Comentario – Domingo V de Cuaresma

La actuación de Jesús en una sociedad tan rigorista e hipócrita como aquella que apedreaba a las adúlteras, significó la realización del algo nuevo: eso que anunciaba Isaías y que veía ya brotando como río en el yermo o un camino en el desierto. Es el camino de la salvación para quienes ya estaban irremisiblemente condenados, como esa mujer sorprendida en adulterio.

Eso significó Jesús para la adúltera, un camino de salida en su desierto existencial, un agua capaz de calmar su sed de felicidad. No olvidemos que se trataba de una persona condenada y en trance de muerte; y condenada no por cualquiera, sino por la ley de Moisés (una institución sagrada).

El pasaje evangélico resulta comprometedor, tanto que llegó a desaparecer de los manuscritos más antiguos. En una época de rigorismo penitencial, en la que el adulterio era uno de los pecados más graves –comparable a la apostasía y al homicidio-, uno de esos pecados por los que había que someterse a la penitencia pública, este pasaje podía favorecer una interpretación demasiado indulgente del mismo pecado.

Pero no debemos confundir las cosas. Jesús no absuelve el adulterio; a quien absuelve es a la adúltera. Jesús no autoriza el adulterio, aunque desautoriza a quienes pretenden condenar a la adúltera con la ley de Moisés en la mano. Jesús no dice que el adulterio no sea pecado; al contrario, aunque no condena a la adúltera, le dice: en adelante no peques más, precisamente porque ha pecado, y gravemente. Condena el pecado, pero no al pecador. Al pecador le salva, tanto de sus acusadores, como de su pecado.

Pero aquello era ante todo una trampa urdida contra Jesús. Los acusadores de aquella mujer sorprendida –algo que parece suponer el acecho- en adulterio, buscaban motivos para acusar y desacreditar a Jesús. Si éste se ponía de parte de la acusada, haciendo gala de su conducta misericordiosa para con los pecadores, quedaba enfrentado a la ley de Moisés –una ley que no entendía de compasión-, que mandaba apedrear a las adúlteras. Si, por evitar el enfrentamiento con la ley, aprobaba la condena de aquella mujer, podía perder ante sus seguidores el prestigio que se había ganado de hombre misericordioso, libre e independiente.

Los fariseos, enfrentándole a la Ley, quieren poner de manifiesto que es un heterodoxo o un maldito, como los que no entienden de la ley. La encerrona era patente y la situación complicada; pero Jesús sale de ella con una maestría admirable. Primero adopta una actitud de indiferencia, como si el caso no fuera con él: inclinándose, escribía con el dedo en el suelo; pero, ante la insistencia de los acusadores que buscan su pronunciamiento público, Jesús se incorpora y les dice: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra; y siguió escribiendo en el suelo, atento al efecto de sus resueltas palabras; porque el efecto fue progresivo, pero fulminante.

Ellos, al oír esto, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos (quizá por más experimentados, o por más conscientes de sus pecados, o por más temerosos del desenlace final), hasta el último.

Al fin quedan solos. Jesús había logrado su propósito: que nadie de sus ahuyentados acusadores condenara a aquella mujer. A ellos les había incapacitado para la ejecución de la condena y para el juicio, y a la ley, de la que ellos eran custodios, le privaba también de autoridad para este tipo de condena. Y él, que sí podía condenar, tampoco lo hace; porque no ha venido al mundo para condenarlo, sino para salvarlo, no solamente de los acusadores que surgen por doquier, sino del propio extravío, del propio pecado.

Cuando Jesús se incorpora y ve frente a sí a aquella mujer petrificada por el miedo, le pregunta: ¿Ninguno te ha condenado? Pues yo tampoco te condeno; anda y en adelante no peques más. Aquella mujer tuvo que sentirse revivir. Jesús le había devuelto la vida. En su interior había entrado algo nuevo e inusitado, recreándola, transformándola. Había quedado marcada por la mirada y la voz de su salvador, que no le permitiría volver a su antigua vida de pecado.

El episodio narrado tiene que hacernos pensar. Tendría que desaparecer de nuestra boca toda palabra o gesto de condena, y sin embargo somos muy dados al «linchamiento», sobre todo cuando los ánimos están enardecidos contra alguien, y en tales circunstancias nos vale cualquier chivo expiatorio, sin necesidad de muchas pruebas. En realidad, sólo Dios puede condenar, al menos de modo definitivo, porque sólo él conoce la entera verdad de las cosas y el grado de implicación de las personas en los hechos. Pero el único que puede condenar, no lo hace; salva al pecador siempre que ello es posible.

Lo que Dios condena es el pecado, que es lo que daña no sólo al ofendido, sino al mismo ofensor. Nuestro pecado consiste muchas veces en constituirnos en jueces y acusadores de los demás, cuando tendríamos que enjuiciarnos antes a nosotros mismo, puesto que no estamos libres de pecado. Pero Jesús nos dice: no condenéis y no seréis condenados; con la misma medida con que midiereis, seréis medidos. Es verdad que solemos abstenernos de lanzar piedras contra nuestros semejantes, pero no por eso dejamos de lanzar fango, el fango de nuestros resentimientos, odios, antipatías, malos humores; y cuando uno maneja fango, se ensucia. En realidad ya está sucio, porque el fango que lanza lo saca de su propio corazón.

En la vida con frecuencia nos sorprendemos señalando y condenando a ciertas personas sorprendidas en su delito. Es una operación que casi nos dan hecha los medios de comunicación social, que ya han dictado sentencia antes de que intervengan los jueces oficiales. Se trata de ese alcalde (o político) sobre el que recaen acusaciones de corrupción o de cohecho, o del obispo que ha encubierto casos de pederastia, o de esos padres que han entregado a su hija a la prostitución, o del señor honorable denunciado por acoso sexual, o del terrorista que ha cometido un buen número de atentados.

Los medios los señalan –del mismo modo que los fariseos a la adúltera- como lo más execrable de nuestra sociedad, y nosotros los condenamos antes de que medie cualquier sentencia.

Pero ¿qué pasaría si Jesús, que conoce nuestra vida y nuestra conciencia, nos dijese: el que de vosotros esté libre de pecado, que le tire la primera piedra? ¿Cómo reaccionaríamos? ¿No hay en nuestra vida pecados similares, aunque quizá menos notorios, y a otra escala, que los denunciados por los medios? Queremos tener políticos, o sacerdotes, o profesores modélicos, cuando nosotros no lo somos. Exigimos lo que nosotros no damos.

En cierta ocasión preguntaron a la Madre Teresa de Calcuta: «¿Qué mejoraría usted en la Iglesia?» A mí misma, respondió ella al instante. Esa es la actitud correcta. Y cuando uno es consciente de sus propios pecados, sólo queda acercarse al que puede perdonarlos, esperando escuchar esas palabras sanadoras que escuchó la adúltera: Yo tampoco te condeno, vete en paz y no peques más.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

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