Lectio Divina – Jueves V de Cuaresma

«Les aseguro que desde antes que naciera Abraham, Yo Soy»

1.-Oración introductoria.

Dios mío, hoy necesito que me ayudes a profundizar en ese misterio inefable que hay entre Tú y tu Padre. Es un misterio de gozo, de amor, de libertad, de vida. Te agradezco que nos hayas dado a Jesús como regalo. El más bonito de todos. Sus experiencias personales Él también nos las ha dado para que las convirtamos en experiencias nuestras. ¡Qué bueno has sido dándonos a Jesús! Gracias, Dios mío.

2.- Lectura reposada de la Palabra de Dios. San Juan 8, 51-59

Les aseguro que el que es fiel a mi palabra, no morirá jamás. Los judíos le dijeron: «Ahora sí estamos seguros de que estás endemoniado. Abraham murió, los profetas también, y tú dices: «El que es fiel a mi palabra, no morirá jamás». ¿Acaso eres más grande que nuestro padre Abraham, el cual murió? Los profetas también murieron. ¿Quién pretendes ser tú?» Jesús respondió: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. Es mi Padre el que me glorifica, el mismo al que ustedes llaman «nuestro Dios», y al que, sin embargo, no conocen. Yo lo conozco y si dijera: «No lo conozco», sería, como ustedes, un mentiroso. Pero yo lo conozco y soy fiel a su palabra. Abraham, el padre de ustedes, se estremeció de gozo, esperando ver mi Día: lo vio y se llenó de alegría». Los judíos le dijeron: «Todavía no tienes cincuenta años ¿y has visto a Abraham?». Jesús respondió: «Les aseguro que desde antes que naciera Abraham, Yo Soy». Entonces tomaron piedras para apedrearlo, pero Jesús se escondió y salió del Templo.

3.- Qué dice el texto.


Meditación-reflexión

¿Qué pretendes ser tú? Tú ¿por quién te tienes? Esta pregunta lanzada a Jesús proviene de la ignorancia, del desconocimiento que tenían aquellos judíos de Jesús como hijo de Dios. Notemos que Jesús dice: Yo soy. Nosotros sólo usamos el verbo tener, que indica relatividad. Decimos yo tengo belleza. Sí, pero relativa. La mujer más bella si tiene un accidente que le estropea la piel, aparecerá con el rostro como un monstruo. Decimos: tengo salud. Sí pero relativa. Cualquier día puedo hacerme presente en un centro médico con alguna enfermedad grave. Decimos Tengo vida. Sí, pero relativa. ¿Quién me puede asegurar que voy a vivir mañana? Sólo Jesús, por ser Dios, conjuga el verbo ser. YO SOY. Yo no puedo dejar de ser. Yo llevo la vida en plenitud dentro de mí. Jesús no pretende otra cosa sino ser lo que es.

Lo peor es cuando esta pregunta nos la lanzan a nosotros. Tú, hombre, y por tanto, limitado y finito ¿qué te has creído que eres? Todo lo que tienes, lo tienes de otro, nada es tuyo. Debemos aprender a ser humildes. Y poner nuestra confianza en Jesús que nos enriquece con toda clase de bienes. En Él podemos eternizar las experiencias más bonitas de la vida, esas que, por vivirlas en este mundocaduco y limitado, no las podemos disfrutar en plenitud.

Palabra del Papa

“El error fue pensar que todo se resolvía con observar los mandamientos, pero estos no son una ley fría, porque nacen de una relación de amor y son ‘indicaciones’ que nos ayudan a no equivocarnos en nuestro camino para encontrar a Jesús. Así, los fariseos cierran el corazón y la mente a cualquier novedad, no entienden el camino de la esperanza. Es el drama del corazón cerrado, el drama de la mente cerrada y cuando el corazón está cerrado, este corazón cierra la mente, y cuando corazón y mente están cerrados no hay sitio para Dios, sino solamente para lo que nosotros creemos que se debe hacer. Sin embargo, los mandamientos llevan una promesa y los profetas despiertan esta promesa. Los que tienen corazón y mente cerrados no consiguen acoger el mensaje de novedad llevado por Jesús, que es el que había sido prometido por la fidelidad de Dios y de los profetas. Pero ellos no entienden… ‘Yo pienso así, esto debe ser así y nada más’. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 10 de abril de 2014, en Santa Marta).

4.- Qué me dice este texto. (Guardo silencio)

5.Propósito. Aceptarme en este día como soy. Y no tener envidia a nadie.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Gracias, Señor, porque hoy me has enseñado a situarme en la vida como soy: con mis limitaciones y mis pecados. Pero sobre todo quiero darte gracias por habernos hecho el inmenso regalo de la Encarnación. EN TU HIJO, EL HOMBRE PERFECTO, podemos soñar con llegar a ser lo que no somos capaces de ser por nosotros mismos. Podemos ser hijos en tu Hijo. Y disfrutar de la felicidad que Él posee.

ORACIÓN POR LA PAZ.

«Señor Jesús, Príncipe de la Paz, mira a tus hijos que elevan su grito hacia ti: Ayúdanos a construir la paz. Consuela, oh Dios misericordioso, los corazones afligidos de tantos hijos tuyos, seca las lágrimas de los que están en la prueba, haz que la dulce caricia de tu Madre María caliente los rostros tristes de tantos niños que están lejos del abrazo de sus seres queridos. Tú que eres el Creador del mundo, salva a esta tierra de la destrucción de la muerte generalizada, haz que callen las armas y que resuene la dulce brisa de la paz. Señor Dios de la esperanza, ten piedad de esta humanidad sorda y ayúdala a encontrar el valor de perdonar». (Parolín, Secretario del Estado Vaticano)

Comentario – Jueves V de Cuaresma

Jn 8, 51-59

¡Querer vivir! Con Jesús, no ver la muerte jamás

Entonces tomaron piedras para arrojárselas…

No resultará inútil el representarse esta escena. Hostilidad.

Ambiente de homicidio. No se trata solamente de propósitos violentos: se busca camorra… llegarán a las manos… se pelearán.

Pero Jesús se ocultó y salió del Templo.

Te imagino, Jesús, esquivando los golpes, huyendo, tratando de salir del barullo. Tu pasión va acercándose; pero no ha llegado todavía la hora. Huyes.

Pero, ¿qué es lo que habías dicho, Señor, para suscitar un odio tal?

Jesús decía a los judíos: «En verdad os digo: si alguno guardare mi palabra, jamás verá la muerte.»

Y es por eso que están contra ti. Vienes a anunciarles la gran noticia, la única noticia importante: la victoria de la vida sobre la muerte.

Sin embargo, esto es a lo que toda la creación aspira, si bien todo camina hacia la muerte. Y Tú vienes a anunciar el triunfo sobre la muerte, y no quieren creerte.

«Si alguno guardare mi palabra, jamás verá la muerte.» ¡Cuánta confianza debemos poner en ti, Señor! Tú también pasaste por la muerte… ¡La has visto! Has experimentado lo que es morir. Y ello no fue especialmente dulce ni fácil para ti. Tu muerte fue violenta y atroz… hasta la última gota… suspendido a unos clavos.

Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.

Confío en ti, Señor. Espero la resurrección de los muertos.

Ahora nos convencemos de que estás endemoniado.

Te toman por loco, por poseso.

Tienen alguna excusa. Se les comprende.

Sólo después de tu resurrección podrán verdaderamente comprender. Señor, ven en ayuda de nuestra Fe. Ayúdanos a dar el gran salto en lo desconocido. Ayúdanos a confiar en ti, hasta en la muerte, hasta el último punto imaginable… hasta no reservar nada para sí.

¿Acaso eres Tú mayor que nuestro padre Abraham, que murió? Y los profetas también murieron. ¿Quién pretendes ser?

El debate está bien situado a su más profundo nivel. Comprenden muy bien que Jesús pretende ser Dios.

Y está aquí, el gran debate de la humanidad, el núcleo del gran problema. El único, en el fondo. Pues si la humanidad está destinada solamente al «agujero negro» entonces es inútil proponerse todos los «otros» problemas.

En verdad os digo: Antes de que Abraham naciese, era Yo.

Siempre la misma afirmación serena y fuerte.

La existencia sólida. La roca. La vida. La eternidad. Dios.

Esto es lo que Tú aportas a la finitud humana, a la humanidad efímera.

Da, Señor, esta certidumbre a los que sufren. A los que se acercan a la muerte.

No conocéis a mi Padre, pero Yo sí le conozco; y si dijere que no le conozco, sería un embustero… Entonces tomaron piedras…

Solamente Dios puede liberar al hombre de su fatalidad extrema.

¿Tengo en mí este «querer vivir»? ¿Qué hago para obtenerlo? Vivir con Dios. Conocer al Padre. Amar.

Noel Quesson
Evangelios 1

Comentario – Jueves V de Cuaresma

(Jn 8, 51-59)

Jesús quiere mostrar a las autoridades judías que todo el Antiguo Testamento era una preparación para su venida. Todos los personajes del Antiguo Testamento son pequeños al lado del Salvador, que es el mismísimo Hijo de Dios que existe desde siempre, antes que Abraham.

El mismo Abraham, que los judíos consideran su padre, no fue más que un momento en esa larga historia que tiene como centro a Jesucristo. Por eso este texto nos presenta al antiguo Abraham que se alegraba pensando en el tiempo de la llegada de Jesús, y así Abraham aparece también como anunciando a Jesús, subordinado a Jesús, el único salvador.

En realidad lo que Jesús dice sobre la alegría de Abraham no aparece en ningún texto del Antiguo Testamento. Es una interpretación judía de Génesis 17, 17, donde dice que Abraham se puso a reír cuando se le anunció que su esposa iba a tener un hijo. Abraham se reía porque consideraba que era una broma decir que su esposa anciana iba a tener un niño; pero las tradiciones judías lo interpretaron como la alegría de saber que de su descendencia iba a llegar el Mesías. Jesús recoge esas tradiciones para decir que Abraham se alegraba pensando en su venida.

A nosotros este texto nos invita a la alegría, a gozar porque el Mesías ya ha venido, y es Jesús, nuestro Señor, nuestro amigo, nuestra fortaleza. Teniéndolo a él nuestra vida está a salvo, y siempre hay una esperanza. Por eso no podemos vivir en la tristeza y el desaliento, sino en la alegría espiritual. Es cierto que nuestro mundo está lleno de corrupción y de angustias, es cierto que no estamos en el cielo, porque este mundo sólo será plenamente transformado cuando el Mesías vuelva, cuando Jesús venga a crear una tierra nueva. Pero eso no significa que este mundo esté dominado por el mal. Jesús está verdaderamente presente para que los buenos puedan luchar y vencer con el poder y el amor que él les comunica; y eso es fuente de gozo y de esperanza.

Oración:

“Señor, coloca en mi corazón una santa alegría, porque ya no tenemos que esperarte. Ya has venido, ya te has hecho presente en nuestro mundo, nos has salvado, y estás resucitado en nuestras vidas».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Dar la vida por amor

1.- En el «Siervo de Yahvé» los judíos veían representado al pueblo de Israel perseguido e incomprendido por los otros pueblos. Los cristianos vemos en el «Siervo» la prefiguración del Mesías sufriente, que en la cruz recibe insultos y salivazos, que ofrece la espalda a los que le golpean. No es un loco ni un necio, sino alguien que se fía de Dios y cumple su voluntad. Por eso, no se acobarda ni se echa atrás ante el sufrimiento o la misma muerte. Sabe que el Señor le ayuda y que no quedará avergonzado. A pesar de la sensación de abandono y hasta desesperación que refleja el salmo 21 –¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?– implora la ayuda de Dios y sabe de quien se ha fiado.

2.- El himno cristológico de la carta a los Filipenses refleja la entrega de Jesús, hasta vaciarse por nosotros. Este despojo lleva un nombre técnico en teología: es la «kenosis» de Cristo. Kenosis viene del griego «kenos», que significa precisamente «vacío». Se concretizó en una obediencia total a su misión, que era la voluntad del Padre. Y no sólo aceptó esta obediencia, sino que escogió también el vivirla hasta el final, «hasta la muerte y la muerte en la cruz», esta muerte que era reservada a los malhechores o a los esclavos. En este sentido, Jesús dio libremente su vida.

3. – El anonadamiento de Cristo es la puerta que conduce la glorificación. Por la cruz se llega a la luz. El centurión desvela todo el enigma que Marcos ha mantenido en secreto durante todo su evangelio. Sólo en la cruz se desvela el misterio. Ese Jesús crucificado es «verdaderamente el Hijo de Dios», es el Cristo, Mesías Ungido y esperado por el pueblo. Este himno nos introduce en el misterio pascual –muerte y resurrección de Cristo– que vamos a celebrar en el Triduo Santo. Jesús en este domingo de Ramos es aclamado por aquellos que después van a quitarle de en medio. Todo esto ocurre porque Jesús se mete en el mundo, asume el dolor de todos los hombres que hoy son «crucificados». Jesús se empeña en estar en todos los líos, se sitúa en las entrañas de la vida, allí donde se juega el futuro de la humanidad. El mundo es su sitio. No le va la muerte ni la marginación -siempre injusta- . Lucha por acabar con todo aquello que degrada al hombre, que le humilla y hunde en el abismo. Fue valiente, por eso le mataron tanto el poder político como el religioso. Pero Jesús sigue muriendo hoy día… Nosotros seguimos crucificando a muchos «cristos» y gritando: «¡Crucifícalo!».

4. – Hoy nos atrevemos a pedirle a Jesucristo que nos ayude a ser como él, generosos y entregados. El se «desvivió» por nosotros, fue como un árbol que da sombra al cansado y al que está castigado por el sol, que es refugio de la lluvia al viajero exhausto. El árbol presta sus ramas para que las aves aniden y las criaturas encuentren refugio. Da siempre fruto en el momento oportuno. Echa hondas raíces y se afirma para no ser movido de donde le han encomendado estar. Con sus hojas caídas se abona a sí mismo para crecer más aún. Queremos ser como el árbol, que toma lo poco que necesita y devuelve muchas veces más. Incluso cuando es cortado sirve para un sin fin de usos como leña para dar calor. Pasados los años se derrumba por su antigüedad, pero incluso así se convierte en abono para que otros continúen viviendo. Jesús es ese árbol del que todos hemos recibido vida plena, que se entrega por nosotros hasta la muerte, y una muerte de cruz. El mundo sería diferente, muy diferente, si todos fuéramos como el árbol, como Jesús que entrega su vida por amor.

José María Martín, OSA

Morir para dar vida

CALLAR Y CONTEMPLAR EL MISTERIO

Hablar de la pasión y muerte de Jesús resulta doloroso por la absoluta seguridad de que uno va a empequeñecer el misterio. Lo más obvio después de escuchar el relato es callar y contemplar. Estamos ante una historia asombrosa de fe.

Cuando sus admiradores y seguidores contemporáneos reciben y aclaman triunfalmente a Jesús, lo hacen viendo en él al futuro libertador temporal que les iba a liberar de la opresión social en que vivían. Hoy le aclamamos con un sentido mucho más pleno: como al libertador de la raíz de todas las esclavitudes que es el egoísmo. Y nos libera no con poderosos medios temporales, sino con la fuerza de su amor, con su entrega total, aunque con ello arriesgue su vida y la pierda.

Jesús no tenía nada de ingenuo. Cuando inició su aventura profética, lo hizo con plena consciencia de que emprendía un camino martirial. Él lo sabe, y se lo advierte a los apóstoles. Es «imprudente» metiéndose en la boca del lobo. Si fuera un poco más diplomático… si supiera contemporizar un poco… si tuviera un poco más de paciencia y no quisiera arreglar el mundo en cuatro días… si no fuera tan radical… si supiera negociar con sus enemigos… Pero no hay nada que hacer: Jesús ha apostado por el Reino, por la dignificación y liberación de sus hermanos, y no hay quien lo detenga.

Jesús sabe perfectamente que está sentenciado a muerte por sus enemigos frontales, los escribas y fariseos. Pero tenía a
varias salidas para evitarla: 1º matizando sus afirmaciones más conflictivas, como hacen los políticos cuando sus declaraciones provocan conflictos inesperados, pero Jesús no se 
desdijo ni un ápice; 2º retirándose a Nazaret, renunciando a su ministerio profético, pero Jesús no entiende de repliegues cuando se trata de la causa del Padre, que es la causa de sus a 
hermanos; 3º recurriendo a la fuerza de sus simpatizantes, pero Jesús no entiende de violencia: «bienaventurados los pacíficos» (Mt 5,9). Jesús renuncia martirialmente a todas estas escapatorias.

 

JESÚS, EL FRACASADO

A los ojos de sus contemporáneos Jesús es el gran fracasado. «Pasó haciendo bien y curando a los oprimidos por el diablo» (Hch 10,38). ¿Dónde están, a la hora de la verdad, los liberados, los rehabilitados, los agraciados por su bondad, los reconciliados?

Sus propios discípulos le abandonan y le traicionan miserablemente. Sólo le acompañan al Calvario y velan su agonía seis incondicionales, entre ellos, su madre. Hasta el Padre parece haberle abandonado en medio de aquella hoguera de tormentos, hasta el punto de salirle de lo más hondo del corazón una queja desgarradora: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). El fracaso parece total y absoluto. Es justamente la hora de la muerte total a sí mismo y de la entrega integral del grano de trigo que se «pudre» bajo la tierra; es la hora de la noche, del sepulcro. No es la vida terrena el momento del estallido de la vida, no es el momento de la recompensa (¡gracias a Dios!). Canta el himno pascual que nos transmite Pablo: «Se despojó de su rango (divino) y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos. Así, presentándose como simple hombre, se abajó, obedeciendo hasta la muerte y una muerte de cruz» (Flp 2,7-8).

Y todo ello «por mí». De la misma forma que lo siente y vive Pablo, lo hemos de vivir y sentir nosotros: «Me amó y se entregó por mí» (Gá 2,20), afirma categóricamente. «Por nosotros y por nuestra salvación, bajó del cielo y se encarnó de María Virgen», proclamamos en la confesión de fe.

Cuando la persona es grano de trigo que «muere» en el olvido de sí misma y en la entrega generosa por los demás, produce indefectiblemente la espiga. A la vida por la muerte, es el mensaje que grita Jesús por la boca de sus heridas. «Es muriendo como se resucita», tradujo Francisco de Asís en su conocida oración. Esta entrega significó para el Crucificado, la suprema exaltación, la plenitud de vida más absoluta. «Por eso Dios le exaltó sobre todo y le concedió el título que sobrepasa a todo título; de modo que a ese título de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2,9-11).

Jesús muere ejecutado por su valentía profética, porque sus enemigos no son capaces de amordazar su palabra revolucionaria ni atar sus manos y sus pies «heterodoxos» que han actuado para humanizar la vida de sus hermanos. Su muerte ignominiosa parecería señalar el fracaso total. Pero, justamente entonces, es cuando se produce la gran explosión de vida: su resurrección y el triunfo de su causa. Aquel grano que murió hace veintiún siglos sigue produciendo espigas en abundancia. Nosotros somos de ellas. Ahora se confiesan creyentes en el Crucificado muchos millones de personas. ¡Qué derrota tan victoriosa la de Jesús!

POR LA MUERTE A LA VIDA

La muerte y resurrección de Jesús dicen a gritos algo que debería enloquecernos de alegría: El amor nunca fracasa, el amor siempre es fecundo. Todo lo demás pasará, hay que abandonarlo en la rivera de acá a la hora de partir a la otra vida; el amor es lo único que nos acompañará, porque nuestra capacidad de amar somos nosotros mismos (Cf. 1Co 13,8).

El amor y la entrega de Jesús le llevaron a la plenitud, a una gloria incomprensible (1Co 2,9), y a nosotros, a emprender su camino, a vivir en la libertad de los hijos de Dios, a amar como él y gozar de la esperanza de compartir su destino glorioso. «Si (desde el amor y como el grano de trigo) morimos con él, viviremos con él» (2Tm 2,11). Podemos fracasar en la labor educacional y formativa de los hijos, podemos fracasar profesionalmente, podrá terminar en fracaso social nuestra labor humanitaria y promocional con los pobres, podrá fracasar nuestro esfuerzo por mejorar la vida de nuestro barrio o de

nuestro entorno laboral, pero lo que no fracasa nunca, absolutamente nunca, es el amor con que lo hemos realizado. Podemos morir «derrotados» ante los ojos humanos, como el Crucificado, pero nuestras vidas, como la de Jesús, están en manos de Dios, y el amor es ya en sí mismo un triunfo.

La derrota triunfal de Jesús evoca otras derrotas: la entrega callada de tanta gente sencilla que muere sin el reconocimiento social, de tantos héroes de barrio, de pueblo o de simple portal, que se han olvidado de sí, que no han vivido para sí, sino para los demás, que se han desvivido por el bien común de su entorno, que han renunciado a la ganancia, al descanso, al consumo para preocuparse de los demás, y que no han tenido ni la más mínima recompensa en este mundo. Testimoniaba un amigo el día que dedicábamos en una comunidad parroquial a homenajear a nuestros mayores: «Cuarenta y cinco años he estado trabajando como un empleado fiel de una ferretería, sirviendo a los demás, colaborando en las cuestiones de barrio y de mi colectivo laboral, y éste es el primer homenaje que me hacen». Para Dios nada cae en saco roto. Todo ello es vida acumulada que se lleva en la venas del alma.

«Amar es morir», ha dicho luminosamente un pensador de nuestros días. Es morir porque supone olvidarse de sí para vivir volcado hacia los demás. En este sentido, hay que decir que no hay vida nueva sin muerte, sin dolores de parto, sin renuncias, sin donación.

El testimonio sobrecogedor sobre el martirio de Jesús como camino a la vida plena nos invita a reafirmarnos en nuestra actitud de muerte pascual. ¿Nos sentimos cansados de tanto luchar. ¿Qué más podría hacer, además de los compromisos que estoy llevando adelante? ¿En qué habría de intensificar mi entrega? ¿Hacia qué compromisos concretos me empuja la escucha del relato estremecedor de la pasión y muerte de Jesús, que dio hasta la última gota de su sangre? Jesús, muerto como un fracasado y resucitado para una vida plena y gloriosa, es garantía de fecundidad. «Por lo tanto, mientras tenemos tiempo, hagamos el bien, sabiendo que según lo que el hombre sembrare, así cosechará» (Gá 6,10).

Atilano Alaiz

Este es el tiempo

Éste es el tiempo de la historia,
de la historia dura y pura;
de la pasión de Dios desbordada
y de las realidades humanas.

Es tiempo de muerte y vida,
de salvación a manos llenas;
del nosotros compartido,
del todos o ninguno,
y del silencio respetuoso
y contemplativo.

Tiempo de amor, tiempo de clamor;
tiempo concentrado,
tiempo para sorberlo
hasta la última gota.

Tiempo de la Nueva Alianza
y fidelidad
por encima de lo que sabemos,
queremos y podemos.

Tiempo en el que Dios
nos toma la delantera
y nos ofrece la vida a manos llenas.

Es el tiempo de quienes han perdido,
de quienes han sufrido o malvivido.
Es el tiempo de la memoria subversiva,
de Dios haciendo justicia y dándonos Vida.

Florentino Uribarri

Notas para fijarnos en el Evangelio

Situándonos en el día 1º de Semana Santa

• Este domingo sintetiza la Semana Santa: Eucaristía, Pasión y Resurrección de Jesús. El recibimiento alegre a Jesús es no sólo por entrar en Jerusalén a dar la vida, sino un anticipo de su Resurrección. La vida como creyente participa de este mismo claro oscuro: la fidelidad al Padre nos llevará a situaciones de sufrimiento; pasaremos por la muerte. Pero nos espera la vida sin límites en compañía del Resucitado.

• El Evangelio que encontramos en esta ficha no es el de la misa sino el que se lee antes, en la conmemoración de la entrada de Jesús en Jerusalén.

• Es un texto que asociamos al acto popular de la bendición de Ramos, aparentemente sólo cargado de tradición y vacío de contenido para mucha gente que asiste. Y nos puede parecer que es un texto sin ningún contenido especial, que se lee para dar sentido a la tradición de bendecir los ramos. Nos equivocaríamos: es una página del Evangelio de las cargadas de simbolismo. Y podemos encontrar resumidos muchas cosas de la misión de Jesús. Y condensados muchos episodios de su recorrido desde Galilea a Jerusalén.

Texto: Lc 19, 28-40 (Jesús iba hacia Jerusalén, marchando a la cabeza”)

• En este pasaje aparece Jesús como Mesías pacífico y humilde (Zac 9,9-10: entra sentado sobre un borriquillo), frente al triunfante esperado (Lc 19,11). No entra como un guerrero conquistador sino como un rey de paz. Aunque algunos rasgos: la alegría o extender el manto al paso de Jesús, revelan su realeza (1Reyes 1,38- 40; 2Re 9,13). Es un anuncio simbólico de lo que ocurrirá en su Resurrección, en la que Dios le hará Señor y Mesías (Hch 2,36).

• Los discípulos entonan (19,38a) un cántico inspirado en el Salmo 118,26 utilizado en las fiestas judías. Lucas introduce cambios (sustituir reino por el rey) que hace mas clara la alusión a Jesús. Además, Lucas introduce una segunda parte (19,38b) que se parece a un cántico de los ángeles de la infancia de Jesús (Lc 2,14). Ahora son los discípulos los que cantan la manifestación de su gloria (el enviado por Dios que aporta paz).

• La reacción negativa de algunos fariseos (19,39-40) expresa el rechazo de los judíos al reconocimiento del mesianismo de Jesús. La contestación de Jesús puede significar (Hab 2,11) que nadie puede impedir que Jerusalén aclame a Jesús.

• En los versículos que siguen (19,41-46), surgen también palabras de juicio sobre Jerusalén, que no ha sabido reconocer la salvación de Dios que llegaba con Jesús (visita de Dios a Jerusalén v.44). La lamentación y la destrucción sobre Jerusalén nos puede indicar la fragilidad de este momento de gloria.

Texto de la PASIÓN: Lc 22,14-23,56 (“Perdónales porque no saben lo que hacen”)

• Es el único Evangelio que presenta explícitamente la Última Cena como una cena pascual (muy parecida a 1 Cor 11,23-25)

• Jesús realiza el plan de Dios aceptado libremente y obedientemente (22,15). En Getsemaní aparece la humanidad de Jesús con gran realismo; suda sangre en su combate interior y de oración intensa (22,39-46). Aparece claro el interés por exculpar a Pilato presionado por los judíos (23,4-7). Jesús no es un revoltoso contra Roma, sino el profeta que sufre por su Pasión; su Reino no es político (23, 13-18).

• La atención de Jesús a las personas concretas, propio de Lucas, destacada en la mirada a Pedro (22,61), en la atención a las mujeres (23,28), en el perdón a los verdugos (23,34), en el consuelo al ladrón (23,42). El salmo 31,6 ofrece las últimas palabras de confianza sin límites en el Padre. Los suyos le siguen de lejos hasta la cruz y la muerte (23,49); así podrán ser testigos.

Comentario al evangelio – Jueves V de Cuaresma

En la galería de personajes que acompañan nuestra Cuaresma, hoy le toca el turno al “viejo beduino”: o sea, a Abrahán. El libro del Génesis nos cuenta la alianza que Dios hace con él. Y en el evangelio de Juan, Jesús se atreve a decir que en él se realiza plenamente la alianza que Dios hizo con el viejo beduino: Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día: lo vio, y se llenó de alegría.

Vayamos por partes. La alianza que se describe en el Génesis no está registrada en ningún tratado de derecho. Dios le promete a Abrahán dos cosas: una descendencia numerosa (Serás padre de muchedumbre de pueblos) y una tierra a perpetuidad (Os daré a ti y a tu descendencia futura la tierra en que peregrinas, como posesión perpetua). A cambio, este contrato tan original pide del otro socio una sola cosa: Guardad mi alianza, tú y tus descendientes, por siempre. Es la famosa fórmula “dos contra uno”.

La cosa no tendría más trascendencia si no fuera por dos pequeños, insignificantes detalles que Dios parece pasar por alto: el socio Abrahán, y su pareja Sara, son unos viejos de cuidado (por lo tanto, poco aptos para fáciles procreaciones) y la tierra que piensa darles tiene ya título de propiedad (por lo tanto, va a ser necesaria una expropiación que va contra todo derecho internacional). En otras palabras, la alianza que Dios hace es una verdadera provocación. No se trata de poner la firma a bienes contantes y sonantes sino a promesas que no se ven y que exigen una fe de caballo (quizá fuera mejor decir de “camello”, teniendo en cuenta las costumbres del viejo beduino). En el texto que leemos hoy no se dice expresamente, pero Abrahán, en el borde de lo absurdo, se fía. Ahora entendemos por qué se le conoce como el “padre de los creyentes”.

Vayamos ahora a Jesús. Su estilo no es menos provocativo que el de Dios Padre: Os aseguro que antes que naciera Abrahán existo yo. Después de una afirmación de este calibre, no es nada extraño que cogieran piedras para tirárselas. ¿De qué se está hablando en la controversia? ¡Pues de la verdadera identidad de Jesús! La referencia a Abrahán es un recurso para poner de relieve el contraste promesa-realidad. Abrahán representa la promesa. Jesús es ya la realidad. En él, la alianza ha llegado a su plenitud: nace un pueblo numeroso que habita la tierra como propiedad.

No pasemos por alto un pequeño detalle sobre el que los exegetas no acaban de ponerse de acuerdo (¿Se ponen de acuerdo sobre algo alguna vez?). Me refiero a esa “insinuación cronológica” que parece hacer a Jesús un poco más viejo de lo que solemos imaginar: No tienes todavía cincuenta años. O sea, que no debía de andar demasiado lejos. ¿O también aquí el cincuenta tiene sólo un valor simbólico? Discuten los autores.

Ciudad Redonda

Meditación – Jueves V de Cuaresma

Hoy es jueves V de Cuaresma.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 8, 51-59):

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «En verdad, en verdad os digo: si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás». Le dijeron los judíos: «Ahora estamos seguros de que tienes un demonio. Abraham murió, y también los profetas; y tú dices: ‘Si alguno guarda mi Palabra, no probará la muerte jamás’. ¿Eres tú acaso más grande que nuestro padre Abraham, que murió? También los profetas murieron. ¿Por quién te tienes a ti mismo?». Jesús respondió: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien me glorifica, de quien vosotros decís: ‘Él es nuestro Dios’, y sin embargo no le conocéis, yo sí que le conozco, y si dijera que no le conozco, sería un mentiroso como vosotros. Pero yo le conozco, y guardo su Palabra. Vuestro padre Abraham se regocijó pensando en ver mi día; lo vio y se alegró». Entonces los judíos le dijeron: «¿Aún no tienes cincuenta años y has visto a Abraham?». Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, Yo Soy». Entonces tomaron piedras para tirárselas; pero Jesús se ocultó y salió del Templo.

Hoy aparece nuevamente el «Yo soy» de Jesús. Sigue aún en el aire la pregunta «¿Quién eres tú?»; «¿de dónde vienes?». La referencia que los interlocutores hacen a Dios como Padre, más allá de Abraham, le da al Señor la oportunidad de explicar, una vez más, con claridad su origen.

Como afirma Jesús, Abraham no sólo remite —por encima de él mismo— a Dios Padre, sino sobre todo hacia el futuro, a Jesús, al Hijo: «Abraham, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día: lo vio y se llenó de alegría». A la objeción de los judíos de que Jesús no podía haber visto a Abraham, les responde: «Antes de que naciera Abraham, Yo soy». «Yo soy»: otra vez aparece misteriosamente realzado el simple «Yo soy», pero ahora definido en contraste con el «era» de Abraham. 

—Ante el mundo del llegar y del pasar, del surgir y del perecer, se contrapone el «Yo soy» de Jesús, un modo de ser absolutamente único, que supera todas las categorías humanas.

REDACCIÓN evangeli.net

Liturgia – Jueves V de Cuaresma

JUEVES DE LA V SEMANA DE CUARESMA, feria

Misa de la feria (morado)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio I de Pasión del Señor.

Leccionario: Vol. II

            La Cuaresma: Guardar la palabra es no conocer la muerte.

  • Gén 17, 3-9. Serás padre de muchedumbre de pueblos.
  • Sal 104. El Señor se acuerda de su alianza eternamente.
  • Jn 8, 51-59. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día.

Antífona de entrada          Cf. Heb 9, 15
Cristo es mediador de una alianza nueva; en ella ha habido una muerte, y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.

Monición de entrada y acto penitencial
Nuestra comunión con Dios, nuestra salvación, depende de la fe. Dios ofrece una Alianza; nosotros tenemos que fiarnos de la palabra de Dios. Abrahán creyó en la palabra de Dios y su fe cambió su propio destino y el de su pueblo. Muchos judíos no creyeron y se desconectaron de sus antepasados y del nuevo pueblo de Dios. Si creemos en él, por el bautismo nos convertiremos en el nuevo pueblo de la nueva Alianza, y la Tierra Prometida será nuestra.

  • Señor, ten misericordia de nosotros.
    • Porque hemos pecado contra Ti.
  • Muéstranos, Señor, tu misericordia.
    • Y danos tu salvación.

Oración colecta
ESCUCHA nuestras súplicas, Señor,
y protege con amor a los que han puesto su esperanza
en tu misericordia,
para que, limpios de la mancha de los pecados,
perseveren en una vida santa
y lleguen de este modo a heredar tus promesas.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos al Señor nuestro Dios. El desea que le presentemos nuestras necesidades.

1.- Para que la Iglesia, comunidad de cristianos, guarde siempre y fielmente la Alianza con Dios. Roguemos al Señor.

2.- Para que el Señor ilumine con la luz del Espíritu a cuantos aún no lo conocen y lo están buscando con sinceridad. Roguemos al Señor.

3.- Para que los que ejercen cualquier forma de poder o autoridad en el mundo sean conscientes de que es Dios el que conduce, con su providencia, la marcha de la historia. Roguemos al Señor.

4.- Para que el Señor, en su bondad, se acuerde de su Alianza con nosotros, sellada y ratificada con la Sangre de Jesucristo. Roguemos al Señor.

Escucha, Padre, nuestra oración, que te dirigimos confiando en la Alianza que has establecido con tu nuevo pueblo, la Iglesia, en la Sangre de Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
COMPLACIDO, Señor, con las ofrendas presentes,
haz que favorezcan nuestra conversión
y la salvación de todo el mundo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio I de la Pasión del Señor

Antífona de comunión          Cf. Rom 8, 32
Dios no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros: con él nos lo ha dado todo.

Oración después de la comunión
SACIADOS con los dones de la salvación,
invocamos, Señor, tu misericordia,
para que este sacramento,
con el que nos alimentas en nuestra vida temporal,
nos haga partícipes de la vida eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre el pueblo
SÉ propicio, Señor, a tu pueblo
para que, rechazando día tras día lo que te desagrada,
encuentre su alegría
en el cumplimiento fiel de tus mandatos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.