No juzguemos y no seremos juzgados

1.- «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?» (Is 43, 18-19) Cualquier tiempo pasado fue mejor, dijo el poeta. Y antes que él seguro que muchos lo pensaron. Es como un fenómeno general en la humanidad ese mirar con añoranza el pasado, olvidando lo malo que hubo, recordando sólo lo bueno. Lo contrario que pasa con el mirar el presente. En él se suele ver sólo lo desagradable, lo negativo, sin vislumbrar lo mucho bueno que sin duda tiene el tiempo que nos tocó vivir. Y con esa actitud se fomenta la desilusión, la desesperanza, se impide la objetividad para juzgar, se origina la impotencia para afrontar el futuro.

No es de cristianos vivir de recuerdos, pasarse la vida suspirando por lo que pasó, encerrado en un pasado que ya no existe. Hay que mirar con ilusión nuestra propia época, tratando de mejorarla, luchando para que haya más justicia, más amor, más paz. Es lo que Dios pone en nuestras manos, el talento que ahora tenemos que negociar hasta conseguir el máximo rendimiento.

El pasado no es más que eso, pasado. Lo que realmente nos pertenece es el presente, de esto es de lo que tenemos que responder ante Dios. Lo pasado ya no tiene remedio, mientras que lo que ocurre ahora es susceptible de hacerse bien y de cambio. Es señal de vejez el mirar atrás. De esa vejez caduca y decadente que afecta no sólo al cuerpo, sino también al espíritu. Esa es la peor forma de llegar a viejo, ese vivir del pasado, ese sentirse desfasado en el presente, ese no mirar con esperanza y con serenidad al futuro.

«Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo. «(Is 43, 20) Eterna juventud. Si tuviéramos fe y confianza en el poder de Dios seríamos siempre jóvenes, tendríamos el corazón lleno de esperanza, de perenne ilusión. Y aunque el cuerpo esté torpe, inútil casi, la mirada sería clara, iluminada, transida de juventud. Parece una utopía lo que estoy diciendo, pero no lo es. Segurísimo. Es más, a medida que pasan los años tendríamos que estar más llenos de juventud, de alegre confianza. Comprendo que sean palabras absurdas y extrañas para muchos. Para mí mismo, quizás, cuando la juventud se me haya terminado del todo…

Ríos en el yermo, caminos por el desierto, agua para calmar la sed de tu pueblo. Una vida nueva que irrumpe impetuosa en la vieja vida de los hombres. Vida sin fronteras, sin esta continúa amenaza de muerte. Un agua viva, un agua que corre por entre los montes hasta desembocar en la vida eterna, un agua que calma la sed insaciable del corazón del hombre. Es posible el milagro, el prodigio tantas veces intentado por la quiromancia de todos los tiempos. Existe el elixir de la eterna juventud, de la auténtica juventud. Seremos capaces de mantener la juventud a fuerza de irnos transformando en la nueva criatura, la creada según Dios, en justicia y santidad verdaderas.

2.- «Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar… » (Sal 125, 1) De nuevo los subidos acentos de emoción religiosa se dejan sentir en los versos del salmo. Sus encendidas palabras resuenan en el alma del creyente y le hacen vibrar de gratitud y de arrepentimiento. Hemos de colocarnos en la misma situación espiritual del cantor inspirado y tratar de hacer nuestros sus sentimientos.

En esta ocasión contempla el salmista cómo Dios ha sido misericordioso con su pueblo, le ha perdonado sus pecados y ha retirado el justo castigo. Además, ha restaurado las ruinas, le ha edificado una sudad nueva y le ha colmado de más bienes que antes de pecar había poseído. Por todo ello, en nombre de su pueblo, el autor inspirado exclama: El Señor ha estado grande con nosotros. De ahí que también nuestro corazón debe exaltar de alegría. Lo contrario sería ingratitud. El estar triste es como si dijéramos al Señor que nada significa su bondad sin límites para con nosotros.

«Que el Señor cambie nuestra suerte…» (Sal 125, 4) Si tenemos un mínimo de sensibilidad, si poseemos un mínimo conocimiento de lo que es amar y ser amado, si medimos aunque sea someramente la hondura del amor divino, entonces comprenderemos la gravedad de nuestras culpas y pecados, sentiremos un dolor profundo de haber ofendido a Dios, de haberle pagado con tan mala moneda tantos favores como nos ha concedido. Por otra parte hemos de comprender que cuando hemos pecado, hemos merecido un castigo eterno, hemos sido objeto de la indignación de Dios, de la ira divina tan terrible y poderosa.

Más de uno tendríamos que estar ya en el infierno, si Dios no nos hubiera perdonado y nos hubiera otorgado otra ocasión y oportunidad de rectificar. Hay que pensar cómo estamos de cara a Dios; hay que descubrir la propia situación interior. Seamos sinceros al menos con nosotros mismos. Volvamos nuestros pasos hacia el Señor y pidámosle que nos perdone, que cambie nuestra suerte, que no nos pague como merecen nuestros delitos, que tenga compasión también de nosotros, nos libre de todo mal y nos conceda sus inefables dones.

3.- «Todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo…» (Flp 3, 8) San Pablo nos explica cómo lo perdió todo por seguir a Cristo, cómo considera que todo es basura con tal de ganarse al Señor y vivir unido a Él. Nada hay en el mundo que pueda compararse a la amistad con Dios. Incluso lo más noble, lo más bello, lo más grande es nada en comparación con la posesión del amor divino. Lo mejor que puede conseguir el hombre, lo único realmente bueno, lo único por lo que vale la pena jugárselo todo es conocer a Dios, padecer por Él, morir cada día un poco por Él, plenamente convencidos de que tras esta lucha de siempre nos espera la victoria más grandiosa que jamás hombre alguno pudo soñar, la gloria de Cristo mismo, la vida eterna, la dicha sin medida.

Con la mirada puesta en esta meta fabulosa hemos de coger con denuedo, sin desaliento, sin cansancio posible. Correr, correr siempre. Consiguiendo que cualquier caída -tan posible y tan fácil dada nuestra debilidad-, que cualquier tropiezo no sea más que un momento, un instante que superemos rápidamente con un acto de contrición, con una confesión personal y bien hecha. Y luego, en seguida, a seguir luchando con el corazón puesto en el abrazo final de Dios.

«Yo a mí mismo me considero como si aún no lo hubiera conseguido» (Flp 3, 12) San Pablo nos dice que ya posee el premio porque Cristo se lo ha entregado, pero que sin embargo, piensa y actúa como si no lo tuviera… Quizás tú pienses que ya has conseguido ese premio, quizás sientas la dicha inefable de poseer a Dios, de sentirte amigo íntimo de Cristo. Sin embargo, no te confíes, no te creas seguro, no pienses que ya está todo hecho.

Haz como Pablo: olvídate de lo que queda atrás -bueno o malo- y lánzate hacia lo que tienes delante, corre hacia la meta para ganar el premio que Dios nos promete a todos y cada uno de nosotros… Concédeme, Señor, la gracia de amarte siempre con un amor renovado, con un amor más encendido. Para que no me canse de correr a tu encuentro, para que los obstáculos que se interpongan no frenen mi marcha, para que nunca, por hondo que caiga, deje de levantarme y correr con decisión y empeño constante, hasta la posesión definitiva y dichosa de tu inmenso amor.

4.- «El que esté sin pecado, que tire la primera piedra» (Jn 8, 7) Nos dice el texto sagrado que todo el pueblo acudía a Jesús. La gente había intuido en Él algo distinto, de lo cual los otros maestros de Israel carecían. Con razón afirmaban que el Rabí de Nazaret enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas y fariseos. Y, sin embargo, aquel Nazareno no había realizado estudio alguno. En realidad su ciencia era distinta, no era humana sino divina. La razón última por la que la gente acudía no era otra que la fe. Esa misma razón es la que ha de movernos a nosotros también a la hora de escuchar a Jesús que, también hoy, nos habla por medio de su Iglesia, según lo que había dicho acerca de que quienes escuchaban a sus apóstoles, a Él le escuchaban. Esa es la gran diferencia entre cualquier sabio o teólogo, por muy versado e inteligente que sea, y el Papa. El Sumo Pontífice merece nuestro respeto y acatamiento siempre, el científico sólo cuando sus razones nos convenzan y en cuanto que no diga lo contrario de lo que la Iglesia enseña.

En este pasaje que consideramos, el de la mujer adúltera, son los letrados y los fariseos quienes tratan de comprometer al Señor. Ellos desde su peana de peritos de la Ley tratan con desprecio y crueldad a esa desgraciada. Jesús, en cambio, se inclina en silencio hacia el suelo. Cuando le insisten para que se pronuncie, se incorpora e invita a que quien no tenga pecado tire la primera piedra. Luego vuelve a inclinarse y continúa escribiendo con el dedo en la tierra. No sabemos qué es lo que escribía, lo cierto es que todos se fueron escabullendo, uno a uno, empezando por los más viejos, hasta dejar sola a la adúltera frente a Jesús.

Es una gran lección para cuantos nos erigimos a veces en jueces de los demás. Con qué facilidad sometemos la conducta ajena a nuestro propio juicio. Olvidamos que el Señor nos ha dicho que no juzguemos y no seremos juzgados, y que con la misma medida con que midamos a los demás, seremos nosotros medidos. Nos resulta más fácil ser fiscales que no defensores, tendemos a resaltar las circunstancias agravantes y a olvidar las atenuantes. En el fondo trasladamos a la conducta del prójimo nuestra propia malicia y hacemos realidad aquello de que se cree el ladrón que todos son de su condición. Vamos a rectificar, vamos a ser benévolos a la hora de juzgar; dentro de lo posible abstengámonos de hacerlo, dejemos que sea Dios quien emita su justo juicio y seamos misericordiosos para que el Señor lo sea con nosotros, que falta nos hace.

Antonio García Moreno

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