Lectio Divina – Martes Santo

“Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús”

1.- Oración introductoria.

Señor, al acercarme hoy a este texto tan bonito, no me siento ni con ganas de pedirte nada. Por eso acudo al gran San Agustín que dice:»Toda alma que quiera ser fiel, únase a María para ungir con perfume precioso los pies del Señor… Unja los pies de Jesús: siga las huellas del Señor llevando una vida digna. Seque los pies con los cabellos: si tienes cosas superfluas, dalas a los pobres, y habrás enjugado los pies del Señor». Hoy me uno plenamente a esta oración.

2.- Lectura reposada del Evangelio Juan 12, 1-11

Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?» Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Jesús dijo: «Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre tendréis». Gran número de judíos supieron que Jesús estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-Reflexión

Un hombre y una mujer. Un hombre cuyo nombre es Judas. Una mujer cuyo nombre en María. Judas, agarrando fuerte la bolsa del dinero, es símbolo de codicia, de mezquindad, de tacañería. María, con su frasco lleno del mejor perfume y rompiéndolo delante del Señor, es el símbolo de la generosidad, del derroche, de la sin-medida. A Judas le importaba el dinero y no los pobres. A María sólo le interesaba demostrarle al Señor todo el inmenso amor que le tenía.  Un amor que no se puede contar, ni pesar, ni medir. Por eso no cabe derramar el perfume a cuenta gotas sino derramarlo del todo. Jesús da la razón a la mujer y asocia ese perfume a su sepultura.

María de Betania siempre será “la mujer del perfume”. Ella entra sin hacer ruido. Lo que le interesa es “ungir” “besar” “secar” los pies de Jesús.  Lo que acaba de hacer esta mujer es una bonita parábola del amor. “Jesús entendía la vida de forma que podía incluir el encanto del cabello femenino que acaricia sus pies” (J. Mª Castillo). Y, desde entonces, la gran casa del mundo se llenó de aquel perfume. Con Jesús no caben los amores a medias, los amores mezquinos, los amores interesados. Con Jesús sólo cabe una medida para el amor: el de amar sin medida.  Notemos un detalle: esta visita a Betania se realiza antes de la pasión. Jesús es muy humano. Sabe todo lo que le espera: días de dolor, de sufrimiento, de amargura. Y necesita preparar su alma compartiendo su amor con los amigos que le quieren de verdad.

Palabra del Papa

“Al acto de María se contraponen la actitud y las palabras de Judas, quien, bajo el pretexto de la ayuda a los pobres oculta el egoísmo y la falsedad del hombre cerrado en sí mismo, encadenado por la avidez de la posesión, que no se deja envolver por el buen perfume del amor divino. Judas calcula allí donde no se puede calcular, entra con ánimo mezquino en el espacio reservado al amor, al don, a la entrega total. Y Jesús, que hasta aquel momento había permanecido en silencio, interviene a favor del gesto de María: «Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura». Jesús comprende que María ha intuido el amor de Dios e indica que ya se acerca su «hora», la «hora» en la que el Amor hallará su expresión suprema en el madero de la cruz: el Hijo de Dios se entrega a sí mismo para que el hombre tenga vida, desciende a los abismos de la muerte para llevar al hombre a las alturas de Dios, no teme humillarse «haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz».  (Homilía de Benedicto XVI, 29 de marzo de 2010).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto. (Guardo silencio)

5.-Propósito. En este día no seré ruin, mezquino. Seré generoso en el amor a Dios y a mis hermanos.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, te doy gracias por esta mujer valiente, agradecida, de un gran corazón. Y en ella quiero ver a tantas mujeres anónimas que saben derrochar amor y ternura en el mundo. Un mundo cada vez más violento, más inhumano, más frío, más distante. Este mundo, Señor, necesita “humanizarse”. Y para ello es insustituible la presencia femenina.

ORACIÓN POR LA PAZ

«Señor Jesús, Príncipe de la Paz, mira a tus hijos que elevan su grito hacia ti: Ayúdanos a construir la paz. Consuela, oh Dios misericordioso, los corazones afligidos de tantos hijos tuyos, seca las lágrimas de los que están en la prueba, haz que la dulce caricia de tu Madre María caliente los rostros tristes de tantos niños que están lejos del abrazo de sus seres queridos. Tú que eres el Creador del mundo, salva a esta tierra de la destrucción de la muerte generalizada, haz que callen las armas y que resuene la dulce brisa de la paz. Señor Dios de la esperanza, ten piedad de esta humanidad sorda y ayúdala a encontrar el valor de perdonar». (Parolín, Secretario del Estado Vaticano).

Comentario – Lunes santo

Jn 12, 1-11

Seis días antes de la «Pascua», vino Jesús a Betania donde estaba Lázaro a quién había resucitado de entre los muertos. El evangelista Juan hace notar la proximidad de la Pascua, y la presencia de Lázaro «que Él había resucitado» de entre los muertos. Esto es ya una ‘clave» de interpretación.

La escena que vamos a leer sucedió pues el «lunes» de la última semana de Jesús. Es la gran semana «pascual» de Jesús, la que comienza así.

Le dispusieron allí una cena. Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con Él.

Comienzo por meditar, muy sencillamente, sobre esta comida. Escena concreta. Me imagino los gestos y las palabras de esa comida entre amigos, como si yo estuviera presente. Sí, un día, Señor, fuiste invitado en casa de unos amigos. Antes que llegaran las horas de brutalidad y de odio vino la hora de la amistad, el momento reconfortante. Tus enemigos están preparando en la sombra, el complot en Jerusalén.

Pero en esta casa de las afueras de Jerusalén, Tú eres feliz con Marta, María y Lázaro…

María, tomando una libra de ungüento de nardo legítimo, de gran valor, ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos, y la casa se llenó de olor del ungüento.

Escena misteriosa, gesto insólito. En primer lugar es un gesto de amistad. Es también un gesto gratuito, casi excesivo, enorme… un despilfarro, como hará resaltar Judas.

«¿Por qué este ungüento no se vendió en trescientos denarios y se dio a los pobres?»

Una fortuna «echada al aire» Trescientos denarios, en aquella época debían representar el salario de trabajo de un jornalero durante un año. ¿Por qué Juan nos ha contado esto?

¿Dónde quiere ir a parar?

Jesús dijo entonces: » ¡Déjala! Lo tenía guardado para el día de mi sepultura.»

Este gesto tiene pues un alcance pascual. Jesús subraya que María anticipa aquí los cuidados que no podrán ser dados a su cadáver; la unción ritual de la sepultura, obligatoria para los judíos, no podrá tener lugar la tarde del Viernes, pues el sábado de Pascua habrá ya empezado —Juan lo subrayará en 19-42—… pero esta unción tampoco podrá hacerse la mañana del Domingo, primer día de la semana, pues cuando las mujeres llegarán al sepulcro con este fin, provistas de aromas y bálsamos, había ya resucitado: ellas encontrarán la tumba vacía.

Simbólicamente, esta «unción» del lunes es pues signo de la Resurrección.

Jesús piensa en su muerte… en su sepultura… Todo esto está cerca. Habla de ello con mucha lucidez, como estos enfermos valientes que sintiendo la muerte próxima, van hacia ella con plena conciencia y tranquilos lo comentan con sus amigos y parientes. Este fue el caso de Jesús.

Pero Jesús piensa también siempre en su resurrección.

Porque pobres siempre los tenéis con vosotros, pero a mí no me tenéis siempre.
Jesús se da perfecta cuenta de que su «ausencia» físicamente va a crear un gran vacío.

Esto es verdad, ¡Señor! Por mucho que te busquemos a través de la Fe, de los signos de los sacramentos, de la oración… Tú estás ausente, aparentemente.

Ayúdanos a encontrarte donde quiera que sea, en particular en «estos pobres» quienes están ellos siempre presentes, y de los cuales decías: «lo que hacéis a éstos, me lo hacéis a mí…

Noel Quesson
Evangelios 1

Los amó hasta el extremo

Viendo Jesús que su muerte estaba próxima, quiso que sus discípulos continuaran viviendo y proclamando su proyecto.  Iban a sufrir dura prueba viendo al Maestro condenado por blasfemo y como rebelde político. Por eso Jesús quiere afianzarles. Varias veces les había dicho: “donde estéis dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo!”. “estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos”. Y ya en vísperas de su muerte, ratifica esta promesa manifestando al mismo tiempo la conducta que deben seguir los discípulos. Es el mensaje de dos gestos proféticos:  una comida de despedida –última cena- y lavatorio de los pies. En ese contexto hay que meditar las tres lecturas en la celebración litúrgica del jueves santo.

La primera lectura cuenta la liberación del pueblo hebreo esclavizado en Egipto gracias a la intervención gratuita de Dios compasivo; cada año los judíos  hacían memoria, actualizaban simbólicamente aquella gesta de liberación  en la pascua o paso de Dios salvando al pueblo. Celebrando la pascua judía  con sus discípulos, Jesús, en el simbolismo la comida, les ofrece el significado liberador de su vida y de su muerte. 

La segunda lectura   es de San Pablo escribiendo a los fieles de Corinto sobre  qué significa celebrar en verdad  la Cena del Señor. 

El evangelio completa ese significando narrando dos gestos de Jesús en esa Cena: compartió la mesa con sus discípulos y los lavó los pies. Los dos gestos resumen de algún modo el espíritu y el estilo que animaron la conducta de Jesús ratificada con su muerte aceptada por y con amor: ser el hombre totalmente para los demás, compartiendo cuanto era y tenía; no para dominar a los demás, ni para conseguir prestigio social, sino para servir por amor hasta entregar la propia vida, sufriendo el desprecio y destino de las víctimas.  

El significado de estos dos gestos proféticos ha sido muy analizado por los biblistas cuyas aportaciones son muy valiosas como aproximación a la experiencia o conducta de Jesús. Los predicadores no debemos ignorar esos conocimientos. Pero al hacer esos gestos, Jesús no intentó darnos una lección teórica sobre lo maravilloso de su conducta, sino que manifestó  su deseo de que sus seguidores  re-creemos el espíritu de su conducta en la nuestra: “Haced esto en memoria mía”; “os he dado ejemplo para que vosotros hagáis lo mismo”.

Jesús fue un profeta itinerante que compartió con todos. Comía con los pobres, se le acercaban los pecadores socialmente discriminados, admitía entre sus seguidores a mujeres, valoraba el buen corazón de los samaritanos, y sus acciones de sanación beneficiaban también a los extranjeros. Compartía con los ricos liberándolos de su codicia y arrogancia. Su invitación era clara: “vende todo lo que tienes y dalo de limosna a los pobres”. Pero los soberbios arrogantes quedaban desconcertados al ver a Jesús compartiendo con los pobres y pecadores legal y religiosamente indeseables. En la última cena expresó su voluntad, lo que daba sentido a su vida y a su muerte, con el gesto simbólico de compartir el pan y el vino, “mi carne y mi sangre”, su estilo de conducta. Tras la muerte de Jesús y acompañadas de su Espíritu, las primeras comunidades cristianas entendieron que Jesucristo derribó los muros de separación entre los pueblos, y en la nueva comunidad ya no hay “judío y gentil, hombre y mujer, amo y siervo”. Como discípulos de Jesús todos los bautizados participan el único Espíritu y cada uno debe ser totalmente para los demás. Así lo actualizaban aquellas primeras comunidades en “la fracción del pan”.

En la primera comunidad cristiana que narran los Hechos de los Apóstoles se mantenía  viva esa “memoria” de Jesús; todos compartían con todos y los pobres eran atendidos con especial cuidado. Un ideal sin embargo nada fácil de practicar porque, ya en esa misma comunidad, alguno en vez de compartir, se guardaba su renta. La tentación de caer en el ritualismo saltó desde el principio. San Pablo en su primera carta a la comunidad de Corinto denuncia la deformación: todos hacen el rito de la comida,  pero mientras unos se hartan otros pasan hambre; ahí no se celebra de verdad  la Cena del Señor.

El entrar el movimiento cristiano en la cultura griega y romana, sobre todo cuando llegó cristianismo llegó a ser  religión oficial del imperio, hubo peligro de catalogar este movimiento como una religión más ofreciendo un culto a la divinidad imaginada como poder absoluto, celosa de su honor y amenazante si no recibe sacrificios y sumisión de los mortales. Un peligro que se hace triste realidad cuando reducimos la misa a un acto de culto en honor de la divinidad y vemos como precepto inviolable la asistencia dominical. Pero ante todo debemos celebrar la eucaristía como “memorial” de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Se celebra no solo para evocar el pasado sino para actualizarlo en nuestra propia conducta. Solo en la medida en que se actualiza la conducta de Jesús en nuestra propia vida, la celebración eucarística es centro y cumbre de la comunidad cristiana.

La Iglesia debe ser signo de comunión no solo de la humanidad con Dios sino entre todos los seres humanos originados y afirmados por esa Presencia de amor. Pero la Iglesia es signo que ilumina “en Jesucristo”. Es como la luna que solo refleja la luz que viene del sol. Por eso la buena salud de la Iglesia es volver continuamente a Jesucristo. En una sociedad mundial y en nuestra propia sociedad española la injusticia y la pobreza escandalosa, el maltrato de los inocentes y la discriminación sufrida por los indefensos, va directamente contra la fraternidad universal que apuntan la conducta y las parábolas de Jesús. Una propuesta que con su práctica de vida y en la “fracción del pan”, actualizando la memoria de Jesús, nos transmitieron las primeras comunidades cristianas. Una llamada urgente hoy para la Iglesia o comunidad cristiana   en nuestra sociedad desfigurada por la fiebre posesiva y por la ambición de poder. Es muy significativo que el jueves santo sea también el día de la caridad. Será lamentable que cuando nuestra sociedad urgentemente necesita caminar hacia la convivencia fraterna, los cristianos buscando solo nuestra salvación fuera de este mundo, celebremos la misa como un rito religioso más, olvidando la recomendación de Jesús en la última cena: “Haced esto en memoria mía” .

Fr. Jesús Espeja Pardo O.P.

Jn 13, 1-15 (Evangelio Jueves Santo)

El servidor del amor, ceñido para la lucha

Juan no nos ofrece la tradición de las palabras de la última cena, pero sí una relato asombroso, un gesto profético que está lleno de sentido como lo estaba la entrega de su vida en el pan y en la copa de aquella noche última de su vida. San Juan dice que había llegado su “hora” de pasar de este mundo al Padre… y esa hora no es otra que la del amor consumado. El lavatorio de los pies tiene toda la dimensión de entrega que la misma acción del pan partido y repartido y la copa de la alianza nueva. Son dos gestos que pueden perfectamente complementarse. No sabemos por qué los sinópticos no nos han ofrecido esta tradición, este gesto, ni podemos conocer su origen, aunque podríamos rastrear algunos aspectos bíblicos que lo llenan todo de un sentido especial, profético y creador. Es la escena inaugural de la pasión según San Juan, que si bien es la parte más semejante a la de los sinópticos, tienes varias cosas muy diferentes, y una es esta del lavatorio de los pies. Sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre (¡que espléndida teología joánica de la muerte!). Esta muerte, pues, ya no es una tragedia, como lo es para muchos… sino un triunfo que se apunta desde este comienzo de la pasión joánica.

Jesús está dispuesto «a pasar de este mundo al Padre» y a vivir «su hora» (v. 1) con la clarividencia de su libertad divina (¡alta cristología joánica!). Para dar fuerza a su decisión personal inquebrantable, incluso a riesgo de no ser entendido por sus discípulos, va a poner en práctica una acción simbólica en tres actos, como los antiguos profetas: despojándose de su manto, ciñéndose un paño (léntion) y lavando los pies a sus discípulos secándoselos con el paño que se había ceñido. Todo esto se encierra apretadamente en los vv. 4-5. Normalmente se ha dado relevancia casi exclusivamente al lavatorio de los pies, porque además de ser el acto más humillante, culmina de forma escandalosa esta narración. Pero los otros signos no están ahí como adorno estético, sino que merecen nuestra atención, porque de lo contrario, la narración simbólica quedaría empobrecida. Juan quiere decirnos algo mucho más profundo cuando nos ofrece el dato de que Jesús «se ciñó un paño» (léntion) y cuando les seca los pies con el paño que se había ceñido (kai ekmássein tô lentíô ô ên diezôsménos). Como acción simbólica de la muerte que se quería significar hubiera bastado con que se hablara exclusivamente de que Jesús fue lavando los pies de sus discípulos uno a uno. Sin embargo, ¿por qué se vuelve a insistir en el léntion con que se había ceñido? Tampoco era necesario repetir esto cuando hubiera bastado con decir que se los fue secando, puesto que se supone que se los tenía que haber secado con un paño o toalla. Pero se vuelve a hablar del ceñimiento en el v. 5 en correspondencia con la acción del v. 4 entre las cuales se encierra el lavatorio. Si estamos ante una narración simbólica de carácter profético, entonces debemos desentrañar todas las acciones significantes. Y, sin duda, la acción de ceñirse es mucho más significante de lo que aparece a primera vista, aunque hasta ahora apenas se haya hecho notar.

La hora de Jesús, que es la hora del amor consumado, exige una lucha, una guerra con los que le quieren imponer el destino ciego del odio. Jesús no está dispuesto a que nadie le imponga su muerte, sino que es El quien impone su hora como voluntad y proyecto de Dios. El Padre se lo ha entregado todo en sus manos (v. 3) y no es posible que nadie se lo arrebate, porque la suya no es una muerte más, un asesinato de tantos como impone el odio sobre el mundo, sino que es la muerte soteriológica por excelencia. No vienen las cosas como si se tratara de una simple condena legal, como después aparecerá ante el juicio del procurador (Jn 19,7). Jesús, ciñéndose como los antiguos guerreros, debe ganar la batalla de la muerte; he ahí la paradoja, pero de la muerte redentora. Jesús no lucha para no morir, sino para que su muerte tenga sentido y no sea ciega y absurda como la muerte que da el mundo.

Si, como parece la mejor explicación, el lavatorio de los pies es una acción simbólica de la muerte de Jesús, entonces vemos cómo el Maestro se entrega a ellos, cuando deberían ser los discípulos los que deberían estar dispuestos a dar la vida por el maestro, como ocurre en las mentalidades pedagógicas de entonces, incluso de los fariseos. De ahí que en los vv. 6-11 se nos quiera explicar que Pedro no pueda entender que Jesús dé su vida por los suyos; sólo lo entenderá después (v. 7), tras la muerte y la resurrección. De ahí que podamos optar porque los vv. 6-10 representan la interpretación más antigua y acertada del lavatorio de los pies, según el recurso estilístico de las falsas interpretaciones joánicas. Esta debería ser la interpretación del diálogo entre Jesús y Pedro: «hay que aceptar la muerte de Jesús como una muerte salvífica». La interpretación posterior de un acto de humildad no es desacertada, porque en realidad la muerte de Jesús a los ojos del mundo es una humillación, un acto de humildad y un servicio de esclavo que hace el Hijo de Dios a los hombres. Pero la significación inmediata es la libertad de Jesús de morir por nosotros, tal como se pone de manifiesto en el lavatorio de los pies a sus discípulos, y para eso también era necesario que él se ciñera, porque era una guerra contra lo proyectado por el mundo. Por consiguiente, los tres gestos van unidos los unos a los otros, dando como resultado una acción profético-simbólica perfecta recogida en la narración de los vv. 4-5.

Es así como el lavatorio de los pies adquiere esa dimensión tan particular que representa su muerte, como signo del amor consumado a sus discípulos. Diríamos que Jesús se ciñe para no morir odiando, sino amando. Esta es la guerra, como hemos dicho, entre la luz y las tinieblas, entre el proyecto de Dios y el del mundo. Jesús va hacia su propia muerte, representada prolépticamente (adelantada proféticamenmte) en el lavatorio de los pies, luchando, ceñido con el cinturón de la paz. Va a morir por todos, por eso lava también los pies a Judas que está sentado a la mesa. Y Jesús les seca los pies con el paño ceñido, sin quitarlo, porque muere luchando; no le han impuesto la muerte desde fuera según la visión joánica. Ese cinturón no volverá a quitarlo, es una imagen más, como deja traslucir Jn 13,12, en el sentido de que lo llevará hasta el momento de la cruz en que se cumple real y teológicamente su hora (cf. Jn 7,30; 8,20), que es también la hora de la glorificación (cf. Jn 12,23). Jesús, pues, se ciñe para su muerte, para su hora, porque en su muerte está la victoria divina sobre el odio del mundo. En su muerte está su glorificación, porque no es una muerte absurda, sino que se la ha impuesto el mismo Jesús como una consecuencia de su vida entregada al amor de este mundo. Este mundo no deja que viva el amor. Jesús también va a ser sacrificado por el mundo, como tantos hombres, pero no dejará que le arrebaten el amor con que ha actuado en su vida. Por eso se ciñe antes del lavatorio de los pies que representa su muerte soteriológica. Toda esta explicación se deduce por haber optado en el ceñimiento de Jesús por la tradición del cinturón de la lucha, y de haber leído todo ello en la clave de Jn 13,1-3. Es posible que a algunos les parezca una exégesis rebuscada, pero se debe considerar que estamos ante uno de los relatos más simbólicos de todo el evangelio de Juan, que ya de por sí es bastante simbólico. Además, los gestos proféticos dan pie para ello y son ciertamente inagotables en algunos aspectos. En Juan siempre nos encontramos con posibilidades insospechadas. Con ello no ponemos en duda, aunque tampoco tratamos de excedernos, la tradición histórica recogida en Jn 13,4-5 sobre el lavatorio de los pies.

Fray Miguel de Burgos Núñez

1Cor 11, 23-26 (2ª lectura Jueves Santo)

Memorial y vida de la última Cena del Señor

Se suele explicar el contexto de estas palabras o tradición de la «última cena» de Jesús según las divisiones sociales e indeológicas que alimentaban los grupos de las comunidades de Corinto. El tratado más extenso de la Cena del Señor lo encontramos en 1Corintios 10 -11. La profunda división de los creyentes corintos dio como resultado que sus reuniones para la Cena del Señor causaran más daño que bien (11,17-18). Ellos estaban participando de la Cena de una «manera indigna» (11,27). Evidentemente los ricos, no queriendo comer con las clases sociales más bajas, venían más temprano a las reuniones y se quedaban en ellas por tanto tiempo que acababan borrachos. Para empeorar las cosas, al momento que llegaba la clase trabajadora de creyentes, retrasados por las restricciones del empleo, toda la comida ya se había acabado y ellos regresaban a sus hogares con hambre (11,21-22). Algunos de los corintios fallaban en reconocer lo sagrado de la Cena, una comida de pacto (11,23-32). Los abusos eran tan escandalosos que había dejado de ser la Cena del Señor y a cambio se había convertido en su «propia» cena (11,21). Es así que Pablo pregunta, ¿acaso no tenéis casas donde comer y beber?» Si el objetivo era simplemente comer su propia comida, eso se hubiera resuelto con una cena en casa. Su egoísmo de clases y divisiones, cuando no de envidias, traicionó, de manera absoluta, la esencia misma de lo que significaba la Cena del Señor.

Sea como fuere, aquí tenemos en Pablo la tradición de las palabras de la última cena, unos de los pocos testimonios que nos ofrece el apóstol sobre el Jesús histórico, de sus palabras o de sus hechos. Sabemos que esta tradición está presente en Mc 14,22-25; Mt 26,26-29; Lc 22,15-20. Pablo y Lucas forman una variantes al respecto de la que forman Mc y Mt., que quizás responde a sus orígenes, la paulino-lucana se conoce como «antioquena» y la de Mc-Mt como «jerosolimitana». Pero es uno de los momentos decisivos de la vida de la comunidad, de la liturgia y de la espiritualidad, donde la comunidad «recordando» las última palabras de Jesús experimenta todo su vida histórica y la fuerza de la vida nueva que ahora nos entrega como Señor resucitado. No es un simple recordatorio del pasado, sino un verdadero «zikkaron» que actualiza todo un proceso espiritual-salvífico. El ser humano puede hacer «memoria viva» y con ello logra una presencia real, verdadera, como promesa del mismo Jesús en ese mandato de «haced esto en memoria mía».

Por tanto, es un acto memorial por medio del cual el creyente se reafirma en el «pacto», en la «alianza» misma que Cristo quiso hacer presente en aquella noche en que les entregó a los suyos su vida antes de que se la quitaran o se la robaran injustamente por un proceso legal según ellos, pero injusto. Los profetas siempre han creado gestos extraordinarios que van mucho más allá de un significado cerrado. Este pacto une a la Iglesia con Jesús, a todos sus discípulos; hace a la misma Iglesia, como Pablo quiere recordar en todo el conjunto de 1Cor 10-11. E salgo que acontece en la celebración litúrgica con la comunidad de fe a través del tiempo y el espacio, y con toda la humanidad por la cual Cristo murió; ese es el sentido de su entrega, de su muerte de dar la vida y entregarla en el pan y en la copa de la alianza. En la celebración de la Cena del Señor expresamos la plenitud de nuestra fe, es decir, dramatizamos el evento decisivo de nuestra fe: ¿Cómo? Afirmando la presencia del Señor en medio de su Iglesia. Nos unimos como miembros de la familia de Dios alrededor de la mesa comunitaria. Tenemos un momento de comunión personal con el Señor. Afirmamos nuestra unidad con el cuerpo de Cristo. Proclamamos la victoria final de Jesucristo como Señor de lo creado y vencedor sobre la muerte. Renovamos nuestro pacto con Dios por medio de Jesucristo. porque todo lo mejor del ser humano en relación con Dios, debe renovarse continuamente.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Éx 12, 1-8. 11-14 (1ª lectura Jueves Santo)

Pascua: memoria histórica y espiritual de la liberación de Dios

La Pascua judía: es el primer mes, el de Abib (marzo-abril; cf. Ex 13.4), llamado también de Nisán (cf. Neh 2,1; Est 3,7). Pascua del Señor: La fiesta de Pascua, por estar relacionada con la liberación de los israelitas de su esclavitud en Egipto, es la conmemoración anual más importante para el pueblo hebreo (Lv 23,5; Nm 9,1-5; 28,16; Dt 16,1-2). En el NT adquiere un significado especial para los cristianos, ya que se interpreta como figura de la obra redentora de Cristo, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Jn 1,29). Pascua (heb. pésaj) se asocia con el verbo pasaj, que significa saltar, pasar por alto o pasar de largo. Cf. v. 27. Estos son algunos de los elementos que se nos recuerdan en este texto de Ex 12, de una importancia decisiva para la fe de Israel y que tiene sus resonancias teológicas y espirituales para los cristianos en esta lectura del Jueves Santo.

La Pascua, antes, era la fiesta de la primavera; propiamente era fiesta de los pastores nómadas que debían comenzar su nueva peregrinación con los ganados en busca de pastos, y para ello ofrecían sus primicias de ganados buscando ser protegidos y bendecidos. Por tanto, el sentido de «salir», de «peregrinar» tenía ya un sentido ancestral que el pueblo de Israel asumirá con la salida y la liberación de Egipto y con la ofrenda de los animales y su sangre para que fueran protegidos por el «ángel del Señor». La fiesta de los panes sin levadura (v. 17), que duraba siete días y seguía inmediatamente a la Pascua, llegó a considerarse como parte de ésta (Dt 16,1-8; Cf. Lv 23,6-8; Nm 28,17-25), aunque tenía un sentido distinto y era propio de grupos sedentarizados y no ya nómadas. En Ex 12,1-28 se nos narra la razón por la cual los judíos celebraban la fiesta pascual.

La narración está compuesta de diferentes relatos, que proceden de tiempos diversos. Se relacionó estrechamente con la experiencia de fe de la liberación de los hebreos, esclavos en el Egipto: Ex 12,12-13.21-23. Y ya no se celebró en función de los ganados (ni de las cosechas, en el caso de la fiesta de los campesinos), sino como conmemoración de la liberación del éxodo. La fiesta comenzaba con la cena pascual y se extendía por siete días, de acuerdo con la tradición de los ácimos: Ex 12,14-20. Este es el contexto más adecuado para todo lo que se celebra en las grandes fiestas judías porque ha de coincidir con los últimos momentos de la vida de Jesús y con la última cena de Jesús, fuera ésta una cena pascual o de despedida de los suyos.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Comentario al evangelio – Lunes santo

Comenzamos una semana intensa en la que hacemos memoria, vivimos y actualizamos el Misterio Pascual (Pasión-Muerte-Resurrección de Cristo). Llega un año más la Pascua, el paso de Dios en medio de su pueblo. Son días llenos de contrastes, de emociones, de palabras, de gestos, de personajes, de luces y obscuridades. Días de silencio y fiesta, días para reflexionar y orar  personal y comunitariamente. Son días de Pasión: Pasión de Dios por el Reino y por la humanidad. Vivimos y esperamos en la fe lo que viene: la última palabra la tiene la luz, la vida, la resurrección. La historia y la vida humana tienen un final dichoso y pleno. Y año tras año con Jesús subimos a Jerusalén donde consumaremos nuestra misión en este mundo.

Hoy Juan nos presenta a María de Betania y a Judas, dos discípulos de Jesús y dos formas de seguir al Maestro: el amor dilató el corazón de María y la mezquindad cerró de par en par el corazón de Judas. Dos posturas contrapuestas: María la entrega y Judas el cálculo. Todo depende de cómo sea nuestra relación con el Maestro, si buscamos prestigio, honor y protagonismo o por el contrario, tocados por Jesús, deseamos identificarnos con Él y vivir para Él y por Él. En nuestro camino de discípulos tenemos ocasiones para demostrar si estamos con Jesús por interés o si le entregamos algo precioso sin esperar nada a cambio. Es muy importante dejarnos guiar interiormente por el Espíritu para que en todo momento y ocasión podamos hacer una elección acertada y beneficiosa para nosotros.  

El apóstol S. Pablo nos dice: “Haced del amor la norma de vuestra vida a imitación de Cristo que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros” (Ef 5,2). Si el amor guía toda nuestra vida –es la norma de vida–  iremos experimentando poco a poco que ese mismo amor da un nuevo sentido a nuestra vida y experimentaremos una felicidad que no se encuentra en las cosas de este mundo y que llena a rebosar nuestro corazón.

En Betania una mujer realiza un gesto simbólico sobre Jesús que va a entregarse por amor. Con este gesto quedamos todos invitados a ser como María: perfume de Evangelio que rebosará la casa y alcanzará al mundo. En  la medida que nuestras obras nacen de un corazón profundamente enamorado por Jesús impregnan de vida y alegría todo lo que tocan y esas obras se dilatan en el tiempo y en el espacio, porque la fuerza del amor es difusiva y expansiva y lo que toca lo renueva y lo transforma. Ya dice S. Pablo “el amor no pasa nunca” y “si yo no tengo amor, nada soy”.  Nada hay que se resista a la fuerza del amor y nada hay más eficaz y duradero que el amor.

José Luis Latorre, cmf

Meditación – Lunes santo

Hoy es Lunes santo.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 12, 1-11):

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitadode entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?». Esto lo dijo noporque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando. Jesús dijo: «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis». Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron no solo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús.

Con este Evangelio, la liturgia nos avisa que estamos entrando en los días capitales de la vida y misión de Jesucristo, él mismo también lo sabe y nos lo hace saber: “ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura –dice el Señor-… a mí no me tendrán siempre con ustedes”. Ante esta situación crítica, Judas Iscariote muestra lo peor de sí, el cálculo interesado. Mezquino y egoísta, Judas está preocupado por la alcancía. Te equivocas Judas, te equivocas. Cuando hay un hermano sufriendo, cuando un hermano va a la Cruz, cuando un hermano está en situación de muerte: hay que romper la alcancía, hay que suspender los cálculos, hay que acabar con las cuentas… Hay que hacer como María de Betania, hay que darle rienda suelta a la caricia, al derroche de amor, a la compasión. ¡Ay de nosotros, si delante de un hermano crucificado sacamos la calculadora y archivamos el amor! En este sentido, ante el gesto de cariño y cercanía de María, no podemos menos que dejarnos interpelar y preguntarnos cada uno de nosotros: ¿cuál será hoy nuestro gesto de amor para con el Señor? ¿qué caricia vamos a ensayar en esta semana Santa para con él? ¿cuál será el signo con que vamos a manifestarle nuestra compañía, nuestro cariño, nuestra compasión? Jesús mismo nos avisa dónde nos espera hoy: en los pobres. Jesús ha elegido permanecer para siempre en ellos, por eso les dice a los discípulos que si bien ayer el gesto era para con él, hoy nuestros gestos de amor deben ser para con los pobres, que estarán siempre a nuestro lado, como presencia viva del Cristo Crucificado. ¿Queremos acompañar al Señor en esta semana Santa? ¿Queremos acariciar al Señor en su hora de crucifixión? ¿Queremos tener gestos de amor ante la pasión de nuestro Dios? Vayamos entonces al encuentro del pobre, allí habita Cristo Crucificado, Cristo roto, Cristo solo, Cristo olvidado, Cristo negado… Como María de Betania no perdamos la ocasión de ocuparnos en estos días de aquél que quiso ocuparse la vida entera de nosotros. Te invito, entonces, en esta semana Santa a tener un gesto de cariño importante con Cristo, esto es, con el pobre. Porque el pobre es Cristo Crucificado. Ojalá haya siempre, al lado de cada pobre, al lado de cada crucificado, uno de nosotros, un cristiano capaz de sufrir junto al otro, un cristiano capaz de acompañar al otro ensu dolor, en su desprotección, en su vulnerabilidad, en su agonía… y en su Cruz. ¡Que así sea!

P. Germán Lechinni

Liturgia – Lunes santo

LUNES SANTO, feria

Misa de la feria (morado)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio II de la Pasión del Señor

Leccionario: Vol. II

  • Is 42, 1-7. No gritará, no voceará por las calles.
  • Sal 26. El Señor es mi luz y mi salvación.
  • Jn 12, 1-11 Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura.

Antífona de entrada           Sal 34, 1-2; 139, 8
Pelea, Señor, contra los que me atacan, guerrea contra los que me hacen guerra; empuña el escudo y la adarga, levántate y ven en mi auxilio, Señor Dios, mi fuerte salvador.

Monición de entrada y acto penitencial
La Semana Santa es para nosotros el tiempo en que meditamos sobre la muerte salvadora de nuestro Señor.
Los días de su sufrimiento se acercan. La Primera Lectura nos ofrece el primero de los famosos cánticos de Isaías sobre el Siervo de Yahvé. La liturgia de la Semana Santa caracteriza a Jesús como el Siervo de Yahvé. Este primer cántico habla, quizás directamente, sobre la actitud y la misión del pueblo de Dios, pero encontramos esas actitudes plenamente ejemplificadas en Jesús, el perfecto Siervo de Dios y siervo del pueblo. En esta lectura se nos muestra cómo el Siervo de Dios vino a servir a los pobres y a los que sufren, trayéndoles justicia y libertad, y luz en la oscuridad para todos; él será la Alianza viviente para nosotros, el pueblo, uniéndonos con Dios y los unos con los otros. Todo esto lo hizo por nosotros por medio de su muerte salvadora.

Recordando la pasión de Cristo, pedimos perdón por nuestros pecados:

  • Señor Jesús, condenado a muerte ignominiosa. Señor, ten piedad.
  • Jesús, abandonado de tus discípulos. Cristo, ten piedad.
  • Jesús, despojado de tus vestiduras y levantado sobre la cruz. Señor, ten piedad.

Oración colecta
CONCÉDENOS, Dios todopoderoso,
que, quienes desfallecemos a causa de nuestra debilidad,
encontremos aliento en la pasión de tu Hijo unigénito.
Él, que vive y reina contigo.

Oración de los fieles
El Señor Jesús fue ungido por María de Betania con el perfume para la sepultura en espera de la resurrección. Mientras nos disponemos a celebrar la Pascua, oremos confiadamente.

1.- Por la Iglesia, que quiere hacer suyos los sufrimientos de toda la humanidad, para que asuma las actitudes de mansedumbre y bondad de Jesucristo. Roguemos al Señor.

2.- Por todos los que llevan en su carne las marcas de la pasión de Cristo, para que sean confortados con la generosidad y la ayuda de los hermanos. Roguemos al Señor.

3.- Por los que tienen el corazón endurecido, para que el Espíritu Santo les conceda abrirse a una verdadera conversión. Roguemos al Señor.

4.- Por nosotros y por nuestra comunidad, para que nos dispongamos con corazón abierto y con fe viva a la celebración de la Pascua. Roguemos al Señor.

Escúchanos, Padre de bondad, y acoge con amor nuestros ruegos. Por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
MIRA, Señor, con bondad
los santos misterios que estamos celebrando
y, ya que tu amor providente los instituyó
para librarnos de nuestra condena,
haz que fructifiquen para la vida eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio II de la Pasión del Señor

Antífona de comunión          Sal 101, 3
No me escondas tu rostro el día de la desgracia. Inclina tu oído hacia mí; cuando te invoco, escúchame en seguida.

Oración después de la comunión
VISITA, Señor, a tu pueblo,
y guarda los corazones
de quienes se consagran a tus misterios con amor solícito,
para que conserven, bajo tu protección,
los medios de la salvación eterna que han recibido de tu misericordia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre el pueblo

DEFIENDE, Señor, a los sencillos
y protege continuamente a los que confían en tu misericordia,
para que, al disponerse a celebrar las fiestas de Pascua,
tengan en cuenta no solo la penitencia corporal,
sino, lo que es más importante, la pureza interior.
Por Jesucristo, nuestro Señor.