Comentario – Jueves V de Cuaresma

(Jn 8, 51-59)

Jesús quiere mostrar a las autoridades judías que todo el Antiguo Testamento era una preparación para su venida. Todos los personajes del Antiguo Testamento son pequeños al lado del Salvador, que es el mismísimo Hijo de Dios que existe desde siempre, antes que Abraham.

El mismo Abraham, que los judíos consideran su padre, no fue más que un momento en esa larga historia que tiene como centro a Jesucristo. Por eso este texto nos presenta al antiguo Abraham que se alegraba pensando en el tiempo de la llegada de Jesús, y así Abraham aparece también como anunciando a Jesús, subordinado a Jesús, el único salvador.

En realidad lo que Jesús dice sobre la alegría de Abraham no aparece en ningún texto del Antiguo Testamento. Es una interpretación judía de Génesis 17, 17, donde dice que Abraham se puso a reír cuando se le anunció que su esposa iba a tener un hijo. Abraham se reía porque consideraba que era una broma decir que su esposa anciana iba a tener un niño; pero las tradiciones judías lo interpretaron como la alegría de saber que de su descendencia iba a llegar el Mesías. Jesús recoge esas tradiciones para decir que Abraham se alegraba pensando en su venida.

A nosotros este texto nos invita a la alegría, a gozar porque el Mesías ya ha venido, y es Jesús, nuestro Señor, nuestro amigo, nuestra fortaleza. Teniéndolo a él nuestra vida está a salvo, y siempre hay una esperanza. Por eso no podemos vivir en la tristeza y el desaliento, sino en la alegría espiritual. Es cierto que nuestro mundo está lleno de corrupción y de angustias, es cierto que no estamos en el cielo, porque este mundo sólo será plenamente transformado cuando el Mesías vuelva, cuando Jesús venga a crear una tierra nueva. Pero eso no significa que este mundo esté dominado por el mal. Jesús está verdaderamente presente para que los buenos puedan luchar y vencer con el poder y el amor que él les comunica; y eso es fuente de gozo y de esperanza.

Oración:

“Señor, coloca en mi corazón una santa alegría, porque ya no tenemos que esperarte. Ya has venido, ya te has hecho presente en nuestro mundo, nos has salvado, y estás resucitado en nuestras vidas».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

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