Comentario – Domingo V de Cuaresma

(Jn 8, 1-11)

Aparece ante nuestros ojos una mujer que tuvo la desgracia de ser sorprendida por los religiosos recalcitrantes cuando estaba cometiendo adulterio.

Los escribas y fariseos, fanáticos del cumplimiento de las leyes, tenían bien presente que la Ley de Moisés ordenaba que se le quitara la vida (Lev 20, 10); pero como conocían la compasión de Jesús, quisieron aprovechar la ocasión para hacerle decir algo en contra de la Ley: «Lo decían para tentarlo, para tener de qué acusarlo» (v. 6).

Sin embargo, podemos ver que no tenían la conciencia totalmente oscurecida, porque eran capaces de reconocer que ellos mismos, aunque no hubieran cometido ese pecado, no podían ser totalmente fieles a Dios.

Por eso, comenzando por los más viejos, todos reconocieron que no habían sido capaces de cumplir totalmente esa ley que tanto defendían. Nadie tiró la primera piedra. Todos se fueron con la cabeza gacha.

Finalmente, en una preciosa escena, quedan los dos solos. Jesús y la pecadora frente a frente. La miseria y la misericordia mirándose a los ojos. Solos, como si todo el mundo hubiera desaparecido para no interrumpir aquella intimidad sobrecogedora.

Es el momento secreto en que cada corazón humano deja de poner obstáculos y permite que Dios lo descubra tal cual es, con toda su miseria humillante, con todo su dolor y su fracaso. Es el momento en que no tenemos nada a qué aferramos, y entonces bajamos los brazos, dejamos de defendernos del amor de Dios, renunciamos a seguir escapando, y nos dejamos mirar por él tal como somos.

Y Jesús, que salvó a la mujer de la muerte y de una humillación peor, le muestra sus entrañas de misericordia; pero por ese mismo amor la invita a cambiar de vida, a vivir con mayor dignidad: «No peques más».

Oración:

Señor, libérame de controlar la vida ajena, deseando el castigo y la humillación para los que pecan y se equivocan, olvidando mi propia miseria. Transforma la dureza de mi corazón para comprender la debilidad ajena, que es también la mía»  

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

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