El mito de la salvación por la cruz

Tal vez, la tendencia a poner nuestra salvación “fuera” pueda deberse a dos factores: por un lado, a la creencia que nos identifica con el yo carenciado y esencialmente necesitado de alguien que nos pueda “salvar”; por otro, a la consciencia mágica y mítica -en la que nuestra especie ha vivido durante siglos-, que pone la salvación en otro ser, como suelen hacer los niños.

En la tradición bíblica encontramos una imagen sumamente elocuente: en el Libro de los Números se narra que, para curar a quienes habían sido mordidos por serpientes venenosas -enviadas por Yhwh como castigo por los pecados del pueblo-, Moisés colocó una serpiente de bronce en lo alto de un madero, de modo que todo aquel que miraba la serpiente quedaba automáticamente curado (Num 21,4-9).

En el caso cristiano, la cruz de Jesús se leyó en relación a la doctrina del “pecado original”. Según la “teoría de la expiación”, grabada a fuego en el imaginario colectivo del mundo cristiano, todos los humanos nacen con un pecado que solo podía ser perdonado gracias al sacrificio de Cristo en la cruz.

Sospecho que no somos todavía conscientes de la doble implicación “oculta” en esa doctrina:

· imagen de un dios sádico, que reclama la sangre de su propio hijo para perdonar el pecado de “los primeros padres”;

· imagen del ser humano como “pecador” desde antes de su nacimiento, creencia en la que se asentaría la omnipresente culpa católica.

Solo una identificación extrema con la creencia impide ver que un planteamiento de este tipo resulte frontalmente disonante con la conciencia moderna. ¿Cómo podría creerse hoy, literalmente, en el mito de la salvación por la cruz?

Pero todavía hay más. En profundidad, el mito de la salvación por la cruz parte de una comprensión del ser humano que, no solo es parcial, sino radicalmente inadecuada. Identificarse con el “yo pensado” -o imagen que tenemos de nosotros mismos- supone reconocerse esencialmente como carencia y, por tanto, necesitados de una salvación “exterior”.

Pero no somos nuestro yo: la “personalidad” es solo la forma en que se está experimentado lo que realmente somos. Ciertamente, es frágil, débil, vulnerable y necesitada. Y de todo ello habremos de hacernos cargo. Pero en nuestra “identidad”, somos plenitud de presencia, estamos ya “salvados”.

¿De qué habla, pues, la cruz de Jesús? De lo mismo que hablan las persecuciones, torturas y asesinatos de personas inocentes a lo largo de la historia: de los abusos de un poder prácticamente omnímodo y de la fidelidad de Jesús a su propia misión. No hubo extraños designios de ningún dios ofendido. Hubo injusticia sangrante del poder de turno y fidelidad coherente de un hombre íntegro.

¿Qué lectura hago de la cruz?

Enrique Martínez Lozano

II Vísperas – Domingo de Ramos

II VÍSPERAS

DOMINGO DE RAMOS

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

¡Victoria!, tú reinarás.
¡Oh cruz, tú nos salvarás!

El Verbo en ti clavado, muriendo nos rescató;
de ti, madero santo, nos viene la redención.

Extiende por el mundo tu reino de salvación.
¡Oh cruz fecunda, fuente de vida y bendición!

Impere sobre el odio tu reino de caridad;
alcancen las naciones el gozo de la unidad.

Aumenta en nuestras almas tu reino de santidad;
el río de la gracia apague la iniquidad.

La gloria por los siglos a Cristo libertador,
su cruz nos lleva al cielo, la tierra de promisión.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Herido y humillado, la diestra de Dios lo exaltó.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Herido y humillado, la diestra de Dios lo exaltó.

SALMO 113B: HIMNO AL DIOS VERDADERO

Ant. La sangre de Cristo nos ha purificado, llevándonos al culto del Dios vivo.

No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria,
por tu bondad, por tu lealtad.
¿Por qué han de decir las naciones:
«Dónde está su Dios»?

Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,
hechura de manos humanas:

tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;

tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
los fieles del Señor confían en el Señor:
él su auxilio y su escudo.

Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga,
bendiga a la casa de Israel,
bendiga a la casa de Aarón;
bendiga a los fieles del Señor,
pequeños y grandes.

Que el Señor os acreciente,
a vosotros y a vuestros hijos;
benditos seáis del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
El cielo pertenece al Señor,
la tierra se la ha dado a los hombres.

Los muertos ya no alaban al Señor,
ni los que bajan al silencio.
Nosotros, sí, bendeciremos al Señor
ahora y por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. La sangre de Cristo nos ha purificado, llevándonos al culto del Dios vivo.

CÁNTICO de PEDRO: LA PASIÓN VOLUNTARIA DE CRISTO, EL SIERVO DE DIOS

Ant. Cargado con nuestros pecados, subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia.

Cristo padeció por nosotros,
dejándonos un ejemplo
para que sigamos sus huellas.

Él no cometió pecado
ni encontraron engaño en su boca;
cuando lo insultaban,
no devolvía el insulto;
en su pasión no profería amenazas;
al contrario,
se ponía en manos del que juzga justamente.

Cargado con nuestros pecados, subió al leño,
para que, muertos al pecado,
vivamos para la justicia.
Sus heridas nos han curado.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cargado con nuestros pecados, subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia.

LECTURA: Hch 13, 26-30a

Hermanos, a vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación. Los habitantes de Jerusalén y sus autoridades no reconocieron a Jesús ni entendieron las profecías que se leen los sábados, pero las cumplieron al condenarlo. Aunque no encontraron nada que mereciera la muerte, le pidieron a Pilato que lo mandara ejecutar. Y, cuando cumplieron todo lo que estaba escrito de él, lo bajaron del madero y lo enterraron. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos.

RESPONSORIO BREVE

R/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
V/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

R/ Porque con tu cruz has redimido al mundo.
V/ Y te bendecimos.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Salve, Rey nuestro, Hijo de David, Redentor del mundo; ya los profetas te anunciaron como el Salvador que había de venir.
Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Salve, Rey nuestro, Hijo de David, Redentor del mundo; ya los profetas te anunciaron como el Salvador que había de venir.

PRECES

Oremos humildemente al Salvador de los hombres, que sube a Jerusalén a sufrir su pasión para entrar así en la gloria, y digámosle:

Santifica, Señor, al pueblo que redimiste con tu sangre.

Redentor nuestro, concédenos que, por la penitencia, nos unamos más plenamente a tu pasión,
— para que consigamos la gloria de la resurrección.

Concédenos la protección de tu Madre, consuelo de los afligidos,
— para que podamos confortar a los que están atribulados, mediante el consuelo con que tú nos confortas.

Mira con bondad a aquellos que hemos escandalizado con nuestros pecados,
— ayúdalos a ellos y corrígelos a nosotros, para que resplandezca en todo tu santidad y tu amor.

Tú que te humillaste, haciéndote obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz,
— enseña a tus fieles a ser obedientes y a tener paciencia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Haz que los difuntos sean transformados a semejanza de tu cuerpo glorioso,
— y a nosotros danos un día participe en su felicidad.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que le mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz, para mostrar al género humano el ejemplo de una vida sumisa a tu voluntad; concédenos que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio, y que un día participemos en su gloriosa resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Haced esto en memoria mía

El domingo de Ramos hacemos dos lecturas en las que se recogen los últimos días de la vida de Jesús. Siguiendo la narración, caminamos desde su entrada triunfal en Jerusalén hasta su entierro, pasando a través de diversas escenas de gran intensidad dramática y profundamente teologizadas. Es significativo que en este recorrido se deje fuera un momento que es crucial para entender las razones históricas de la condena de Jesús y el por qué resultaba tan amenazante para quien ostentaba el poder: la acción profética que él realiza en el templo (Lc 19,45-48).

La subida a Jerusalén fue sin duda para Jesús una decisión meditada, pero también profundamente radical. En ella se ponían en juego todos sus empeños y sueños. Como un profeta al estilo de la más genuina tradición de Israel, Jesús realiza una doble acción simbólica que ponen en evidencia lo lejos que parecía estar el discurso religioso de los dirigentes de Jerusalén de los deseos de Dios.

La llegada de Jesús y sus discípulas y discípulos a la ciudad, formando parte de la comitiva de las y los peregrinos que llegaban de los cuatro puntos cardinales del mundo conocido para celebrar las Pascua, se convirtió en una procesión festiva. El maestro evocando la profecía de Zacarías (Za 9,9) quiso cruzar los umbrales de la ciudad santa montado en un borrico, mostrándose así como el enviado humilde de un Dios cuyo poder es el amor. Para algunos ese gesto era altamente provocador y quisieron frenar el entusiasmo que la persona de Jesús provocaba a su paso, pero el maestro no les hizo caso (Lc 19, 39-40).

Lucas a continuación narra brevemente un episodio en el que Jesús realiza otra acción altamente provocativa. Al entrar en la primera explanada del templo Jesús expulsa a todos los que compraban y vendían en ese lugar. ¿Por qué lo hace? ¿Es que estaban haciendo algo indebido? La verdad es que no había nada extraño en el comportamiento de aquellas personas, al contrario, pues esa explanada no tenía un carácter sacral, sino que era como una antesala donde se adquiría lo necesario para realizar los sacrificios que se ofrecían en el interior. Esto era así, porque según la legislación judía, había que asegurar que todo lo que se introducía en el templo fuese puro, y eso solo podía certificarse si se adquiría allí.

Lo que pretende Jesús entonces, no es cuestionar la ética de quienes estaban comprando o vendiendo, sino denunciar el sistema cultual judío, es decir el tipo de relación con Dios que estaba establecida en el templo. Lucas lo explica poniendo en boca de Jesús dos textos proféticos (Is 56,1-7; Jr 7, 1-11), él solo los evoca con una frase, pero lo que quiere es que se recuerde todo el pasaje, pues esa era la manera de citar cuando la Biblia no estaba todavía dividida en capítulos y versículos. Con ellos lo que quiere decir, es que para Jesús ese tipo de culto no era el que Dios quería, sino que lo habían pervertido, como decía Jeremías y que de ese modo habían excluido a muchos/as del encuentro con él. Y era el momento de que eso cambiase, como había anunciado Isaías. Y esto fue sin duda, lo que determinó definitivamente que quienes se sentían seguros con ese culto buscaran el modo de hacerlo desaparecer (Lc 119, 47).

Jesús es consciente de lo arriesgado de su propuesta, pero no puede dejar de anunciar al Dios que arde en sus entrañas. La cena con su comunidad es la expresión más honda del modo en que él entiende su relación con su Padre y de cómo quiere que sus discípulos y discípulas entiendan y continúen su misión. Los signos del pan y del vino, condensan la hondura de su entrega y fidelidad al Padre que busca con pasión ofrecer su amor y perdón a todas y todos. La invitación a hacer memoria de ese momento, no es una simple propuesta ritual, sino una llamada a identificarse con su camino existencial, a descubrir la gratuidad como la única opción para dejar a Dios ser Dios en la historia, a permanecer en la bondad y en la esperanza a pesar del fracaso.

Las escenas que siguen en el relato muestran el drama humano que provocan la injusticia y la opresión. El modo en que Jesús lo afronta transparenta el auténtico ser de Dios, un Dios que se deja vencer para que en su nombre no se pueda ya justificar ninguna acción que no sea liberadora y salvadora. La cruz de Jesús, no fue deseo de Dios, porque él no quiere nada que produzca sufrimiento y destrucción, pero junto a Jesús respondió a la violencia con perdón, al odio con ternura y al poder avasallador con humildad y permanencia. En la cruz de Jesús, siguió demostrando su amor desmedido por el ser humano, y negó cualquier justificación de la venganza o de la violencia en su nombre.

Para la primera comunidad fue difícil ahondar en el misterio que atravesaba la opción definitiva de Jesús. Todos y todas estaban fascinados por su mensaje, pero la dureza de su final surgió como una bofetada en sus vidas. Los relatos nos hablan también de ese camino comunitario de comprensión y de conversión que los compañeros y compañeras del maestro tuvieron que hacer aquel primer viernes santo. Tuvieron que afrontar la impotencia, el miedo, el fracaso y un fuerte sentimiento de orfandad. Necesitaron tiempo hasta que fueron capaces de encontrar sentido y esperanza…

La experiencia vivida por las mujeres que lo siguieron desde Galilea muestra de forma contundente el camino pascual vivido por la comunidad. Ellas son al inicio testigos mudos de los acontecimientos, acompañando en silencio los últimos momentos de vida del maestro entre el dolor y la impotencia ante algo que no pueden comprender. Al amanecer del domingo, en medio del ritual de duelo, ellas hacen memoria existencial de lo vivido junto a Jesús. En ese recuerdo, la tristeza comienza a transformarse en esperanza y comprenden que tenía sentido lo que había ocurrido. El sepulcro vacío ya no hablaba de ausencia, sino de vida, compromiso y misión (Lc 24, 1-10). Ellas también son nuestras compañeras de camino hacia la Pascua.

Carme Soto

No celebramos la muerte sino la vida

La liturgia de este domingo es desconcertante. Empieza celebrando una entrada “triunfal” y termina recordando una muerte. Es difícil armonizar estos dos aspectos de la vida de Jesús. Podríamos decir que ni el triunfo fue triunfo, ni la muerte fue derrota. Los evangelistas plantean la subida a Jerusalén como resumen de su actividad. La muerte se considera como la meta de su vida. En la vida de Jesús se vuelve a escenificar el Éxodo, paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida. Allí iba a dejar patente el amor incondicional.

Jesús fracasó estrepitosamente porque la salvación que él ofreció no coincidía con la que esperaban los judíos. Jesús pretendió llevarlos a la plenitud de su verdadero ser. Ellos solo querían defender sus intereses, salvar su ego. Seguimos en la misma actitud. Dios “quiere” para nosotros lo mejor y nosotros seguimos creyendo que en asegurar nuestra individualidad está nuestra plenitud. No hay que entender la voluntad de Dios como venida de fuera. Lo que Dios quiere de cada uno es también la exigencia más profunda de nuestro verdadero ser.

El fracaso humano de Jesús nos invita a reflexionar sobre el sentido de las limitaciones humanas. Si nuestro objetivo es evitar el dolor y buscar el máximo placer, nunca podremos aceptar el mensaje de Jesús. Él confió completamente en Dios, pero Dios no lo libró del dolor ni de la muerte. ¿Cómo podemos interpretar este aparente abandono de Jesús? Sería la clave de nuestro acercamiento a su muerte. Sería la clave también para interpretar el dolor humano y tratar de darle el sentido que escapa a la mayoría de los mortales.

Es un disparate pensar que Dios exigió, planeó, quiso o permitió la muerte de Jesús. Peor aún si la consideramos condición para perdonar nuestros pecados. La muerte de Jesús no fue voluntad de Dios, sino fruto de la imbecilidad humana. Fue el pecado del mundo, el poder y el afán de someter a los demás, lo que hizo inaceptable el mensaje de Jesús. Lo que Dios esperaba de Jesús era su fidelidad. La muerte de Jesús no fue un accidente; fue la consecuencia de su vida. Una vez que vivió como vivió, era lógico que lo eliminaran.

Dios no está solamente en la resurrección, está siempre en el hombre mortal, también en el dolor y en la muerte. Si no sabemos encontrarlo ahí, seguiremos pensando como los hombres, no como Dios. Es una lección que no acabamos de aprender. Seguimos asociando el amor de Dios con todo lo placentero, lo agradable, lo que me satisface. El dolor, el sacrificio, el esfuerzo lo seguimos asociando a un castigo de Dios, es decir a una ausencia de Dios. Las celebraciones de Semana Santa nos tienen que llevar a la conclusión contraria. Dios está siempre en nosotros, pero necesitamos descubrirlo sobre todo en el dolor y la limitación.

Seguramente la pasión fue el primer relato sobre Jesús que se redactó por escrito. A pesar de ello no podemos estar seguros de que lo que nos cuentan corresponda a sucesos reales. Los que más probabilidades tienen de ser inventados son los que hacen referencia a profecías del AT. Esto se debe a que los primeros seguidores de Jesús, todos judíos, no tenían otro medio de explicar la muerte de Jesús que la Escritura. Debemos escapar de ese afán de convertir el AT en un anuncio de lo que sucedió en Jesús. Nadie pudo prever lo que pasó en Jesús, porque rompió todos los moldes y lo que vivió y predicó no podía adivinarlo nadie trescientos o quinientos años antes de que sucediera. Aludir a la inspiración divina para solucionar el problema es no tener idea de lo que significa la Sagrada Escritura como escrito sagrado.

La pasión de Lucas tiene una clara tendencia catequética. Aunque utiliza la narración de Marcos, u otra más antigua que ya utilizó el mismo Marcos, le da un toque de humanización muy significativo. Suaviza mucho la relación de los que están alrededor de Jesús con su persona. No todo es negativo. Incluso los paganos quedan de alguna manera justificados. Hay en el relato muchos personajes que están con Jesús y pretenden ayudarle. El mismo Jesús se relaciona con algunos con comprensión y como ayudándoles a entender lo que está pasando.

Lo importante no es la muerte física de Jesús ni los sufrimientos que padeció. A través de lo que conocemos de la historia humana, miles de personas, antes y después de Jesús, han padecido sufrimientos mucho mayores y más prolongados de los que sufrió él. Lo importante de Jesús en ese trance fue su actitud inquebrantable de vivir hasta sus últimas consecuencias lo que predicó. Para nosotros, lo importante es descubrir quién lo mató y por qué le mataron, por qué murió y cuáles fueron las consecuencias de su muerte para él, para los discípulos y para nosotros. No podemos asegurar las respuestas pero debemos seguir preguntándonos.

¿Por qué le mataron? Ni siquiera sabemos quién le mató, mucho menos podemos saber cuál fue la causa de su condena. La muerte de Jesús es la consecuencia directa de un rechazo por parte de los jefes religiosos a su enseñanza y a su persona. No debemos pensar en un rechazo gratuito y malévolo. Los sacerdotes, los escribas, los fariseos, no eran depravados que se opusieron a Jesús porque era buena persona. Eran gente religiosa que pretendían ser fieles a la voluntad de Dios, que para ellos estaba definida de manera absoluta y exclusiva en la Ley de Moisés. Para ellos defender la Ley y el templo era defender al mismo Dios.

¿Era Jesús el profeta, como creían los que le seguían, o era el antiprofeta que seducía al pueblo y le apartaba de la religión judía? La respuesta no era sencilla. Por una parte percibían que Jesús iba contra la Ley y contra el templo, signos inequívocos del antiprofe­ta. Pero por otra parte, la cercanía a los que sufren y los signos que hacía eran una muestra de que Dios estaba con él. El desconcierto de los discípulos ante la muerte de Jesús, tiene mucho que ver con esa confrontación de sus representantes religiosos. ¿A quién debían hacer caso, a los representantes legítimos de Dios, o a Jesús, a quien los sacerdotes consideraban blasfemo?

¿Por qué murió? No podemos saber la actitud de Jesús ante su muerte. Ni era un inconsciente ni era un loco. Se dio cuenta de que los jefes religiosos querían eliminarlo. Jesús debió tener razones muy poderosas para seguir diciendo lo que tenía que decir a pesar de que eso le acarrearía la muerte. Sabía que el pueblo no le entendía y dejaría de seguirle. Pero también sabía que los jefes religiosos no se iban a conformar con ignorarlo. Sabiendo eso, Jesús tomo la decisión de ir a Jerusalén. Que le importara más ser fiel a sí mismo y a Dios que salvar la vida es lo decisivo. Eso era lo que Dios esperaba de él y eso es lo que hizo.

¿Qué consecuencias tuvo su muerte? Para sus seguidores fue el revulsivo tan fuerte que les llevó a un total pesimismo, pero también fue el revulsivo que les llevó al descubrimiento del verdadero Jesús en la experiencia pascual. Durante su vida lo siguieron como amigo, maestro, profeta, pero no descubrieron el significado profundo de Jesús. A ese descubrimiento no podían llegar a través de lo que oían y lo que veían; se necesitaba un proceso de maduración interior. La muerte de Jesús les obligó a esa profundización y a descubrir en aquél Jesús de Nazaret, al Señor, Mesías, Hijo. En esto consistió la experiencia pascual. Si queremos entender la muerte de Jesús, tenemos que seguir ese mismo camino de la vivencia interior.

Fray Marcos

Comentario – Domingo de Ramos

(Lc 19, 28-40)

Jesús entra en Jerusalén, la ciudad amada, montado en un burrito, y así cumple la profecía de Isaías: «Mira a tu rey que está llegando, humilde, montado en un burrito» (Is 62, 11).

Jesús es presentado como rey; por eso alfombraban el camino con sus mantos para que él pasara. Mateo y Marcos nos dicen también que lo recibieron aclamándolo con ramos, y ese era el modo tradicional de recibir a un rey en su entrada triunfal a una ciudad.

Al llamarle hijo de David se ve que lo consideraban el rey Mesías, el esperado; y al llamarle profeta (según Mateo) se lo recibía como el gran profeta anunciado antiguamente (Deut 18, 15).

El grito «hosanna» era una aclamación del Salmo 118, un salmo muy popular que se cantaba en la fiesta de las chozas. El evangelio de Lucas destaca esta alabanza alegre y entusiasta que Jesús debía recibir; por eso Jesús dice: «Si éstos callan gritarán las piedras» (Lc 19, 40).

Pero el detalle de Mt 21, 10 muestra que no era toda la ciudad la que lo esperaba y lo aclamaba, ya que muchos lo desconocían.

El sentido profundo de estos textos en la celebración del domingo de Ramos es abrirnos espiritualmente a la Semana santa que comienza reconociendo a Jesús como el rey salvador que necesitamos, reconocer que es él quien debe tener dominio sobre nuestras vidas para que podamos sentirnos seguros, firmes, felices, serenos, para que nuestra vida esté verdaderamente a salvo.

Debe reinar él, debe ejercer él su señorío, para que no nos domine el poder del pecado, el odio, el miedo, la injusticia, la tristeza. Los ramos, que son el símbolo de este día, deben recordarnos que Jesús es el rey de nuestras vidas, de nuestro hogar, de todo lo que somos y tenemos.

Oración:

“Señor, también yo quiero bendecirte y proclamarte rey y señor. Y te acepto como rey de mis pensamientos, de mis afectos, de mis planes, de mi familia, de mis trabajos, de todo lo que soy, de todo lo que tengo, de toda mi vida y de todo mi ser»

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

La Pasión según Lucas

Resulta imposible comentar en pocas líneas el relato de la Pasión en el evangelio de Lucas.      De los diversos episodios exclusivos suyos, considero de especial interés las tres palabras que pone en boca de Jesús en la cruz. Como es sabido, ninguno de los evangelios trae las siete famosas palabras de Cristo en la cruz. Mateo y Marcos, solo una; Juan, tres; Lucas, otras tres. Sumándolas tenemos siete. Las tres de Lucas pueden servir de reflexión y oración.

1. Morir perdonando

Jesús y los dos malhechores acaban de llegar al Calvario. Crucificar a tres personas es un trabajo más lento y cruel de lo que puede imaginarse, pero Lucas no entra en detalles. Se limita a indicar lo que decía Jesús en este momento: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

El tema de los enemigos y del perdón ha aparecido en este evangelio desde el comienzo. Zacarías, el padre de Juan Bautista, alaba a Dios porque ha suscitado a un descendiente de David “para que, libres de temor, arrancados de las manos de nuestros enemigos, le sirvamos con santidad y justicia toda nuestra vida”. Su esperanza no se cumplirá como él espera. A su hijo lo decapitará Herodes. Y Jesús no habla de verse libres de los enemigos. Lo que manda a sus discípulos es: “amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os injurian”. Ahora, en el momento decisivo, Jesús va más adelante. No solo reza por los enemigos, sino que intenta comprenderlos y justificarlos: “no saben lo que hacen”.

2. Nunca es tarde para convertirse

Que Jesús fue crucificado entre dos malhechores lo dicen también Mateo y Marcos (aunque estos los llaman “ladrones”, que equivale a “terroristas”, cosa más lógica porque a los ladrones no los crucificaban, sino que los vendían como esclavos). Pero la mayor diferencia consiste en que en Mateo y Marcos los dos insultan a Jesús. Lucas cuenta algo muy distinto: mientras uno anima irónicamente a Jesús a salvarse y salvarlos, el otro lo defiende, reconoce su inocencia y le pide que se acuerde de él cuando llegue a su reino. Todos sabemos la respuesta de Jesús: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Algún escéptico podría decir que Lucas ha inventado esta conversión tan inesperada del buen ladrón. Él respondería: “Si no fue así, pudo serlo”. Porque lo que intenta enseñarnos es que nunca es tarde para convertirse. En una parábola que comentamos hace tres domingos, el labrador pedía un año de plazo para la higuera estéril. Zaqueo tuvo el resto de su vida para demostrar su conversión. El buen ladrón solo dispone de unas horas antes de morir, aprovecha la ocasión de inmediato, y esas pocas palabras le sirven para salvarse. Al mismo tiempo, las palabras de Jesús suponen un consuelo para todos nosotros cuando se acerque la muerte: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

3. Morir en manos de Dios

Lo último que dijo Jesús antes de morir también varía según los evangelios. Marcos y Mateo ponen en su boca el comienzo del Salmo 22: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué he has desamparado?”. Parece un grito de abandono, sin esperanza. Quien sigue leyendo el salmo advierte que el olvido de Dios y el sufrimiento dan paso a la victoria final. Aunque esto sea cierto, Lucas piensa que sus lectores no van a entenderlo y se pueden quedar con la sensación de que Jesús murió desesperado. Por eso, las últimas palabras que pone en su boca son: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. De este modo, el final de la vida terrena de Jesús empalma con el comienzo de actividad apostólica. En el bautismo escuchó la voz del cielo: “Tú eres mi hijo amado”. Ahora, en el momento del dolor y la muerte, cuando parece que Dios lo ha abandonado, Jesús lo sigue viendo como “Padre”, un padre bueno al que puede entregarse por completo.

El relato de la pasión es una historia de dolor, injusticia, sufrimiento físico y moral para Jesús. Pero Lucas ha querido que sus últimas palabras nos sirvan de enseñanza y consuelo para vivir y morir como él.

José Luis Sicre

Lectio Divina – Domingo de Ramos

LA PASIÓN Y MUERTE DE JESUS SEGÚN EL EVANGELIO DE LUCAS

En el evangelio de Lucas la Pasión, Muerte y Resurrección es el centro donde converge toda la obra. Y el cristiano es aquel que recorre el camino de Jesús. La muerte y la Resurrección la va realizando el cristiano cada día.

         En la Pasión y Muerte de Jesús San Lucas sigue fundamentalmente a Marcos, pero reelabora su material de acuerdo a su Catequesis. Y el relato resulta eminentemente parenético. Jesús es el Maestro que va delante hacia Jerusalén (19,28). En Jerusalén Jesús es el Salvador que cumple lo que en Galilea ha anunciado como profeta.

         San Lucas no hace biografía de la Pasión. Lo importante para Lucas es que el lector de todos los tiempos descubra cómo tiene que seguir a Jesús. Jesús va delante con el ejemplo. Es siempre nuestro modelo y realiza lo enseñado

LO QUE CAMBIA CON RELACIÓN A MARCOS

  • “Sentaos aquí mientras yo hago oración” (Mc.14,32 “Les dijo: Haced oración para no entrar en tentación” (Lc. 22,40). En Marcos Jesús les pide a sus discípulos que se sienten mientras El reza.  Lucas les pide que recen. Para Lucas la oración de Cristo debe ser modelo para que, cuando nosotros hoy tengamos los problemas o dificultades que tuvo Jesús entonces, también oremos.
  • “Y viene y los encuentra durmiendo” (Mc. 14,37). “Los encontró dormidos de tristeza” (Lc. 22,45). En Marcos Jesús reprocha a sus discípulos el que se hayan dormido en esas circunstancias en que el Maestro lo está pasando tan mal. Pero Lucas, el evangelista de la bondad, les excusa y pone la tristeza como causa del sueño.
  • “Se presenta Judas, uno de los doce, y con él gente con espadas y palos de parte de los sacerdotes y de los escribas y ancianos” (Mc. 14,43). Es un hecho escandaloso. Y Lucas suprime los palos y las espadas.
  • “Aquel a quien yo bese, ése es; echadle mano y llevadle bien asegurado” (Mc.14,44).  (Se trata de otro hecho escandaloso). Lucas lo suprime.
  • “Lo besó aparatosamente” (Mc.14,45). Es beso de traición. “Judas se adelantó y se acercó a Jesús para besarle. Jesús le dijo: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?” (Lc. 22,48). En Lucas el acercarse, el llamarle por su nombre, el dulce reproche lleno de ternura, es una invitación a que cambie y se convierta. Es un beso de amigo fiel hasta el final.
  • “Uno… hirió al criado del Sumo Sacerdote y le cortó la oreja” (Mc. 14,47). “Y tocando la oreja le curó” (Lc. 22,51). En Marcos se da el hecho de que Pedro le cortó la oreja al criado. En Lucas, en cambio, Jesús es el Médico lleno de bondad, que no se preocupa de lo que a Él le pasa, y se pone a curar al que está herido.
  • “Y obligaron a uno de Cirene llamado Simón… para que cargue con la Cruz” (Mc. 15,21). “Le pusieron encima la Cruz para que la llevase detrás de Jesús” (Lc.23,26). En Lucas desaparece la presión, la violencia. El  hombre de Cirene va detrás de Jesús llevando la cruz. Y esto es lo que debe hacer el cristiano de todos los tiempos.
  • “Y gritando con gran voz expiró” (Mc. 15,37). En Lucas, como veremos, Jesús va a morir confiándose al Padre.
  • “María Magdalena y María la de José miraban dónde lo ponían” (Mc. 15,47). “Las mujeres que le habían  seguido, quienes le habían acompañado desde Galilea, miraron el sepulcro y cómo ponían su cuerpo. Y, después de volver, prepararon perfumes y un ungüento” (Lc. 23,55-56). Marcos da el hecho frío de que las mujeres se limitan a mirar dónde ponían a Jesús. Lucas cae en la cuenta de que las mujeres son las que le han acompañado y, al volver a casa, se preocupan de los perfumes y el ungüento. Detalle de delicadeza, de ternura. Ya que no podemos hacer nada por el Maestro querido, le embalsamaremos con nuestro cariño.

MATERIAL `PROPIO DE LUCAS.

  • “Se le apareció un Ángel desde el cielo confortándole. Y llegado a la agonía oraba intensamente. Y un sudor se hizo como coágulos de sangre que caían por tierra” (Lc. 22,43). (Se expresa todo el sufrimiento de Jesús)
  • “Dijo a los que habían venido contra Él, sumos sacerdotes y guardias del templo y ancianos… (Esto históricamente no pudo ser así porque los sacerdotes, ancianos etc. no iban a estas cosas desagradables sino sus emisarios. Así aparece en Mc. 14,43. Pero San Lucas, en un afán catequético, los trae a su memoria porque también ellos pueden ser salvados por Jesús. Está en diálogo de amor con todos, también con sus enemigos.
  • “Y, al instante, cuando todavía estaba hablando, cantó un gallo. Y el Señor, volviéndose, dirigió la mirada a Pedro… Éste, saliendo fuera, lloró amargamente” (Lc. 22,60-61). La mirada de Jesús le traspasó el alma a Pedro y ya no la olvidará jamás. Y esa mirada de Jesús debe calar en el alma de todo aquel que lea este evangelio a lo largo de los siglos. La mirada de Jesús, después de nuestros pecados, debe cambiar nuestras vidas.
  • “Le acompañaba mucha gente del pueblo y mujeres que se golpeaban el pecho y hacían duelo por ÉL. Volviéndose Jesús hacia ellas les dijo: Mujeres de Jerusalén, no lloréis por Mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos” (Lc. 23,27-28).

Jesús se despreocupa de su dolor. Lo que quiere es la conversión del corazón y que su sangre no sea en vano. Que sirva para la salvación de todos. Hay algo más grave, según Jesús, que su muerte. Es el pecado, el que le ha llevado a esta situación.

  • Jesús decía: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc. 23,34).  Jesús se muere pidiendo perdón por los que le están asesinando. E incluso trata de excusarles.
  • “Y uno de los malhechores le insultaba… Pero el otro, tomando la palabra, le reprendió diciendo: ¿Ni siquiera tú temes a Dios, estando en la misma pena? Nosotros recibimos lo que merecimos por las cosas que hicimos; pero Éste nada ha hecho. Y le decía: Jesús, acuérdate de mí cuando vayas a tu reino. Y Él le dijo: “Te lo aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc. 23,39-43). La sangre de Jesús ya está dando su fruto. Poco importa lo que uno haya sido. Lo importante es que hoy y no mañana nos convirtamos al Señor.
  • “Y gritando con gran voz, dijo: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” Y diciendo esto, expiró” (Lc. 23,46). Cristo no muere abandonado del Padre sino abandonándose a las manos del Padre. Para Jesús Dios es siempre Padre. Morir es saltar hasta ese Padre para quedar para siempre envuelto en su amor eterno. Se podría acabar con las palabras que este mismo evangelista pone al final de la Parábola del Padre Bueno:” Y COMENZARON A HACER FIESTA”. La fiesta eterna de Dios.
  • “Cuando el capitán romano vio lo que había pasado, alabó a Dios diciendo: De veras, este hombre era inocente. Y toda la gente que estaba presente a este espectáculo, al observar las cosas que sucedían, se volvió golpeándose el pecho” (Lc. 23,47-48).

Es impresionante ver a toda la gente dándose golpes de pecho, arrepintiéndose de sus pecados. Todos hemos sido curados por sus heridas. Ya estamos salvados. Lo importante es volvernos a Él pidiéndole perdón.

ORACIÓN POR LA PAZ

«Señor Jesús, Príncipe de la Paz, mira a tus hijos que elevan su grito hacia ti: Ayúdanos a construir la paz. Consuela, oh Dios misericordioso, los corazones afligidos de tantos hijos tuyos, seca las lágrimas de los que están en la prueba, haz que la dulce caricia de tu Madre María caliente los rostros tristes de tantos niños que están lejos del abrazo de sus seres queridos. Tú que eres el Creador del mundo, salva a esta tierra de la destrucción de la muerte generalizada, haz que callen las armas y que resuene la dulce brisa de la paz. Señor Dios de la esperanza, ten piedad de esta humanidad sorda y ayúdala a encontrar el valor de perdonar». (Parolín, Secretario del Estado Vaticano)

La Pasión de Jesús

Evangelio dominical meditado y escrito para la prensa hace (casi) cincuenta años por un joven sacerdote, que hoy ya no lo es tanto. La fecha o las fechas son las del domingo en que se publicó en los periódicos (1960 y 1961).

DOMINGO DE RAMOS

San Mateo 21, 1-9:

Al acercarse a Jerusalén y llegar a Betfagé, junto al Monte de los Olivos, Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles:

—Id a la aldea que tenéis enfrente y encontraréis enseguida un asna atada, con un borrico al lado; desatadlos y traédmelos. Si alguien os dice algo, le responderéis que el Señor los necesita y que enseguida los devolverá.

Esto sucedió para que se cumpliera lo dicho por medio del Profeta: Decid a la hija de Sión: “Mira, tu Rey viene hacia ti con mansedumbre, sentado sobre un asna, sobre un borrico, hijo de animal de carga”.

Los discípulos marcharon e hicieron como Jesús les había ordenado. Trajeron el asna y el borrico, pusieron sobre ellos los mantos y él se montó encima. Una gran multitud extendió sus propios mantos por el camino; otros cortaban ramas de árboles y las echaban por el camino. Las multitudes que iban delante de él y las que seguían detrás gritaban diciendo:

—¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!

La Pasión de Jesús (26-III-1961)

El evangelio de la Misa de hoy (Mt cáp. 26 y 27) es demasiado largo para transcribirlo aquí. Por eso, que cada uno acuda a ese ejemplar del Nuevo Testamento que no debe faltar en ningún hogar cristiano. Si abrís el libro por el capítulo 26 del primer evangelio encontraréis la historia de la Pasión según San Mateo, que es el evangelio que la Iglesia nos propone este domingo para introducirnos en la Santa Semana. Dos capítulos que merecen una lectura personal, reposada, orante, durante toda la semana.

Pero la misa viene precedida por la procesión de los ramos, cuya liturgia evoca la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén. En ella se lee el pasaje evangélico correspondiente. Este es el texto que queda escrito al principio y sobre el que recae nuestra meditación.

Suenan vítores y aclamaciones al Hijo de David mientras Jesús corona el monte de los Olivos y baja hacia el torrente Cedrón. ¡Hosanna! ¡Gloria! Pero no sé yo qué tiene esta alegría de Ramos que deja un regusto amargo en el alma. No podemos evitar contemplarla con su trasfondo: muchos de los que aclaman ahora, pocos días después gritarán como posesos: ¡crucifícale, crucifícale! Y en medio de todo, de un lado para otro, estamos también nosotros. Por eso nos impresiona el contraste entre los vítores de la muchedumbre y la mirada de Cristo, sobre el borrico.

—¿Qué miras, Señor, mientras el pueblo te aclama y los apóstoles, atropellándose detrás de Ti, vociferan alegremente?

La mirada de Jesús contemplaba enfrente la Ciudad Santa y la pequeña colina que llaman Calvario. Pero ahora Cristo nos responde:

—Yo miro tu alma y busco en ella el por qué de tu alegría. En esta mañana de fiesta, ¿es tu alegría como la de ese pueblo que lanza vítores o pide la muerte según sople el viento? ¿O como la de unos apóstoles que esperan puestos de honor en un reino terreno? ¿O es la tuya la alegría de los míos, la alegría de los hijos de Dios, esa alegría que procede de abandonarlo todo y abandonarte en los brazos amorosos de mi Padre?

Y al sentir los interrogantes de Cristo, el alma se encuentra sumida en la confusión. Y en medio de la algarabía del pueblo se acerca al borrico y acompaña a Jesús en el lento caminar del jumento y comienza a desahogarse en el Señor, que escucha:

—No, no ha sido esa mi alegría. Yo he caminado tantas veces según el viento soplaba: te he aclamado a la entrada de Jerusalén con obras buenas, pero superficiales, con poco sentido sobrenatural; y, casi sin saber cómo, me he encontrado también delante de Pilatos, gritando a coro con la muchedumbre: crucifícale, crucifícale. Y te he azotado con mis pecados, con unos ¡no! rotundos que salían de mi alma sin saber cómo. Y he vivido la alegría egoísta de aquellos discípulos, demasiado terrenos: muchas veces mis obras “virtuosas”, mi cumplimiento de la Ley de Dios, han tenido un aspecto un poco mercantil, han sido un “do ut des”, que contabilizaba cuidadosamente para calcular si me dabas con puntualidad esa felicidad terrena que yo creía merecían mis obras… He sido caña agitada por el viento y no he captado el fondo de tu alegría.

Cristo escucha y sonríe y comprende. Su gracia nos llega a raudales. Ahora oye la última confidencia, mientras aligera el paso del jumentillo.

—Pero yo quiero participar de tu alegría, Señor, de esa alegría de Hijo consustancial al Padre; la alegría que es propia de los hijos de Dios, la que tu nos das al darnos tu Espíritu, esa alegría que no está a merced de las circunstancias: tu alegría, que te hace ver la Cruz como “exaltación” y, por amor, mira de frente al sufrimiento, aunque parezca que el cuerpo no puede aguantar. Así, por amor, quisiste atraer hacia Ti a todos los hombres: “omnia traham ad me ipsum”, dijiste (Jn 12, 32). Yo quiero este año empuñar el ramo de olivo de forma muy diversa a la de años anteriores: yo quiero que exprese mi alegría y mi deseo de acompañarte durante toda la Semana Santa camino de la Cruz, la alegría del desagravio por Tus sufrimientos, la alegría del grano dorado que se entierra en el surco —muerte de cruz— para resurgir en tallo vibrante: Resurrección. Yo, Señor, estoy lleno de miseria y, sin embargo, querría, por tu misericordia, parecerme a Ti…

Pedro Rodríguez

El día de la juventud cristiana

1.- Os escribo cada semana un mensaje, mis queridos jóvenes lectores, deseando que lo que os explico, os sirva, en primer lugar, para que aumente vuestrO convencimiento de que Jesús existió, en un determinado tiempo y en un preciso lugar. Hoy, como la mayor parte de días, os doy detalles en este sentido. He recorrido aquellas tierras, los caminos que se mencionan en el primer evangelio de hoy, y hasta he vivido en Bet-Fagé y Getsemaní, unos días, amablemente acogido por amigos de la Custodia Franciscana. Los trayectos lo he hecho a pie, como le tocaba hacerlos a Jesús, sirviéndome este detalle para identificarme un poco más con el Maestro. Os quiero decir una cosa para empezar. Una cosa que sorprende cuando está en Tierra Santa es la alegre y sincera participación juvenil en todos los actos explícitamente cristianos. Los uniformes de los colegiales y la vistosidad de los de los scouts y sus fanfarrias, alegran la vista del foráneo que lamenta la ausencia de tanta gente joven en nuestras asambleas. La procesión que cada Domingo de Ramos desciende por el Olivete, es un maravilloso ejemplo de esto que os digo.

2.- Betania, en aquel tiempo, era una pequeña población, ahora es un gran conglomerado de edificaciones sin orden ni concierto. Por allá andaría Jesús seguramente pasando un buen rato de tertulia con sus amigos, Lázaro, Marta y María, cuando envió a algunos de los suyos a prepararle la llegada a la Capital y la celebración que con ilusión imaginaba y proyectaba desde hacía tiempo. Hasta Betfagé se va en unos 12 minutos, a buen paso. Hoy el muro lo impide. Betfagé, hace unos años, era un pequeño grupito de casas alrededor de una iglesita franciscana, que custodiaba una gran piedra donde se encaramó Jesús para subirse al borriquillo. Curiosa leyenda esta, ya que es más alta esta roca, que la que pueda tener la grupa de un jumento. Ahora el lugar es un desordenado amasijo de calles y carreteras. Desde este lugar se empina uno hasta la cima, en algo menos de 10 minutos. En llegando a la cresta, se asombra uno de la preciosa vista panorámica de la gran ciudad. Bajar hasta la primera de sus puertas supondrá un poquito más de media hora. El recorrido que os he descrito es el mismo que hizo Jesús, entonces de tierra, ahora alquitranado. Por el camino, en las iglesias, en sus sagrarios, está el mismo Jesús de aquel entonces. Satisfacción, pues, de la vista y del caminar, encanto interior del espíritu al adorar.

El Domingo de Ramos los fieles de Jerusalén recorren en procesión este itinerario, ya os lo he dicho. Cada una de nuestras comunidades, en el lugar que estemos, tratamos de imitarlos. El ambiente debería ser alegre, que no envidiara ni los sanfermines, ni las tracas de Valencia, ni la euforia de un concierto del conjunto más actual.

3.- Hoy es la Jornada de la Juventud cristiana, el Papa os ha dirigido un mensaje. Yo, mis queridos jóvenes lectores celebraré una misa por vosotros. Examinaos de Fe, de entusiasmo y de fidelidad en el seguimiento de Cristo. Si tenéis un árbol cerca, cortad una rama y agitadla. Si algún sabiondo viejo no lo aprueba, acordaos de que Jesús dijo que si los chiquillos no aclaman, gritan las piedras. Olvidad expresiones hebreas del texto evangélico y traducidlas a palabras actuales: ¡viva! ¡bravo! O cualquiera de las que se profieren en los eventos deportivos. Decidle, al que no os entienda, que no sabe lo que se pierde, al ignorar la riqueza espiritual que proporciona la Fe en Cristo. Quisiera escuchar en mi oído interior espiritual vuestros gritos entusiasmados y que me contagiéis a distancia vuestro júbilo. Este domingo es vuestra jornada, pero, a diferencia de las que se organizan en otros estamentos, nadie os invitará a que compréis, gastéis y os alteréis. La alegría profunda nadie os la arrebatará.

Al pasar la procesión el dintel de la iglesia, la liturgia cambia de tono. Recuerda la tradición romana y nos anuncia que la semana que comienza es la de la celebración de los más grandes misterios cristianos. La pasión del Señor es la culminación de estos. Escuchad la proclamación y, como os distraeréis sin daros cuenta, uno de estos días leedla en vuestra casa, con la atención que ponéis al preparad un examen o al estudiar un texto para un trabajo de investigación. Descubriréis detalles útiles para vuestra vida espiritual, que hasta entonces desconocíais.

Pedrojosé Ynaraja

¿Se nos ha olvidado?

Como decíamos hace dos domingos, la guerra en Ucrania ha tenido un gran impacto en todo el mundo y ha sobrecogido especialmente a los europeos, quizá debido a la cercanía. Vemos las imágenes, escuchamos noticias de bombardeos y ataques a la población civil, y comentamos que no entendemos cómo puede estar pasando esto ni qué tienen en la cabeza los responsables para causar tanto mal y tanta destrucción. Se ha movilizado una oleada de solidaridad y han surgido múltiples iniciativas, tanto individuales como organizadas, para atender y a coger a las víctimas y refugiados. Sin embargo, como recuerda el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), en el mundo hay muchos “conflictos olvidados provocan muertes, desplazamientos forzados y destrucción como cualquier guerra, pero poca gente conoce de su existencia fuera de las zonas directamente afectadas. Son guerras olvidadas con víctimas olvidadas que son doblemente victimizadas, por el conflicto y por el silencio mediático”.

El Domingo de Ramos marca el inicio de la Semana Santa. La “guerra” de Jesús contra el mal, el pecado y la muerte llega a su culmen. Y hemos escuchado el relato de la Pasión de Jesús, algo que la mayoría de nosotros hemos escuchado muchas veces. Por eso, hoy nos preguntamos:

¿Nos afecta la Pasión de Jesús? ¿Nos horroriza hasta qué punto puede llegar la maldad del ser humano, o nos hemos acostumbrado y ya no nos impacta? ¿Qué supone para nosotros la Semana Santa? ¿Se ha convertido en un “conflicto olvidado”, algo de lo que ya apenas se habla? ¿Se nos ha olvidado su significado y sólo esperamos unos días de vacaciones y que haga buen tiempo?

Toda la Palabra de Dios del Domingo de Ramos es una llamada a profundizar en el verdadero sentido de la Semana Santa, más allá de lo anecdótico de la bendición de los ramos y de procesiones y otras expresiones religiosas. Se nos invita a contemplar a Jesús subiendo a Jerusalén (conmemoración de la entrada), sabiendo lo que le espera pero aceptándolo por amor al Padre y a nosotros. Por esa razón, como hemos escuchado en la 2ª lectura, se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo… se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Así, Él cumplió lo que había predicho Isaías en la 1ª lectura: no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.

Hoy se nos invita a leer la Pasión dejándonos afectar e impactar por las actitudes y comportamientos de los diferentes personajes, incluyendo a los discípulos. Frente a la coherencia, amor, perdón y entrega de Jesús hasta el extremo, encontramos egoísmo (se produjo un altercado a propósito de quién de ellos debía ser tenido como el mayor); abandono (los encontró dormidos); traición (¿con un beso entregas al Hijo del hombre?); negación (no lo conozco); burlas, azotes, injurias, desprecio y muerte: Jesús, clamando con voz potente, dijo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Y, dicho esto, expiró.

Si la guerra en Ucrania ha provocado reacciones en casi todas las personas, ¿cómo reaccionamos nosotros ante la Pasión del Señor? ¿Somos como ésos que, al ver las cosas que habían ocurrido, se volvían dándose golpes de pecho, meros espectadores que nos limitamos a lamentar lo ocurrido?

Si ante la guerra en Ucrania se ha despertado una oleada de solidaridad, ante la Pasión del Señor, ¿qué “oleada” debería despertarse, por lo menos en quienes nos llamamos discípulos suyos? ¿Qué iniciativas, individuales y organizadas como Iglesia que somos, deberíamos poner en marcha para saber decir al abatido una palabra de aliento, para continuar el anuncio del kerigma, de la Buena Noticia del Hijo de Dios que, por amor a nosotros, se hizo hombre, padeció, murió en la cruz y resucitó?

Hoy comenzamos la Semana Santa, la Semana más importante para los cristianos, en la que actualizamos el misterio de amor del Dios que se hace hombre y se entrega hasta el extremo para vencer el mal, el pecado y la muerte y hacernos partícipes de su misma Vida.

De nosotros depende que la Pasión de Jesús, que continúa hoy en muchos miembros de su Cuerpo místico, no se convierta en un “conflicto olvidado” hasta por los mismos cristianos, sino que nos asociemos a ella con nuestras palabras y obras para que sus frutos salvadores continúen llegando a todas las víctimas del mal, del pecado y de la muerte.