Fariseísmo: la religión del «hermano mayor»

En esta parábola cargada de sabiduría, con la que probablemente buscaba denunciar los ataques de que era objeto por parte de los fariseos y los sacerdotes del Templo, Jesús señala tres posibles actitudes humanas.

El “hijo menor” representa la ignorancia y la ansiedad de quien cree que la felicidad o plenitud es algo que se halla fuera. Lo cual le lleva a emprender una carrera que culminaría en la frustración más absoluta, hasta que comprende que la felicidad está en “casa” (la “casa”, como imagen de nuestra verdadera identidad).

El “hijo mayor”, por su parte, es símbolo de las personas religiosas que presumen de serlo. En realidad, presume de sus “méritos”, en una actitud de orgullo religioso, caracterizada por la “falsa obediencia”, la exigencia y el perfeccionismo, en un cumplimiento estricto de la ley o la norma. Todo ello genera una religión mercantilista (“do ut des”: te doy para que me des), que exige recompensa.

Es, por tanto, la imagen del ego que se apropia de la religión en beneficio propio. No vive, porque su afán es “cumplir”. Desconoce la riqueza de lo que podría vivir, porque coloca toda su energía en “hacer méritos”.

Sin embargo, tanta exigencia forzosamente había de pasar factura. Esta es doble: Por una parte, le lleva a caer en una especie de complejo de superioridad moral, que le hace creerse mejor que los demás y con derecho a juzgar y condenar al hermano que se había marchado de “casa”. Por otra, al ver frustrada la recompensa de la que se creía merecedor, trasmuta su alienación anterior a la norma en resentimiento envenenado.

Finalmente, la tercera actitud es la representada en la figura del “padre”, que da libertad (al hijo mejor que decide marcharse y al hijo mayor que se niega a entrar en la fiesta); es compasión, sin reproche (ante el hijo que regresa y ante el otro que lo increpa); es gratuidad y desbordamiento de amor (que llega a decir: “Todo lo mío es tuyo”).

Sin duda, en cada uno de nosotros conviven esas tres actitudes.

¿Cuál de ellas alimento?

Enrique Martínez Lozano

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II Vísperas – Domingo IV de Cuaresma

II VÍSPERAS

DOMINGO IV CUARESMA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Contadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos.

SALMO 111: FELICIDAD DEL JUSTO

Ant. Dichoso el que se apiada en el Señor; jamás vacilará.

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichoso el que se apiada en el Señor; jamás vacilará.

CÁNTICO de PEDRO: LA PASIÓN VOLUNTARIA DE CRISTO, EL SIERVO DE DIOS

Ant. Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.

Cristo padeció por nosotros,
dejándonos un ejemplo
para que sigamos sus huellas.

Él no cometió pecado
ni encontraron engaño en su boca;
cuando lo insultaban,
no devolvía el insulto;
en su pasión no profería amenazas;
al contrario,
se ponía en manos del que juzga justamente.

Cargado con nuestros pecados, subió al leño,
para que, muertos al pecado,
vivamos para la justicia.
Sus heridas nos han curado.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.

LECTURA: 1Co 9, 24-25

En el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno solo se lleva el premio. Corred así: para ganar. Pero un atleta se impone toda clase de privaciones. Ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita.

RESPONSORIO BREVE

R/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

R/ Cristo, oye los ruegos de los que te suplican.
V/ Porque hemos pecado contra ti.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Escúchanos, Señor, y ten piedad. Porque hemos pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Hijo del hombre tiene que ser elevado, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Hijo del hombre tiene que ser elevado, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

PRECES

Demos siempre gracias a Cristo, nuestra cabeza y nuestro maestro, que vino a servir y a hacer el bien a todos, y digámosle humilde y confiadamente:

Atiende, Señor, a tu Iglesia.

Asiste, Señor, a los obispos y presbíteros de la Iglesia y haz que cumplan bien su misión de ser instrumentos tuyos, cabeza y pastor de la Iglesia,
— para que por medio de ti conduzcan a todos los hombres al Padre.

Que tus ángeles sean compañeros de camino de los que están de viaje,
— para que se vean libres de todo peligro de cuerpo y de alma.

Enséñanos, Señor, a servir a todos los hombres,
— imitándote a ti, que viniste a servir y no a ser servido.

Haz que en toda comunidad humana reine un espíritu fraternal,
— para que, estando tú en medio de ella, sea como una plaza fuerte.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Sé misericordioso, Señor, con todos los difuntos
— y admítelos a contemplar la luz de tu rostro.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que le mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Oh, Dios, que, por tu Verbo, realizas de modo admirable la reconciliación del género humano, haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe gozosa y entrega diligente, a celebrar las próximas fiestas pascuales. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

 

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido

La forma como el hombre ha construido las relaciones sociales, los graves obstáculos que han sufrido todos los pueblos y generaciones, la dificultad que entraña percibir alguna luz que dé sentido a nuestra vida, la torpeza de nuestro ser para intuir realidades tan importantes como lo Divino, el prójimo y nosotros mismos, nos sugiere la imagen de que somos ciegos de nacimiento.

El problema es que el ser humano no se reconoce como tal, sino que se auto-convence de su perfecta visión del mundo y de cuanto le rodea, de su creencia de estar en posesión de la verdad, su verdad. Sin contrastar, sin verificar, sin dejarse persuadir por nada ni nadie. Han surgido así un sinfín de valores, criterios, actitudes y estructuras construidas por cegatos o miopes al servicio de nuestra oscuridad para estar a gusto.

De ahí que este mundo esté expuesto a graves errores resultado de ese auto-engaño. Lo cual nos obliga a estancarnos en nuestras ideas o movernos entre sombras con rumbo incierto para no equivocarnos en cada encrucijada.

Sin embargo, la experiencia cristiana nos habla de una Luz que es capaz de alumbrar los rincones más oscuros de nuestra alma, una visión nueva y más profunda de desentrañar la realidad que nos la ofrece Dios por medio de Jesucristo. Él es la luz que ilumina los ojos cegatos de los hombres, las gafas correctoras de nuestras deformadas visiones de lo real.

La segunda carta a los Corintios nos recuerda que la fe en Cristo lleva consigo una actitud abierta a lo nuevo, no a lo que nosotros creemos ver. Dios se va revelando a través de la Historia en los acontecimientos nuevos de cada día. Por eso, nuestra fe es una fe en el Abbá nuestro de cada día. “Lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el servicio de reconciliar”. ¿Lo llevamos a la práctica?

En ese empeño nos esforzamos. A pesar de esos ciegos ególatras que poseen el poder, el dinero y el desprecio más absoluto hacia los seres humanos. Porque el mal se presenta en cualquier ocasión y es tentación de muchos y el bien, afortunadamente, sigue haciéndose presente en las nuevas miradas y en las conciencias de hombres y mujeres de buen corazón.

La parábola del hijo pródigo viene a ser, como apuntaba más arriba, la del hijo creído, cegato y torpe. Los cristianos nos hemos creído creyentes de primera clase. Y también la Iglesia, que sigue menospreciando a los laicos, hombres y mujeres, a aquellos que son diferentes, a los hermanos de otras religiones, a los no creyentes. ¿Ha seguido a lo largo de la historia el evangelio de Jesús?

El evangelio del Padre-Madre buenos nos brinda la posibilidad de acercarnos al texto a través de sus personajes y transformar las visiones deformadas. El hijo menor aparece como exigente, interesado, derrochador, juerguista. En sus correrías pasa de ser hijo a porquero, al pasar hambre se da cuenta de su propia degradación e indignidad, es el punto de inflexión para volver a su casa. El hijo mayor es obediente, trabajador pero servil, no valora todo lo que tiene ante sí. La vuelta del hermano y la reacción del padre le indignan; una cierta envidia le corroe, nunca ha celebrado ninguna fiesta con sus amigos; se diría que se ha cansado de ser sumiso a pesar de que el padre trata de persuadirle para que entre en la fiesta y ocupe el lugar de hijo y de hermano que le corresponde. En realidad los dos hijos hacen sus cálculos interesados con un criterio de reparto distributivo. El padre manifiesta en todo momento su bondad, su compasión y su perdón. Permanece siempre alerta esperando el regreso del hijo y sale al encuentro de cualquier hijo/a extraviado o equivocado. Lo abraza fuertemente, le besa, se le conmueven las entrañas por su hijo, un gesto íntimo, profundo, de compasión y de alegría. Su palabra de autoridad le devuelve su filiación: traje, anillo, sandalias y banquete como símbolo de comunión. No hay tiempo que perder. La queja del hijo mayor se disuelve ante la alegría del reencuentro. “Hijo, si tú estás siempre conmigo  y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a vivir, se había perdido y lo hemos encontrado”. El padre se sitúa en otro nivel de bondad, de perdón, de gozo.

El retorno del hijo pródigo, de Rembrandt, nos ayuda a comprender que esta parábola es también nuestra historia. Cada uno de nosotros somos ese hijo/a. Hemos experimentado como personas el dolor de las equivocaciones, las incoherencias, las falsedades, las conductas mezquinas que provocan dolor y sufrimiento en nuestro mundo. También sabemos de la ausencia y del alejamiento de Dios en lo personal. Jesús nos muestra que el corazón de Abbá-Dios está inquieto y preocupado por encontrarnos. Sólo Él/Ella puede desenmascarar nuestro autoengaño y nuestro egocentrismo. Las falsas imágenes de un Dios varón autoritario, distante y legalista, Jesús nos invita a contemplarlo en aquel padre o madre (una mano masculina y otra femenina en el cuadro) que sale corriendo a nuestro encuentro por propia iniciativa, desconcertante e inimaginable, en el diálogo que entabla con cada ser humano; con su abrazo estrecha todos nuestros errores, acoge nuestras heridas, envolviéndonos en una mirada que lo perdona y lo olvida todo. Pronuncia nuestro nombre y nos conduce a la mesa en la que hay sitio para todos. Y aprendemos[1] que la extraña conducta de Jesús de acoger a los alejados y perdidos era fiel reflejo de lo que él veía hacer al Padre tratando de convencernos de hasta qué punto nos quiere Dios y debemos amarnos nosotros.

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

Nuestra meta es llegar a ser el padre

La liturgia propone este relato, con la intención de que nos identifiquemos con el hijo menor. Pretende que tomemos conciencia de nuestros pecados y nos convirtamos. Es una propuesta insuficiente. La parábola no va dirigida a los pecadores, sino a los fariseos que murmuraban de Jesús que acogía a los pecadores. Se trata de un relato ancestral presente en muchas culturas. Se trata de tres arquetipos del subconsciente colectivo, realidades escondidas en todo ser humano. Es un prodigio de conocimiento psicológico y experiencia religiosa. Los tres personajes represen­tan distintos aspectos de nosotros mismos.

La comprensión de esta parábola ha sido para mí una iluminación. He visto reflejado en ella de manera sublime todo lo que debemos aprender sobre el falso yo y nuestro verdadero ser. Pero también he descubierto la necesidad de interpretar la parábola, no desde la perspectiva de un Dios externo a nosotros sino desde la perspectiva de un Dios que se revela dentro de nosotros. Yo mismo tengo que ser el Padre que tiene que perdonar, acoger e integrar todo lo que hay en mí de imperfecto y engañoso. Ser verdadero hijo no es vivir sometido al padre o renegando y alejándose de él, sino llegar a identificarse en él.

El padre es nuestro verdadero ser, nuestra naturale­za esencial, lo divino que hay en nosotros. Es la realidad que tenemos que descubrir en lo hondo de nuestro ser y de la que tanto hemos hablado últimamente. No hace referencia a un Dios que nos ama desde fuera, sino a lo que hay de Dios en nosotros, formando parte de nosotros mismos. Esa verdadera realidad que somos está siempre esperando abrazar todo lo que hay en nosotros. Es el fuego del amor que espera fundir todo el hielo que hay en nosotros. Esa realidad fundante nunca lucha contra nada sino que lo intenta abarcar e integrar todo en ella misma.

El hijo menor simboliza nuestra naturaleza egocéntrica y narcisista que nos domina mientras no descubramos lo que realmente somos. Es la ola que se siente capaz de vivir sin el océano, porque lo considera una cárcel. Quiere seguir siendo «yo«. Opone resistencia a todo lo que no es ella y cree que lo que no es ella la puede aniquilar. De ahí, tarde o temprano, surge la inseguridad. Tiene que retornar a su verdadero ser, porque lo que alcanza por otro camino nunca podrá satisfacerle. Ser hijo menor es un trago inevitable.

El hijo mayor representa también nuestro “ego”, pero un yo que ya ha experimentado su verdadero ser; aunque no se ha identificado todavía con él. Vive al lado de su naturaleza esencial (el Padre), pero sigue apegado aún a su naturaleza egocéntri­ca. De ahí que permanezca en la dualidad que le parte por medio. Sigue creyendo que la individualidad es imprescindible y no puede aceptar el verdadero ser de los demás, porque no se ha identificado con su verdadero ser. El “yo” y el “ser verdadero” aún siguen separados.

El Padre que ya ha descubierto y acepta en el exterior, lo tendrá que descubrir en su interior y en los demás (el hermano). El aparente buen comportamiento está motivado por el miedo a perder al Padre externo. No es ninguna virtud sino una manifestación más de su egoísmo y falta de seguridad en sí mismo. Le falta dar el último paso de desprendimiento del ego e identificarse con lo que hay de divino en él, con el Padre. Todos tenemos que dejar de ser “hermano menor”, y “hermano mayor”, para convertirnos finalmente en “Padre”.

La insistencia maniquea de nuestra religión en el pecado, nos ha hecho interpretar la parábola de una manera unilateral. Es un error llamar a este relato la parábola del “hijo pródigo”. No va dirigida a los pecadores para que se arrepientan, sino a los fariseos para que cambien su idea de Dios. Se trata de defender la postura de Jesús para con los publicanos y pecadores, que manifiesta lo que es Dios para todos, seamos “buenos” o “malos”. En la manera de actuar con los dos hijos, el Padre hace presente a Dios.

La parábola parece dirigida a los pecadores. Da por supuesto que todos tenemos mucho de hijo menor, que es el malo. El mayor no sale mejor parado y debía de ser objeto de mayor atención. Es relativamente fácil sentirse hijo pródigo y tomar conciencia de haber dilapidado un capital que se nos ha entregado sin merecerlo. Es fácil tomar conciencia de que hemos renunciado al padre y hemos deseado que estuviera muerto para heredar. Todo para potenciar nuestro egoísmo, para satisfa­cer nuestro hedonismo a costa de lo que se nos había entregado con amor. La desesperada situación facilita la toma de conciencia.

Es más difícil descubrir en nosotros al hermano mayor y sin embargo todos tenemos más rasgos de éste que del menor. No entendemos el perdón del Padre, nos irrita que otras personas, que se han portado mal, sean tan queridas como nosotros. No percibimos que rechazar al hermano es rechazar al Padre. No solo no nos sentimos identificados con el Padre, sino que intentamos que el Padre se identifique con nosotros; cosa que no le pasa por la cabeza al hermano menor. Tampoco descubrimos que tenemos que regresar al Padre. Por eso la parábola deja en un suspense la respuesta del hermano mayor.

El padre espera a uno con paciencia durante mucho tiempo, sin dejar de amarle en ningún momento; pero también sale a convencer al otro de que debe entrar y debe alegrarse; demuestra así, en contra de lo que piensa y espera el hermano mayor, que su amor es idéntico para uno y para otro. El Padre espera y confía que los dos se den cuenta de su amor incondicional. Ese amor debía ser el motivo de alegría para uno y para otro.

Aspirar a ser Padre no supone el ignorar nuestra condición de hermano menor y mayor; hay que aceptarlo. Debemos intentar superarlo, pero mientras ese momento llega, hay que sobrellevarlo descubriendo el amor incondicional del Padre. Cada hermano que hay en nosotros debe ser objeto del mismo amor. La parábola no nos pide una perfección absoluta, sino que nos demos cuenta de que nos queda un largo camino por recorrer. Pretende ponernos en el camino de la superación de todo egoísmo e individualismo.

El descubrimiento de que somos el hermano menor y, a la vez, el hermano mayor, nos tiene que hacer ver el objetivo de la parábola, que es llevarnos al Padre. Todos estamos llamados a dejar de ser hermanos e identificarnos con el Padre como Jesús. (“Yo y el Padre somos Uno”). Nuestra maduración tiene que encaminarse a reproducir en nosotros al Padre. No se trata de imitarle. No hay por ahí fuera alguien a quien imitar. Yo tengo que convertirme en Padre. Dios necesita de mí para existir y hacerse presente entre los seres humanos.

Permanecer alejados de nuestro verdadero ser es impedir que Dios exista para mí. Si seguimos necesitando al Dios de fuera, (como el hermano mayor) es que no nos hemos enterado de lo que somos. Pero vivir junto a Dios sin conocerlo es hacer de Él un ídolo y alejarse también de la meta. Lo malo de esta opción es que seguiremos creyendo que caminamos en la verdadera dirección, lo que hace mucho más difícil que podamos rectificar.

Fray Marcos

Comentario – Domingo IV de Cuaresma

(Lc 15, 1-3. 11-32)

El hijo que había optado por la independencia, vuelve renunciando a sus derechos de hijo y pidiendo ser un empleado dependiente. Renuncia a la autonomía que tanto había acariciado cuando abandonó la casa paterna.

Pero el Padre conmovido responde sobreabundantemente, reacciona desde sus entrañas de misericordia. Por eso ennoblece al hijo arrepentido y hace fiesta.

Los detalles de esta parábola brindan una gran riqueza al relato: el deseo de independencia y lejanía, el derroche, la humillación y las privaciones, el recuerdo de la casa paterna y todo lo bueno que era, el arrepentimiento, el retorno, la espera del Padre, su compasión y su alegría, el festejo, la recuperación de la dignidad perdida y la vida nueva del hijo.

Frente a este texto deberían nacer en nuestros corazones estas preguntas: ¿En qué Dios estoy creyendo? ¿El Dios de mi vida y de mi corazón es realmente este Padre que espera, que comprende, que perdona, que hace fiesta? ¿O el Dios de mi corazón es el del hijo mayor, controlador, duro, inflexible, justiciero?

Este texto nos invita a corregir aquellos aspectos de nuestra imagen de Dios que empañan la figura del Padre lleno de amor y compasión, el Dios que «es amor» (1 Juan 4, 8), y nos obliga a revisar nuestra actitud ante los errores ajenos. Podemos reaccionar ante los demás como el hermano que se había quedado en la casa, pero no se había contagiado del espíritu misericordioso de su padre, y entonces era incapaz de alegrarse por el hermano recuperado y se negaba a la fiesta del amor y el perdón.

El hijo que descansa en el pecho de su padre luego de haberse desgastado en el desenfreno y en el desorden, es una invitación a volver al Padre con confianza para sanar en él nuestras propias heridas y comenzar siempre otra vez, como nuevas criaturas.

Oración:

Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que tu voluntad se cumpla en mí… Me entrego en tus manos sin medida, con una infinita confianza, porque tú eres mi Padre».  

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Cuatro historias de padres e hijos

El domingo pasado, a propósito de la conversión, Jesús contaba cómo un viñador intenta salvar a la higuera infructuosa pidiendo un año de plazo al propietario. Nosotros debíamos identificarnos con la higuera y agradecer los esfuerzos del viñador por impedir que nos cortasen. El evangelio de este domingo sigue centrado en la conversión, pero con un enfoque muy distinto: el propietario se convierte en padre, y no tiene una higuera sino dos hijos. Conociendo la historia de la parábola y teniendo en cuenta la lectura de la carta de Pablo podemos hablar de cuatro padres y distintos hijos.

1. El hijo rebelde y el padre irascible que perdona (Oseas)

La idea de presentar las relaciones entre Dios y el pueblo de Israel como las de un padre con su hijo se le ocurrió por vez primera, que sepamos, al profeta Oseas en el siglo VIII a.C. En uno de sus poemas presenta a Dios como un padre totalmente entregado a su hijo: le enseña a andar, lo lleva en brazos, se inclina para darle de comer; pasando de la metáfora a la realidad, cuando era niño lo liberó de la esclavitud de Egipto. Pero la reacción de Israel, el hijo, no es la que cabía esperar: cuanto más lo llama su padre, más se aleja de él; prefiere la compañía de los dioses cananeos, los baales. De acuerdo con la ley, un hijo rebelde, que no respeta a su padre ni a su madre, debe ser juzgado y apedreado. Dios se plantea castigar a su hijo de otro modo: devolviéndolo a Egipto, a la esclavitud. Pero no puede. “¿Cómo podré dejarte, Efraín, entregarte a ti, Israel? Me da un vuelco el corazón, se me conmueven las entrañas. No ejecutaré mi condena, no te volveré a destruir, que soy Dios y no hombre, el Santo en medio de ti y no enemigo devastador” (Oseas 11,1-9).

El hijo que presenta Oseas se parece bastante al de la parábola de Lucas: los dos se alejan de su padre, aunque por motivos muy distintos: el de Oseas para practicar cultos paganos, el de Lucas para vivir como un libertino.

Mayor diferencia hay entre los padres. El de Oseas reacciona dejándose llevar por la indignación y el deseo de castigar, como le ocurriría a la mayoría de los padres. Si no lo hace es “porque soy Dios, y no hombre”, y lo típico de Dios es perdonar. Lucas no dice qué siente el padre cuando el hijo le comunica que ha decidido irse de casa y le pide su parte de la herencia; se la da sin poner objeción, ni siquiera le dirige un discurso lleno de buenos consejos.

2. El hijo arrepentido y el padre que lo acoge (Jeremías)

La gran diferencia entre Oseas y Lucas radica en el final de la historia: Oseas no dice cómo termina, aunque se supone que bien. Lucas se detiene en contar el cambio de fortuna del hijo: arruinado y malviviendo de porquerizo, se le ocurre una solución: volver a su padre, pedirle perdón y trabajo. En cambio, no sabemos qué pasa por la mente del padre durante esos años. Lucas se centra en su reacción final: lo divisó a lo lejos, se enterneció, corrió, se le echó al cuello, lo besó. Cuando el hijo confiesa su pecado, no le impone penitencia ni le da buenos consejos. Parece que ni siquiera le escucha, preocupado por dar órdenes a los criados para que organicen un gran banquete y una fiesta.

¿Cómo se le ocurrió a Lucas hablar de la conversión del hijo? Oseas no dice nada de ello, pero sí lo dice Jeremías. A este profeta de finales del siglo VII a.C. le gustaban mucho los poemas de Oseas y a veces los adaptaba en su predicación. Para entonces, el Reino Norte ha sufrido el terrible castigo de los asirios. El pueblo piensa que el perdón anunciado por Oseas no se ha cumplido, pero no por culpa de Dios, sino por culpa de sus pecados. Y le pide: “Vuélveme y me volveré, que tú eres mi Señor, mi Dios; si me alejé, después me arrepentí, y al comprenderlo me di golpes de pecho; me sentía corrido y avergonzado de soportar el oprobio de mi juventud”. Y Dios responde: “Si es mi hijo querido Efraín, mi niño, mi encanto. Cada vez que le reprendo me acuerdo de ello, se me conmueven las entrañas y cedo a la compasión” (Jeremías 31,18-28). En estas palabras, que reflejan el arrepentimiento del pueblo y su confesión de los pecados, se basa la reacción del hijo en Lucas.

3. El padre con dos hijos muy distintos (evangelio)

Sin embargo, cuando leemos lo que precede a la parábola, advertimos que el problema no es de Dios sino de ciertos hombres. A Dios no le cuesta perdonar, pero hay personas que no quieren que perdone. Condenan a Jesús porque trata con recaudadores de impuestos y prostitutas y come con ellos.

Entonces Lucas saca un as de la manga y depara la mayor sorpresa. Introduce en la parábola un nuevo personaje que no estaba en Oseas ni Jeremías: un hermano mayor, que nunca ha abandonado a su padre y ha sido modelo de buena conducta. Representa a los escribas y fariseos, a los buenos. Y se permite dirigirse a su padre como ellos se dirigen a Jesús: con insolencia, reprochándole su conducta.

El padre responde con suavidad, haciéndole caer en la cuenta de que ese a quien condena es hermano suyo. “Estaba muerto y ha revivido. Estaba perdido y ha sido encontrado”.

¿Sirve de algo esta instrucción? La mayoría de los escribas y fariseos responderían: “Bien muerto estaba, ¡qué pena que haya vuelto!” Y no podríamos condenar su reacción porque sería la de la mayoría de nosotros ante las personas que no se comportan como nosotros consideramos adecuado. El mundo sería mucho mejor sin ladrones, asesinos, terroristas, adúlteros, abortistas, gays, lesbianas, transexuales, bisexuales, banqueros, políticos… y cada cual puede completar la lista según sus gustos e ideología.

La diferencia entre el padre y el hermano mayor es que el hermano mayor solo se fija en la conducta de su hermano pequeño: “se ha comido tu fortuna con prostitutas”. En cambio, el padre se fija en lo profundo: “este hermano tuyo”. Cuando Jesús come con publicanos y pecadores no los ve como personas de mala conducta, los ve como hijos de Dios y hermanos suyos. Pero esto es muy difícil. Para llegar ahí hace falta mucha fe y mucho amor.

4. El padre con un hijo y multitud de adoptados (2ª lectura)

Lo que dice Pablo a los corintios permite proponer una historia en línea con lo anterior. Este padre tiene un hijo y una multitud de adoptados que dejan mucho que desear. Pero no se queda en la casa esperando que vuelvan. Les manda a su hijo para que intente traerlos de vuelta. No debe portarse como el hermano mayor de la parábola, no debe reprocharles nada ni “pedirles cuenta de sus pecados”. Sin embargo, para conseguir convencerlos, deberá morir, cosa que acepta gustoso. ¿Cómo termina la historia? “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”. De nosotros depende. Podemos seguir lejos o volver a nuestro padre.

Nota sobre la 1ª lectura

La primera lectura de los domingos de Cuaresma recoge momentos capitales de la Historia de la Salvación. Después de Abraham (2º domingo) y Moisés (3º), se recuerda el momento en que el pueblo celebra por primera vez la Pascua desde que salió de Egipto y goza de los frutos de la Tierra Prometida.

José Luis Sicre

Lectio Divina – Domingo IV de Cuaresma

El hijo pródigo

El Padre Misericordioso

INTRODUCCIÓN

H. Nouwen comenta el famoso cuadro de Rembrandt de esta manera: «El gesto tranquilo de las manos del Padre sobre la espalda del hijo arrodillado… es el núcleo de todo lo que aparece en el cuadro. Ellas son la expresión más elocuente de la mirada acogedora del corazón. La mano izquierda fuerte y musculosa es la que sostiene al hijo y tiene rasgos masculinos. La mano derecha, por el contrario, es suave y fina: acaricia con ternura; tiene rasgos femeninos. Las dos manos nos vienen a decir que Dios es Padre y Madre. Toca al hijo con su paternidad y maternidad».

TEXTOS DE LA MISA

1ª lectura: Josué 5,9-12;        2ª lectura: 2Corintios 5,17-21.

EVANGELIO

Lucas 15,1-3. 11-32

También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron a celebrar el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. Él le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

REFLEXIÓN

1.– El comienzo. Lc. 15,1-3. Los publicanos y pecadores, es decir, la gente de mal vivir, estaban felices escuchando a Jesús. En cambio, los fariseos y los escribas (los que el pueblo tenía como santos) murmuraban porque Jesús comía con pecadores.  A estas tres parábolas, la del Pastor, la de la Mujer que busca la moneda perdida y la del Padre Bueno, se les llama parábolas de revelación. Con ellas Jesús quiere revelar el verdadero rostro de Dios. A esos que explicaban las Escrituras y tenían siempre en los labios el nombre de Yavé, les va a decir que no tienen idea de lo que es Dios. Sólo el Hijo, el que ha vivido siempre con el Padre, nos lo puede revelar. (Jn.1,18). Y lo hace con estas parábolas maravillosas. Un gran especialista en parábolas, el Dr. Jeremías, nos dice que siempre en las parábolas hay que ir al núcleo esencial. ¿Y cuál es el núcleo esencial de estas parábolas? Responde: LA INSENSATEZ. Sólo un pastor insensato busca una oveja abandonando las 99 en el corral. Sólo un Padre que ha perdido el juicio trata de esa manera a ese hijo que es un auténtica calavera. Sólo una mujer de pocas luces, al encontrar una moneda de poco valor, invita a una fiesta a sus amigas. Conclusión: Dios ha perdido el juicio, se ha vuelto loco, pero “loco de amor al hombre. Y esa “locura de amor, por parte de Dios, va a ser el mensaje que su Hijo viene a revelarnos”.

2.– El centro fundamental de la Parábola: Los gestos exagerados. – Un padre no entrega nunca la herencia al hijo en vida. La costumbre era entregarla después de la muerte. –   Un padre nunca corre a buscar al hijo. Según la costumbre, el padre está sentado en casa. Es el hijo el que debe venir a buscarlo. – Y, cuando viene el hijo, el padre podía haber adoptado varias actitudes más razonables: A) Podía haberle dado lo que el hijo pedía: entrar en casa, pero como un obrero, no como hijo. B) O bien, podía haberle perdonado, pero dándole una amonestación: Te perdono y te doy una nueva oportunidad. Pero si vuelves a hacer lo mismo aquí no entras más. C) El padre podía haberle perdonado diciendo: Eres el mismo que antes. Sé que eres joven y se te han cruzado los cables. Olvida todo. Haz que esto sea un paréntesis, un episodio, pero vuelve a casa como si nada hubiera pasado. Eres el mismo de antes. Incluso te devuelvo “las sandalias” símbolo del poder de una persona. Y el “anillo” de sus riquezas. Te nombro de nuevo, heredero –con tu hermano– de los bienes. Aquel muchacho se hubiera sentido el más feliz del mundo.

– Sin embargo, el padre hace lo inaudito: corre, besa al hijo, le abraza, no le deja pedir excusas, le calza, le viste… y manda matar el ternero gordo. Todos estos excesos, estas exageraciones, este interés por salirse de lo normal, de la manera que uno ni siquiera hubiera imaginado…, nos quiere decir que así de loco, así de exagerado, así de escandaloso es el amor del Padre-Dios.

3.– El final. ¿Cómo acabaría esta historia? El evangelio no dice nada, pero tenemos derecho a imaginarla. A mí ni se me ocurre pensar que este hijo, después de haber conocido al Padre, tuviera ya ganas de irse de casa. En casa ha encontrado lo que le negó su aventura por las calles. En realidad, vivió en casa “sin conocer al Padre”. Incluso me imagino que el hijo mayor, al ver el derroche de ternura de su Padre, acabaría aceptando la invitación de éste a entrar en la fiesta. Desde ahora ya no viviría en casa como “obrero” sirviendo a su Señor. Experimentaría el gozo de vivir “como hijo” aceptando también a su hermano. Si al terminar la parábola uno saca la conclusión de que el Padre Dios es bueno, no ha entendido nada. Este Padre Dios es exageradamente bueno, escandalosamente bueno. Todo puede cambiar con el “milagro del corazón”.

PREGUNTAS

1.- ¿Estoy convencido existencialmente de todo lo que Dios me ama? ¿He tenido en mi vida alguna experiencia religiosa en este sentido?

2.- Después de conocer este amor apabullante de Dios ¿puedo seguir amando a mis hermanos con un amor ruin, mezquino, interesado?

3.- Con un Padre tan maravilloso, ¿puedo vivir con tristeza?

Este evangelio, en verso, suena así:

Al oir esta parábola,
el corazón nos da un vuelco.
Jesús retrata fielmente
al “Padre” que está en el cielo.
Dios es todo corazón
y, cuando nos ve a lo lejos,
como aquel padre amoroso,
sale siempre a nuestro encuentro.
No quiere ajuste de cuentas.
No defiende sus derechos.
Al pedir perdón, nos tapa
nuestra boca con sus besos.
Nos regala las sandalias,
anillo y vestido nuevo.
Perdona, olvida, acaricia
con sus manos nuestro cuello.
Se alegra al mirar con vida
al hijo que estaba muerto.
Por eso, celebra fiesta:
“El Hijo perdido ha vuelto”.
¡Qué suerte tener un Dios,
misericordioso y bueno,
que deja su casa abierta,
soñando nuestro regreso!
Señor, juntos como hermanos,
Hemos venido a tu Templo.
Mil gracias por invitarnos
al Banquete del Cordero.

(Estos versos los compuso José Javier Pérez Benedí)

Pan y palabra

El domingo IV de Cuaresma es el domingo “Laetare”. El color rosa que la Iglesia permite hoy utilizar en la liturgia traslada nuestros pensamientos a aquel otro domingo —el domingo “Gaudete”, rosa también— que se incrustaba hace unos meses en el centro del Adviento. Adviento y Cuaresma. Dos tiempos similares en cuanto que ambos son dos expectativas de Cristo. En el Adviento esperamos el hecho de su venida: la Encarnación (y derivadamente, la Consumación). Ahora, en Cuaresma, esperamos el fruto de su presencia entre nosotros: la Redención. Y como hacerse hombre es en Dios humillación, y redimirnos del pecado es en el hombre Jesús dolor y muerte en la Cruz, la Iglesia hace penitencia en ambas épocas del año: se reviste de morado, y en Cuaresma se cubre de ceniza: y la penitencia —expiación— es la vía más patente por la que los cristianos nos unimos ahora a los sentimientos de Cristo-Jesús.

Y entre los rigores de Cuaresma el “Laetare, Jerusalem” de la misa de hoy marca la desazón de la Iglesia que, por un momento, se ve ya redimida y anticipa la alegría de Pascua: alegría porque nuestra Redención, nuestra Liberación se acerca….

Sin duda esta es la razón de que en la Misa se nos presente hoy un pasaje evangélico esplendoroso. Ya no son las embestidas del Maldito contra la Persona de Cristo, como en domingos anteriores. Ahora es un milagro impresionante, el único, por cierto, que narran a la par los cuatro evangelistas, la segunda multiplicación de los panes: la Iglesia ha elegido para la liturgia la prosa de San Juan por ser la más completa. Hay, sin embargo, unas palabras de Jesús en la narración de San Marcos que debemos traer aquí, pues ellas nos revelan el por qué profundo del milagro. “Misereor super turbam”, explicó Jesús a sus discípulos: “tengo compasión de la muchedumbre, me da pena la gente” (Mc 8, 2). A Jesús se le apiadan las entrañas ante aquellos hombres que le siguen: porque tenían hambre y, sobre todo —Marcos nos lo había dicho ya en el Cáp. 6, 34—, porque eran “como ovejas que no tienen pastor”.

El Señor manda que se sienten y tomando aquellos cinco panes de cebada que le ofrecía un chaval del pueblo, los transformó en millares. El pan que Cristo ofrece a las muchedumbres tiene en el texto de San Juan —no podemos olvidarlo— una clara significación eucarística: el milagro de la multiplicación de los panes, que sacia a una multitud hambrienta, simboliza y anuncia a ese otro Pan con el que Dios alimenta a los cristianos dentro de su grey.

Y esa caridad de Dios, que se dirige al hombre entero —cuerpo y alma— y nos impulsa a recibirla, busca encontrar como término hombres y mujeres que recojan el regalo del Señor —el Pan y la Palabra— y lo hagan centro de su vida.

Así lo sintió vivamente la primera generación de cristianos, como nos dice Simón Pedro, el pescador de Galilea, en su primera epístola, sirviéndose casi de las mismas palabras de Jesús: “Antes erais como ovejas errantes pero ahora os habéis convertido al Pastor de vuestras almas” (1 Petr 2, 25). En la Eucaristía y en la Doctrina del Señor —en el Pan y en la Palabra— los cristianos, también hoy, encontramos siempre esa unidad maravillosa. Pero ¿somos “un solo corazón y una sola alma”?.

Pedro Rodríguez

Algarrobas y cerdos

1.- La parábola llamada erróneamente del hijo pródigo, está considerada como uno de los relatos cortos, más bellos de la literatura del Medio Oriente. He dicho erróneamente, pues, tal como nos llega en el fragmento del evangelio de Lucas, el acento de la narración lo puso Jesús en el mal comportamiento del hermano mayor. Pretendía el Señor enseñarnos a ser comprensivos y generosos, pero salpicó con tanta imaginación la explicación de la conducta del hermano pequeño que, con frecuencia, solo nos acordamos de esta parte de la parábola. Tal vez por tratarse de un relato entretenido, un cuento infantil casi, existe el peligro de que no nos lo tomemos en serio y no lo meditemos, extrayendo, como es debido, las consecuencias que contiene.

2.- Os podéis preguntar, mis queridos jóvenes lectores, porque razón he escogido el título a mi mensaje. Ha sido por puro capricho, las dos palabras aparecen en el texto que leemos hoy. Los cerdos que han entrado a formar parte de nuestra alimentación, criados como son la mayoría, en grandes establecimientos y con medidas higiénicas, haciendo prácticamente imposible que sean trasmisores de la triquinosis, temible enfermedad de tiempos no muy lejanos, que los convirtió en animales malditos. Para los judíos eran como para nosotros puedan ser hoy las cucarachas, unos bichos asquerosos. Pero en ciertos pueblos vecinos a Israel se comía la carne de este animal como la de cualquier otro. El fruto del algarrobo, árbol típicamente mediterráneo, era en aquel tiempo alimento propio de animales. Cuando yo era pequeño lo comíamos como golosina barata y, en la actualidad, entra a formar parte de los ingredientes de pastelería y helados, aunque en la lista no leáis explícitamente su nombre. Tiene forma de alubia grande, que, cuando está seca, es de color marrón muy oscuro.

3.- Habéis oído la lectura y la habréis entendido fácilmente. Ahora toca aplicarla. No seré yo, mis queridos jóvenes lectores, quien pretenda enmendar al Señor en sus enseñanzas, pero si me toca traducir su doctrina a ejemplos de nuestro tiempo. Me atrevería, pues, a explicárosla así:

Hubo en cierto lugar, una vez, una familia con dos hijos. El mayor, en plan de hijo de papá, se quedó en casa, observando y controlando el quehacer cotidiano de criados y pastores. Al menor le faltó el sentido de la solidaridad y le sobró egoísmo. Puesto que leyes ancestrales le daban derecho a herencia, pidió a su padre que, en vez de tenerse que esperar a que muriera para aprovecharse de ella, le hiciera a él una cesión en vida. Cobró y se marchó. Coca, anfetas y alcohol, fue su sustento, a partir de entonces. Discotecas, locales okupados y bares de camareras, sus domicilios. Pero pronto se le acabó el cuento. Y hasta sus colegas le exigían aportar “money” para los gastos. Pero él ni de camello era capaz de ejercer. Le tocó marchar de casa y currar en lo que pudo. Una empresa le confió la labor de separar despojos de matadero, otro día se trataba de organizar metales procedentes de basureros, o clasificar ropa y tejidos que se entregaban a ONGs. Ni siquiera podía aprovecharse de los trajes que doblaba cuidadosamente, ni le permitían comer los alimentos que, en buen estado, pero a punto de caducar, llegaban a la institución.

Se acordó entonces de su habitación familiar, su TV, su MP3, la nevera de su casa bien proveída, el micro-ondas a punto… ¿y si volviera y le suplicara a su padre que le contratara para sacar a pasear al perro, barrer la escalera y las aceras o recortar las ramas rebeldes de los árboles del jardín? A lo mejor hasta le dejaba dormir en el trastero y aprovecharse de las sobras… ¡cuánto pan se tiraba y a cuanta comida se le daba la única utilidad de convertirse en abono orgánico! Se le hacía la boca agua cuando pensaba en los macarrones apartados de la mesa, de los restos de pollo dados al perro, de tanta buena fruta del huerto abandonada…

4.- Tragándose el orgullo, con cierto arrepentimiento y más necesidad de llenar su vientre muy vacío, se echó a andar cabizbajo y andrajoso. Todavía olía a alcohol barato y sufría el descontrol del mono, cuando se aproximaba a la casa paterna. Ni la suciedad, ni la delgadez, ni el hedor, fueron capaces de ocultar al padre la identidad de quien llegaba y, sin miramientos ni remilgos, le abrazó efusivamente, le metió en la ducha, le vistió con sus mejores prendas de sport, le sirvió unas tapas y el mejor aperitivo, sin dejarle de preguntar por su salud, sus amistades y los lugares por los que había viajado, sin emitir ningún juicio condenatorio…

El hermano mayor se había ausentado, estaba en una feria de muestras, relacionada con el negocio familiar, por entonces boyante. Antes de entrar en su despacho a desprenderse del portátil, el móvil y la cámara digital, pregunto cual era el motivo del alboroto que armaba su padre en la terraza. Se lo contaron todo, reaccionó violentamente contra su padre. Nunca le había organizado una fiesta en su honor en tantos días como había pasado siendo el colaborador más interesado y eficaz en el negocio familiar… Para él, este hermano mayor, lo único que debía crecer siempre era el negocio. La familiaridad, el cariño eran cosa de menor calibre. Su hermano era solo eso, alguien salido del mismo organismo, los que decían que eran sus padres, no les habían pedido ni opinión ni permiso para que nacieran, ignoraba pues, cualquier apego, el más mínimo cariño…su padre en cambio…

Esta historia, entre nosotros, no siempre trascurre como la he contado. Desde lejos el fugitivo recuerda la indiferencia con que se observó su marcha del hogar, la tacañería con que se le juzgó, por mucho que tuvieran derecho a pensar así. Divisa el hogar carente de la cordialidad que tanto desearía recibir, se cree incapacitado de volverse atrás y, un día cualquiera, muere de sobredosis. Una manera elegante de llamar al suicidio.

Si Dios no se cansa de ser bueno con nosotros pecadores, tal vez pecadores de pecados no malditos. De pecados de egoísmo, que nuestra sociedad llama espíritu emprendedor. De pecados de derroche en lujos, que nos parecen necesarios para mantener el tren de vida que nos merecemos. De pecados de gula, que adornamos con la singular frase de que la gastronomía es cultura y queremos ser gente culta. Nuestros pecados, mis queridos jóvenes lectores, con frecuencia no son vergonzosos, pero no por ello menos graves. Seamos hoy, iluminados por el Evangelio, sinceros de una vez.

Pedrojosé Ynaraja

Paz y reconciliación

La guerra en Ucrania, que pedimos y esperamos que haya terminado o termine pronto, nos ha sobrecogido especialmente a los europeos, más que otras guerras que se han producido y se producen en el mundo, quizá debido a la cercanía. Nos sentíamos muy seguros, apoyados en un orden político, económico, social, material… que creíamos firme, pero hemos visto que no es así. Hemos caído en la cuenta de que a cualquiera, en cualquier momento, le puede pasar algo similar. Esta situación nos indigna y, a la vez, nos asusta, y pedimos la paz, pero no sabemos cómo lograrla.

Porque como ya se expresó en la constitución “Gaudium et spes”, del Concilio Vaticano II, “la paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica… Es absolutamente necesario el firme propósito de respetar a los demás hombres y pueblos, así como su dignidad, y el apasionado ejercicio de la fraternidad en orden a construir la paz”. (78) Una paz basada sólo en la ausencia de guerra o en el equilibrio de fuerzas, mientras siguen latentes sentimientos de odio y venganza, de riqueza y poder, es una paz muy frágil e inestable.

Y esto es válido también para las “guerras” en el ámbito más cercano, ya sea familiar, de amistades, laboral… Para lograr la auténtica paz no basta sólo con no pelearse, hay que dar un paso más. En la 2ª lectura, san Pablo ha hablado varias veces de reconciliación, es decir, de restablecer relaciones, superar enemistades, poner de acuerdo a quienes estaban en conflicto. Si queremos una paz estable, a la ausencia de guerra y de conflicto hay que unir la reconciliación.

Pero la reconciliación no es fácil, ni en lo personal, ni en lo social: las heridas a veces son muy profundas y cuesta superarlas, incluso a veces nos sentimos incapacitados para hacerlo. Por eso san Pablo nos ha dado el punto de partida: Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo. Para que sea posible la reconciliación entre las personas y los pueblos, Dios da el primer paso hacia nosotros en Jesús, su Hijo, como nos ha mostrado en el Evangelio con esta parábola.

El hijo pródigo había roto de forma brusca las relaciones con su familia: Padre, dame la parte que me toca de la fortuna. Pero esa ruptura le ha acarreado graves consecuencias y, como empezó él a pasar necesidad, desea volver a su casa, y el único modo que se le ocurre es humillarse para no generar enfrentamientos: Padre… ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.

Quizá esto evitaría conflictos, pero como hemos visto en el hermano mayor, el resentimiento sigue latente: ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres… y tarde o temprano habría problemas.

Por eso, lo que esta parábola destaca es la actitud del padre, que es la actitud de Dios, que no sólo acoge al hijo pródigo, sino que lo reconcilia con él: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos… Y también busca reconciliar al hermano mayor: Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. El punto de apoyo para una paz fundamentada en la reconciliación es recordar que Dios Padre, por medio de su Hijo, ha dado el primer paso para reconciliarnos con Él, porque Jesús, como murmuraban los fariseos y los escribas, acoge a los pecadores y come con ellos.

Por eso, es muy necesario llevar a la práctica la exhortación de san Pablo: En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios, y recibir el Sacramento de la Reconciliación, para reencontrarnos con Dios y, desde esa conciencia del perdón recibido, ser artífices de reconciliación, empezando por el ámbito más cercano y personal, para ampliarse a otros ámbitos de nuestra vida.

¿Cómo afronto los conflictos personales, familiares, sociales, mundiales…? ¿Me limito a la “ausencia de guerra”? ¿Busco la reconciliación? ¿Me he sentido reconciliado con Dios? ¿Cuánto hace que no he recibido el Sacramento de la Reconciliación? ¿Por qué?

Los conflictos y guerras, en cualquier ámbito, sólo generan destrucción y muerte. No está en nuestra mano lograr la reconciliación entre países en conflicto, pero sí está en nuestra mano generar un estilo reconciliador en nuestros ambientes, desde la conciencia de haber sido reconciliados con Dios en Cristo, ya sea como “hijos pródigos” o como “hermanos mayores”, para avanzar en la consecución de una auténtica paz en lo personal, familiar y social.