¿Se nos ha olvidado?

Como decíamos hace dos domingos, la guerra en Ucrania ha tenido un gran impacto en todo el mundo y ha sobrecogido especialmente a los europeos, quizá debido a la cercanía. Vemos las imágenes, escuchamos noticias de bombardeos y ataques a la población civil, y comentamos que no entendemos cómo puede estar pasando esto ni qué tienen en la cabeza los responsables para causar tanto mal y tanta destrucción. Se ha movilizado una oleada de solidaridad y han surgido múltiples iniciativas, tanto individuales como organizadas, para atender y a coger a las víctimas y refugiados. Sin embargo, como recuerda el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), en el mundo hay muchos “conflictos olvidados provocan muertes, desplazamientos forzados y destrucción como cualquier guerra, pero poca gente conoce de su existencia fuera de las zonas directamente afectadas. Son guerras olvidadas con víctimas olvidadas que son doblemente victimizadas, por el conflicto y por el silencio mediático”.

El Domingo de Ramos marca el inicio de la Semana Santa. La “guerra” de Jesús contra el mal, el pecado y la muerte llega a su culmen. Y hemos escuchado el relato de la Pasión de Jesús, algo que la mayoría de nosotros hemos escuchado muchas veces. Por eso, hoy nos preguntamos:

¿Nos afecta la Pasión de Jesús? ¿Nos horroriza hasta qué punto puede llegar la maldad del ser humano, o nos hemos acostumbrado y ya no nos impacta? ¿Qué supone para nosotros la Semana Santa? ¿Se ha convertido en un “conflicto olvidado”, algo de lo que ya apenas se habla? ¿Se nos ha olvidado su significado y sólo esperamos unos días de vacaciones y que haga buen tiempo?

Toda la Palabra de Dios del Domingo de Ramos es una llamada a profundizar en el verdadero sentido de la Semana Santa, más allá de lo anecdótico de la bendición de los ramos y de procesiones y otras expresiones religiosas. Se nos invita a contemplar a Jesús subiendo a Jerusalén (conmemoración de la entrada), sabiendo lo que le espera pero aceptándolo por amor al Padre y a nosotros. Por esa razón, como hemos escuchado en la 2ª lectura, se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo… se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Así, Él cumplió lo que había predicho Isaías en la 1ª lectura: no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.

Hoy se nos invita a leer la Pasión dejándonos afectar e impactar por las actitudes y comportamientos de los diferentes personajes, incluyendo a los discípulos. Frente a la coherencia, amor, perdón y entrega de Jesús hasta el extremo, encontramos egoísmo (se produjo un altercado a propósito de quién de ellos debía ser tenido como el mayor); abandono (los encontró dormidos); traición (¿con un beso entregas al Hijo del hombre?); negación (no lo conozco); burlas, azotes, injurias, desprecio y muerte: Jesús, clamando con voz potente, dijo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Y, dicho esto, expiró.

Si la guerra en Ucrania ha provocado reacciones en casi todas las personas, ¿cómo reaccionamos nosotros ante la Pasión del Señor? ¿Somos como ésos que, al ver las cosas que habían ocurrido, se volvían dándose golpes de pecho, meros espectadores que nos limitamos a lamentar lo ocurrido?

Si ante la guerra en Ucrania se ha despertado una oleada de solidaridad, ante la Pasión del Señor, ¿qué “oleada” debería despertarse, por lo menos en quienes nos llamamos discípulos suyos? ¿Qué iniciativas, individuales y organizadas como Iglesia que somos, deberíamos poner en marcha para saber decir al abatido una palabra de aliento, para continuar el anuncio del kerigma, de la Buena Noticia del Hijo de Dios que, por amor a nosotros, se hizo hombre, padeció, murió en la cruz y resucitó?

Hoy comenzamos la Semana Santa, la Semana más importante para los cristianos, en la que actualizamos el misterio de amor del Dios que se hace hombre y se entrega hasta el extremo para vencer el mal, el pecado y la muerte y hacernos partícipes de su misma Vida.

De nosotros depende que la Pasión de Jesús, que continúa hoy en muchos miembros de su Cuerpo místico, no se convierta en un “conflicto olvidado” hasta por los mismos cristianos, sino que nos asociemos a ella con nuestras palabras y obras para que sus frutos salvadores continúen llegando a todas las víctimas del mal, del pecado y de la muerte.

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