Comentario – Viernes de la Octava de Pascua

Jn 21, 1-14

Simón Pedro dijo a Tomás, a Natanael, a los hijos de Zebedeo y a otros dos: «Voy a pescar.» Le replicaron: «Vamos también nosotros contigo.»

Estamos en Galilea, en la orilla del hermoso lago de Tiberiades. Pedro parece que ha reemprendido su oficio. Los apóstoles no son unos fanáticos, preocupados de inventar cosas fantásticas. No, ellos no han inventado la resurrección. Se les vuelve a encontrar ahora tal como eran: gentes sencillas, sin segundas intenciones y entregados a humildes trabajos manuales. Me los imagino preparando su barca y sus redes para salir a pescar.

Salieron y entraron en la barca, y en aquella noche no cogieron nada.

Nada. Nada. El fracaso. El trabajo inútil, aparentemente. A cualquier hombre le suele pasar esto alguna vez: se ha estado intentando y probando alguna cosa… y después, nada. Pienso en mis propias experiencias, en mis decepciones. No para entretenerme en ellas morbosamente, sino para ofrecértelas, Señor. Creo que Tú conoces todas mis decepciones… como Tú les habías visto afanarse penosamente en el lago, durante la noche, y como les habías visto volver sin «nada»…

Llegada la mañana, se hallaba Jesús en la playa; pero los discípulos no se dieron cuenta de que era Él.

Pronto descubrirán su «presencia» en medio de sus ocupaciones profesionales ordinarias. Por de pronto, Tú ya estás allí… pero ellos no lo saben.

Díjoles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis nada que comer?»

Conmovedora familiaridad. Una vez más, Jesús toma la iniciativa… se interesa por el problema concreto de estos pescadores.

«¡Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis!»

Escucho este grito dirigido, desde la orilla; a los que están en la barca. Trato de contemplarte, de pie, al borde del agua. Tú les ves venir. En tu corazón, compartes con ellos la pena de no haber cogido nada. Tú eres salvador: N o puedes aceptar el mal.

Echaron pues la red y no podían arrastrarla tan grande era la cantidad de peces.
Como untas otras veces, has pedido un gesto humano, una participación. Habitualmente no nos reemplazas; quieres nuestro esfuerzo libre; pero terminas el gesto que hemos comenzado para hacerlo más eficaz.

Dijo entonces a Pedro, aquel discípulo a quien amaba Jesús: » ¡Es el Señor!»

Ciertamente es una constante: ¡Tú estás ahí, y no se te reconoce! te han reconocido, gracias a un «signo’: la pesca milagrosa, un signo que ya les habías dado en otra ocasión, un signo que había que interpretar para darle todo su significado, un signo que ¡»aquel que amaba» ha sido el primero en comprender! Si se ama, las medias palabras bastan.

Jesús les dijo: » ¡Venid y comed!» Se acercó Jesús, tomó el pan y se lo dio, e igualmente el pescado.

Siempre este otro ‘ signo» misterioso de «dar el pan»…, de la comida en común, de la que Jesús toma la iniciativa, la que Jesús «sirve»…

La vida cotidiana, en lo sucesivo, va tomando para ellos una nueva dimensión. Tareas profesionales. Comidas. Encuentros con los demás. En todas ellas está Jesús «escondido». ¿Sabré yo reconocer tu presencia?

Noel Quesson
Evangelios 1

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