Ni blanco ni negro, sino todo lo contrario

1.- Quisiera recordaros, mis queridos jóvenes lectores, que el Templo de Jerusalén consistía en una enorme explanada, donde se permitía la entrada a todo tipo de personas, de cualquier lugar y ocupación. Hacia el centro se levantaba el santuario, conjunto de edificios reservado a los fieles israelitas, que iban a ofrecer sacrificios, a reconocerse los leprosos, a depositar limosnas o a almacenar aceite y leña, para los numerosos menesteres litúrgicos. El gran espacio abierto, se asemejaría a un campus universitario o al Hyde Park londinense. Ocupaban este lugar los cambistas de monedas, los vendedores de reses y aves etc. En lugares un poco protegidos de la intemperie, bajo los soportales que rodeaban el recinto, los rabinos, se sentaban en una simple piedra y sus discípulos, que lo hacían en el suelo y a su alrededor, le preguntaban y escuchaban. Era tan inmensa esta explanada que, lo que ocurría en un rincón, era desconocido para el conjunto. Aquel que a los doce años había dejado a su familia y se había quedado escuchando y preguntando, ahora, reconocido maestro en Israel, ejercía de ello, rodeado de gente interesada en escuchar su doctrina.

2.- He recorrido la explanada en varias ocasiones, me he cansado mucho al hacerlo, pero también, podéis estar seguros, que cuando busca a alguien se le encuentra sin dificultad, debido a que el lugar es llano y en aquel tiempo estaba carente de cualquier edificación que no fuera la del Santuario. No es de extrañar, pues, que aquellos que le acechaban dieran fácilmente con Él y pudieran emplazarle a emitir un juicio que, aparentemente, no tenía posibilidad de veredicto satisfactorio. Si a aquella adultera, Él, maestro de la Ley, decía que debía dejársela libre, traicionaba las enseñanzas antiguas, soberanas y sagradas, que les había legado Moisés. Por tanto se trataría de un mal juez, al que se le debía condenar. Si, por el contrario, sentenciaba que merecía la lapidación, como estaba establecido, pero que, dicho sea de paso, en aquellos tiempos no se era riguroso en aplicarla, se le podía tachar de falto de sensibilidad, de carencia de compasión, de ausencia de bondad, en una palabra se hubiera comportado como un hombre cruel, digno de desprecio.

3.- Había caído en la trampa, pensaban con regocijo ellos. Lo que no tenía solución para sus taimadas mentalidades, la tenía para la soberana inteligencia del Maestro divino. Ya lo sabéis, les dijo tan campante: quien esté libre de pecado, que sea el primer verdugo que lapide a la mujer. El deseo de venganza hacia Jesús, era grande, pero debían ser precavidos ¿quién se atrevería a proclamarse justo, ante sus compinches? Cada uno, como ocurre entre vecinos, se sabía muy bien los trapicheos, enredos y artimañas de los demás, mejor que los de uno mismo. Ni podían permitirse el lujo de caer en el ridículo, ni que se descubrieran sus trapos sucios. Más valía eludir la cuestión y huir discretamente. Y así lo hicieron, pues, eran prudentes.

El final es sublime: ¿nadie te condena?, dice Jesús ¿nadie se atreve a hacerlo? continua, pues yo tampoco. Evidentemente, Él había descendido a la Tierra, precisamente, para traer el perdón de Dios, no la ira divina, que patrocinaban los anunciadores de calamidades. Solucionado el problema, el Señor podía haber eludido cualquier riesgo comprometedor, marchándose discretamente a su casa de Betania, pero no, no era cobarde ni amigo de quedar bien con todo el mundo, que es precisamente la manera de era de no comprometerse con el bien y la verdad. Era preciso añadir algo más, así que le dice: puedes irte y, de ahora en adelante, no vuelvas a pecar.

4.- ¿Qué se hizo de aquella mujer? Podéis preguntaros. El texto, acertadamente, no añade nada al respecto. Cuando uno obra bien, no debe investigar qué resultados se derivan de su buena gestión. De cuando en cuando, os lo digo por experiencia, mis queridos jóvenes lectores, quiere Dios que sepamos alguna consecuencia buena, de la semilla de bien que, en algún momento, hayamos podido sembrar. Quiere el Señor que ocurra así, para que nuestra esperanza no peligre, pero desea también que no seamos contables ni auditores jurados, de comportamientos ajenos.

Pedrojosé Ynaraja

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