Comentario – Domingo III de Pascua

El evangelio de hoy nos ofrece una de las estaciones más bellas de este via resurrectionis recorrido por los apóstoles tras su intenso via crucis. Éste les había dejado una profunda sensación de fracaso. Tras la dura experiencia de los días transcurridos en Jerusalén, los apóstoles vuelven a Galilea, su lugar de procedencia, intentando tal vez olvidar lo acaecido recientemente y recomponer los trozos de su vida destrozada; eso mismo parece llevarles hacia su antiguo estado y estilo de vida. Han iniciado un camino de retorno. Por eso, no es extraño que intenten, casi maquinalmente, recuperar su viejo oficio de pescadores, después de haber sido llamados a abandonar tal oficio para convertirse en pescadores de hombres.

Pero su intento de retorno a la vida pasada –como suele suceder tantas veces- resulta un fracaso: aquella noche no cogieron nada. Su vida había quedado marcada por Cristo, e intentar vivirla prescindiendo de él era ya imposible; sin él la vida no podía ser fecunda, ni satisfactoria; sin él, la vida carecía ya de sentido. Pero Jesús nunca se ausenta del todo; siempre se hace notar, y en las circunstancias más imprevistas. De madrugada, Jesús se acerca a la orilla, pero ellos no le reconocen.

La decepción ha cerrado provisionalmente sus ojos a las cosas hermosas y buenas de la vida. Reconocer a su Maestro en semejante estado resultaba francamente difícil. Él se dirige a ellos con palabras muy humanas, pero que ponen en evidencia la esterilidad de su esfuerzo: Muchachos, ¿tenéis pescado? Después de una entera noche de trabajo no tenían siquiera un pez que ofrecer al peregrino. Ésta era la realidad de su vida sin Cristo: no tener nada que ofrecer.

Entonces Jesús les hace una pequeña indicación: Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. Y realmente encontraron: tal cantidad de peces que no tenían fuerzas para sacar la red. La indicación del peregrino se había revelado sumamente eficaz. La cosa no había sucedido por casualidad. Era un signo similar a los muchos que habían acompañado a Jesús a lo largo de su vida pública. Y ese signo permitió el reconocimiento de uno de sus discípulos.

Es el Señor, exclamó Juan, el discípulo que Jesús tanto quería, aquel que se había distinguido por su amor al Maestro, el más ligado afectivamente a Jesús, el contemplativo, el más capaz de penetrar en el corazón de Cristo. Luego no todos le reconocieron al mismo tiempo; hubo quien le reconoció antes que los demás, siendo todos sus discípulos. Sólo el que está atento, sólo el que mira con ojos penetrantes –y tales son los ojos de la fe: ojos que ven más allá de la apariencia de las cosas el fundamento de las mismas-, sólo el que detiene su mirada repetidas veces en Jesús y en sus signos presenciales (su palabra, su eucaristía, el necesitado), puede ver al Resucitado allí donde está, porque se hace presente con la presencia que adopta en cada momento desde su condición gloriosa.

Reconocerle es sentirle vivo, cercano, activo, presente con toda su potencia y amor, y en todo momento: en el momento del fracaso y del éxito, en el momento de la prueba y de la bonanza, en el momento de la vida y de la muerte; es advertir que no estamos solos, ni siquiera cuando nos abandonan los demás, porque Jesús resucitado es la presencia amorosa siempre disponible, porque ya nada le puede impedir estar junto a nosotros y prepararnos la mesa (un trozo de pan y un pescado, distintos de los adquiridos por nosotros; enteramente suyos para nosotros) e invitarnos a ella.

Los apóstoles, quizá asustados, quizá extasiados, no se atreven a preguntarle quién esporque saben bien que es el Señor, aunque bajo la apariencia de un simple peregrino, de un lenguaje sencillo o de un gesto de delicadeza. Al fin y al cabo ésta había sido siempre la apariencia del Maestro: la de la mansedumbre y la humildad, la de la forma de siervo. ¿Para qué más preguntas e indagaciones?

No esperemos otras manifestaciones del Resucitado; no exijamos más apariciones, otras apariciones a la medida de nuestros deseos. Nosotros hoy tenemos más que aquellos apóstoles que fueron testigos de primera mano del Resucitado. Tenemos su propio testimonio, refrendado con sangre, una larga tradición de fe y de mártires que secundaron aquel primer testimonio capaz de desafiar prohibiciones leyes por obedecer a Dios. Ésta es la respuesta que aquellos apóstoles, testigos de la Resurrección de Jesús, dieron ante sus jueces amenazantes: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

En caso de conflicto entre las leyes humanas y la ley de Dios, prevalece la voluntad de Dios. Por muy grande que sea la autoridad de los hombres, mayor es la autoridad de Dios. Por eso, ante leyes injustas, inmorales, lesivas de la vida y la integridad humana, ante leyes contrarias a la doctrina evangélica, ante prohibiciones que plantan cara a la voluntad de Dios, sólo cabe la objeción de conciencia, pues no podemos hacer lo que en conciencia consideremos contrario a la voluntad de Dios.

Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Esto se hace especialmente válido y urgente en una religiosa (pero no cristiana) como la judía, en una sociedad pagana como la romana o en una sociedad descristianizada como la nuestra, donde proliferan leyes que no tienen en cuenta ni se inspiran en criterios evangélicos. Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres, aunque ello traiga consigo persecuciones, desprecios, exclusiones, sufrimientos. Que Dios nos encuentre preparados para afrontar las dificultades y oponer la objeción de conciencia si es preciso.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo III de Pascua

I VÍSPERAS

DOMINGO III DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Quédate con nosotros;
la noche está cayendo.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres
un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo,
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu;
y limpia, en lo más hondo
del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. El Señor se eleva sobre los cielos y levanta del polvo al desvalido. Aleluya.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor se eleva sobre los cielos y levanta del polvo al desvalido. Aleluya.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Rompiste mis cadenas, Señor, te ofreceré un sacrificio de alabanza. Aleluya.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Rompiste mis cadenas, Señor, te ofreceré un sacrificio de alabanza. Aleluya.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Hijo de Dios aprendió, sufriendo, a obedecer, y se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna. Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Hijo de Dios aprendió, sufriendo, a obedecer, y se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna. Aleluya.

LECTURA: 1P 2, 9-10

Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a traer en su luz maravillosa. Antes erais «no pueblo», ahora sois «pueblo de Dios»; antes erais «no compadecidos», ahora sois «compadecidos».

RESPONSORIO BREVE

R/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

R/ Al ver al Señor.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Dijo Jesús a sus discípulos: «Traed de los peces que acabáis de coger». Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dijo Jesús a sus discípulos: «Traed de los peces que acabáis de coger». Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, vida y resurrección de todos los hombres, y digámosle con fe:

Hijo de Dios vivo, protege a tu pueblo.

Te rogamos, Señor, por tu Iglesia extendida por todo el mundo:
— santifícala y haz que cumpla su misión de llevar tu reino a todos los hombres.

Te pedimos por los hambrientos y por los que están tristes, por los enfermos, los oprimidos y los desterrados:
— dales, Señor, ayuda y consuelo.

Te pedimos por los que se han apartado de ti por el error o por el pecado:
— que obtengan la gracia de tu perdón y el don de una vida nueva.

Salvador del mundo, tú que fuiste crucificado, resucitaste, y has de venir a juzgar al mundo,
— ten piedad de nosotros, pecadores.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Te rogamos, Señor, por los que viven en el mundo
— y por los que han salido ya de él, con la esperanza de la resurrección.

Con la misma confianza que nos da nuestra fe, acudamos ahora al Padre, diciendo, como nos enseñó Cristo:
Padre nuestro…

ORACION

Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu, y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado II de Pascua

«Soy yo. No temáis»

1.- Oración introductoria.

Señor, yo que vengo a orar por la mañana, me doy cuenta de que muchas veces estoy, como los discípulos, en el “atardecer”. Se va la luz, llega la noche con su oscuridad y me da miedo. Sí, Señor, te lo confieso: tengo miedo a la vida y, sobre todo, tengo miedo a la muerte. Pero tu palabra me ensancha el corazón cuando hoy me diriges a mí las mismas palabras que a los apóstoles: “Soy Yo, no tengáis miedo”. Si Tú eres la Verdad, no tengo miedo a la mentira; si Tú eres la Luz, no tengo miedo a la oscuridad; si Tú eres la Vida, no tengo miedo a la muerte. Gracias, Jesús, “el quita-miedos”

2.- Lectura reposada del evangelio: Juan 6, 16-21

Al atardecer, bajaron sus discípulos a la orilla del mar, y subiendo a una barca, se dirigían al otro lado del mar, a Cafarnaúm. Había ya oscurecido, y Jesús todavía no había venido donde ellos; soplaba un fuerte viento y el mar comenzó a encresparse. Cuando habían remado unos veinticinco o treinta estadios, ven a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca, y tuvieron miedo. Pero él les dijo: «Soy yo. No temáis». Quisieron recogerle en la barca, pero en seguida la barca tocó tierra en el lugar a donde se dirigían.

3.- Qué dice el texto.


Meditación-reflexión

Este texto parece indicarnos la situación de los apóstoles (también la nuestra) cuando Jesús no está. Usa tres frases: “Bajan a la orilla del mar”.  En aquel tiempo el mar era considerado como símbolo del mal. Allá está Leviatán, ese monstruo marino que es una constante amenaza contra la vida de las personas. Es una fuerza malévola.  Sin Jesús la vida resulta “un mar de amargura”. “Había ya oscurecido”. Sin Jesús, que es la Luz, la tierra se llena de oscuridad y de tinieblas. Es la total desorientación. Sin Jesús el hombre está totalmente perdido. “Soplaba un fuerte viento”. Una barca, azotada con un fuerte viento, amenaza con la destrucción y la ruina. Y ¿Qué pasa cuando aparece Jesús? Viene la calma. Con Jesús las fuerzas del mal tienen que ceder. Con Jesús viene la luz, y con la luz, la orientación, el sentido de la vida, la alegría. Jesús se pone en medio de nosotros y nos dice: “Soy yo. No tengáis miedo”. Con Jesús desaparecen los miedos, las angustias, las zozobras. Con Jesús recuperamos el derecho a ser felices.

Palabra del Papa

“Pregunta del presentador: ¿Qué mensaje le quiere decir Francisco a estos cinco chicos que lo escucharon y a todos los miles de niños de todo el mundo que están siguiendo ahora esta comunicación? ¿Qué mensaje les quieres dar a todos? R. Una cosa que no es mía –Jesús la decía muchas veces–: “No tengan miedo”. Nosotros en mi país tenemos una expresión que no sé cómo la traducirán en inglés: “No se arruguen”. No tengan miedo, vayan adelante, tiendan puentes de paz, jueguen en equipo y hagan el futuro mejor porque acuérdense que el futuro está en las manos de ustedes. Sueñen el futuro volando, pero no olviden la herencia cultural, sapiencial y religiosa que les dejaron sus mayores. Adelante y con valentía. Hagan el futuro. (S.S. Francisco, palabras con motivo del lanzamiento de la Plataforma de Scholas, 5 de septiembre de 2014)

4.- Qué me dice hoy a mí este texto meditado (Silencio)

5.- Propósito. Hoy daré gracias al Padre por habernos hecho el regalo de su Hijo.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, hoy quiero decirte con San Pedro: “Si nos apartamos de ti, ¿adónde iremos?” Es bueno sentirnos perdidos sin Él. Es bueno experimentar que, si no está Jesús en nuestra vida, quedamos desnortados. Es como si nos faltara el aire para respirar, el agua para beber, el suelo para sostenernos, el sol para iluminarnos y darnos calor. Gracias por haber venido a nuestro mundo. Si te hubieras quedado en el cielo ¿qué hubiera sido de nosotros?

ORACIÓN POR LA PAZ.

«Señor Jesús, Príncipe de la Paz, mira a tus hijos que elevan su grito hacia ti: Ayúdanos a construir la paz. Consuela, oh Dios misericordioso, los corazones afligidos de tantos hijos tuyos, seca las lágrimas de los que están en la prueba, haz que la dulce caricia de tu Madre María caliente los rostros tristes de tantos niños que están lejos del abrazo de sus seres queridos. Tú que eres el Creador del mundo, salva a esta tierra de la destrucción de la muerte generalizada, haz que callen las armas y que resuene la dulce brisa de la paz. Señor Dios de la esperanza, ten piedad de esta humanidad sorda y ayúdala a encontrar el valor de perdonar». (Parolín, Secretario del Estado Vaticano)

Junto al mar

1.- Y la cosa comenzó en Galilea, nos dice San Pedro, expresando con una frase incolora un hecho que transformó su propia vida y transformo el mundo entero.

+ La cosa comenzó en Galilea es un Dios, despojado de su rango, hecho carne de nuestra carne y huesos de nuestros huesos.

+ La cosa de Galilea es la proclamación a la humanidad de que ya no hay esclavos y libres, judíos o paganos, hombres o mujeres.

+ La cosa es la mayor revolución social y religiosa que jamás ha existido en el mundo.

+ Y la cosa para Pedro es el comienzo de una amistad que no pasará nunca.

2.- Y ese Señor que quiso comenzar la cosa en Galilea quiere acabar el capítulo de su vida mortal donde comenzó: en Galilea.

Y por eso, porque el Señor los ha convocado en Galilea nos encontramos hoy a los discípulos junto al mar de Tiberíades esperando la llegada del Señor.

Y la historia es que en la casa de la suegra de Pedro, donde están, se acaban las provisiones, que son demasiados seis huéspedes en una casa pobre. Y Pedro decide ir a pescar y todos se van con él. Y en toda la noche no pescan nada. Y en el fresco y limpio amanecer se les aparece el Señor a la orilla del mar.

3.- Y ese Jesús, en cuclillas ante el fuego, donde asa un pez, piensa en su Galilea, patria chica de todos ellos. Su mar con sus bonanzas y sus borrascas. Los campos de trigo mecidos por la brisa. Los lirios del campo y los pajarillos del cielo. Pueblo querido, gente muy buena que le han seguido.

El vino de Caná, la viuda de Naín, María la de Magdala. Nazaret, infancia protegida y acunada en el pecho de una madre cariñosa, experiencia nueva que el Hijo de Dios se lleva a su gloria.

Y los apóstoles, que ya llegan sin poder apenas con el peso de la red llena se sientan junto a Jesús, en profundo silencio, sin atreverse a preguntar: “Tu quien eres…”, porque en la paz de su corazón saben que es el Señor.

4.- El Señor se les aparece a la orilla del mar. Ese mar que recuerdan furioso y terrible dominado por el sólo mandato del Señor. Ese mar en cuyas orillas la multitud ha escuchado la palabra de Dios.

Ese mar que les hace pensar en la infinitud de Dios, empequeñecida en el cuerpo humano de ese Jesús, su Señor, su Dios. Un mar que pasea su mano suave por la arena de la playa borrando cualquier huella, como la mano piadosa de Dios acaricia el corazón humano perdonando setenta veces siete.

Señor mío y Dios mío, resuena en el corazón de cada uno de ellos ante el divino galileo que les invita a comer.

5.- Cuantas veces en nuestra vida nos pasamos largas horas, largos días y noches saneando y no pescamos nada, hasta que empieza a apuntar el día y sentimos nuevas fuerzas, nueva paz en el corazón y tampoco necesitamos preguntar “Tu quien eres” porque sabemos que es el Señor, el que en el sufrimiento y el dolor nos llevó en sus brazos dejando sólo sus huellas en la ardiente arena quemada por el sol.

Ojalá el Señor se nos aparezca a la orilla del mar de nuestra vida en la paz del amanecer.

José María Maruri, SJ

Comentario – Sábado II de Pascua

Jn 6, 16-21

El «signo» de la marcha sobre las aguas, en san Juan, como en san Mateo 14-22 y en san Marcos 6-45… está estrechamente ligado con la multiplicación de los panes.

La multiplicación de los panes prepara la parte principal del discurso sobre el Pan de vida (versículos 26 al 59): el verdadero pan de Dios, soy Yo, es mi Cuerpo y mi sangre… dados en alimento.

La marcha sobre las aguas inicia el final del discurso (versículos 60 al 71) En ella aparece Jesús como sustraído de alguna manera a las leves de la materia; es esto ya un modo de respuesta a las dificultades de los que rehusan aceptar su doctrina eucarística… este Cuerpo que dará en alimento será un cuerpo espiritual, como dirá san Pablo (1Corintios 15, 35-49), un Cuerpo resucitado.

Después de la multiplicación de los panes, llegada la tarde, bajaron sus discípulos al mar, y subiendo en la barca, se dirigían al otro lado del mar, hacia Cafarnaúm. Ya había oscurecido y aún no había vuelto a ellos Jesús.

Jesús queda solo. ¿Por qué no ha embarcado con ellos? Parece que esto fue muy intencional de su parte.

Cuando son conocidos los procedimientos que Juan emplea en la composición literaria, se adivina que todos los detalles tienen un valor. La «noche», las «tinieblas»… tienen una significación. Jesús está ausente: es de noche.

A través del mundo sensible, Juan sugiere el universo espiritual y religioso que su alma mística contempla. Todo es un símbolo. Esto no impide tampoco que sea «histórico». Juan estaba en esta barca, se afanaba en la noche, no lo olvidemos. Esta noche era algo muy real. Pero, al mismo tiempo para Juan significaba la ausencia de Jesús. Y esta noche dura siempre para todos los creyentes. La eucaristía es también como una noche.

El mar se alborotaba, pues soplaba muy fuerte el viento.

Además de la noche, que hace difícil la navegación, está la tempestad. A menudo, hoy también, nos envuelven las tempestades. Puedo rezar partiendo de las que tengo presentes… en mi vida, en el mundo actual.

Habiendo navegado como unos veinticinco o treinta estadios, vieron a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca.

Contemplo este «icono» admirable que Juan me describe. Es esto también una «imagen» real, histórica… pero que hay que saber contemplar desde el interior, en su significación religiosa.

Sí, el «cuerpo» de Jesús de Nazaret es un verdadero cuerpo de hombre. Pero es un cuerpo particular, enteramente penetrado del Espíritu de Dios. A sus apóstoles, este día, seles ha aparecido como sustraído a las leyes ordinarias de la gravedad. Cuando al día siguiente por la mañana, en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús dirá que hay que «comer su carne en alimento»… a los apóstoles les chocará menos que a los demás oyentes, porque recordarán la escena vivida sobre el mar. «El Espíritu es el que da vida, la carne no aprovecha para nada», dirá Jesús para tratar de hacer sentir el misterio de la eucaristía. (Juan, 6, 63).

Y temieron. Pero El les dijo: «Soy yo, no temáis.» Querían ellos tomarle en la barca; pero al instante se halló la barca en la ribera, adonde se dirigían.

El «temor» reverencial, signo de la Presencia de Dios, en el lenguaje cultural de la Biblia.

Y este otro «signo» misterioso: Cristo no parece ligado estrechamente a las leyes habituales de la localización…
Más allá de lo racional y de lo sensible y de lo comprensible… yo creo en ti.

Noel Quesson
Evangelios 1

«Es el Señor»

1. – El capítulo 21 del Evangelio según San Juan está cargado de simbolismo. La escena de la pesca es muy semejante a la que Lucas narra en el capítulo 5 de su evangelio. La diferencia es que ahora Jesús es el Señor resucitado. El vencedor de la muerte dice a sus discípulos «echad la red». Los siete discípulos representan a toda la Iglesia, que debe dar testimonio de su fe; los 153 peces quizá simbolicen el número de naciones conocidas entonces, porque a todos se les anuncia la Buena Noticia. Al principio no pescan nada, pues sin la presencia de Jesús la Iglesia no puede nada, aunque emplee los medios más modernos en la transmisión de la fe.

2. – La Iglesia nace de Jesús, muerto y resucitado, que se hace presente en medio de los discípulos. La red no se rompe, es decir recibe a todos sin excepción. Jesús toma el pan y se lo da, como en la Ultima Cena cuando se entregó y se «partió» por todos nosotros.

Jesús pide por tres veces que Pedro le confiese su amor. De esta manera, Pedro repara sus tres negaciones. La intención del texto es señalar la misión que Cristo encomienda a Pedro de pastorear a su Iglesia. Pero es el amor a Cristo la primera condición para ser «pastor» en su Iglesia. La misión de todo cristiano, y en especial de los pastores, es transmitir la fe. Pero esto no se hace sólo con discursos grandilocuentes, sino desde la experiencia de fe en Cristo resucitado.

3. – Ya lo decía San Bernardo: «creed al experimentado». La Iglesia desde el principio aparece como signo de contradicción, por eso es perseguida. El anuncio valiente del Evangelio puede acarrear persecución por parte de los poderes de este mundo, pero está claro que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Si la Iglesia se acomodase a este mundo perdería el sentido de su ser. Sólo si presenta con valentía el anuncio gozoso y liberador del Evangelio se identificará con el Cordero Pascual, Jesucristo muerto y resucitado que se entrega por nosotros.

José María Martín, OSA

El dulce Cristo en la tierra

1.- «¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestras enseñaza» (Hch 5, 28) Una vez más están frente al Sanedrín, ante el Tribunal Supremo de justicia de Israel. Y no será la última. Después serán otros tribunales, los romanos, los griegos, los egipcios, los persas, los hispanos. Habrá sentencias, sentencias capitales, sentencias de muerte. Ya lo había dicho el Señor: «Os llevarán a los tribunales por mi nombre. No temáis, no penséis qué habéis de contestar. Yo estaré muy cerca, el Espíritu contestará por vosotros».

Es claro, se ve palpablemente que estos hombres tienen una nueva fuerza desconocida, no hay manera de hacerlos callar. Y hablan, nada menos de que Jesús de Nazaret ha resucitado, de que es el Mesías prometido por los profetas, de que han crucificado al que había de venir, al Cristo de Dios, al Ungido, al Rey de Israel. Estas palabras sacuden sus conciencias dormidas. Pero en lugar de reconocer los hechos, en lugar de arrepentirse y hacer penitencia, se empeñan en ahogar aquellas voces que proclaman la verdad. Esa verdad a veces dura e hiriente, pero la única que salva, la verdad que nos libera. Ojalá que nosotros nunca la disimulemos ni la rechacemos, que la abracemos tal cual es, que la aceptemos plenamente. Así nuestra vida será un canto a la sinceridad, la sencillez, a la franqueza, a la humildad.

«Los Apóstoles salieron del Consejo contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús»(Hch 5, 41) Azotaron a los Apóstoles, les prohibieron hablar en el nombre de Jesús y los soltaron. Eran cuarenta varazos menos uno, descargando el golpe en seco sobre sus espadas desnudas, restallando sin piedad la dureza de sus nudos. La sangre que amorata lívidos cardenales en surco, la sangre que brota y que resbala caliente y viscosa sobre la piel. Apóstoles y mártires, enviados y testigos de excepción. Era la primera vez. En el cielo se oyó el preludio de esa sinfonía heroica y sangrienta que tantas veces terminaría en la muerte tan dolorosa como gloriosa.

Después los soltaron. Creyeron que aquel duro castigo sería suficiente para callarlos, una mordaza para sus bocas. Pero se equivocaron. Los Apóstoles, azotados y doloridos, caminaban, sin embargo, contentos, rebosantes de gozo por haber sufrido aquello por amor de Cristo. Cantando iban los mártires a la muerte del fuego, a ser devorados por las fieras. Radiantes de gozo. Era lógico que ante esto, la sangre de mártires fuera fecunda semilla de cristianos. Ir a la muerte cantando, aceptar con alegría el martirio lento de cada día, el martirio de un corazón desprendido, de un trabajo humanamente bien hecho, de un hacer lo que se pueda en favor de los demás, sin esperar ninguna recompensa terrena… Concédenos la fuerza y la gracia que necesitamos para ser mártires, testigos de la Verdad. Con una vida que convenza, que anime, que arrastre.

2.- «Te ensalzaré, Señor, porque me has librado…» (Sal 29, 2) La intervención de Dios impidió la burla de los enemigos. Cuando todo parecía perdido, el Señor sacó del abismo a su elegido. Por eso brotan del corazón del salmista palabras de gratitud y de gozo. El peligro fue tan inminente que parecía imposible salir de él, muy poco debió faltar para sucumbir. Todos de alguna forma, unos más y otros menos, hemos pasado por una situación parecida, aunque quizá ni nos hayamos dado cuenta. Cada vez que hemos ofendido a Dios, hemos corrido el tremendo peligro de ser condenados para siempre. Estuvimos al borde del abismo sin fin, a punto de padecer los tormentos del infierno. Tomemos conciencia de ello y elevemos, nosotros también, nuestro espíritu hacia el Señor, para agradecerle que nos haya librado, para pedirle que nunca más nos pongamos en estado de condenación.

«Tañed para el Señor, fieles suyos, dad gracias a su nombre santo» (Sal 29, 6) Gracias, Dios mío, gracias porque has querido darme otra oportunidad. Ya estaría apartado de ti para siempre, si tú no hubieras intervenido en favor mío. Por eso el alma se nos ha de llenar de gratitud, de deseos de aprovechar esta nueva ocasión de rectificar, de servir a Dios, de amarlo, de poseerle y de gozarle. Más adelante habla el texto sacro de que la cólera divina dura un instante, mientras que su bondad se extiende por toda la vida. Es cierto que la cólera divina, aunque sea breve, puede derribar y arrasar en un instante cuanto se ponga por delante. Por eso es conveniente tener un santo temor de Dios. Sin embargo, ha de prevalecer en nosotros el amor y la esperanza, la persuasión de que el Señor es ante todo bondadoso, capaz de perdonar una y mil veces, de tener paciencia hasta movernos, a fuerza de comprensión, a ser mejores cada día.

El Señor, además de perdonar, nos fortalece hasta el punto de que nada ni nadie nos pueda desanimar en nuestro propósito de servirle y de amarle sobre todas las cosas. Para ello hemos de recurrir con insistencia y con humildad a su bondad sin límites.

3.- «Yo, Juan, miré y escuché la voz de muchos ángeles…» (Ap 5, 11) El Apóstol y Evangelista san Juan es simbolizado con la figura de un águila. Sus alas se extienden poderosamente y surcan los aires hasta las alturas más elevadas. Su vuelo es majestuoso y sereno, seguro. Su mirada penetrante abarca un ancho panorama, descubre desde al altura su presa y mira de hito en hito la luz deslumbradora del sol… Juan sube hasta las cimas de las cumbres de Dios, su vuelo es tan alto que su mirada penetra, absorta y extasiada, en la morada inenarrable de la divinidad.

Sus palabras nos permiten entrever algo de la grandeza sin nombre que hay en el cielo. Millares y millones de ángeles, ancianos de porte mayestático, hombres y mujeres que cantan alborozados la victoria del Señor. La Jerusalén celestial, la Ciudad de Dios construida sobre fundamentos sólidos, con maravillosa y esplendente pedrería preciosa. El trono de Dios en su máxima gloria. Esas voces de muchas aguas que claman: «Al que se sienta en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos…». Danos, Señor, la luz que necesitamos para intuir al menos la maravilla y grandeza de tu Reino. Haz que la esperanza de llegar a gozar de todo eso, nos haga vivir mejor tu ley de amor y de entrega.

«Y los cuatro vivientes respondían: Amén» (Ap 5, 14) Hay palabras que han permanecido invariablemente a través de muchos siglos. Palabras difíciles de traducir con un solo vocablo, palabras tan llenas de significado que en sí mismas son todo un programa de vida, un ideal capaz de llenar por completo a existencia de un hombre. Y una de esas palabras es el «amén». Se trata de un vocablo que se remonta a los primeros pueblos semitas, a los antiguos hebreos que fueron llamados por Yahvé desde las remotas regiones de Mesopotamia.

«Amén» significa: así es, es verdad, es indiscutible, es evidente, es cierto. Por eso rubrica toda confesión de fe firme y decidida. También significa así sea, ojalá que tal suceso ocurra, Dios quiera que eso que pedimos con ardiente súplica nos sea concedido. Finalmente con el «amén» estamos diciendo al Señor que sí, que aceptamos rendidamente su voluntad… Amén, Señor, amén. Porque creo firmemente en tu Palabra, en las verdades que tú nos revelaste y que la Iglesia católica enseña. Amén también, Dios mío, porque deseo que se cumpla en mí tu voluntad. Y porque te pido que me concedas lo que más me convenga para ser bueno y fiel. Por todo eso, amén, Señor, siempre amén.

4.- «Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades» (Jn 21, 1) Muchas veces la escena evangélica se desarrolla a la orilla del lago de Tiberíades. Sus aguas limpias y azules fueron el fondo entrañable de los encuentros de Jesús con sus discípulos. En esta ocasión la pesca ha sido infructuosa. Toda la noche rastreando el lago, sin conseguir nada. Las luces del alba descendían desde las colinas cuando divisaron en la orilla la figura de un hombre. Les pregunta a lo lejos si han cogido algo, y al contestarle que no, les dice que vuelvan a echar las redes hacia la derecha de la barca. Como un último intento, aquellos pescadores le hacen caso… Entonces, un enjambre de peces aletea dentro de las redes, cargadas como nunca. Juan mira hacia la orilla y reconoce gozoso que al Maestro.

Pedro, el que por tres veces le negó, no duda ni por un momento en ir a su encuentro. Él sabía que el Señor le amaba más que lo suficiente para perdonarle su pecado. Esa era la diferencia respecto de Judas. Éste huyó de Jesús, no creyó posible el perdón para su traición. Pedro es cierto que lloró amargamente su pecado. Pero sabía que el Maestro le volvería a perdonar. Quien le había enseñado a perdonar siete veces siete, bien podría perdonarle a él. Y no se equivocó. El Señor le acoge con el mismo cariño de siempre, le mira con la misma profunda mirada, con la misma comprensión de antes.

Lo que quizá no imaginaba Pedro es que el perdón de Jesús iba a ser tan grande, que todo sería lo mismo que antes. Lo lógico hubiera sido que el primer puesto lo ocupara otro que lo mereciera más que él, otro que al menos no hubiera renegado de su Maestro hasta jurar que no le conocía. Sin embargo, Jesús le vuelve a encomendar el cuidado de su rebaño, le entrega otra vez el poder de regir a su Iglesia, la misión excelsa de ser su vicario en la tierra, el que haga sus veces cuando él se marche a los cielos.

Al mismo tiempo le profetiza las dificultades que ese papel entraña. Llegará el momento en que le perseguirán y el encarcelarán, le calumniarán y le maltratarán, lo llevarán maniatado adonde él no quisiera ir, le crucificarán en una de las colinas de Roma. La profecía se cumplió. Y se seguirá cumpliendo. Porque también hoy, lo mismo que ayer y que mañana, el Vicario de Jesús, el dulce Cristo en la tierra, sufrirá en su carne el dolor de ser fiel a su divino Maestro.

Antonio García Moreno

En mi nombre, no

1.- ¡Pobres Pedro, Tomás, Natanael, Juan, Santiago y los otros dos discípulos del Señor! Toda la noche trabajando, peleando con el frío y con las olas, remando impacientes en todas las direcciones, y, al final, cuando llegó el alba, ¡nada!, las manos y las redes vacías. Ellos eran pescadores expertos y conocían metro a metro los caladeros y profundidades donde se escondían los peces del lago de Tiberíades. ¿Qué podía haber pasado? No lo entendían. Y ahora, cuando ya estaban dispuestos a abandonar, llega un desconocido y les dice que echen las redes a la derecha y que encontrarán peces grandes y en cantidad. ¡Valiente consejo! A la derecha y a la izquierda han echado ya ellos la red durante toda la noche cientos de veces. ¿En nombre y a santo de quién van a echar la red precisamente ahora, cuando ya ha amanecido, en ese lugar donde ya lo han intentado, fatigosamente y sin éxito, tantas veces? En fin, dirá Pedro, si vosotros queréis que hagamos caso a este desconocido y que sigamos remando y peleando con las olas, podemos volver a intentarlo, pero por mí y en mi nombre desde luego no lo haríamos. En su nombre, desde luego, no.

2.- Pero, en fin, después de todo, ellos son buena gente y no tienen motivos para desconfiar de este forastero que parece tan bien intencionado. En nombre de ellos no lo harían, pero en nombre de esta persona que parece tan bien intencionada lo intentarán de nuevo. ¡Y la red se llenó de grandes peces! ¡Es el Señor! dijo el discípulo que más amaba. Lo que a nosotros nos parecía imposible, lo que nunca hubiéramos conseguido con nuestras solas fuerzas, lo hemos conseguido con la ayuda del Señor. ¡Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente! La confianza en el Señor nos ha salvado. Qué peligroso es, debió pensar Pedro, fiarse sólo de uno mismo y querer hacer todas las cosas en nombre propio. El orgullo, la vanidad, el egoísmo se meten fácilmente entre las rendijas del alma y nos empujan a caminar en dirección equivocada.

3.- Y Jesús tomó el pan y se lo dio, y lo mismo el pescado. Seguro que estos expertos pescadores y humildes discípulos se acordaron entonces de la última cena que habían celebrado con el Maestro y del relato que les habían contado los dos discípulos que se dirigían a Emaús. También ellos, ahora, habían reconocido al Maestro y estaban seguros que era el Señor. También ellos le habían reconocido al partir el pan. En adelante se fiarían siempre del Señor y, en nombre del Señor, repartirían siempre el pan de la palabra y el pan de vida. Querían convertirse en pescadores de hombres, en apóstoles, enviados, del único Maestro al que habían escuchado palabras de vida eterna. En nombre propio podían conseguir muy poco, pero en nombre del Señor iban a conseguirlo todo.

4.- No iba a ser fácil para ellos recorrer todo el camino por el que ahora habían comenzado a caminar. La incomprensión y la hostilidad del mundo en el que se movían tratarían de aplastar sus mejores propósitos. Pero ellos lo tenían muy claro: debían obedecer a Dios antes que a los hombres. No a cualquier dios, sino únicamente al Dios al que ellos habían descubierto en el rostro y en la vida del Maestro; sí, a un Dios de vida, de verdad y de amor. Y si tenían que padecer, o incluso morir, por el nombre de Jesús, ellos estarían siempre contentos de haber merecido aquel ultraje.

Gabriel González del Estal

Sin beneficio de inventario

1.- “Estando a la orilla del lago y después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Pedro respondió: Señor, tú sabes todo, tú sabes que te quiero”. San Juan, Cáp. 21. A pocos kilómetros de Damasco, se asienta un pueblecito sirio de nombre Malula, habitado por musulmanes y cristianos que, a pesar del árabe su lengua oficial, conservan el idioma arameo como un recuerdo de familia. Quisiéramos visitar este poblado, con el evangelio en la mano, para escuchar de algún vecino en su idioma original, aquella frase de Jesús: “Simón hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”. La cual debió sonar con inusitada mansedumbre y amable fortaleza. Se trataba de resituar en su peculiar vocación, a quien sería en adelante la piedra fundamental de la Iglesia.

El texto de san Juan es la contraparte de otro que encontramos en san Marcos. Pedro había negado a su Maestro y el evangelista cuenta el hecho tres veces, que es una forma bíblica de resaltar lo sucedido. Y el Resucitado, al reencontrase con los suyos, le pregunta al jefe de los Doce: “Simón, Hijo de Juan, ¿me amas?”. Por segunda vez lo interroga. Y al final: “Simón hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”.

2.- Frente al paisaje abierto de lago, junto a las barcas y las redes tendidas al sol, Pedro recordaría con dolorosa claridad lo sucedido aquella oscura noche: “También tú estabas con Jesús de Nazaret. Tu acento lo delata”, le había dicho la criada del pontífice. Y el apóstol se había defendido: “No conozco a ese hombre de quien hablas”. San Juan consigna también la respuesta de Pedro a Jesús: “Señor, tú sabes todo. Tú sabes que amo”. Una afirmación inigualable. Asegura que el Señor conoce su historia íntegramente, pero a pesar de todo, sabe muy bien que lo ama. De parte del Señor hubo también una confirmación escalonada: “Apacienta mis corderos. Apacienta mis ovejas”. Y finalmente: “Apacienta mis ovejas”. El triple testimonio que, según la tradición judía, le daba consistencia a un contrato.

3.- Pero todo ello explica además el estilo del perdón que Dios concede. Es la ratificación de su amor, de su confianza en nosotros, sin beneficio de inventario. Porque la conversión cristiana y el Sacramento de la Reconciliación invitan encarecidamente a mirar hacia delante. No motivan una regresión sicológica, que ahonda las heridas y puede enfermar el espíritu. No entendemos entonces ciertas escuelas ascéticas empeñadas en recalcar, a todas horas, nuestra culpabilidad. Ni ciertos grupos piadosos, dedicados a enumerar y clasificar pecados. Como tampoco a quienes redactaron prolijos textos de examen de conciencia, añadiendo otros párrafos para evaluar si tales exámenes habían quedado bien hechos. A la luz del evangelio la moral cristiana no puede reducirse a un elenco de fallas. Ha de presentarnos, ante todo, los valores del Reino de Dios, que a diario nos reparte su paz y su alegría. Esta serenidad y este gozo conforman el clima de la Pascua y el contexto de toda vida cristiana.

4.- Una profesora de física decía: No entiendo a los predicadores que hacen continuo énfasis en el pecado. En mis estudios he encontrado numerosas páginas que presentan las maravillas de la luz. Jamás un texto que profundice en las tinieblas.

Gustavo Vélez, mxy

¿Me amas?

Esta pregunta que el Resucitado dirige a Pedro nos recuerda a todos los que nos decimos creyentes que la vitalidad de la fe no es un asunto de comprensión intelectual, sino de amor a Jesucristo.

Es el amor lo que permite a Pedro entrar en una relación viva con Cristo resucitado y lo que nos puede introducir también a nosotros en el misterio cristiano. El que no ama apenas puede «entender» algo acerca de la fe cristiana.

No hemos de olvidar que el amor brota en nosotros cuando comenzamos a abrirnos a otra persona en una actitud de confianza y entrega que va siempre más allá de razones, pruebas y demostraciones. De alguna manera, amar es siempre «aventurarse» en el otro.

Así sucede también en la fe cristiana. Yo tengo razones que me invitan a creer en Jesucristo. Pero, si lo amo, no es en último término por los datos que me facilitan los investigadores ni por las explicaciones que me ofrecen los teólogos, sino porque él despierta en mí una confianza radical en su persona.

Pero hay algo más. Cuando queremos realmente a una persona concreta, pensamos en ella, la buscamos, la escuchamos, nos sentimos cerca. De alguna manera, toda nuestra vida queda tocada y transformada por ella, por su vida y su misterio.

La fe cristiana es «una experiencia de amor». Por eso, creer en Jesucristo es mucho más que «aceptar verdades» acerca de él. Creemos realmente cuando experimentamos que él se va convirtiendo en el centro de nuestro pensar, nuestro querer y todo nuestro vivir. Un teólogo tan poco sospechoso de frivolidades como Karl Rahner no duda en afirmar que solo podemos creer en Jesucristo «en el supuesto de que queramos amarlo y tengamos valor para abrazarlo».

Este amor a Jesús no reprime ni destruye nuestro amor a las personas. Al contrario, es justamente el que puede darle su verdadera hondura, liberándolo de la mediocridad y la mentira. Cuando se vive en comunión con Cristo es más fácil descubrir que eso que llamamos «amor» no es muchas veces sino el «egoísmo sensato y calculador» de quien sabe comportarse hábilmente, sin arriesgarse nunca a amar con generosidad total.

La experiencia del amor a Cristo puede darnos fuerzas para amar incluso sin esperar siempre alguna ganancia o para renunciar –al menos alguna vez– a pequeñas ventajas para servir mejor a quien nos necesita. Tal vez algo realmente nuevo se produciría en nuestras vidas si fuéramos capaces de escuchar con sinceridad la pregunta del Resucitado: «Tú, ¿me amas?».

José Antonio Pagola