpatías naturales. Se trata de adoptar el comportamiento misericordioso de Dios, para recrear una humanidad nueva. El amor del discípulo de Jesús siempre es entendido en el Nuevo Testamento no como un sentimiento, sino como una acción y una tarea, y debe alcanzar incluso a aquellos que no lo merecen: los enemigos, los que te odian, los que te golpean, los que te roban.

Ciudad Redonda

Meditación – Lunes II de Cuaresma

Hoy es lunes II de Cuaresma.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 6, 36-38):

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá». 

Hoy, el Evangelio de Lucas nos proclama un mensaje más denso que breve, ¡y eso que es muy breve! Lo podemos reducir a dos puntos: un encuadramiento de misericordia y un contenido de justicia.

En primer lugar, un encuadramiento de misericordia. En efecto, la consigna de Jesús sobresale como una norma y resplandece como un ambiente. Norma absoluta: si nuestro Padre del cielo es misericordioso, nosotros, como hijos suyos, también lo hemos de ser. Y el Padre, ¡es tan misericordioso! El versículo anterior afirma: «(…) y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y con los malos» (Lc 6,35).

En segundo lugar, un contenido de justicia. En efecto, nos encontramos ante una especie de “ley del talión” en las antípodas de (inversa a) la rechazada por Jesús («Ojo por ojo, diente por diente»). Aquí, en cuatro momentos sucesivos, el divino Maestro nos alecciona, primero, con dos negaciones; después, con dos afirmaciones. Negaciones: «No juzguéis y no seréis juzgados»; «No condenéis y no seréis condenados». Afirmaciones: «Perdonad y seréis perdonados»; «Dad y se os dará».

Apliquémoslo concisamente a nuestra vida de cada día, deteniéndonos especialmente en la cuarta consigna, como hace Jesús. Hagamos un valiente y claro examen de conciencia: si en materia familiar, cultural, económica y política el Señor juzgara y condenara nuestro mundo como el mundo juzga y condena, ¿quién podría sostenerse ante el tribunal? (Al volver a casa y leer el periódico o al escuchar las noticias, pensamos sólo en el mundo de la política). Si el Señor nos perdonara como lo hacen ordinariamente los hombres, ¿cuántas personas e instituciones alcanzarían la plena reconciliación.

Pero la cuarta consigna merece una reflexión particular, ya que, en ella, la buena ley del talión que estamos considerando deviene de alguna manera superada. En efecto, si damos, ¿nos darán en la misma proporción? ¡No! Si damos, recibiremos —notémoslo bien— «una medida buena, apretada, remecida, rebosante» (Lc 6,38). Y es que es a la luz de esta bendita desproporción que somos exhortados a dar previamente. Preguntémonos: cuando doy, ¿doy bien, doy mirando lo mejor, doy con plenitud?

+ Rev. D. Antoni ORIOL i Tataret

Liturgia – Lunes II de Cuaresma

LUNES DE LA II SEMANA DE CUARESMA, feria

Misa de la feria (morado)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio Cuaresma.

Leccionario: Vol. II

            La Cuaresma: Perdonar como Dios perdona para ser perdonados.

  • Dan 9, 4b-10. Hemos pecado, hemos cometido crímenes.
  • Sal 78. Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados.
  • Lc 6, 36-38. Perdonad, y seréis perdonados.

Antífona de entrada          Cf. Sal 25, 11-12
Sálvame, Señor, ten misericordia de mí. Mi pie se mantiene en el camino llano; en la asamblea bendeciré al Señor.

Monición de entrada y acto penitencial
Dios tiene razones más que suficientes para apartarnos de su amor. Así lo reconoce Daniel, pero, a pesar de todo, espera con el corazón encogido, una vez más el perdón generoso de Quien todo lo puede. Y es que las “razones” de Dios son el Amor y la Compasión, las cualidades de un Padre que nos ha dado la vida y acepta nuestras limitaciones y contradicciones.

  • Señor, ten misericordia de nosotros.
    — Porque hemos pecado contra Ti.
  • Muéstranos, Señor, tu misericordia.
    — Y danos tu salvación.

Oración colecta
OH, Dios,
que nos mandaste mortificar nuestro cuerpo
como remedio espiritual,
concédenos abstenemos de todo pecado
y que nuestros corazones
sean capaces de cumplir los mandamientos de tu amor.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos a Dios padre, que no nos trata como merecen nuestros pecados.

1.- Para que la Iglesia se sienta responsable frente al pecado del mundo y sepa interceder y pedir por todos ante el Señor. Roguemos al Señor.

2.- Para que los hombres tomen conciencia del propio pecado y procuren convertirse. Roguemos al Señor.

3.- Para que los que ejercen autoridad y poder escuchen los gemidos de los que sufren y ayuden según sus posibilidades. Roguemos al Señor.

4.- Para que el Espíritu cree en nosotros un corazón compasivo y misericordioso, semejante al del Padre que está en los cielos. Roguemos al Señor.

Socórrenos, Dios Salvador nuestro, y perdónanos nuestras culpas. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
ACOGE, Señor, nuestra oración
y libra de las seducciones del mundo
a los que concedes servirte
con los santos misterios del cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio de Cuaresma

Antífona de comunión          Cf. Lc 6, 36
Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso, dice el Señor.

Oración después de la comunión
SEÑOR, que esta comunión nos limpie de pecado
y nos haga partícipes de las alegrías del cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre el pueblo
AFIANZA, Señor, el corazón de tus fieles
y fortalécelos con el poder de tu gracia,
para que se entreguen con fervor a la plegaria
y se amen con amor sincero.
Por Jesucristo, nuestro Señor.