Lectio Divina – Miércoles de la Octava de Pascua

“Encuentro con los discípulos de Emaús”

1.-Oración introductoria. 

Señor, en esta oración quiero que me enseñes a constatar la diferencia de una comunidad que todavía no se ha encontrado con el Resucitado y la comunidad que ha tenido la suerte de encontrase contigo. Te pido que este encuentro tuyo con los discípulos de Emaús sea modelo de mi experiencia personal contigo hoy. Y de todas las experiencias de vida comunitaria a lo largo de los siglos.

2.- Lectura reposada del evangelio.

Del santo Evangelio según san Lucas 24, 13-35

Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. Él les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?» Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?» Él les dijo: «¿Qué cosas?» Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron». Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado». Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-Reflexión

         San Lucas, en una espléndida catequesis, nos hace ver la situación de una comunidad que no se ha encontrado vitalmente con Jesucristo y otra que ha experimentado la fuerza y el poder del Señor Resucitado. Y nos habla de cuatro presencias del Resucitado.

1.– En el diálogo. Aquellos discípulos iban caminando y, como dice el texto original, “iban buscando juntos”.  Si de corazón buscamos la verdad y no “mi verdad”; si acepto que la Verdad Absoluta sólo la tiene Dios y nosotros estamos sembrados de verdades fragmentarias; si estamos dispuestos a aceptar la verdad del otro hasta el punto de decir: Perdón, yo estaba equivocado; si acepto democráticamente la opinión de la mayoría, en ese diálogo sincero está presente el Señor.

2.– En la Palabra de Dios. Una palabra que está en la Biblia y a través de la oración pedimos que el Espíritu Santo nos ayude a profundizar en ella y abrirnos a su profundo significado. Si nos dejamos interpelar por ella, sentiremos, como los discípulos de Emaús, que “nuestro corazón arde por dentro”.  Y en ese fuego interior descubriremos que está presente el Señor.

 3.– En la “fracción del pan”. Si acudimos a la Eucaristía, no a recitar de rutina credos ya sabidos, sino a hacer presente el gesto de Jesús de “partir el pan” y nos comprometemos a darnos, a entregarnos, a vivir desviviéndonos por nuestros hermanos, especialmente por los más débiles y necesitados, podemos estar seguros que está presente el Señor.

4.– En la Comunidad. Con la muerte de Cristo viene la dispersión del grupo y los discípulos de Emaús van huyendo del grupo de Jerusalén porque allí sólo se habla de muerte y de fracasos. Si somos capaces de desandar el camino de desesperación y decepción, por una experiencia de encuentro gozoso con el Señor, es claro que en esa comunidad alegre, hermanada, con ganas de salir a contar lo que hemos vivido, está presente el Señor. 

Palabra del Papa.

“El encuentro con Dios en la oración, mediante la lectura de la Biblia y en la vida fraterna les ayudará a conocer mejor al Señor y a ustedes mismos. Como les sucedió a los discípulos de Emaús, la voz de Jesús hará arder su corazón y les abrirá los ojos para reconocer su presencia en la historia personal de cada uno de ustedes, descubriendo así el proyecto de amor que tiene para sus vidas. Algunos de ustedes sienten o sentirán la llamada del Señor al matrimonio, a formar una familia. Hoy muchos piensan que esta vocación está «pasada de moda», pero no es verdad. Precisamente por eso, toda la Comunidad eclesial está viviendo un período especial de reflexión sobre la vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo. Además, les invito a considerar la llamada a la vida consagrada y al sacerdocio. Qué maravilla ver jóvenes que abrazan la vocación de entregarse plenamente a Cristo y al servicio de su Iglesia. Háganse la pregunta con corazón limpio y no tengan miedo a lo que Dios les pida. A partir de su «sí» a la llamada del Señor se convertirán en nuevas semillas de esperanza en la Iglesia y en la sociedad. No lo olviden: La voluntad de Dios es nuestra felicidad (S.S. Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud 2015).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto. (Guardo silencio)

5.- Propósito: Que en este día se note que estamos en Pascua: procuraré sonreír y poner buena cara

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, te doy gracias por este tiempo de oración contigo. Te diré que eres fantástico. Me encanta esa manera tan humana de presentarte a unos amigos a quienes tanto desconcertó tu muerte. Te presentaste de una manera arrolladora con tu cuerpo resucitado: con capacidad de diálogo, de sorpresa, de novedad. Fuiste capaz de llenar de entusiasmo y ardor unos corazones fríos y desesperanzados. ¡Qué grande eres, Señor!

ORACIÓN POR LA PAZ.

«Señor Jesús, Príncipe de la Paz, mira a tus hijos que elevan su grito hacia ti: Ayúdanos a construir la paz. Consuela, oh Dios misericordioso, los corazones afligidos de tantos hijos tuyos, seca las lágrimas de los que están en la prueba, haz que la dulce caricia de tu Madre María caliente los rostros tristes de tantos niños que están lejos del abrazo de sus seres queridos. Tú que eres el Creador del mundo, salva a esta tierra de la destrucción de la muerte generalizada, haz que callen las armas y que resuene la dulce brisa de la paz. Señor Dios de la esperanza, ten piedad de esta humanidad sorda y ayúdala a encontrar el valor de perdonar» (Parolín, Secretario del Estado Vaticano).

Comentario – Miércoles de la Octava de Pascua

Lc 24, 13-35

Dos discípulos iban a Emaús… y hablaban entre sí…

El viernes último murió su amigo. Todo ha terminado. Vuelven a su casa. Ya no esperan nada. «Nosotros esperábamos…» Estas palabras están llenas de una esperanza perdida. Me imagino su decepción. Camino con ellos. Les escucho. En toda vida humana esto sucede algún día: una gran esperanza perdida, una muerte cruel, un fracaso humillante,

una preocupación, una cuestión insoluble, un pecado que hace sufrir. Humanamente, no hay salida.

Jesús se les acercó e iba con ellos… pero sus ojos estaban ciegos, no podían reconocerle… «¿De qué estáis hablando? Parecéis tristes.»

Por su camino has venido a encontrarles; e inmediatamente te interesas por sus preocupaciones. Tú conoces nuestras penas y nuestras decepciones. Me alivia pensar que no ignoras nada de lo que soporto en el fondo de mí mismo. Me dejo mirar e interrogar por ti.

Lo de Jesús Nazareno… Como le entregaron nuestros magistrados para que fuese condenado a muerte y crucificado…»

Jesús deja que se expresen detenidamente, sobre sus preocupaciones.

No se da a conocer enseguida: deja que hablen, que se desahoguen.

Bien es verdad que ciertas mujeres de entre nosotros nos han sobresaltado:
Habiendo ido ellas de madrugada al sepulcro, no encontraron su cuerpo.

Ellos tampoco están muy dispuestos a creer.

Todos los relatos del evangelio son unánimes sobre este punto; dudan, no esperan la resurrección, están desconcertados… El relato de San Lucas ha sido elaborado totalmente para hacernos comprender «como se puede reconocer a Jesús»… como se avanza lentamente de la «duda», de la «desesperación» a la fe.

¡Hombres tardos de corazón para creer todo lo que vaticinaron los profetas! Y comenzando por Moisés y por todos los profetas les fue declarando cuanto a Él se refería en todas las Escrituras.

He aquí el primer método para «reconocer» a Jesús: tomar contacto, profundamente, cordialmente, con las Escrituras con la Palabra de Dios.

El Antiguo Testamento esclarece el Nuevo. La Biblia introduce al evangelio. El proyecto de Dios prosigue sin ruptura. Lo que se realiza en Jesucristo es lo que Dios preveía desde toda la eternidad, es lo que El había ya comenzado en la Historia del pueblo de Israel. ¡Cómo hubiéramos querido estar allí para escuchar los comentarios de Isaías hechos por el mismo Jesús! Hacer «oración». Procurar por encima de todo tener unos momentos de corazón a corazón. Leer y releer la Escritura.

Puesto con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Se les abrieron los ojos y le reconocieron.

Esta es la segunda experiencia para «reconocer a Jesús»: la eucaristía, la fracción del pan. La eucaristía es el sacramento, el signo eficaz de la presencia de Cristo resucitado. Es el gran misterio de la Fe: un signo muy pobre, un signo muy modesto.

Comulgar con el «Cuerpo de Cristo». Valorar la eucaristía por encima de todo. Arrodillarse alguna vez ante un sagrario.

En el mismo instante se levantaron, y volvieron a Jerusalén.

Siempre la «misión». Nadie puede quedarse quieto en su sitio contemplando a Cristo resucitado: Hay que ponerse en camino y marchar hacia los hermanos.

Noel Quesson
Evangelios 1

¿Qué me quiere decir hoy Jesús?

Apariciones a los discípulos – Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: – Paz a vosotros. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: – Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: – Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos. Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: – Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: – Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo. A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: – Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: – Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Contestó Tomás: – ¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: – ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto. Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de sus discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.

Explicación

Tomás era uno de los seguidores de Jesús a quien le costó más creer que había resucitado su amigo y Señor. Este evangelio que hoy leemos nos anima a creer , acoger y aceptar la buena noticia que recibimos de Jesús : el mal será vencido. El mal, en todas sus modalidades -violencia, traición, odio, egoísmo, mentira, muerte, etc.- fue vencido por Jesús, y quienes creen en él se deciden a batallar contra toda forma de mal con que se encuentren. Para comenzar hay que hacer como Tomás cuando estuvo de cara a Jesús y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío!

Evangelio dialogado

Te ofrecemos una versión del Evangelio del domingo en forma de diálogo, que puede utilizarse para una lectura dramatizada.

Segundo Domingo de Pascua –C- (Jn 20,19-31)

Narrador: Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús.

Jesús: Paz a vosotros

Discípulo1: ¿Quién eres tú?

Jesús: Soy yo, Jesús. No tengáis miedo, mirad mis manos…mirad mi costado. Soy yo, Jesús.

Discípulo2: ¡Es Jesús, es verdad, es el Maestro!

Discípulo3: ¡Ha resucitado!¡Está entre vosotros!

Jesús: ¡Paz a vosotros! Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Narrador: Tomás, uno de los doce llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús.

Tomás: Buenos días, ¿qué pasa? Os veo raros. ¿Ha ocurrido algo mientras yo estaba fuera?

Discípulo1: Hemos visto al Señor

Discípulo2: Se nos ha aparecido y ha hablado con nosotros.

Tomás: ¿Os habéis vuelto locos?

Discípulo3: Es verdad, Tomás, Jesús ha estado aquí.

Tomás: ¡Vamos, anda!

Discípulo1: Nos ha transmitido el Espíritu Santo

Discípulo2: Y el poder de perdonar los pecados

Tomás: No me lo creo

Discípulo3: No seas cabezota, Tomás, es verdad que Jesús ha estado aquí.

Tomás: Vale, vale. Pero si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y la mano en su costado, no lo creo.

Narrador: A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas.

Jesús: ¡Paz a vosotros!

Discípulos: ¡Es el Señor! ¡Qué alegría! Es estupendo que estés aquí.

Jesús: Paz a vosotros. Ven Tomás.

Discípulo1: Venga, Tomás, es Jesús el Maestro.

Jesús: Ven, Tomás. Trae tu dedo, aquí tienes mis manos. Trae tu mano y toca mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.

Tomás: ¡Señor mío y Dios mío!

Jesús: ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto

Narrador: Muchos otros signos que no están escritos en este libro hizo Jesús a la vista de sus discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

Fr. Emilio Díez Ordóñez y Fr. Javier Espinosa Fernández

Comentario al evangelio – Miércoles de la Octava de Pascua

Camino de la finca, los discípulos de Emaús  hicieron la experiencia del paso de la oscuridad a la luz, de la ceguera a la visión, de la distracción al reconocimiento. Vivieron una catequesis y una experiencia de fe en  la nueva presencia de Cristo. “A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero el desapareció”. El camino, la conversación, la explicación de la Escritura, el bendecir y compartir el pan, han sido los elementos de la cristolofanía. El final verifica la convicción fundamental: “Era verdad, ha resucitado y se ha aparecido a Simón”. A la inversa, la Eucaristía es un sacramento pascual;  los discípulos lo reconocen al partir el pan.

El milagro del “lisiado de nacimiento” muestra la eficacia vitalizadora del Resucitado por medio de sus testigos. Los discípulos  son portadores del poder del Resucitado. Hablan en su nombre, curan en su nombre: “en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar”.  Y echó a andar dando brincos y alabando a Dios.

El tipo de curación tiene un alto significado simbólico. El Resucitado hace mover al paralítico que somos cada uno de nosotros. Nos cura de nuestras parálisis. Nos pone en movimiento, nos hace saltar y alabar a Dios. La fe en el Resucitado aporta una forma de vida nueva.

Y eso hay que celebrarlo, agradecerlo, contarlo anunciarlo. Es la  gran maravilla que Dios ha hecho en nuestra historia. Y que sigue haciendo con nosotros. 

Ciudad Redonda

Meditación – Miércoles de la Octava de Pascua

Hoy es miércoles de la Octava de Pascua.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 24, 13-35):

Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran.

Él les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?». Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?». Él les dijo: «¿Qué cosas?». Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron». Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?». Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras.

Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado». Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando.

Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

Hoy partiendo de lo inesperado, la Escritura se ha desvelado de un modo nuevo. Obviamente, la nueva lectura de las Escrituras sólo podía comenzar después de la resurrección, porque únicamente por ella Jesús quedó acreditado como enviado de Dios. Ahora había que identificar ambos eventos —cruz y resurrección— en la Escritura, entenderlos de un modo nuevo y llegar así a la fe en Jesucristo como el Hijo de Dios. 

Para los discípulos, la resurrección era tan real como la cruz. Se rindieron simplemente ante la realidad: después de tanto titubeo y asombro inicial, ya no podían oponerse a ella. Es realmente Él; vive y nos ha hablado, ha permitido que le toquemos, aun cuando ya no pertenece al mundo de lo que normalmente es tangible.

—La paradoja era indescriptible: Él era completamente diferente, no un cadáver reanimado, sino alguien que vivía desde Dios de un modo nuevo y para siempre; y, al mismo tiempo, sin pertenecer ya a nuestro mundo, estaba presente de manera real, en su plena identidad.

REDACCIÓN evangeli.net

Liturgia – Miércoles de la Octava de Pascua

MIÉRCOLES DE LA OCTAVA DE PASCUA

Misa del miércoles de la Octava (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Gloria. Sin Credo. Prefacio Pascual I «en este día», embolismos propios en las Plegarias Eucarísticas. No se puede decir la Plegaria Eucarística IV. Despedida con doble «Aleluya».

Leccionario: Vol. II

  • Hch 3, 1-10. Te doy lo que tengo: en nombre de Jesús, levántate y anda.
  • Sal 104.Que se alegren los que buscan al Señor.
  • Secuencia (opcional). Ofrezcan los cristianos.
  • Lc 24, 13-35.Lo reconocieron al partir el pan.

Antífona de entrada             Mt 25, 34
Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Aleluya.

Monición de entrada y acto penitencial
A nosotros nos puede pasar como a los discípulos de Emaús: que en el camino de nuestra vida estemos como peregrinos desalentados y sin ilusión.
Sin ser conscientes de la presencia de Dios, viajamos, conversamos con extraños o con amigos, comemos, somos indiferentes,  tenemos poca esperanza. Pero, cuestionados por las palabras y la presencia del Señor Resucitado, seguimos caminando con él como con nuestro hermano y Señor, le reconocemos en los hermanos y, de modo particular, “al partir el pan” en nuestras asambleas eucarísticas, y así llegamos a ser un pueblo de esperanza. Le reconocemos también al partir y repartir el pan con los hermanos, cuando compartimos los unos con los otros todo lo que tenemos. Y si lo hacemos así, la gente seguramente reconocerá también a Jesús en nosotros.

• Tú, primicia de los muertos. Señor, ten piedad.
• Tú, Rey vencedor. Cristo, ten piedad.
• Tú, Cordero sin pecado. Señor, ten piedad.

Se dice Gloria
En este día de gozo y de gloria, recitemos el himno de alabanza, invocando a Jesucristo, nuestro mediador, sentado a la derecha del Padre.

Oración colecta
OH, Dios,
que todos los años nos alegras
con la solemnidad de la resurrección del Señor,
concédenos propicio llegar a la alegría eterna
mediante las fiestas que celebramos en el tiempo.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
El Señor Jesús vive para siempre e intercede por nosotros ante el Padre. Oremos confiados.

1.- Por la Iglesia, para que sepa llevar al mundo la Buena Noticia de la salvación. Roguemos al Señor.

2.- Por todas las naciones de la tierra y por sus gobernantes, para que se consiga en el mundo una paz duradera, fruto de la justicia y de la solidaridad entre los hombres. Roguemos al Señor.

3.- Por los enfermos, los marginados y todos los que han perdido la esperanza, para que la resurrección de Jesús les dé la seguridad de la victoria final del bien sobre el mal. Roguemos al Señor.

4.- Por todos nosotros, que con alegría celebramos la Pascua del Señor, para que comuniquemos a los hombres la esperanza que nos da la victoria de Cristo. Roguemos al Señor.

Escucha, Padre, nuestra oración. Te la presentamos por medio de tu Hijo, que, sentado a tu derecha, vive y reina por los siglos de los siglos

Oración sobre las ofrendas
ACEPTA, Señor, las ofrendas de la redención humana
y concédenos, complacido,
la salud del alma y del cuerpo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio pascual I

Antífona de comunión          Lc 24, 35
Los discípulos reconocieron al Señor Jesús al partir el pan. Aleluya.

Oración después de la comunión
LIBRADOS de la vieja condición de pecado,
te pedimos, Señor,
que la devota participación en el sacramento de tu Hijo
nos transforme en nuevas criaturas.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Bendición solemne
QUE os bendiga Dios todopoderoso
en la solemnidad pascual que hoy celebramos
y, compasivo, os defienda de toda asechanza del pecado.
R/. Amén.

El que os ha renovado para la vida eterna,
en la resurrección de su Unigénito,
os colme con el premio de la inmortalidad.
R/. Amén.

Y quienes, terminados los días de la pasión del Señor,
habéis participado en los gozos de la fiesta de Pascua,
podáis llegar, por su gracia, con espíritu exultante
a aquellas fiestas que se celebran con alegría eterna.
R/. Amén.

Y la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo † y Espíritu Santo,
descienda sobre vosotros.
R/. Amén.

Despedida
Hermanos, anunciad a todos la alegría del Señor resucitado. Podéis ir en paz, aleluya, aleluya.