Domingo de Pasión

Comienza ahora la última parte de la Cuaresma. Los postreros quince días de esta expectativa de la Cruz se llaman “tiempo de Pasión”. Hoy es el primer domingo de Pasión. El segundo de Pasión será ya el domingo de Ramos: Semana Santa. Y después el desenlace: han colgado a Cristo de una Cruz de palo.

El pasaje evangélico de hoy aborda un tema que va a ser constante en la liturgia de toda esta semana: la persecución que los escribas y fariseos andan tramando contra Jesús. El odio de esos hombres contra la Persona adorable de Cristo se va haciendo irremisible. No le perdonan su amor a la verdad desnuda. No quieren reconocer la verdad de su mensaje. Distintas escenas a lo largo de la semana que hoy empieza nos presentan a Jesús en continua discusión con los príncipes del pueblo que tratan de sorprenderle en alguna palabra para denunciarlo y acabar con El.

El texto de San Juan que precede a nuestra meditación es un diálogo de Jesús con “los judíos”. Con esta palabra —“los judíos”— designa San Juan no al pueblo de Israel, sino a aquella parte del pueblo israelita que se enfrentaba a la doctrina del Señor: jefes de los sacerdotes, escribas, fariseos. Merece la pena leer despacio las palabras de Jesús porque en ellas se contiene la verdad fundamental de nuestra fe: la Divinidad de Jesucristo.

Un hombre —Jesús, aquel carpintero de Nazaret— hace en este pasaje las siguientes afirmaciones de sí mismo: primera, no hay en él ni rastro de pecado –“¿quién de vosotros me convencerá de pecado?”–; segunda, “en verdad, en verdad os digo que antes de que Abraham fuera creado, existo yo”. Al oír estas últimas palabras, los judíos tomaron piedras para matarlo, porque aquello era una afrenta… No entendían cómo era posible que Jesús dijera de Abraham —¡el padre de Israel!— “que deseó con Ansia ver mi día, lo vio y se llenó de gozo”. La palabra ¡blasfemia! asoma a los labios. El Patriarca vivió casi 2000 años antes… Tú ¿por quién te tienes? “Aún no tienes cincuenta años y ¿has visto a Abraham? Jesús, que es la misma Verdad, contesta con la verdad desnuda: Yo existo antes de la creación de Abraham. “Yo soy”… Los célebres “Yo soy” de Jesús en el Evangelio de San Juan.

Jesucristo se confiesa Hijo de Dios, Dios como el Padre. “Mi Padre y yo somos una misma cosa”, dirá a los discípulos la víspera de su Pasión. Y la Iglesia de Cristo, reunida en Nicea trescientos años después —era el primer Concilio Ecuménico—, proclamó solemnemente (para excluir la herejía de Arrio: el arrianismo) lo que está detrás de lo que acabamos de leer en el evangelio de San Juan: que el Verbo de Dios, que el Hijo de Dios es “consustancial al Padre”; que no es una criatura, como decía Arrio, que es Dios como el Padre. Jesucristo —éste es el misterio de nuestra fe— no solamente es un hombre, sino un hombre que es Dios: Dios, que sin dejar de ser Dios, se hace hombre por nosotros. La fe de la Iglesia en Jesucristo quedó después grabada en la fórmula, magnífica y lapidaria, de un Símbolo anónimo del siglo V, que se conoce con el nombre de “Símbolo Atanasiano”: Jesucristo es “perfectus Deus et perfectus homo”, perfecto Dios y hombre perfecto.

La divinidad de Jesucristo. Esto es lo que Jesús nos dice de sí mismo: que Él es Dios. Y esto, que escandalizaba a los judíos hasta el extremo de querer apedrear a Cristo; esto es lo que a los cristianos hoy nos llena de esperanza.

Nosotros, cristianos de este tiempo indigente, debemos afirmarnos en el pilar de nuestra fe, para afrontar así nuestra misión en el mundo. Y ese pilar, fundamento y piedra angular al mismo tiempo, es un galileo de Nazaret, que se llama Jesús y que amó mucho a los hombres, que les dio la vida a jirones y al final la entregó toda entera: “se hizo por nosotros obediente hasta la muerte”, dirá san Pablo (Filip 2, 8); pero, como es el Hijo de Dios, resucitó glorioso y vive ahora para hacernos partícipes de su gloria. “Y ya no muere más” (Rom 6, 9) porque Dios permanece para siempre.

No adelantemos acontecimientos, pues para llegar a la Pascua hay que pasar a través de la Cruz. Pero la fe en el misterio de Jesús —perfecto Dios y hombre perfecto— no puede esperar. La necesitamos ya, Señor, pues sólo con la mirada puesta en Ti, el “Jefe de nuestra Fe”, como dice San Pablo (Heb 3, 1), podremos adentrarnos, a pesar de nuestras miserias, en el tiempo de Pasión.

Pedro Rodríguez

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