Comentario – Domingo de Ramos

Nuestra Semana Santa abre sus puertas entre hosannas y aclamaciones que festejan al que viene en el nombre del Señor. Así fue recibido Jesús, que se presentó en la ciudad santa montado en un borriquillo y rodeado por sus discípulos: como el que venía en nombre del Señor para cumplir su plan, para llevar a cabo su designio de amor. Por eso es festejado y aclamado; por eso, extienden a su paso mantos y enarbolan ramos de olivo. Es el enviado del Señor. Es el Mesías.

Aquel recibimiento no hacía prever lo que habría de suceder más tarde. El aclamado del domingo de Ramos se convertirá en el paciente de la Pasión: un paciente activo y voluntario, es verdad, pero paciente sufriente, varón de dolores. Ambas cosas las pone de manifiesto el relato evangélico de la Pasión: su voluntariedad para acudir al lugar del suplicio cuando más se estrecha el cerco en torno a él; su voluntariedad para afrontar el juicio a que es sometido con una dignidad soberana y para beber hasta la última gota el cáliz del sufrimiento que le ha tocado en suerte, consumando así su misión; y su pasión, que tiene sus preliminares, su momento cimero y sus postrimerías: esa Pasión que se deja notar ya cuando Jesús se ve obligado a saborear la amargura de la traición de uno de los suyos, y que tiene continuación en la agonía y soledad de Getsemaní y en el abandono de sus seguidores más fieles; a esto se sumarán los dolores provocados por la corona de espinas, los golpes de la soldadesca, la flagelación, el peso del madero de la cruz en ese agónico peregrinaje hacia el Calvario, los clavos incrustados en su carne, la pérdida progresiva de sangre en las arterias, la carencia de oxígeno en los pulmones, la muerte lenta e incontenible.

Jesús era realmente ese paciente que había ofrecido su espalda a los que le golpeaban y su mejilla a los que mesaban su barba –tal como predijera el profeta Isaías- y que se abrazaba ahora a la cruz en actitud de obediencia a la voluntad del que permitía todo esto, a la voluntad del Padre. Porque era el mismo Dios quien permitía (no podemos decir que quisiera con voluntad de beneplácito) la traición de Judas, la ceguera de los miembros del Sanedrín (sus jueces), la cobardía de Pilato, el gobernador romano, la insensible crueldad de los soldados, la indiferencia del resto del mundo, la piedad impotente e infructuosa de algunos de sus acompañantes y seguidores. Nada hubieran podido contra Jesús estos si Dios no lo hubiese permitido o si él mismo hubiese decidido otra cosa, por ejemplo, no acudir a Jerusalén por las fiestas de Pascua, haciéndose notar, en actitud humilde, pero desafiante. Por eso, tras estos acontecimientos, forjados por la voluntad extraviada de tanta gente, ve Jesús la voluntad de su Padre, o también, que su misión (la encomendada por el Padre) exigía esta consumación.

Se trataba de actuar el amor más grande: el amor del que da la vida. De este modo, su muerte se convertía en una ofrenda de amor, del amor más grande: el de quien da la vida por sus amigos y por sus enemigos. Y así, su muerte pasará a ser fuente de salvación para muchos, para todos aquellos que acaben acogiendo esta ofrenda de amor y se vean transformados por ella. Esta era la voluntad del Padre (lo que el Padre le pedía al Hijo): que amara hasta el extremo de dar la vida. Por eso, Jesús vio en su pasión y muerte, soportadas por amor, la voluntad del Padre, que permitía el pecado de sus injustos agresores (y homicidas) y se complacía en la paciencia y docilidad de su siervo, Jesús.

San Pablo ve en este acto de obediencia la culminación de una historia de renuncias o auto-despojamiento. Es la historia del que era de condición divina y sin hacer alarde de su categoría tomó la condición humana. Luego el aclamado como el que viene en nombre del Señor es el mismo Hijo de Dios (alguien de condición divina), pero al que vemos despojado, no sólo de su indumentaria o de su rango o dignidad, o de algunas posesiones, sino de su impasibilidad (para poder sufrir), de su inmortalidad (para poder morir), de su eternidad (para poder entrar en el tiempo); más aún, despojado de su misma dignidad humana, para poder sufrir la muerte de un condenado y ser contado entre malhechores. Y porque se rebajó hasta ese punto, Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre sobre todo nombre, esto es, el nombre de Señor: un nombre ante el que se doblan todas las rodillas. La genuflexión es el reconocimiento de su señorío. Se trata, por tanto, de reconocer en el Crucificado al que es de condición divina en su estado kenótico, es decir, humano, sufriente, mortal, y exaltado sobre todo. A esto nos invita san Pablo, porque sólo así obtendremos la salvación, o lo que es lo mismo, nos dejaremos vivificar por el amor que salva: amor paciente en la humillación y humilde en la exaltación.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo de Ramos

I VÍSPERAS

DOMINGO DE RAMOS

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

¿Quién es este que viene,
recién atardecido,
cubierto con su sangre
como varón que pisa los racimos?

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

¿Quién es este que vuelve,
glorioso y malherido,
y, a precio de su muerte,
compra la paz y libra a los cautivos?

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Se durmió con los muertos,
y reina entre los vivos;
no le venció la fosa,
porque el Señor sostuvo a su Elegido.

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Anunciad a los pueblos
qué habéis visto y oído;
aclamad al que viene
como la paz, bajo un clamor de olivos. Amén.

SALMO 118: HIMNO A LA LEY DIVINA

Ant. A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis; ahora, flagelado, me lleváis para ser crucificado.

Lámpara es tu palabra para mis pasos,
luz en mi sendero;
lo juro y lo cumpliré:
guardaré tus justos mandamientos;
¡estoy tan afligido!
Señor, dame vida según tu promesa.

Acepta, Señor, los votos que pronuncio,
enséñame tus mandatos;
mi vida está siempre en peligro,
pero no olvido tu voluntad;
los malvados me tendieron un lazo,
pero no me desvié de tus decretos.

Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón;
inclino mi corazón a cumplir tus leyes,
siempre y cabalmente.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis; ahora, flagelado, me lleváis para ser crucificado.

SALMO 15: EL SEÑOR ES EL LOTE DE MI HEREDAD

Ant. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien».
Los dioses y señores de la tierra
no me satisfacen.

Multiplican las estatuas
de dioses extraños;
no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labios.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano;
me ha tocado un lote hermoso,
me encanta mi heredad.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

LECTURA: 1Pe 1, 18-21

Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil recibido de vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por vuestro bien. Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza.

RESPONSORIO BREVE

R/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
V/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R/ Porque con tu cruz has redimido al mundo.
V/ Y te bendecimos.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo. Y gritaban: «¡Hosanna en el cielo!»

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo. Y gritaban: «¡Hosanna en el cielo!»

PRECES
Adoremos a Cristo, quien, próximo ya a su pasión, al contemplar a Jerusalén, lloró por ella, porque no había aceptado el tiempo de gracia; arrepintiéndonos, pues, de nuestros pecados, supliquémosle, diciendo:

Ten piedad de tu pueblo, Señor.

Tú que quisiste reunir a los hijos de Jerusalén, como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas,
— enséñanos a reconocer el tiempo de gracia.

No abandones a los fieles que te abandonaron,
— antes concédenos la gracia de la conversión, y volveremos a ti, Señor, Dios nuestro.

Tú que, por tu pasión, has dado con largueza la gracia al mundo,
— concédenos que, fieles a nuestro bautismo, vivamos constantemente de tu Espíritu.

Que tu pasión nos estimule a vivir renunciando al pecado,
— para que, libres de toda esclavitud, podamos celebrar santamente tu resurrección.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que reinas en la gloria del Padre,
— acuérdate de los que hoy han muerto.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz, para mostrar al género humano el ejemplo de una vida sumisa a tu voluntad; concédenos que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio, y que un día participemos en su gloriosa resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado V de Cuaresma

«¿Qué os parece? ¿Qué no vendrá a la fiesta?»

1.- Oración introductoria.

Señor, si me permites, hoy quiero estar contigo porque te veo muy solo. Tienes a las autoridades civiles y religiosas en contra, hasta el punto de que determinan matarte. Eras demasiado bueno, demasiado noble, demasiado libre. ¿No caes en la cuenta de que estorbas en un mundo tan hipócrita, tan violento, tan rastrero y tan mezquino? Hoy Jesús quiero estar cerca para decirte: que yo te quiero, que puedes contar siempre conmigo, es más, te necesito si quiero que mi vida sea una verdadera fiesta.

2.- Lectura reposada de la palabra.

Del santo Evangelio según san Juan 11 45-56

Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en él. Pero algunos de ellos fueron donde los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación.» Pero uno de ellos, Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: «Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación.» Esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. Desde este día, decidieron darle muerte. Por eso Jesús no andaba ya en público entre los judíos, sino que se retiró de allí a la región cercana al desierto, a una ciudad llamada Efraím, y allí residía con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua de los judíos, y muchos del país habían subido a Jerusalén, antes de la Pascua para purificarse. Buscaban a Jesús y se decían unos a otros estando en el Templo: «¿Qué os parece? ¿Que no vendrá a la fiesta?» Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que, si alguno sabía dónde estaba, lo notificara para detenerle.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Jesús cautivaba, Jesús convencía, Jesús se llevaba detrás a la gente sencilla. Y esto no lo podían consentir las autoridades religiosas: fariseos y sacerdotes.  Los que llevaban la ley cerca de las manos pero lejos del corazón; los que acudían al Templo a rezar y salían del Templo con el propósito de robar, mentir, y apedrear en nombre de la Ley; aquellos que eran sepulcros blanqueados, que se entretenían en limpiar los platos y vasos antes de comer, pero por dentro estaban llenos de podredumbre; esos determinan acabar con Jesús. Y acabar con Jesús es acabar con la verdad, con la belleza, con el amor, con la ilusión, con la esperanza. Hoy también en nuestra vieja Europa está de moda eso de “acabar con Jesús y con todo signo religioso”. Y esto trae graves consecuencias. Nunca el mundo ha tenido tantos medios y nunca ha estado tan vacío. A este mundo no lo salvará la técnica, los aparatos sofisticados, los coches eléctricos o los viajes espaciales. A este mundo lo salvará el amor. Personas que, como Jesús, estén dispuestas a amar a los demás más que a sí mismos. Jesús pasará por todo, incluso por el sufrimiento y la muerte en Cruz. El pecado separa, esclaviza, mata. Jesús congrega, libera, resucita. Jesús jamás pasará de estar cerca de los que sufren, de los que lo están pasando mal. Y nunca dejará de acudir a la gran fiesta del amor.

Palabra del Papa.

“Hemos dicho que Jesús, en su anuncio y en toda su obra, había inaugurado un reino no político del Mesías y comenzado a deslindar los dos ámbitos hasta ahora inseparables. Pero esta separación entre política y fe, entre pueblo de Dios y política, que forma parte esencial de su mensaje, sólo era posible en última instancia a través de la cruz: sólo mediante la pérdida verdaderamente absoluta de todo poder externo, del ser despojado radicalmente en la cruz, la novedad se hacía realidad. Sólo mediante la fe en el Crucificado, en Aquel que es desposeído de todo poder terrenal, y por eso enaltecido, aparece también la nueva comunidad, el modo nuevo en que Dios domina en el mundo. Pero eso significa que la cruz respondía a una “necesidad” divina y que Caifás, con su decisión, fue en último análisis el ejecutor de la voluntad de Dios, aun cuando su motivación personal fuera impura y no respondiera a la voluntad de Dios, sino a sus propias miras egoístas» (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, segunda parte, p. 66).

4.-Qué me dice hoy a mí este texto. (Guardo silencio).

5.-Propósito: ¿Verdad que sería bonito vivir un día tal y como lo vivió Jesús? Intentaré vivirlo yo hoy,

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, al acabar este rato de oración siento necesidad de darte gracias por ser como eres, por no haber torcido nunca tus pies hacia la mentira, hacia la vida fácil, hacia el egoísmo. Y te doy muchas gracias porque el programa que nos has dejado a los cristianos no es algo teórico, sino que Tú ya lo has cumplido. Con tu gracia, haz que todos nosotros lo llevemos a la realidad y construyamos un mundo más justo y más humano.

ORACIÓN POR LA PAZ.

«Señor Jesús, Príncipe de la Paz, mira a tus hijos que elevan su grito hacia ti: Ayúdanos a construir la paz. Consuela, oh Dios misericordioso, los corazones afligidos de tantos hijos tuyos, seca las lágrimas de los que están en la prueba, haz que la dulce caricia de tu Madre María caliente los rostros tristes de tantos niños que están lejos del abrazo de sus seres queridos. Tú que eres el Creador del mundo, salva a esta tierra de la destrucción de la muerte generalizada, haz que callen las armas y que resuene la dulce brisa de la paz. Señor Dios de la esperanza, ten piedad de esta humanidad sorda y ayúdala a encontrar el valor de perdonar». (Parolín, Secretario del Estado Vaticano)

Jesucristo pacífico

1.- En los años setenta del siglo pasado, cuando Jesús de Nazaret quiso ser transformado en un revolucionario al estilo del siglo XX, se interpretó la entrada triunfal en Jerusalén como un ataque guerrillero contra el poder establecido. Las consecuencias de esa insurrección habrían sido la condena, tortura y ejecución de Jesús. La verdad es que esta teoría no tiene la menor posibilidad histórica, porque la guarnición romana vigilaba desde lo alto de la Torre Antonia. Cualquier problema de orden público era dominado enseguida con enorme dureza.

Por el contrario los actos de contenido religioso –procesiones, romerías con cantos y las típicas subidas al templo—no producían inquietud alguna y dejaban que se desarrollasen, aunque algunas veces produjeran algún tumulto por la multitud que participa en ellas. Los militares romanos ya sabían lo que se traían entre manos y desde luego no hubieran permitido nada parecido a un ataque revolucionario. Otros tratadistas del mismo tinte revolucionario relacionaron también la actitud guerrillera de Jesús con la expulsión de los mercaderes del Templo.

2.- Pero Jesús quiso dejar claro que era pacífico. Entró en Jerusalén sobre un borriquillo y no a lomos de un impetuoso caballo blanco, rodeado de su guardia de corps. El cortejo real era festivo y propio de una romería. Las gentes le saludaban con ramos de olivo –señal de paz—y palmas. Y, desde luego, fue un gran éxito. Y si bien a las fuerzas de ocupación romana el asunto no les importó nada, no ocurrió así con el conjunto de las autoridades religiosas de Israel, que entendieron perfectamente que esa entrada era religiosa y que añadía un talante de paz y de fiesta muy deseado por el pueblo, pero odiado por el sistema oficial del Templo, ya que era todo un cambio. Y fue esa entrada triunfal lo que precipitó la persecución y muerte de Jesús.

3.- La Iglesia y su liturgia –que derrochan gran sabiduría—han puesto en la misa de hoy ese relato completo de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo para que –digámoslo así—no haya duda sobre que celebramos hoy. Por eso, la liturgia tiene una lectura de júbilo, asociada a la procesión de Ramos y el relato íntegro de la Pasión. En este ciclo C hemos escuchado la Pasión según San Lucas que nos da la idea de que dicha Pasión es testimonio de la voluntad salvadora universal de Dios y de su amor representado en el sacrificio y posterior victoria de Cristo Jesús. Estaréis de acuerdo conmigo que esta lectura en conjunto emociona y deja el alma perfectamente preparada para vivir la Semana Santa –Semana Grande se decía antes–, de la que el Domingo de Ramos es pórtico “físico” e inicio “psicológico”

4.- La paz de Jesús se verá reflejada horas después en su retirada, en su marcha a Betania para descansar con sus amigos, Marta, María y Lázaro. Ante su éxito –y en términos estrictamente religiosos—Jesús podría haber pedido a los Sumos Sacerdotes y Senadores “que le tuvieran en cuenta” dentro de la “religión oficial”. Y quien sabe si esa imposible pretensión de Jesús –fue una de las tentaciones de Satanás en el desierto—de “oficializar” su mesianismo hubiera tenido éxito. Pero tanto Jesús como los líderes religiosos de Israel sabían que eso era imposible. Jesús pedía la vuelta a la religión original de Amor que el Padre esperaba. Los fariseos y saduceos alimentaban un sistema social, político y con formas religiosas, que nada tenía que ver con la misión de Jesús de Nazaret. Por eso, llegada la tarde Jesús se retiró a Betania a esperar el desenlace de su Misión. Por eso es importante hoy, tras la bendición alegre de los ramos, leer y meditar íntegra la Pasión de nuestro Maestro.

Ángel Gómez Escorial

Comentario – Sábado V de Cuaresma

Jn 11, 45-46

Puesto que Dios nos ha amado hasta entregarnos a su Hijo…

Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos convocaron consejo contra Jesús

El gran Sanedrín convoca consejo. La decisión se va precisando. Vamos a ver el desarrollo de la reunión y de sus deliberaciones.

¿Qué hacemos? Si le dejamos así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro templo y nuestra nación…

Es por una razón seria que te condenan: por razón religiosa y por razón de Estado.

¡Hay intereses graves en todo este juego! Mas también reconocen la gran atracción que

Tú provocas: «todos creerán en El.»

Caifás, sumo sacerdote, dijo: «Conviene que muera un solo hombre por todo el pueblo…

A fin de evitar que perezca toda la nación.

Sorprendente sustitución: Tú solo, en el lugar de todos.

Por su parte es un horrible cálculo interesado, para salir ellos ilesos del asunto. Pero no creían haber estado tan acertados. Porque ¡ésta es la verdad!

No dijo esto de sí mismo, sino que, como era pontífice aquel ano, profetizó…

Caifás imaginaba haber acertado a decir una palabra inteligente humanamente. De hecho, sin él saberlo, cumplía así el plan de Dios.

Me pasa a menudo no ver muy claro en mi propia vida.

Hazme, Señor, un instrumento d tus proyectos, aunque yo no lo vea.

Jesús había de morir por la nación, y no sólo por la nación, sino para reunirse en la unidad todos los hijos de Dios que están dispersos.

Ayúdame, Señor, a meditar detenidamente esta palabra.

Según san Juan, este es el secreto de tu muerte. Por ello has ofrecido tu vida. Es una de tus intenciones más profundas.

He ahí el fin, el objetivo que Tú buscabas: «reunir todos los hombres en la unidad».

Hacer que se amen los hombres divididos entre sí. Acercar a los antagonistas, no solamente a los de tu raza, sino hasta todos los extremos de la tierra. «Porque todos son hijos del mismo Padre.» No es una visión política, ni simplemente humana la que te guía. Es algo mucho más profundo que cualquier humanitarismo o solidaridad natural. Es también el secreto de cada una de las misas.

«He aquí mi Cuerpo entregado. He aquí mi Sangre derramada». Jesús se da para enrolar en su movimiento de amor a toda la humanidad. «Humildemente, te suplicamos, que participando al Cuerpo y a la Sangre de Cristo, seamos reunidos en un solo cuerpo».

La fraternidad universal de la familia humana -familia de Dios- es un don del Padre, que la sangre de Jesús nos ha merecido. La humanidad desgarrada de hoy tiene siempre la misma necesidad de sacrificio. Racismos. Oposiciones. Luchas y violencia. La humanidad es un gran cuerpo descuartizado. Cristo ha dado su vida para que, en El, la humanidad llegue a ser un Cuerpo único.

¿Y yo? ¿Trabajo en esa gran obra de Dios?

Noel Quesson
Evangelios 1

Hoy, aplausos y palmas ¿y mañana?

1.- Hoy, Cristo, entra en la ciudad de nuestros corazones y los encuentra preocupados y ocupados por desesperanzas que nos impiden vivir con libertad y con la alegría de los Hijos de Dios.

Hoy, Cristo, cruza el pórtico de nuestra vida para que entendamos que su costado (pronto desgarrado y abierto) es un surtidor del que brotará vida abundante y que se dará con pasión y sufrimiento para que no olvidemos que será triunfo en la mañana de Pascua.

Hoy, en el Domingo de Ramos, comienza la semana más santa de los cristianos. En ella transcurren aquellos misterios de la pasión y muerte del Señor que se iniciaron con su entrada triunfal en Jerusalén.

Hoy lo hará con gloria….mañana saldrá de sus muros envuelto en sangre

Hoy lo hace montado en pollino recién estrenado…..mañana caminará con una cruz gigante e ignominiosa diseñada ferozmente, y desproporcionadamente, para sus hombros

Hoy se abre camino consciente del pecado que esconde el pueblo que le vitorea…..mañana lo hará pagando cruel tributo por aquellos que le dijeron ¡Si! pero pronto le olvidaron

Hoy desfila en medio de cánticos y alabanzas…..pero el viernes subirá hacia el monte Gólgota acompañado de un coro de burlas y de risas, de corazones duros e implacables

Hoy, con nuestras palmas, le diremos a Jesús que queremos compartir e ir con El su victoria; que nuestra vida es suya; que su verdad ha de ser nuestra verdad; que daríamos la vida y mucho más antes que perderle… mañana nos asustará de tal manera la ostentosidad, la cercanía y la crudeza de su cruz que llamaremos a un cirineo para ayudarle.

Encuentros y desencuentros, amigos e infidelidades, promesas y traiciones, subidas y bajadas….son en la vida de todo creyente (en su relación con Dios) una constante.

2.- El Señor, aún conociéndonos desde donde, con qué intereses y tonalidades recibe nuestros honores y nuestros piropos , compartirá con nosotros, ya desde ahora, su victoria (que será nuestra también) sobre la muerte.

Señor, ¡cuánto me acuerdo de aquel villancico en la noche santa de tu nacimiento!; “hoy son rosas y flores….mañana dolor y hiel”.

¿Nos decidimos acompañarle en estos días? ¿Levantamos los ramos y las palmas de nuestra fidelidad, las del bien, las del perdón?

¿Por qué no alzamos, al paso de Jesús, las ramas de nuestra adhesión a El, las de nuestra fe y las de nuestro deseo de sentir y vivir la Iglesia?

3.- ¡HOSANNA AL HIJO DE DAVID!

Lo recibiremos con aclamaciones
y, en viernes santo, lo despediremos en el silencio más absoluto
Le cantaremos ¡Hosanna al Hijo de David!
y, en el Gólgota ,le gritaremos: ¡Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz!

Alfombraremos aquí su camino con olivo y palmas
y más adelante, en cualquier esquina, le negaremos como al eterno desconocido
Hoy, en los aledaños de nuestras ciudades y calles, seremos su pueblo
mañana nos convertiremos en aquellos que nunca con El estuvimos
Con las palmas y ramos lo acogemos como promesa esperada y por fin cumplida
y, cuando sea ajusticiado, asistiremos cómplices con nuestra sordina.

En este día, Señor, te alabamos con gritos
el Jueves, seremos presos del sueño, muertos por el cansancio
Ahora, Señor, entonamos que ¡nadie hay tan grande como Tú!
y, ante los poderosos, fingiremos no conocerte

En este momento, Jesús, más que nunca, las piedras corren el riesgo de gritar tu nombre:
hay demasiado cristiano callado
multitud de amigos tuyos que, viven, como si no lo fueran
miles de palmas sostenidas por la mano
pero no cosidas ni arrancadas desde el corazón.

En este momento, en el pórtico de la Semana Santa,
infinidad de fan salen a la calle para vitorear lo que, tal vez,
ni de lejos ni de cerca conocen:
¿Por qué va a morir Jesús?
¿Por quién? ¿Cuándo? ¿Cómo?
¡Alabemos al Señor! ¡Claro que si!
¡Vitoreemos su nombre! ¡Y con tambores y trompetas brillantes!

Pero, eso sí, luego…a continuación:
no apaguemos nuestras voces: somos su voz
no escondamos nuestra vida cristiana: somos su cuerpo
no neguemos su presencia: somos su afirmación
no ocultemos su Evangelio: somos su expresión

Javier Leoz

La procesión va por dentro

1.- “Jesús entró en Jerusalén montado en el borrico, mientras la gente le alfombraba el camino con sus mantos. Y los discípulos entusiasmados, alababan a Dios diciendo: Bendito el que viene como rey”. San Lucas, Cáp. 19. El desfile asomó por una estrecha calle del barrio. Delante los acólitos, luego el nutrido grupo de fieles y la imagen del Señor, sobre una mansa burrita que los niños señalaban con alborozo. Desde los balcones, otras gentes con el sueño todavía en los ojos, observaban la procesión. Bajo los arcos de nuestras catedrales, entre lujosos ornamentos y atuendos de canónigos, también celebramos la entrada solemne de Cristo en Jerusalén. Cuando la multitud lo aclamó como Rey, mientras los discípulos le alfombraban el camino con sus mantos y agitaban ramos y palmas. Otros gritaban: “Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene en nombre del Señor”.

2.- En varias ocasiones Jesús había esquivado la ovación de la gente. Una manifestación pública habría sido entonces peligrosa, entorpeciendo así sus planes. Pero ese día, próxima ya su última Pascua, “había llegado su hora”. La multitud se congregó en el monte de los Olivos, una pequeña cima vecina a la capital. Desde allí bajaría lentamente, para cruzar la hondonada del Cedrón y ascender luego hacia Jerusalén, donde ya muchos sabían de este profeta que había resucitado a Lázaro. En aquella ocasión el Señor aceptó que sus seguidores lo reconocieran como rey. Si bien su realeza no lo constituía en líder político, para derrotar a los romanos, como señalaban sus enemigos.

Unas horas más tarde todo volvió a ser igual en Jerusalén. Igualmente en las calles de aquel barrio y en el recinto de las catedrales. Debió empezar entonces la otra procesión. La que avanza por dentro, cuando enseñados por los textos bíblicos y los signos litúrgicos, aceptamos a Cristo como Salvador. Y le hacemos un espacio preferencial en nuestra vida.

3.- Podría existir un aparato electrónico que registrara en pantalla, cómo resuena la fe en nuestras conciencias. Nos llevaríamos entonces muchas sorpresas. Para numerosos cristianos creer es aceptar resignados una represión moralista. Con razón tanta gente que ayer se decía creyente, hoy ya no lo es. Para otros, la fe consiste en algo tradicional, que no conviene desechar. Como una hermosa porcelana que heredamos de la abuela. Para otros, equivale a una dosis de caricias sicológicas que, de cuando en cuando, vale aplicarnos al corazón. Para otros más es estar adheridos, por inercia a una institución, cuya esencia nunca nos ha preocupado averiguar.

La procesión, entonces, va por dentro. Pero es necesario conocer al Señor y acompañarlo en su camino. Mientras Él nos acompaña en el nuestro. Y no basta aclamarlo entusiasmados, sin una convicción personal y transformante. No basta observar desde lejos. No basta sumergirnos estos días en algo religioso, porque sí. Porque lo señala el almanaque.

4.- Un evangelio apócrifo nos cuenta de cierto discípulo, que no pudo acompañar al Maestro en su triunfo. Entonces lo buscó por la tarde, mientras descansaba donde su amigo Nicodemo, comentando los acontecimientos matinales. Allí Jesús les dijo: “Dejad correr las horas y los días y ya no se escucharán los hosannas. Sólo quien camina conmigo tendrá la vida eterna. Porque muchos me honran con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.

Gustavo Vélez

Clamores de victoria

1.- «El Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento» (Is 50, 4) El profeta vislumbra la figura del siervo de Yahvé. En varios poemas de subida inspiración dramática, aparece ante nuestros ojos este personaje misterioso que sufre extremadamente por la redención de los hombres. Él ha gustado el sabor amargo y agrio de la muerte. Él ha experimentado en su carne esa laceración punzante del dolor humano. Por eso es capaz de compadecerse de la miseria del hombre herido, capaz de decir al que está abatido una palabra de aliento.

Las largas horas de la noche en el silencio quejumbroso de los hospitales, el insomnio de los que velan el sufrimiento de los seres queridos. Cuerpos que se extinguen lentamente, o se contraen en el dolor insoportable. Míralos, Señor, míralos desde tu cruz. Diles una palabra de aliento, consuela su pena. Tú que sabes lo que es sufrir, compadécete de los que sufren.

Y también de los otros. Los que llevan su dolor por dentro. Ese dolor que no se ve, el que se clava en el alma. La ingratitud, el desprecio, la vida vacía, la sensación de triste inutilidad. También a esos diles una palabra de consuelo. Hazles ver el sentido del sufrimiento. Anímalos a aceptar la prueba como tú lo hiciste, que sepan unirse a tu dolor para que también el de ellos tenga un valor expiatorio.

«Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba » (Is 50, 6) No oculté el rostro a insultos y salivazos. Burlas despiadadas ante ese hombre justo, indefenso y callado. En su pasión y muerte se van desgranando los versículos del salmo: Dios, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Me acorrala una jauría de perros mastines, me pone cerco una banda de malhechores, me traspasan las manos y los pies, se pueden contar mis huesos. Se reparten mis ropas, echan a suerte mi túnica…

Semana de Pasión. Los hechos de siempre vuelven a nuestra memoria. Las palabras del poema del Siervo de Yahvé resuenan en nuestro espíritu: Lo vimos despreciado por los hombres, varón de dolores… Humillado hasta el máximo, callando su pena, sin defenderse contra tan tremenda injusticia.

Tú, Señor, soportaste nuestros sufrimientos, aguantaste nuestros dolores. Fuiste herido por Dios, leproso, humillado, traspasado, triturado. Desgarrándote desnudo, colgando de una cruz… Y todo para redimirnos, para liberarnos, para salvarnos, para conseguir nuestro indulto y perdón. Misterio que nos abruma, que rebasa nuestra capacidad de comprensión, que escapa a nuestras posibilidades de reacción. Y apenados por nuestra escalofriante insensibilidad ante tu dolor de Dios crucificado, te miramos queriendo llorar nuestra maldad, queriendo comprender el sentido profundo de estos días cargados del recuerdo vivo de tu Pasión.

2.- «Al verme se burlan de mí…» (Sal 21, 8) Cómo es posible que la crueldad del hombre pueda llegar a tales términos, cómo es posible descender tan bajo, cómo se puede llegar a tanta vileza… Jesús está colgado de la cruz, cosido a ella, marcado con las huellas rojizas y cárdenas de la flagelación que surcó su cuerpo divino, agonizando por momentos delante de su madre bendita, ante sus amigos que nada pueden hacer para ayudarle. Y, sin embargo, los «triunfadores» se ensañan aún con su pobre víctima, se burlan de Él, se hacen señas burlescas con la cabeza.

Jesús exclama: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Con estas palabras se inicia el salmo veintiuno, la oración entre fervorosa y doliente del justo perseguido y atormentado: la boca seca y la lengua pastosa, las burlas y risas de sus enemigos le atraviesan el alma, indefenso, inerme ante quienes le aborrecen e insultan. Las quejas del salmista son, en los labios agrietados de Cristo, lamentaciones más amargas que las de Jeremías.

«Pero tú, Señor, no te quedes lejos » (Sal 21, 20) Ante el recuerdo de los sufrimientos de Cristo, ante la rememoración viva del Semana Santa que empieza, hemos de llorar nuestros pecados y culpas, nuestra ingratitud y falta de amor hacia quien, por amor precisamente, muere en una cruz. Llorar nuestros pecados, sin lágrimas quizá, pero llorarlos porque por nuestra redención sufrió Jesucristo los sufrimientos y los ultrajes del Calvario.

Vamos a decirle que lo sentimos de veras, vamos a hacer una sincera y completa confesión. Y vamos también a renovar nuestro amor y nuestra gratitud, nuestros deseos y propósitos de serle fieles, de luchar con más ahínco y constancia contra todo lo que, por poco que sea, nos aleje de Él.

Digámosle también con las palabras finales de este salmo: Pero tú, Señor, no te quedes lejos, fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea de alabaré. Fieles del Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo; temedlo, linaje de Israel… De este modo el dolor y la tristeza de la Pasión harán brotar y fundamentará el gozo de la Pascua de la Resurrección.

3.- «Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios (Flp 2, 6) No, Cristo no alardeó de su poder. Cuando fue preciso confesar su grandeza, lo hizo con toda sencillez. En su confesión no hubo el menor asomo de prepotencia. Confesión que, por otra parte, le va a llevar a la muerte de cruz. Sus jueces y sus verdugos no le creyeron, no comprendieron que Jesús de Nazaret, al proclamarse Rey, había dicho la verdad, y se atreven a enfrentarse con él, Dios mismo que de forma instantánea hubiese podido aniquilarlos.

Cristo no hizo alarde de su condición divina. Al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y todo eso para enseñarnos de modo práctico cuál ha de ser nuestra actitud. San Pablo lo dice en este mismo pasaje: Tened los mismos sentimientos de Cristo… Por lo menos hay que luchar para tener esos sentimientos. Está claro, si somos cristianos hemos de parecernos a Cristo, identificarnos con él. Y prescindir de nuestro orgullo, disimular «nuestro poder», no ostentar «nuestra riqueza». Despojarnos de nuestro rango -tan poca cosa en realidad-, y actuar con sencillez, con humildad, con verdad. Al fin y al cabo, todo alarde o todo abuso de poder tapan una tremenda debilidad o cobardía.

«Por eso Dios lo levantó sobre todo…» (Flp 2, 9) Cristo actuó como un hombre cualquiera, se rebajó incluso hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso -dice el apóstol- Dios le levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús, toda rodilla se doble -en el cielo, en la tierra, en el abismo-, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es el Señor…! Precisamente por humillarse y obedecer hasta la muerte, Dios exalta a Cristo, el Verbo humanado, hasta la cumbre más alta de la gloria. Y esa exaltación es modelo y figura de la que ha de gozar todo el que acepte los planes de Dios, con los mismos sentimientos de humildad y servicio que Cristo Jesús.

Aceptar gozosamente la cruz de cada día, llevarla con la ilusión y la alegría de quien carga sobre sus hombros un preciado tesoro, aunque el peso de esa riqueza le quebrante. Caminar sin dar importancia al peso o a la fatiga, como quien sabe que al final todos los esfuerzos y sacrificios serán pagados con creces… Pero hay un motivo mucho más hondo y más fuerte: el amor. Sí, Cristo subió al patíbulo llevado del arrebatado amor de su corazón de Dios. Del mismo modo nosotros, si nos olvidamos de nuestros intereses y pensamos más en los demás, llevaremos con decisión y gozo nuestra propia cruz.

4.- “En aquel tiempo, Jesús iba hacia Jerusalén, marchando a la cabeza» (Lc 19, 28) El evangelio de la bendición de los ramos comienza diciendo que Jesús iba hacia Jerusalén, marchando en cabeza. Es un detalle que indica cómo el Maestro precedía a los suyos en el camino hacia la cruz. Todos sabían que ese viaje a Jerusalén podría ser fatídico. Era ya público el odio de los fariseos, los letrados y los sumos sacerdotes que cada vez estrechaban más el cerco en torno a Jesús de Nazaret. Pero el Señor había enseñado a sus discípulos que era preciso negarse a sí mismo, coger la cruz de cada día y caminar hacia adelante en un cumplimiento fiel de la voluntad de Dios. Por eso marcha decidido, para mostrarnos con su propio ejemplo el modo de cumplir las exigencias que implican su doctrina de salvación. Estamos en el pórtico de la Semana Santa, vamos a contemplar el dolor y la muerte de nuestro Señor, a recordar todo cuanto él hizo por nosotros y animarnos a quererle más y a hacer algo, o mucho, por él.

En contraposición del odio de los jefes de Israel, destaca el entusiasmo de la gente sencilla del pueblo. A ellos no les importa a opinión de los gerifaltes, ni temen posibles represalias. Ante la Figura amable y majestuosa de Jesucristo su entusiasmo se desborda y le aclaman abiertamente como el Rey de Israel, el hijo de David, el Mesías anhelado. Supieron descubrir al Hijo de Dios detrás de aquellas apariencias sencillas, intuyeron que en aquel hombre joven se ocultaba una persona superior capaz de redimir al mundo. Bendito el que viene como rey -exclaman-, en nombre del Señor. Son aclamaciones que sólo el Mesías, el Hijo del Altísimo, podía recibir. De ahí que los fariseos se escandalicen y pidan al Maestro que callen sus discípulos.

Si éstos callan, responde Cristo, gritarán las piedras. Es una respuesta valiente y comprometida. El Señor hace frente a sus enemigos. Es el momento de la gran batalla, ha sonado la hora que el Padre había señalado y es preciso acudir a esa cita que le acarrearía la muerte. Pronto el clamor de la victoria del domingo de Ramos se convertirá en tremenda derrota el Viernes santo. Jesús lo sabe, pero esto no le detiene. Al contrario, le estimula a la entrega generosa, consciente de que sólo por medio de la cruz, llegará el triunfo grandioso de la luz. Con ello comienza la exposición clara de la gran lección de su vida, nos anima a seguirle de cerca, no sólo a la hora del triunfo de los ramos, sino también en los momentos difíciles del Calvario.

Antonio García Moreno

Todos estábamos allí

1.- Hoy damos comienzo a la Semana Santa. En ella se descubre en toda su hondura el drama del hombre ante Dios. Drama de vida y de muerte, de traición y de eterna felicidad.

San Juan de Ávila dejó escrito que era necesario que la lanza del centurión romano abriese el corazón de Cristo para que a través de esa herida pudiéramos los hombres vislumbrar el amor infinito del Padre que entrega a su Hijo por nosotros, y del Hijo, Jesucristo, que se entrega a la muerte por nosotros.

En esta Eucaristía –como en todas—vuelve a repetirse en símbolo y en realidad aquel acto de entrega de Jesús. Y nosotros que, como los discípulos y los judíos, unas veces hemos aclamado a Cristo con entusiasmo como Rey y después le hemos traicionado y abandonamos tantas veces, nos convertimos, por nuestra debilidad y nuestro pecado en protagonistas de la Pasión, tal como la hemos escuchado en el Evangelio. Insisto que ante la Pasión de Jesús no podemos ser meros espectadores o como auditorio pasivo. Cada uno de nosotros estábamos allí, entre aquellos judíos o aquellos discípulos, porque Jesús ofrecía su vida también por cada uno de nosotros. Y es que, para cada uno de nosotros es el relato de cuando nuestro mejor amigo entregó y perdió la vida por todos, por mí, por ti.

2.- La narración de la Pasión de San Lucas sigue una tradición más antigua que las de San Marcos y San Mateo. En ella se suaviza todo lo que sea violencia y dramatismo. No quiere insistir en los sufrimientos, por eso no narra los azotes, ni la coronación de espinas. Y la crucifixión es relatada muy brevemente.

Resalta el señorío de Jesús, que da permiso para su prendimiento y responde con autoridad a los sumos sacerdotes. Y sobre todo resplandece la infinita misericordia del Señor en tales momentos, llamando al traidor por su nombre, curando la oreja del siervo del pontífice, perdonando a los que le crucifican, y prometiendo el paraíso al buen ladrón. Jesús se manifiesta así como reflejo del amor y de la misericordia del Padre hacia nosotros.

José María Maruri, SJ

Murió como había vivido

¿Cómo vivió Jesús sus últimas horas? ¿Cuál fue su actitud en el momento de la ejecución? Los evangelios no se detienen a analizar sus sentimientos. Sencillamente recuerdan que Jesús murió como había vivido. Lucas, por ejemplo, ha querido destacar la bondad de Jesús hasta el final, su cercanía a los que sufren y su capacidad de perdonar. Según su relato, Jesús murió amando.

En medio del gentío que observa el paso de los condenados camino de la cruz, unas mujeres se acercan a Jesús llorando. No pueden verlo sufrir así. Jesús «se vuelve hacia ellas» y las mira con la misma ternura con que las había mirado siempre: «No lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos». Así marcha Jesús hacia la cruz: pensando más en aquellas pobres madres que en su propio sufrimiento.

Faltan pocas horas para el final. Desde la cruz solo se escuchan los insultos de algunos y los gritos de dolor de los ajusticiados. De pronto, uno de ellos se dirige a Jesús: «Acuérdate de mí». Su respuesta es inmediata: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso». Siempre ha hecho lo mismo: quitar miedos, infundir confianza en Dios, contagiar esperanza. Así lo sigue haciendo hasta el final.

El momento de la crucifixión es inolvidable. Mientras los soldados lo van clavando en el madero, Jesús dice: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que están haciendo». Así es Jesús. Así ha vivido siempre: ofreciendo a los pecadores el perdón del Padre, sin que se lo merezcan. Según Lucas, Jesús muere pidiendo al Padre que siga bendiciendo a los que lo crucifican, que siga ofreciendo su amor, su perdón y su paz a todos, incluso a los que lo están matando.

No es extraño que Pablo de Tarso invite a los cristianos de Corinto a que descubran el misterio que se encierra en el Crucificado: «En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres». Así está Dios en la cruz: no acusándonos de nuestros pecados, sino ofreciéndonos su perdón.

José Antonio Pagola