Clamores de victoria

1.- «El Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento» (Is 50, 4) El profeta vislumbra la figura del siervo de Yahvé. En varios poemas de subida inspiración dramática, aparece ante nuestros ojos este personaje misterioso que sufre extremadamente por la redención de los hombres. Él ha gustado el sabor amargo y agrio de la muerte. Él ha experimentado en su carne esa laceración punzante del dolor humano. Por eso es capaz de compadecerse de la miseria del hombre herido, capaz de decir al que está abatido una palabra de aliento.

Las largas horas de la noche en el silencio quejumbroso de los hospitales, el insomnio de los que velan el sufrimiento de los seres queridos. Cuerpos que se extinguen lentamente, o se contraen en el dolor insoportable. Míralos, Señor, míralos desde tu cruz. Diles una palabra de aliento, consuela su pena. Tú que sabes lo que es sufrir, compadécete de los que sufren.

Y también de los otros. Los que llevan su dolor por dentro. Ese dolor que no se ve, el que se clava en el alma. La ingratitud, el desprecio, la vida vacía, la sensación de triste inutilidad. También a esos diles una palabra de consuelo. Hazles ver el sentido del sufrimiento. Anímalos a aceptar la prueba como tú lo hiciste, que sepan unirse a tu dolor para que también el de ellos tenga un valor expiatorio.

«Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba » (Is 50, 6) No oculté el rostro a insultos y salivazos. Burlas despiadadas ante ese hombre justo, indefenso y callado. En su pasión y muerte se van desgranando los versículos del salmo: Dios, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Me acorrala una jauría de perros mastines, me pone cerco una banda de malhechores, me traspasan las manos y los pies, se pueden contar mis huesos. Se reparten mis ropas, echan a suerte mi túnica…

Semana de Pasión. Los hechos de siempre vuelven a nuestra memoria. Las palabras del poema del Siervo de Yahvé resuenan en nuestro espíritu: Lo vimos despreciado por los hombres, varón de dolores… Humillado hasta el máximo, callando su pena, sin defenderse contra tan tremenda injusticia.

Tú, Señor, soportaste nuestros sufrimientos, aguantaste nuestros dolores. Fuiste herido por Dios, leproso, humillado, traspasado, triturado. Desgarrándote desnudo, colgando de una cruz… Y todo para redimirnos, para liberarnos, para salvarnos, para conseguir nuestro indulto y perdón. Misterio que nos abruma, que rebasa nuestra capacidad de comprensión, que escapa a nuestras posibilidades de reacción. Y apenados por nuestra escalofriante insensibilidad ante tu dolor de Dios crucificado, te miramos queriendo llorar nuestra maldad, queriendo comprender el sentido profundo de estos días cargados del recuerdo vivo de tu Pasión.

2.- «Al verme se burlan de mí…» (Sal 21, 8) Cómo es posible que la crueldad del hombre pueda llegar a tales términos, cómo es posible descender tan bajo, cómo se puede llegar a tanta vileza… Jesús está colgado de la cruz, cosido a ella, marcado con las huellas rojizas y cárdenas de la flagelación que surcó su cuerpo divino, agonizando por momentos delante de su madre bendita, ante sus amigos que nada pueden hacer para ayudarle. Y, sin embargo, los «triunfadores» se ensañan aún con su pobre víctima, se burlan de Él, se hacen señas burlescas con la cabeza.

Jesús exclama: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Con estas palabras se inicia el salmo veintiuno, la oración entre fervorosa y doliente del justo perseguido y atormentado: la boca seca y la lengua pastosa, las burlas y risas de sus enemigos le atraviesan el alma, indefenso, inerme ante quienes le aborrecen e insultan. Las quejas del salmista son, en los labios agrietados de Cristo, lamentaciones más amargas que las de Jeremías.

«Pero tú, Señor, no te quedes lejos » (Sal 21, 20) Ante el recuerdo de los sufrimientos de Cristo, ante la rememoración viva del Semana Santa que empieza, hemos de llorar nuestros pecados y culpas, nuestra ingratitud y falta de amor hacia quien, por amor precisamente, muere en una cruz. Llorar nuestros pecados, sin lágrimas quizá, pero llorarlos porque por nuestra redención sufrió Jesucristo los sufrimientos y los ultrajes del Calvario.

Vamos a decirle que lo sentimos de veras, vamos a hacer una sincera y completa confesión. Y vamos también a renovar nuestro amor y nuestra gratitud, nuestros deseos y propósitos de serle fieles, de luchar con más ahínco y constancia contra todo lo que, por poco que sea, nos aleje de Él.

Digámosle también con las palabras finales de este salmo: Pero tú, Señor, no te quedes lejos, fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea de alabaré. Fieles del Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo; temedlo, linaje de Israel… De este modo el dolor y la tristeza de la Pasión harán brotar y fundamentará el gozo de la Pascua de la Resurrección.

3.- «Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios (Flp 2, 6) No, Cristo no alardeó de su poder. Cuando fue preciso confesar su grandeza, lo hizo con toda sencillez. En su confesión no hubo el menor asomo de prepotencia. Confesión que, por otra parte, le va a llevar a la muerte de cruz. Sus jueces y sus verdugos no le creyeron, no comprendieron que Jesús de Nazaret, al proclamarse Rey, había dicho la verdad, y se atreven a enfrentarse con él, Dios mismo que de forma instantánea hubiese podido aniquilarlos.

Cristo no hizo alarde de su condición divina. Al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y todo eso para enseñarnos de modo práctico cuál ha de ser nuestra actitud. San Pablo lo dice en este mismo pasaje: Tened los mismos sentimientos de Cristo… Por lo menos hay que luchar para tener esos sentimientos. Está claro, si somos cristianos hemos de parecernos a Cristo, identificarnos con él. Y prescindir de nuestro orgullo, disimular «nuestro poder», no ostentar «nuestra riqueza». Despojarnos de nuestro rango -tan poca cosa en realidad-, y actuar con sencillez, con humildad, con verdad. Al fin y al cabo, todo alarde o todo abuso de poder tapan una tremenda debilidad o cobardía.

«Por eso Dios lo levantó sobre todo…» (Flp 2, 9) Cristo actuó como un hombre cualquiera, se rebajó incluso hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso -dice el apóstol- Dios le levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús, toda rodilla se doble -en el cielo, en la tierra, en el abismo-, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es el Señor…! Precisamente por humillarse y obedecer hasta la muerte, Dios exalta a Cristo, el Verbo humanado, hasta la cumbre más alta de la gloria. Y esa exaltación es modelo y figura de la que ha de gozar todo el que acepte los planes de Dios, con los mismos sentimientos de humildad y servicio que Cristo Jesús.

Aceptar gozosamente la cruz de cada día, llevarla con la ilusión y la alegría de quien carga sobre sus hombros un preciado tesoro, aunque el peso de esa riqueza le quebrante. Caminar sin dar importancia al peso o a la fatiga, como quien sabe que al final todos los esfuerzos y sacrificios serán pagados con creces… Pero hay un motivo mucho más hondo y más fuerte: el amor. Sí, Cristo subió al patíbulo llevado del arrebatado amor de su corazón de Dios. Del mismo modo nosotros, si nos olvidamos de nuestros intereses y pensamos más en los demás, llevaremos con decisión y gozo nuestra propia cruz.

4.- “En aquel tiempo, Jesús iba hacia Jerusalén, marchando a la cabeza» (Lc 19, 28) El evangelio de la bendición de los ramos comienza diciendo que Jesús iba hacia Jerusalén, marchando en cabeza. Es un detalle que indica cómo el Maestro precedía a los suyos en el camino hacia la cruz. Todos sabían que ese viaje a Jerusalén podría ser fatídico. Era ya público el odio de los fariseos, los letrados y los sumos sacerdotes que cada vez estrechaban más el cerco en torno a Jesús de Nazaret. Pero el Señor había enseñado a sus discípulos que era preciso negarse a sí mismo, coger la cruz de cada día y caminar hacia adelante en un cumplimiento fiel de la voluntad de Dios. Por eso marcha decidido, para mostrarnos con su propio ejemplo el modo de cumplir las exigencias que implican su doctrina de salvación. Estamos en el pórtico de la Semana Santa, vamos a contemplar el dolor y la muerte de nuestro Señor, a recordar todo cuanto él hizo por nosotros y animarnos a quererle más y a hacer algo, o mucho, por él.

En contraposición del odio de los jefes de Israel, destaca el entusiasmo de la gente sencilla del pueblo. A ellos no les importa a opinión de los gerifaltes, ni temen posibles represalias. Ante la Figura amable y majestuosa de Jesucristo su entusiasmo se desborda y le aclaman abiertamente como el Rey de Israel, el hijo de David, el Mesías anhelado. Supieron descubrir al Hijo de Dios detrás de aquellas apariencias sencillas, intuyeron que en aquel hombre joven se ocultaba una persona superior capaz de redimir al mundo. Bendito el que viene como rey -exclaman-, en nombre del Señor. Son aclamaciones que sólo el Mesías, el Hijo del Altísimo, podía recibir. De ahí que los fariseos se escandalicen y pidan al Maestro que callen sus discípulos.

Si éstos callan, responde Cristo, gritarán las piedras. Es una respuesta valiente y comprometida. El Señor hace frente a sus enemigos. Es el momento de la gran batalla, ha sonado la hora que el Padre había señalado y es preciso acudir a esa cita que le acarrearía la muerte. Pronto el clamor de la victoria del domingo de Ramos se convertirá en tremenda derrota el Viernes santo. Jesús lo sabe, pero esto no le detiene. Al contrario, le estimula a la entrega generosa, consciente de que sólo por medio de la cruz, llegará el triunfo grandioso de la luz. Con ello comienza la exposición clara de la gran lección de su vida, nos anima a seguirle de cerca, no sólo a la hora del triunfo de los ramos, sino también en los momentos difíciles del Calvario.

Antonio García Moreno

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