Entró, vio y creyó

La dinámica pascual nos pone en marcha: ¡es tiempo de moverse y celebrar! La liturgia de este primer Domingo nos habla de movimiento: carreras hasta el sepulcro de Jesús, y desde él al lugar de la comunidad; revisión del camino realizado por Jesús para reconocer en sus huellas al Hijo de Dios; movimiento de los primeros discípulos que se saben testigos y se ponen en marcha…  ¿Podremos comprender que la Pascua tiene fuerza como para ponernos en marcha detrás del Resucitado?

La Pascua nos descubre quién es (y quién era) Jesús

Cuando alguien querido toma distancia de nosotros, somos capaces de redescubrirlo y hacer una lectura más profunda de su vida, pese a su ausencia. Tras la Resurrección los discípulos necesitan vivir su propio proceso de relectura de la vida de Jesús desde la luz de la Pascua. ¡Eso permite que todo en Él se vea distinto, más profundo y con más sentido! El discurso de Pedro (pronunciado en Cesarea, en el contexto del bautismo en casa de Cornelio) sintetiza la confesión de fe de la primera comunidad cristiana en Jesús. Definen la realidad de su vida, situándolo en el tiempo, y poniendo el acento en su humanidad: “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos”. A los ojos de muchos, el Nazareno fue un hombre bueno, curandero y predicador itinerante, ¡uno de tantos! Por sus gestos de servicio merece ser imitado… Pero la certeza de que “Dios lo resucitó al tercer día” lo constituye Señor sobre todos aquellos que planearon su muerte o estaban de parte “del mal”.

La Pascua nos trae una nueva clave de comprensión de la vida de Jesús, ciertamente. Podemos leer su historia encontrando las huellas de Dios en ella, su plan de salvación -desarrollado en tres años- que apunta al futuro y nos implica a nosotros. Pero, sobre todo, desde ese recuerdo casi sacramental, podemos comprometernos con su proyecto, que tras la Resurrección, se plantea como éxito y victoria. Es en el “hacer el bien y curar a los oprimidos” donde tenemos un lugar para entender a Jesús, su misión y la invitación para realizar la nuestra. Es ahí donde se sigue verificando su identidad y la de sus seguidores. ¡No hay Pascua sin deseos de servir a los demás!

La Pascua nos invita a comer y beber con el Resucitado

No pasa desapercibido ese detalle para Pedro. Lo hicieron antes, durante su vida pública; pero esas “comidas y bebidas” se han convertido ahora en lugar teológico, espacio sacramental. En la mesa han oído sus enseñanzas, han compartido su misión y su destino, han visto sus signos y sus heridas. La mesa compartida con el Resucitado es donde la comunidad nace y se nutre, casi de forma imprescindible… ¡Y nosotros seguimos sentados a esa mesa! En cada Eucaristía nos volvemos a sentar, como invitados y protagonistas, en esa misma mesa donde Jesús mismo nos regala su presencia y nos contagia su pasión. Y si nos falta esa mesa nuestra fe se queda en recuerdo antiguo, pero no es experiencia. ¡No hay Pascua sin Eucaristía!

La Pascua nos empuja a ser testigos

El testigo no es protagonista: sencillamente estaba en el lugar y en el momento oportuno; o quizá alguien más importante le encargó que “tomase nota”. Lo importante es el hecho del que luego hablará y le situará siempre en segundo plano. Los discípulos dejaron que Dios “les hiciera ver a Jesús”. Sin ese testimonio no hubiera habido Iglesia ni experiencia pascual. Igualmente, para ser testigo no se necesita una vida ejemplar o una formación específica, ¡basta con una vida sencilla! Solo se requiere una cosa: pasión. O sea, haber interiorizado y hecho propia y necesaria, en el propio mundo vital y el particular lenguaje, la experiencia del Resucitado. Porque solo se es testigo cualificado de lo que primero ha pasado por el corazón y ha cambiado la vida. En este momento la gran crisis vocacional es, sencillamente, de testigos. ¡No hay Pascua si no hay testigos!

La Pascua nos urge a buscar otros bienes

“Los de allá arriba, donde Cristo está sentado con Dios” (Col 3,1). El eco de la Pascua nos urge a replantearnos nuestra escala de valores. ¿Qué es incompatible con la alegría del Evangelio? ¿Qué caras, qué actitudes, qué urgencias nos trae el Resucitado? Nos toca discernir de acuerdo a la escala de los valores del Reino. Cuando otros bienes, otros planteamientos más sórdidos o tristes son los que nos mueven, entonces lo de Jesús se ahoga, no resuena y se convierte en recuerdo vacío. ¡No hay Pascua si no hay siquiera un giro pequeño en nuestras prioridades!

La Pascua nos exhorta a vivir despiertos

El sueño es el símbolo de la muerte. Dormir es dejar pasar la vida, tolerar lo que daña, acostumbrarse a la rutina más plana. La mañana de aquel domingo nos trae el recuerdo de  una mujer que madruga, porque es su corazón y su memoria viva lo que la mantiene despierta, velando en la noche. No busca excusas para encerrarse quien vive con pasión, como María Magdalena. Hoy madruga quien tiene un sueño que cumplir, un proyecto que desarrollar por feo que parezca, una razón para ponerse en marcha, ¡alguien a quien amar! Son muchas las realidades del mundo en el que vivimos, nuestros trabajos o familias las que nos urgen al compromiso, a madrugar para apasionarnos y sentirnos responsables de esta tierra que pisamos y esta gente con la que compartimos la vida. ¡No hay Pascua si no hay una pasión que nos empuje a entregarnos!

La Pascua nos pone en movimiento: correr y salir para ver y creer

No nos cuesta imaginar esas carreras de Magdalena, Pedro y el discípulo amado, desde el lugar de su escondite al sepulcro abierto. O aquellas otras carreras, más complejas e internas quizá: desde lo que parece imposible (“no puede revivir un muerto”) hasta lo que se convierte en real (“Señor mío y Dios mío”). Corren y ven, pero necesitan tiempo. En la comunidad de san Juan muchos tenían dudas, pues no habían sido testigos en la mañana de Pascua. Solo el discípulo amado, el ideal de seguidor, comprende desde la fe lo que para Pedro y Magdalena no es tan evidente. La fe respeta los ritmos y procesos de lo humano, que son lentos y complejos. Al final, los tres acaban “entendiendo la Escritura: que Él había de resucitar” (Jn 20,9). Buscar, moverse, correr… Quizá nuestra tarea sea ir (y acompañar a otros) a los “sepulcros vacíos” donde hay huellas del Resucitado; esos que están en nuestra historia personal, en las esquinas de lo humano que transitamos a diario, en las noticias que leemos, en las historias que escuchamos o compartimos, en las lecturas (teológicas o espirituales) que hacemos. Se ve y se cree porque primero se busca y se corre. ¡No hay Pascua si no somos capaces de ponernos en caminos de búsqueda, encuentro y fe!

Fr. Javier Garzón Garzón

Lectio Divina – Jueves Santo

“Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis»

REFLEXIÓN

En este día de Jueves Santo, queremos destacar tres aspectos: La Cena, el Lavatorio de los pies y la salida al huerto de Getsemaní.

LA CENA. No podemos conocer bien lo que fue la Cena de Jesús si ignoramos lo que era la Cena Judía. Ésta estaba enmarcada en un preciso y detallado ritual donde se evocaba la historia del pueblo de Israel en un contexto familiar.

La Cena tenía una visión “retrospectiva de la historia” donde se recordaba y actualizaba, a través del Memorial, todos los años de esclavitud en Egipto, dando paso a la libertad. Pascua significa “paso” de Dios salvando, liberando a su pueblo. Son interesantes las palabras de la Mishná a este respecto: “En cada generación cada hombre debe considerarse como si hubiera salido personalmente de Egipto, pues está escrito: En este día hablarás así a tu hijo: esto se debe a lo que Yavé ha hecho por mí, al tiempo de mi salida de Egipto” (cfr Ex. 13,8).

Jesús celebró la Eucaristía en este contexto judío. Cuando toma un trozo de pan, lo rompe y dice: “Haced esto en memoria mía” (Lc. 22,19) no quiere decir simplemente que nos acordemos de lo que Él ha hecho por nosotros, sino que lo actualicemos, lo hagamos presente en cada celebración y lo vivamos.

Cada Eucaristía nos debe llevar a tener los mismos sentimientos de Cristo en aquella Cena memorable y debemos estar dispuestos a darnos, a entregarnos por los demás.

Por otra parte, la Cena Judía tenía una visión “prospectiva” y ponía la vista en el Mesías que iba a venir. Por eso se dejaba un sitio a Elías, su precursor. Esto daba a la Cena un carácter de agradecimiento por el pasado y de esperanza con relación al futuro.

Todo esto debe pasar a la Liturgia Cristiana. Hay que recordar y hacer presente el Misterio Pascual de Cristo en lo que tiene de Muerte y de Resurrección.

EL LAVATORIO DE LOS PIES. Sería muy lamentable que redujésemos este gesto de Jesús a un mero acto de humildad. Aquí Jesús cambia el MANTO, signo de poder, por la “TOALLA”, signo de servicio, propio de siervos y esclavos.

Cristo quiere convertir la “autoridad en servicio”. Y desea que este gesto continúe en sus     discípulos. “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís  bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn. 13,13-14). Cristo, lavando los pies, quiere limpiar toda suciedad acumulada en la historia de la Humanidad.

Una Iglesia que busca poder, dominio, fama, dinero, es una Iglesia  infiel  a este gran gesto de Jesús, algo esencial en su doctrina.

Una Iglesia “sucia” no puede limpiar; una Iglesia “manchada” no puede purificar. Sólo una Iglesia, bien arraigada en Cristo, puede presentar el rostro de la Iglesia soñada por Pablo: “sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada” (Ef. 5,27).

Por otra parte, en Jesús, Dios ha recobrado su verdadero rostro deformado por el hombre. Éste había proyectado en Él sus ambiciones, miedos, intereses y crueldades. Jesús muestra que Dios es Padre que se compromete con su obra, la creación, para llevarla a plenitud, y así rechaza y combate todo aquello que intenta destruirla.

Es impresionante pensar que Jesús en su pasión y muerte se convierte en verdadero “icono” del Padre, una especie de “parábola viviente” del amor que el Padre nos tiene. El Padre no puede aceptar la oración de Jesús: “Pase de mi este cáliz” porque, de una manera misteriosa pero real, ese cáliz es también el cáliz del Padre que quiere beberlo y compartirlo  con el Hijo. Ahora entendemos mejor las palabras de Jesús: “de tal manera amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn, 3,16).

SALIDA AL HUERTO DE GETSEMANÍ. Jesús no se queda en el Cenáculo sino que “sale” hacia el huerto del sufrimiento y de la soledad.

De hecho, no pocas veces seguir la misión que se nos  encomienda significa encontrar hostilidad, rechazo, persecución. Moisés siente de forma dramática la prueba que sufre mientras guía al pueblo en el desierto, y dice a Dios: «Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo, pues supera mis fuerzas. Si me vas a tratar así, hazme morir, por favor, si he hallado gracia a tus ojos» (Nm 11, 14-15). Tampoco para el profeta Elías es fácil realizar el servicio a Dios y a su pueblo. En el Primer Libro de los Reyes se narra: «Luego anduvo por el desierto una jornada de camino, hasta que, sentándose bajo una retama, imploró la muerte diciendo: “¡Ya es demasiado, Señor! ¡Toma mi vida, pues no soy mejor que mis padres!”» (19, 4).

Jesús, en esta noche, recoge la oración de los grandes orantes del pueblo y hace suyas sus quejas de sufrimiento y angustia. Más aún,  en ese miedo y angustia de Jesús se recapitula todo el horror del hombre ante la propia muerte, la certeza de su inexorabilidad y la percepción del peso del mal que roza nuestra vida.

La Eucaristía no termina en el Templo. Al final de cada Eucaristía se nos da una consigna: “ITE, MISA EST”. Según estas palabras latinas, no significa que la Misa ha terminado y podemos ir ya a nuestras ocupaciones. Misa, del latín “Mitto” significa “envío”. Del altar del Señor somos enviados al mundo, al mundo del sufrimiento, del dolor y de las angustias de nuestros hermanos los hombres y mujeres de este mundo.

Y salimos como “Luz” que tiene que iluminar tantas noches de zozobra, angustia y soledad.

Y salimos como “sal” que para dar gusto y sabor, debe perderse y desaparecer. Como desaparece la voluntad de Jesús al identificarse con la voluntad del Padre.

Una cosa queda clara: jamás debemos separar la Eucaristía de la Misión.

ORACIÓN POR LA PAZ.

«Señor Jesús, Príncipe de la Paz, mira a tus hijos que elevan su grito hacia ti: Ayúdanos a construir la paz. Consuela, oh Dios misericordioso, los corazones afligidos de tantos hijos tuyos, seca las lágrimas de los que están en la prueba, haz que la dulce caricia de tu Madre María caliente los rostros tristes de tantos niños que están lejos del abrazo de sus seres queridos. Tú que eres el Creador del mundo, salva a esta tierra de la destrucción de la muerte generalizada, haz que callen las armas y que resuene la dulce brisa de la paz. Señor Dios de la esperanza, ten piedad de esta humanidad sorda y ayúdala a encontrar el valor de perdonar». (Parolín, Secretario del Estado Vaticano)

Jn 20, 1-9 (Evangelio Domingo de Resurrección)

El amor vence a la muerte: la experiencia del discípulo verdadero

El texto de Juan 20,1-9, que todos los años se proclama en este día de la Pascua, nos propone acompañar a María Magdalena al sepulcro, que es todo un símbolo de la muerte y de su silencio humano; nos insinúa el asombro y la perplejidad de que el Señor no está en el sepulcro; no puede estar allí quien ha entregado la vida para siempre. En el sepulcro no hay vida, y Él se había presentado como la resurrección y la vida (Jn 11,25). María Magdalena descubre la resurrección, pero no la puede interpretar todavía. En Juan esto es caprichoso, por el simbolismo de ofrecer una primacía al *discípulo amado+ y a Pedro. Pero no olvidemos que ella recibirá en el mismo texto de Jn 20,11ss una misión extraordinaria, aunque pasando por un proceso de no “ver” ya a Jesús resucitado como el Jesús que había conocido, sino “reconociéndolo” de otra manera más íntima y personal. Pero esta mujer, desde luego, es testigo de la resurrección.

La figura simbólica y fascinante del *discípulo amado+, es verdaderamente clave en la teología del cuarto evangelio. Éste corre con Pedro, corre incluso más que éste, tras recibir la noticia de la resurrección. Es, ante todo, «discípulo», y por eso es conveniente no identificarlo, sin más, con un personaje histórico concreto, como suele hacerse; él espera hasta que el desconcierto de Pedro pasa y, desde la intimidad que ha conseguido con el Señor por medio de la fe, nos hace comprender que la resurrección es como el infinito; que las vendas que ceñían a Jesús ya no lo pueden atar a este mundo, a esta historia. Que su presencia entre nosotros debe ser de otra manera absolutamente distinta y renovada.

La fe en la resurrección, es verdad, nos propone una calidad de vida, que nada tiene que ver con la búsqueda que se hace entre nosotros con propuestas de tipo social y económico. Se trata de una calidad teológicamente íntima que nos lleva más allá de toda miseria y de toda muerte absurda. La muerte no debería ser absurda, pero si lo es para alguien, entonces se nos propone, desde la fe más profunda, que Dios nos ha destinado a vivir con El. Rechazar esta dinámica de resurrección sería como negarse a vivir para siempre. No solamente sería rechazar el misterio del Dios que nos dio la vida, sino del Dios que ha de mejorar su creación en una vida nueva para cada uno de nosotros.

Por eso, creer en la resurrección, es creer en el Dios de la vida. Y no solamente eso, es creer también en nosotros mismos y en la verdadera posibilidad que tenemos de ser algo en Dios. Porque aquí, no hemos sido todavía nada, mejor, casi nada, para lo que nos espera más allá de este mundo. No es posible engañarse: aquí nadie puede realizarse plenamente en ninguna dimensión de la nuestra propia existencia. Más allá está la vida verdadera; la resurrección de Jesús es la primicia de que en la muerte se nace ya para siempre. No es una fantasía de nostalgias irrealizadas. El deseo ardiente del corazón de vivir y vivir siempre tiene en la resurrección de Jesús la respuesta adecuada por parte de Dios. La muerte ha sido vencida, está consumada, ha sido transformada en vida por medio del Dios que Jesús defendió hasta la muerte.

Fr. Miguel de Burgos Núñez

Comentario – Jueves Santo

Jn 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre…
La cena de esta tarde… la jornada de muerte mañana… y la madrugada de Pascua… son las fases de un mismo misterio: es la «fiesta de la Pascua», ¡es la «hora» de Jesús!

Y en su conciencia, todo se resume en esta realidad: «El pasa de este mundo al Padre»… un paso doloroso y feliz a la vez.

Señor, cuando sea mi hora… haz que me acuerde de esto.

Jesús, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, al fin extremadamente los amó…

La única explicación de la cruz está aquí. Es el amor. Un amor que va hasta el fin.

Yo tengo siempre necesidad de ser amado así… más allá de mis faltas, más allá de mis «desamores»…

Comenzada la cena, Jesús, sabiendo que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y que había salido de Dios y a Él se volvía, se levantó de la mesa, se quitó los vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en la jofaina, y comenzó a lavar los pies de sus discípulos…

Contraste total entre el comienzo de la frase y el final: la majestad divina, los gestos humillantes del servidor.
El «Señor» se hace «servidor».

El evangelista san Juan no dice una palabra de la institución de la eucaristía en el relato que nos da de la última velada de Jesús. Pero, en su lugar, cita este gesto de «servidor». No es por azar. Este gesto solemne de Jesús da igualmente la significación profunda de la eucaristía y de la cruz:

— «he aquí mi cuerpo entregado por vosotros.»

— «Yo me pongo a vuestro servicio.»

«Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo.»

El incidente de Pedro tratando de rehusar este servicio pone en evidencia esta significación No, no se trata solamente de dejarse «lavar» por Jesús; lo que está en juego es: dejarse «salvar»: si tú no quieres, no tendrás parte conmigo… tú no puedes salvarte solo, debes aceptar la salvación que te ofrezco por mi sacrificio de la cruz.

En cada misa se reproduce este mismo misterio de salvación.

Vosotros me llamáis «Maestro y Señor» y decís bien, porque lo soy de verdad. Si pues Yo, siendo vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, también habéis de lavaros vosotros los pies, unos a otros. Porque Yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como Yo he hecho.

He aquí lo que debería ser la actitud de los comensales a la cena del Señor. La eucaristía debería construir una comunidad de amor donde cada uno se pusiera al servicio de los demás. La Cena Eucarística es una exigencia de amor-servicial.

¡Cuan lejos estamos, Señor!

Las divisiones de los cristianos son un verdadero escándalo: lo contrario de lo que Jesús ha querido.
El egoísmo de los cristianos es un verdadero escándalo: lo contrario de ese servicio recíproco, humilde, concreto, que Jesús nos ha hecho al «salvarnos».

El sentido más profundo de la eucaristía es el de reunir a los hombres animados de este espíritu: Servir.

Noel Quesson
Evangelios 1

Col 3, 1-4 (2ª lectura Domingo de Resurrección)

Nuestra vida está en la vida de Cristo

Colosenses 3,1-4, es un texto bautismal sin duda. Quiere decir que ha nacido en o para la liturgia bautismal, que tenía su momento cenital en la noche pascual, cuando los primeros catecúmenos recibían su bautismo en nombre de Cristo, aunque todavía no estuviera muy desarrollada esta liturgia.

El texto saca las consecuencias que para los cristianos tiene el creer y aceptar el misterio pascual: pasar de la muerte a la vida; del mundo de abajo al mundo de arriba. Por el bautismo, pues, nos incorporamos a la vida de Cristo y estamos en la estela de su futuro.

Pero no es futuro solamente. El bautismo nos ha introducido ya en la resurrección. Se usa un verbo compuesto de gran expresividad en las teología paulina «syn-ergeirô»= «resucitar con». Es decir, la resurrección de Jesús está operante ya en los cristianos y como tal deben de vivir, lo que se confirma con los versos siguientes de 3,5ss. Es muy importante subrayar que los acontecimientos escatológicos de nuestra fe, el principal la resurrección como vida nueva, debe adelantarse en nuestra vida histórica. Debemos vivir como resucitados en medio de las miserias de este mundo.

El autor de Colosenses, consideramos que un discípulo muy cercano a Pablo, aunque no es determinante este asunto, ha escogido un texto bautismal que en cierta manera expresa la mística del bautismo cristiano que encontramos en Rom 6,4-8. En nuestro texto de Colosenses se pone más explícitamente de manifiesto que en Romanos, que por el bautismo se adelanta la fuerza de la resurrección a la vida cristiana y no es algo solamente para el final de los tiempos.

Esto es muy importante resaltarlo en la lectura que hagamos, ya que creer en la resurrección no supone una actitud estética que contemplamos pasivamente. Si bien es verdad que ello no nos excusa de amar y transformar la historia, debemos saber que nuestro futuro no está en consumirnos en la debilidad de lo histórico y de lo que nos ata a este mundo. Nuestra esperanza apunta más alto, hacia la vida de Dios, que es el único que puede hacernos eternos.

Fr. Miguel de Burgos Núñez

Hch 10, 34. 37-42 (1ª lectura Domingo de Resurrección)

La historia de Jesús se resuelve en la resurrección

La 1ª Lectura de este día corresponde al discurso de Pedro ante la familia de Cornelio (Hch 10,34.37-42), una familia pagana («temerosos de Dios», simpatizantes del judaísmo, pero no «prosélitos», porque no llegaban a aceptar la circuncisión) que, con su conversión, viene a ser el primer eslabón de una apertura decisiva en el proyecto universal de salvación de todos los hombres. Este relato es conocido en el libro de los Hechos como el «Pentecostés pagano», a diferencia de lo que se relata en Hch 2, que está centrado en los judíos de todo el mundo de entonces.

Pedro ha debido pasar por una experiencia traumática en Joppe para comer algo impuro que se le muestra en una visión (Hch 10,1-33) tal como lo ha entendido Lucas. Veamos que la iniciativa en todo este relato es «divina», del Espíritu, que es el que conduce verdaderamente a la comunidad de Jesús resucitado.

El apóstol Pedro vive todavía de su judaísmo, de su mundo, de su ortodoxia, y debe ir a una casa de paganos con objeto de anunciar la salvación de Dios. En realidad es el Espíritu el que lo lleva, el que se adelanta a Pedro y a sus decisiones; se trata del Espíritu del Resucitado que va más allá de toda ortodoxia religiosa. Con este relato, pues, se quiere poner de manifiesto la necesidad que tienen los discípulos judeo-cristianos palestinos de romper con tradiciones que les ataban al judaísmo, de tal manera que no podían asumir la libertad nueva de su fe, como sucedió con los *helenistas+. Lo que se había anunciado en Pentecostés (Hch 2) se debía poner en práctica.

Con este discurso se pretende exponer ante esta familia pagana, simpatizante de la religiosidad judía, la novedad del camino que los cristianos han emprendido después de la resurrección.

El texto de la lectura es, primeramente, una recapitulación de la vida de Jesús y de la primitiva comunidad con Él, a través de lo que se expone en el Evangelio y en los Hechos. La predicación en Galilea y en Jerusalén, la muerte y la resurrección, así como las experiencias pascuales en las que los discípulos *conviven+ con él, en referencia explícita a las eucaristías de la primitiva comunidad. Porque es en la experiencia de la Eucaristía donde los discípulos han podido experimentar la fuerza de la Resurrección del Crucificado.

Es un discurso de tipo kerygmático, que tiene su eje en el anuncio pascual: muerte y resurrección del Señor.

Ha resucitado

La celebración de esta noche es peculiar. Culminamos el Triduo Pascual, como el final de una gran obra que acaba de forma apoteósica, desvelando el sentido de todo lo sucedido hasta llegar aquí. ¡Todo se entiende desde este último acto! El lenguaje de la noche y su silencio se unen al simbolismo del fuego purificador -que rompe la oscuridad- y al agua bautismal, recuerdo de la liberación y signo de la vida a la que Cristo nos llama. Se nos proclama la síntesis de la Revelación de Dios, en un largo proceso de alianza con la humanidad, que adquiere sentido en la Resurrección de su Hijo, donde la Iglesia vuelve a ser nuevamente engendrada.  “¡Qué noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino”!

Esta Historia es nuestra historia

Recordamos a lo largo de las lecturas de esta Vigilia los momentos fundamentales de la Revelación, y reconocemos en ella la pedagogía de un Dios, compañero de camino, que se deja conocer comprendiendo los ritmos propios de lo humano. Volvemos al momento primero de la creación y asumimos que somos fruto de un regalo que estamos comprometidos a valorar y cuidar.  Renovamos con Abraham la fe primera en un Dios que da más de lo que pide. El paso del mar Rojo nos acerca a aquella primera Pascua del antiguo Israel, anuncio de la liberación que llega a su plenitud en Cristo Resucitado. Con los profetas recorremos búsquedas y olvidos de un pueblo que, sintiéndose siempre amado, intenta permanecer fiel al Dios que ofrece misericordia, agua de vida, una tierra y un espíritu nuevos…

En la Historia de Israel encontramos nuestras propias huellas. Porque su experiencia es reflejo de la nuestra en el presente. Con esos mismos matices podemos dibujar nuestra fe en camino, que cae y se levanta, que agradece y responde en fidelidad, que se siente fortalecida en la debilidad, que anhela, que camina junto a otros… y que se siente sostenida por un Dios que se nos deja ver en el camino y que quiere ser nuestro amigo.

Dios tiene la última palabra

Escuchamos muchas palabras en esta liturgia especial. La última se pronuncia en el silencio de una tumba mientras todos, desconcertados, duermen. El Dios que fue creando un proceso de diálogo y encuentro en su Revelación, afirma junto al sepulcro su definitiva expresión de fidelidad a Cristo, y por él a nuestra Historia, a todo el ser humano. Si en la noche de Belén “la Palabra se hizo carne” (Jn 1,14), en la oscuridad que oculta el cuerpo del Crucificado Dios pronuncia una palabra de Vida que vence a la muerte, al mal, al pecado, y que se convierte en el pregón de una existencia mejor.

Porque Dios tiene, también para todas nuestras noches, – las noches de esta humanidad- una última palabra. No la tienen, aunque lo parezca, las amenazas nucleares o las bombas que destruyen; ni la enfermedad o la injusticia social. Tampoco el mal del que ninguno de nosotros escapamos… Más fuerte que todo eso sigue resonando, en el presente y como promesa de futuro, la voz de Dios que en Jesús vence al mal y que –como en el primer momento- sigue poniendo en marcha una nueva creación que es su Reino.

Muertos con Cristo, viviremos con Él

Es otro aspecto a considerar en esta Vigilia. La Resurrección de Cristo nos introduce en la dinámica bautismal que es promesa de vida. No tendría sentido confesar que Jesús vive si nosotros no estuviésemos implicados de alguna manera en ese mismo proceso. Pablo hace referencia  a una existencia “frustrada”, que no alcanza su plenitud  y que él nombra como “pecado”. ¡Sabemos por experiencia, personal y colectiva, de qué se trata! Fácilmente somos –y hacemos a otros- víctimas de una fuerza “de lo siniestro”, aun sin saber definirlo del todo. Somos conscientes de sus repercusiones y de nuestra implicación. Orientarnos desde ahí es doloroso; esforzarnos en cambiar parece muchas veces misión imposible. Pero en la muerte de Jesús se nos ofrece la posibilidad de despertar con Él a una promesa de futuro mejor. No por nuestros méritos, sino por su gracia. ”Viviremos con Él” es más que una posibilidad de superar el mal que nos aflige ahora; es estar orientados, desde su muerte y nuestro bautismo, hacia una vida plena en calidad y en tiempo. ¡Somos llamados por la Pascua a vivir lo eterno!

Recordaron, volvieron, anunciaron

Fueron las mujeres las que madrugaron para romper la noche… Se acercaron al sepulcro a dignificar la muerte, con sus perfumes en la mano y su fidelidad en el corazón. Pero fueron regaladas con una experiencia de vida que no entraba en sus planes. No fue la piedra movida ni el sepulcro vacío los que delataron el paso de Jesús. Fue el recuerdo de las palabras del Maestro pronunciadas por unos mensajeros anónimos las que resonaron más en su memoria que en la tumba abierta: “El Hijo del hombre tiene que ser entregado, ser crucificado y resucitar al tercer día”. La clave de comprensión de la experiencia pascual la dio el mismo Cristo, según Lucas. ¡La Resurrección se comprende desde dentro, recordando lo vivido con Jesús! ¡No es una imposición ajena que obligue a creer, sino un recuerdo con fuerza para comprender y encontrar sentido al camino realizado!

Los tres verbos que movilizan con urgencia a las mujeres son imperativos para esta noche de Pascua, movimiento para acoger la experiencia del Resucitado. Es urgente recordar, recorrer en la memoria de la fe nuestras experiencias de salvación: las de Israel, la vida compartida con Jesús, nuestra particular historia de salvación… El memorial se convierte en categoría teológica que hace auténtica la Resurrección.

Y luego las mujeres “volvieron del sepulcro”: dejaron el lugar de los muertos, la queja y las lágrimas oscuras, para regresar a los caminos donde antes lo habían reconocido y amado. Fueron al espacio de la comunidad, en la que aún resonaba la llamada del Maestro a cada uno, a cada una. Es urgente volver, hacer memoria para reconocer las huellas de la Pascua. Salir de los espacios de desesperanza y amargura. ¡Volver a los caminos recorridos con Jesús!

Finalmente “anunciaron todo esto a los Once y a los demás”. ¿No nos falta esto a los cristianos de este tiempo? Solo cuando los tres verbos se conjugan juntos –no por separado- el Resucitado se hace presente en medio de la comunidad y de este mundo. En el anuncio se resuelven dudas y se superan miedos, se ponen palabras y se contagia lo que apenas empieza a creerse en el corazón… Recordar, volver y anunciar nos sigue despertando en esta Noche Santa a sentir al Resucitado junto a nosotros y a contagiar su vida. ¡Feliz noche pascual que enciende un nuevo amanecer para nuestra humanidad!

Fr. Javier Garzón Garzón

Lc 24, 1-12 (Evangelio Vigilia Pascual)

Marco: Relato del sepulcro vacío. Está estructurado como los relatos de anunciaciones: presencia de enviados de lo alto; reacción de los receptores sobrecogidos de temor y de espanto ante lo divino; tranquilización por parte del enviado de lo alto; el mensaje que viene a transmitir (que es la parte central); signo que se ofrece a los receptores del mensaje; ejecución del mensaje.

Reflexiones

1) ¡El sepulcro está vacío!

Vieron que la piedra estaba corrida… Los cuatro relatos coinciden en que encontraron el sepulcro vacío. Es un dato firme de la tradición evangélica. Cada evangelista redactó este acontecimiento de modo diferente. Mateo lo acompaña con la presencia de signos apocalípticos: terremotos, etc. La comprobación de que el sepulcro estaba vacío es creíble y fiable. En Jerusalén se decía que en aquel sepulcro había estado el Señor: Sin embargo, esta comprobación no basta para la fe en la Resurrección de Jesús. Sobre este acontecimiento descansa la fe de la Iglesia y el destino de la humanidad. Por lo tanto, es necesaria la máxima seguridad y certeza. Pero es un signo que acompaña a la fe y proporciona la posibilidad de explicar el acontecimiento como algo que atañe a Jesús en su totalidad. El relato del sepulcro vatio expresa la realidad de la Resurrección, pero no es la fuente primera de la fe en el acontecimiento. Es una condición que acompaña a la certeza de la vuelta a la vida acaecida en Jesús. Contribuye a entrar en el realismo de la Resurrección. Es necesario otro recurso para que el sepulcro vacío adquiera todo su sentido: la experiencia personal y comunitaria del Cristo vivo y la revelación de lo alto que les permite identificar al Resucitado con el Crucificado.

2) ¡Temor humano ante la presencia de lo divino!

En la Escritura el testimonio de dos o tres es válido. Mientras Marcos recuerda que se trata de un joven y Mateo habla de un ángel, Lucas habla de dos hombres. Lucas quiere indicar a sus lectores la firmeza y la importancia de lo que va a anunciarles puesto que hace concurrir a dos testigos válidos. Las mujeres que acuden al sepulcro quedan desconcertadas al encontrarlo abierto y vacío y el temor y el espanto les alcanza. Es la reacción normal ante la presencia de lo divino. Así podemos comprobarlo por todos los relatos de anunciación de algún acontecimiento extraordinario en la historia de la salvación: anuncio del nacimiento de Sansón; anuncio de la misión de Gedeón; etc. Esto invita al lector a superar los signos externos. Muestra que está ocurriendo algo de singular importancia. Este dato prepara la proclamación del mensaje central hacia el que convergen todos los detalles narrativos. Este relato es una dramatización* cristológica de singular importancia. La atención debe centrarse en el contenido y en la explicación de por qué el sepulcro estaba vacío.

3) ¡Ha resucitado!

Él les dijo: No os asustéis: ¿Buscáis a Jesús el nazareno, el crucificado? Los cuatro evangelistas coinciden en afirmar que la explicación de que el sepulcro estaba vacío se cimentaba en el acontecimiento sorprendente de la Resurrección. Lucas añade la expresión interrogativa ¿por qué buscáis entre los muertos al viviente? Quiere hacer comprensible a sus lectores, de habla y cultura griegas, el contenido esencial del mensaje. Para un hebreo la resurrección lo es todo para que alguien pueda expresarse, vivir y comunicarse. Jesús entregó en la cruz todo su ser humano para la salvación del mundo. Y todo su ser humano vuelve a la vida en su totalidad. La Resurrección de Cristo no se limita a una reanimación de un cadáver (aunque la incluye), como por ejemplo la resurrección del hijo de la viuda de Naím, o de Lázaro, o la hija de Jairo. La Resurrección de Jesús es mucho más. Es la vuelta a la vida para siempre, en un estado totalmente nuevo, trascendente. Lo que llamamos una resurrección escatológica. Incluye la vuelta a la vida del ser total de Jesús en cuanto hombre según la antropología hebrea que contempla al hombre de una manera monista, es decir, no cuenta con las categorías griegas del hombre compuesto de alma y cuerpo. El hombre es carne (ser humano perecedero, capaz de comunicación y de identificación); el hombre es alma (ser vivo), es decir; el hombre es entendido de manera monista no dualista. Y el acontecimiento de la resurrección ocurre al tercer día. Con esta expresión se quiere indicar, más allá de la cronología, que se trata de una Resurrección del final de los tiempos, trascendente y para toda la humanidad.

4) ¡Va por delante a Galilea!

El signo que los enviados de lo alto ofrecen a las mujeres es la referencia a un anuncio hecho por Jesús cuando aún estaban en Galilea. Marcos y Mateo indican que el signo es el sepulcro vacío, el lugar donde le habían puesto. Lucas nos recuerda que después del tercer anuncio de la pasión y resurrección los discípulos no entendieron nada, no captaron lo que quería decirles, no alcanzaban a comprender el sentido de lo que Jesús les decía. Es la última parte del relato de anuncio: la ejecución. Así lo hicieron las mujeres acudiendo a donde estaban los Once y los demás para anunciarles el mensaje que habían recibido de lo alto. Y estos no las creyeron. El acontecimiento desborda todas las previsiones y planes de los Apóstoles. La actuación de Dios en el momento central de la salvación ha sido de singular importancia. La Resurrección es la nueva creación que enlaza con el proyecto original de Dios. Se trata de algo de singular importancia para la humanidad. No era fácil entrar en el misterio, en la maravilla de las maravillas del poder de Dios. Hoy como ayer; este mensaje sigue teniendo toda su validez. Es la respuesta definitiva al gran enigma que pesa sobre la humanidad: ¿qué sentido tiene la muerte? ¿Qué le espera al hombre después de la muerte? Jesús había contestado en su enseñanza a la pregunta que le plantearon la última semana de su ministerio; había avanzado unas primicias en las resurrecciones que había realizado. Pero ahora da la respuesta definitiva: después de la muerte espera a la humanidad una vida sin fin, feliz, para siempre y para todos.

Fr. Gerardo Sánchez Mielgo

Rom 6, 3-11 (Lectura del Nuevo Testamento Vigilia Pascual)

Marco: El contexto es la sección dedicada por Pablo a la salvación y la vida. Hoy somos invitados a contemplar cómo en Cristo, y sólo en él, se encuentra la verdadera vida.

Reflexiones

¡La paradoja de muerte y de vida en Cristo y en sus discípulos!

Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, luimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte. Detrás de esta imagen, y sustentando su significación, está el sentido de la personalidad corporativa»». Según esta comprensión, muy propia de la cultura antigua que participan también los hebreos, una persona individual asume la responsabilidad que corresponde a todos. Y aún más en el fondo está la realidad abordada en el capítulo 5 sobre el viejo y el nuevo Adán. Todos los hombres participan, a través de la generación natural, del destino del primer Adán que conduce inexorablemente a la muerte, El sentido de solidaridad que existe en la conciencia de los que forman un mismo clan y una misma familia era más fuerte y profundo que en nuestra mentalidad. Esta realidad proporciona a Pablo una de sus más atrevidas afirmaciones: en Cristo somos un solo cuerpo y para ello es necesario entrar por el camino de su muerte que abre esperanzas de nueva y real vida para los hombres. Igualmente Pablo, evoca y acude al modo de practicar el bautismo en los primeros siglos de las Iglesia, es decir; mediante la inmersión en la fuente (piscina) bautismal. En este gesto sacramental todos los signos adquieren especial importancia y significación: comunión real-sacramental en la muerte y resurrección de Jesús con el don del Espíritu regenerador. ¡Esta noche renovamos solemnemente el Bautismo!

Esta llamada a una leal y comprometida solidaridad alcanza también a los discípulos de Jesús en este mundo que nos ha cabido en suerte vivir. O mejor; ha querido la providencia que nos viéramos inmersos en este mundo. Para un creyente, hay un plan previsto por Dios. Hoy, quizá más que en otros tiempos, urge un testimonio vivo y coherente de solidaridad que sepa enraizarse en la que Cristo nos ofrece mediante el bautismo y que debe manifestarse en hechos concretos entre los hombres. Sólo así se hará cada día más creíble el Evangelio de Jesús. Todo esto estaría en sintonía con los anhelos de tantos hombres y mujeres que entregan su vida para conseguir una mayor comunión, igualdad y dignidad entre todos los hombres. Uno de los términos más adecuados para traducir hoy lo que es la Buena Noticia acaso sea la solidaridad real, consciente, responsable y comprometida con Cristo por un lado y con los hombres por otro. Los creyentes encontrarnos en Jesús la razón más convincente y más exigente a la vez que más consoladora.

Fr. Gerardo Sánchez Mielgo

Comentario al evangelio – Jueves Santo

El lavatorio de los pies es un acto que expresa lo que es la vida de Jesús, que ha venido  a servir y no a ser servido. Dice JA Pagola: “El gesto de Jesús es insólito y sorprendente. El que presidía la mesa nunca se levantaba a servir a los demás comensales y menos para lavarles los pies, que era una tarea de siervos esclavos. Jesús lo hace. Quiere dejar bien grabado en sus discípulos su estilo de amar. Un amor humilde y servicial que no repara en la propia dignidad, sino que sabe ponerse a los pies del otro para aliviar su cansancio, limpiar su suciedad y acogerlo en su propia mesa. Escuchemos bien las palabras de Jesús: “también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros”.

Este gesto nos recuerda que también nosotros debemos ponernos al servicio de todos. Pero tengamos presente que el lavatorio (el servicio) es un gesto que nos dignifica, nos cura de las heridas y nos recuerda cuál debe ser nuestro servicio hacia los demás. Servir es reinar, es decir da categoría a la persona, la hace respetable ante los demás, la exalta ante los demás y su memoria dura por siempre. Por eso al final de nuestra vida seremos reconocidos y premiados por el servicio que hayamos dado a los demás.

Las lecturas del Jueves Santo se pueden resumir en estos dos verbos: “comprender y hacer”: el Pueblo de Israel debe comprender el significado de la salida de Egipto expresado en el rito de la comida pascual para obrar en consecuencia; la comunidad de Corinto debe comprender “el memorial” de la Cena del Señor para no caer en contradicción entre su fe y su conducta; los discípulos deben comprender el significado del lavatorio para hacer entre ellos lo mismo que hizo Jesús con ellos.

Jesús hizo una sola petición: “Si yo el Señor y el Maestro os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 13). Desde ese momento la Mesa del Altar se convierte en hospital, en cárcel, en cama maloliente, en pobre con llagas, en enfermo contagioso… y nosotros sus servidores. La Eucaristía siempre será “el memorial” de la vida del Señor, de sus palabras y sus gestos; y el compromiso permanente de servicio a los demás; vivimos para servir y una vida gastada en servir a los demás es una vida que merece la pena. El Señor ya nos dijo: “en esto conocerán que sois discípulos míos, si os amáis los unos a los otros”.

El amor es la voluntad de sacrificarse a sí mismo por los demás como lo hizo Cristo, sin cálculos ni medida. El amor verdadero siempre es gratuito y siempre está disponible: se da prontamente y totalmente. El amor es la fuerza que renueva el mundo y lo transforma. Y al contrario, una vida sin amor es frustración y  muerte.

José Luis Latorre, cmf