Comentario – Martes V de Cuaresma

Jn 8, 21-30

Conocer a “Dios”: Jesús nos lo revela.

Vosotros, sois «de abajo»… Yo soy «de arriba» Vosotros sois de este mundo… Yo, no soy de este mundo…

Este mundo, del cual el hombre ha torcido el rodaje por su pecado. De hecho el mundo es bueno, es Dios quien lo ha creado, y «vio Dios ser todo muy bueno». Pero vino a ser un mundo malo cuando perdió su referencia a Dios.

Tú, Señor, no eres de este mundo. Tú no tienes pecado.

Contemplo tu persona: eres el santo, el hombre perfecto, el que se asemeja exactamente a lo que Dios ha querido crear.

Si no creéis que Yo soy «el que es», moriréis en vuestros pecados.

«El que es» Es el nombre que Dios se ha dado en la zarza ardiente del Sinaí (Ex 3, l4) Es la palabra hebrea que designa a Dios: «Yahveh» = el que es.

Ningún auditor de Jesús podía hacerse ilusiones. Jesús se atrevía a aplicar a sí mismo esta palabra inefable que los judíos de su tiempo no se atrevían siquiera a pronunciar, ¡de tal manera les parecía imposible de nombrar! «El que existe». Tal es el nombre que Dios se ha dado.

Los contemporáneos de Jesús piensan en su muerte. «¿es que se va a matar?», acaban de decir. Y Jesús, muy sencillamente, les contesta: «Yo soy el que existe», el que dura más allá de todos los avatares del tiempo, soy el Eterno. Soy la vida-sin-muerte. ¡Prerrogativa divina!

Le preguntaron: «Tú, ¿quién eres?» Jesús respondió: «Desde el principio, Yo soy» lo que os digo».

Tal es el misterio profundo de su persona.

«Desde el principio…» Fórmula solemne, con ella empieza el primer libro de la Biblia: «en el principio, creó Dios el cielo y la tierra». Y es también la fórmula que Juan escogió para el principio de su evangelio: «En el principio era el Verbo». Fórmula que trata de acercarnos al misterio de eternidad que es el de Dios: «El es, era, será…» Aquél cuya existencia no depende de nadie… ni de nada… Aquél que no ha «nacido» y que no «muere».

Lo que le oigo a El -ellos no comprendieron que les hablaba del Padre- es de lo que Yo hablo al mundo… Yo no hago nada de mí mismo, sino que hablo según me enseñó el Padre.

Revelación de las relaciones entre el Padre y el Hijo.

Jesús está enteramente «vuelto hacia otro», «dependiendo vitalmente de su Padre», «recibiendo todo de El». Es Hijo de Dios.

No centrado en sí mismo, sino centrado en Otro.

Es lo propio del amor.

Dios es Amor.

Es lo propio de la «filiación»: recibir la vida de otro.

Y el que me envió está «conmigo». No me ha dejado solo, porque Yo hago siempre lo que es de su agrado.

Repetir y meditar largamente estas palabras… tan simples, y tan evocadoras.

Por Jesús, y en El me es ofrecida esta misma intimidad con Dios. ¿Me siento solo, quizá?

Ayúdame, Señor, a vivir «contigo».

«Hacer siempre lo que es de su agrado»: he aquí una de las más perfectas expresiones del amor. Jesús es «amor del Padre».

Y por esto es también «amor nuestro». Amaos los unos a los otros como yo os he amado.

Noel Quesson
Evangelios 1

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