Comentario – Domingo II de Pascua

Pascua es tiempo de paso, pero un paso que deja huella. En la Pascua cristiana, el que pasa es el Señor resucitado; y pasa «apareciéndose» a quienes determinó aparecerse, a quienes habían sido testigos de su muerte y lo serán también de su resurrección.

El evangelio de hoy se detiene en algunos aspectos de esta aparición. En primer lugar, en la situación física y emocional en que se encuentran los discípulos destinatarios de la aparición: encerrados en una casa y atemorizados. Era el miedo, como sucede tantas veces, el que les tenía en esa situación de encerramiento y paralización: miedo a sufrir la misma suerte que su maestro; miedo a la persecución, a la tortura y a la muerte. Tal es su situación anímica. Están atenazados por el miedo, un miedo que no les deja salir a la calle.

En esto entró Jesús, poniéndose en medio de ellos. Y les enseñó las manos y el costado. ¿Por qué las manos y el costado? Porque ahí, en las manos y el costado, estaban las señales identificativas de la crucifixión, las llagas de los clavos y de la lanza, las credenciales de su identidad: ni era un fantasma, ni era «otro», sino el mismo que antes habían visto morir en la cruz, el mismo, aunque en modo distinto, el mismo, aunque glorioso, resucitado, pero el mismo con sus cicatrices.

Esta entrada en escena de Jesús, vivo después de muerto, cambia totalmente la situación y el ánimo de aquellos discípulos atemorizados, que pasan casi al instante del temor a la alegría. Bastó una simple visión del que había sido objeto de sus expectativas de liberación antes de ser la causa de su decepción para que todo empezara a cambiar.

Con su visión del Resucitado, sus expectativas destrozadas pasaban a ser esperanzas rehechas desde la nueva vida que se les descubría de improviso en el cuerpo glorioso de su Señor. Y en la entraña de semejante descubrimiento empieza a germinar la planta de la misión. Había que anunciar al mundo la nueva vida que se dejaba ver en el Resucitado. Con él llega el Espíritu Santo y los poderes que le estaban asociados; sobre todo, el poder de perdonar pecados, un poder que no tiene otro objetivo que el de acabar con el imperio del mal.

Pero el grupo de los discípulos no estaba completo; faltaba uno de los Doce, Tomás el Mellizo, el que días antes había dado muestras de audacia y valentía, invitando a sus compañeros a compartir la suerte de su maestro, cuando éste había manifestado su intención de marchar a Jerusalén, la ciudad que mata a los profetas: Vamos también nosotros y muramos con él. Tomás no cree en el testimonio de los demás discípulos, aun siendo un testimonio unánime, colectivo y sin fisuras: Hemos visto al Señor –le dicen-.

Pero Tomás necesita mucho más que un simple testimonio para creer en un suceso como el que se le anuncia: la vuelta a la vida de un muerto. Tomás necesita ver por sí mismo, más aún, necesita tocar. Era la necesidad de acumular testigos sensoriales. El tacto vendría en auxilio de la vista, aportándole una firmeza mayor. Y es que la experiencia de la muerte es tan imponente que no parece dejar espacio al resurgir de la vida. Nosotros mismos manifestamos muchas veces nuestras dudas al respecto. La muerte se nos impone con tal fuerza que nos parece imposible poder escapar de ella una vez apresados.

Las resistencias de Tomás, por tanto, no nos son extrañas, ni ajenas; al contrario, nos parecen muy razonables y justificadas. Se le pide un acto de fe en algo que desafía a la experiencia de desintegración de todo organismo corporal; se le pide un acto de fe que va a condicionar enteramente su vida.

Y Jesús, que comprende la resistencia de Tomás –hombre orgulloso y consciente de su propia dignidad-, condesciende con sus exigencias, se doblega a sus condiciones (si no veo… si no meto) y le dice: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. La respuesta del incrédulo es significativa: Señor mío y Dios mío.

Ante la actitud de Jesús, Tomás ha quedado desarmado y sin recursos. No le queda sino arrodillarse y hacer una solemne profesión de fe: tan sincera como clamorosa, tan contundente como hermosa. Tomás confiesa al Aparecido que le muestra las señales de la crucifixión su Señor y su Dios, que es mucho más que reconocerle Resucitado, vivo, tras haber pasado por la muerte. Pero el que tiene poder sobre la muerte ha de ser necesariamente su Señor y su Dios, pues no hay nada más poderoso que la muerte en este mundo. Por tanto, el que es capaz de escapar definitivamente de la muerte tiene que ser más poderoso que ella; ha de ser su Señor.

Y no seas incrédulo, sino creyente. La recomendación de Jesús a Tomás vale para todos nosotros. Tomás creyó después de haber visto y tocado un cuerpo vivo que antes estuvo muerto y sepultado; creyó en la vida resucitada, porque la palpó allí donde antes sólo había muerte; creyó en el poder de Dios porque pudo ver sus efectos saludables en el cuerpo cadavérico de un difunto.

Pues bien, este incrédulo que había transitado hacia la fe por razón de lo que se le permitió ver y tocar, pudo oír de labios del Resucitado: Dichosos los que crean sin haber vistoDichosos, porque la fe es posesión (aunque en esperanza) y, por tanto, dicha; y dichosos porque no han necesitado pruebas como las exigidas por Tomás, que revelan siempre el sufrimiento o la tortura interior del desconfiado (porque no se fía del testimonio de otros), del decepcionado (de la vida, de la Iglesia, de la política, de la fe que tuvo y ya no tiene, etc.), del incrédulo. Y el incrédulo suele ser alguien que no cree, pero que desearía creer, que desearía creer que hay Dios, y que es providente, bueno y poderoso, más poderoso que todos esos poderes que amenazan al hombre; lo desearía, pero no encuentra razones suficientes para ello.

Jesús declara dichosos a los que sí han encontrado tales razones, o a los que no necesitan más pruebas, porque les basta con las que les han ofrecido; a los que no piden más signos, porque los signos que les han sido dados son suficientes. No es que tengamos que ser crédulos o ingenuos, aceptando cualquier testimonio llegado de fuera; hay que sopesar las razones; hay que valorar los motivos de credibilidad; pero, una vez hechas estas valoraciones, hemos de ser generosos y dar el salto de la fe, que es confianza en el testimonio revelado y abandono en Dios, sin garantías absolutas, sin exigencias desmedidas, sin pretensiones imposibles, con esa humildad que es simplemente conciencia de nuestra condición terrena y creatural, de nuestra pequeñez en la inmensidad del universo.

Sólo así, fundados en la fe, hallaremos la paz y la alegría; y eso nos permitirá vivir con una confianza radical en lo que nos rodea y nos funda, en la bondad de las cosas, en el amor que da origen a la vida, en la vida que vence a la muerte, en la presencia de aquel que encarna el amor y la vida, el Cristo encarnado y glorioso.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo II de Pascua

I VÍSPERAS

DOMINGO II DE PASCUA O DE LA DIVINA MISERICORDIA

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Nuestra Pascua inmolada, aleluya,
es Cristo el Señor, aleluya, aleluya.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta de la luz!,
despierta, tú que duermes,
y el Señor te alumbrará.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta universal!,
el mundo renovado
cantan un himno a su Señor.

Pascua sagrada, ¡victoria de la luz!
La muerte, derrotada,
ha perdido su aguijón.

Pascua sagrada, ¡oh noche bautismal!
Del seno de las aguas
renacemos al Señor.

Pascua sagrada, ¡eterna novedad!
dejad al hombre viejo,
revestíos del Señor.

Pascua sagrada, La sala del festín
se llena de invitados
que celebran al Señor.

Pascua sagrada, ¡Cantemos al Señor!
Vivamos la alegría
dada a luz en el dolor. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. Venid a ver el sitio donde yacía el Señor. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Venid a ver el sitio donde yacía el Señor. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Jesús dijo: «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me veréis.» Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Jesús dijo: «No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me veréis.» Aleluya.

LECTURA: 1P 2, 9-10

Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a traer en su luz maravillosa. Antes erais «no pueblo», ahora sois «pueblo de Dios»; antes erais «no compadecidos», ahora sois «compadecidos».

En lugar del responsorio breve, se dice:

Antífona. Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. A los ocho días, estando cerradas las puertas, llegó el Señor y les dijo: «Paz a vosotros». Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A los ocho días, estando cerradas las puertas, llegó el Señor y les dijo: «Paz a vosotros». Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo que, resucitado de entre los muertos, destruyó la muerte y nos dio nueva vida, y digámosle:

Tú que vives eternamente, escúchanos, Señor.

Tú que eres la piedra rechazada por los arquitectos, pero convertida en piedra angular,
— conviértenos a nosotros en piedras vivas de tu Iglesia.

Tú que eres el testigo fiel y veraz, el primogénito de entre los muertos,
— haz que tu Iglesia dé siempre testimonio de ti ante el mundo.

Tú que eres el único esposo de la Iglesia, nacida de tu costado,
— haz que todos nosotros seamos testigos de este misterio nupcial.

Tú que eres el primero y el último, que estabas muerto y ahora vives por los siglos de los siglos,
— concede a todos los bautizados, perseverar fieles hasta la muerte, a fin de recibir la corona de la victoria.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que eres la lámpara que ilumina la ciudad santa de Dios,
— alumbra con tu claridad a nuestros hermanos difuntos.

Con la misma confianza que tienen los hijos con sus padres, acudamos nosotros a nuestro Dios, diciéndole:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que con la abundancia de tu gracia no cesas de aumentar el número de tus hijos, mira con amor a los que has elegido como miembros de tu Iglesia, para que, quienes han renacido por el bautismo, obtengan también la resurrección gloriosa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado de la Octava de Pascua

“Les echó en cara su incredulidad”

1.-Oración introductoria.

Señor, hoy te pido que me ayudes a creer en tu Resurrección. No nos cuesta nada creer en tu dolor, en tu sufrimiento, en tu muerte. Nos cuesta más creer en tu triunfo definitivo, que es también el nuestro. Y es que esta vida nos da más malos ratos que buenos. Es un valle de lágrimas.  Nos cuesta creer que Tú, Señor, nos creaste para que fuéramos felices, plenamente felices. Haz que todo lo que me pase en este día y en todos los días de mi vida lo viva a la luz de la pascua.

2.- Lectura reposada del evangelio. Marcos 16, 9-15

Habiendo resucitado al amanecer del primer día de la semana, Jesús se apareció primero a María Magdalena, de la que había arrojado siete demonios. Ella fue a llevar la noticia los discípulos, los cuales estaban llorando, agobiados por la tristeza; Pero cuando la oyeron decir que estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron. Después de esto, se apareció en otra forma a dos discípulos, que iban de camino hacia una aldea. También ellos fueron a anunciarlo a los demás; pero tampoco a ellos les creyeron. Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no les habían creído a los que lo habían visto resucitado. Jesús les dijo: «Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creatura».

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Todos los estudiosos del evangelio están de acuerdo en aceptar que el Evangelio de Marcos termina en Mc. 18,8. Todo lo que viene detrás, incluidos los versículos de hoy Mc. 16,9-15 es un añadido posterior. De hecho, son resúmenes de otras apariciones: la de la Magdalena, la de los discípulos de Emaús, y la de los Once. Lo que llama la atención es aquello en que las tres apariciones coinciden: NO CREYERON. ¿Por qué? Normalmente nos creemos antes las malas noticias que las buenas. Parece que en nuestro mundo “nos hemos acostumbrado a los palos”, a recibir malas noticias o las esperamos. Por otra parte, no se trataba de creer que un muerto había vuelto a la vida, como en el caso de Lázaro a quien podían ver, ni de la inmortalidad, ni de la prolongación de esta vida nuestra en la otra. Se trataba de la Resurrección, de la entrada de Jesús definitivamente en el mundo de Dios para no volver ya ni a sufrir, ni a morir. Se trataba de la entrada de Jesús en la plenitud: la plenitud de la vida, la plenitud de la verdad, la plenitud del amor, la plenitud de la felicidad. A esa vida plena en Dios nos llama Jesús a todos en la Resurrección. Es verdad que no la merecemos, pero no es cuestión de méritos sino de “gracia”, de don, de regalo. Y esta plenitud ya tiene que comenzar en este mundo. Cristo Resucitado quiere que ya en esta vida “pregustemos” las alegrías de la futura felicidad. Cuando estos discípulos pasaron del no-creer al creer, se quedan “asombrados”.

Palabra del Papa

“Los discípulos a su vez han recibido la llamada a estar con Jesús y a ser enviados por Él para predicar el Evangelio, y así? se ven colmados de alegría. ¿Por qué? no entramos también nosotros en este torrente de alegría? “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada…” Los discípulos son los que se dejan aferrar cada vez más por el amor de Jesús y marcar por el fuego de la pasión por el Reino de Dios, para ser portadores de la alegría del Evangelio. Todos los discípulos del Señor están llamados a cultivar la alegría de la evangelización. […] En muchas regiones escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. A menudo esto se debe a que en las comunidades no hay un fervor apostólico contagioso, por lo que les falta entusiasmo y no despiertan ningún atractivo. La alegría del Evangelio nace del encuentro con Cristo y del compartir con los pobres… Donde hay alegría, fervor, deseo de llevar a Cristo a los demás, surgen las verdaderas vocaciones”. (S.S. Francisco, Mensaje para la 88ª Jornada Mundial de las Misiones, 14 de junio de 2014).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Guardo silencio).

5.- Propósito: En algún momento del día me retiro para “quedar sobrecogido” por el acontecimiento de la Pascua de Resurrección.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de la Palabra. Y yo ahora le respondo con mi oración.

Señor, sería una inmensa ingratitud por mi parte si hoy no cayera de rodillas y, con el corazón conmovido, no te diera inmensas gracias por el acontecimiento de la Resurrección.  Tu amor es tan enorme que no te has limitado a salvarnos y llevarnos al cielo, sino que quieres darnos tu misma felicidad, esa que tenías en la mañana de Pascua y que no quisiste guardarla para ti solo, sino que la quisiste compartir con nosotros. Todavía más: Quieres que esa felicidad total la pregustemos ya en este mundo y la contagiemos a los demás. ¡Gracias, Señor!

ORACIÓN POR LA PAZ

«Señor Jesús, Príncipe de la Paz, mira a tus hijos que elevan su grito hacia ti: Ayúdanos a construir la paz. Consuela, oh Dios misericordioso, los corazones afligidos de tantos hijos tuyos, seca las lágrimas de los que están en la prueba, haz que la dulce caricia de tu Madre María caliente los rostros tristes de tantos niños que están lejos del abrazo de sus seres queridos. Tú que eres el Creador del mundo, salva a esta tierra de la destrucción de la muerte generalizada, haz que callen las armas y que resuene la dulce brisa de la paz. Señor Dios de la esperanza, ten piedad de esta humanidad sorda y ayúdala a encontrar el valor de perdonar» (Parolín, Secretario del Estado Vaticano).

Dichosos los que creen

1.- «Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo» (Hch 5, 12) Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos. Eso les había prometido el Señor. Por unos momentos, tres días, habían pensado que todo había sido un sueño, la ilusión de un hombre maravilloso que había terminado sus días en una cruz. Pero aquella pesadilla se acabó y al tercer día Jesús había vuelto de la región tenebrosa de la muerte. Cristo había resucitado. Su promesa se había cumplido.

Por eso caminan seguros por todos los caminos de la tierra, por los intrincados vericuetos de todos los tiempos. Van decididos, hablando con libertad y audacia, con parresía (“la intrepidez de la fe”). Refrendando sus palabras con prodigios, hechos contundentes, indiscutibles. Su mensaje es insólito, una doctrina jamás oída, unas exigencias insospechadas, unas promesas inéditas, unos horizontes infinitos.

La pequeña semilla del grano de mostaza agarró muy bien en la tierra, nació la planta, creció y se hizo árbol frondoso, refugio de miles, millones de almas sedientas de amor y de verdad… Hoy también, a pesar de los pesares, los apóstoles marchan decididos, generosos, intrépidos y audaces. Rematando sus palabras con una vida íntegra. Sí, Cristo sigue vivo, fuerte, influyendo, arrastrando, quemando con el fuego de su amor a este nuestro frío mundo. Y nosotros hemos de estar también encendidos, incandescentes. Ser brasas vivas que siguen expandiendo la contagiosa locura de la fe.

«La gente sacaba los enfermos a la calle y los ponía en catres y camillas, para que al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno» (Hch 5, 15) Pedro fue el primero, el cabeza, el vicario de Cristo. Pedro, el pescador de Galilea, el hombre de mar, el del corazón abierto, el de la espontaneidad desbordante. Pedro, la piedra base, el fundamento de la Iglesia. Cristo se había fijado en él, había rogado por él, para que estuviera finalmente firme en la fe, para ser apoyo sólido de los demás.

Pedro asume esa misión con toda la generosidad de su grande y sencillo corazón. Dios está cerca, Dios le acompaña, cumple su palabra, aquella que les había dicho afirmando que harían prodigios, más grandes aunque los que él mismo hiciera. Efectivamente, sólo la sombra de Pedro era suficiente para aliviar a los enfermos.

Pedro, piedra viva que sigue firme e inconmovible. El vicario de Cristo continúa hablando con audacia, proclamando a todos los vientos el mensaje extraordinario, divino, que Cristo trajo a los hombres… Jesús, Señor, vencedor de la muerte, mi Dios vivo, prosigue junto a Pedro, el pobre Pedro que forcejea a brazo partido contra viento y marea, intentando con denuedo llevar la barca, tu Iglesia, a buen puerto.

2.- «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular»(Sal 117, 16) Qué sorpresa la de aquellos constructores que desecharon precisamente la piedra angular, la pieza clave sobre la que todo el edificio se habría de sostener. Esta comparación es frecuente en la Sagrada Escritura, y aplicada especialmente en Jesucristo. En efecto, él fue la piedra angular que los constructores del pueblo, sus jefes y cabecillas, no sólo no supieron apreciarlo, sino que además la despreciaron hasta intentar destrozarla. En otro pasaje se dice que, por ese motivo, la piedra que estaba preparada para servir de apoyo y firmeza se desploma sobre ellos, aplastándoles irremisiblemente.

Es la consecuencia inexorable de su propia conducta, tan cruel como necia. Ellos mismos se maldijeron horriblemente al exclamar que la sangre de aquel justo cayera sobre sus cabezas. Y así se cumplió. El castigo no se hizo esperar y Jerusalén, con todos sus habitantes, padeció uno de los asedios más sangrientos de la historia. Es cierto que la sangre de Cristo es redentora y purificadora, pero si se la rechaza y desprecia, entonces ese rechazo provoca la justicia divina que es inexorable.

«Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente» (Sal 117, 17) Tengamos en cuenta que Jesús sigue siendo esa piedra angular en la que hay que apoyar el arco, para que todo él se sostenga por mucho tiempo, para siempre. Es decir, Jesús sigue siendo el único que nos puede salvar. Fuera de él no encontraremos paz ni gozo verdadero. Toda vida que se levante sobre otra base distinta será una vida desequilibrada, en continuo peligro de derrumbarse, abocada necesariamente a la muerte eterna, a la condenación.

Jesús ha resucitado; él vive ahora lo mismo que cuando se apareció a los que habrían de ser sus testigos fidedignos ante todo el mundo. Cristo está presente en medio de los hombres, a través de su Iglesia y de sus sacramentos, particularmente en la Sagrada Eucaristía. Ojalá que no lo olvidemos, ojalá no busquemos otro apoyo distinto de Jesucristo y no caigamos en la desgracia tremenda de los malos constructores. Construyamos, pues, nuestra vida apoyándonos en Cristo. Sólo así viviremos en sereno equilibrio, en esperanza renovada cada día, en el gozo de quien sabe que tiene asegurado el triunfo final.

3.- «Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino, en la esperanza…» (Ap 1, 9) Nos dice el Apóstol y evangelista san Juan que estaba desterrado en la isla de Patmos. La causa era haber predicado la palabra de Dios y dado el testimonio de Cristo Jesús. Según nos dice la tradición, Juan era ya muy anciano; lo cual no fue razón para que los crueles pretores romanos le evitaran el destierro… El Discípulo amado, el predilecto de Jesús de Nazaret, lejos de los suyos, arrancado de su tierra, de su casa, obligado a permanecer en aquella isla perdida en el Mar Mediterráneo. Y sólo por hablar del amor que había aprendido del corazón del Maestro, sólo por dar testimonio de la verdad.

Nosotros los cristianos hemos de estar siempre dispuestos a enseñar con las obras y las palabras el amor y la justicia, aún con el riesgo de ser incomprendidos, perseguidos hasta perder la vida, si es preciso, por proclamar el mensaje que Cristo nos ha confiado. Sin que haya nada ni nadie que pueda ahogar nuestras palabras. Sin que nos venza el respeto humano, sin que nos arrastre la moda, o el estar bien vistos. Hemos sido llamados a ser testigos de la verdad, siempre. No olvidemos que sólo quien confiese a Cristo ante los hombres, será reconocido por el Señor ante el Padre eterno.

«No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive» (Ap 1, 18) Estaba muerto y ya ves -dice Jesús al vidente de Patmos-, vivo por los siglos de los siglos; y tengo las llaves de la Muerte y del Infierno… Cristo pasó por las oscuras regiones del Sheol, pero al fin superó la prueba, venció al invencible, se proclamó campeón, triunfador indiscutible. Cristo resucitó para no morir nunca más.

Tú eres cristiano, es decir, crees en Cristo, le amas, confías en él. Y, sin embargo, muchas veces te olvidas del Señor, vives como si no existiera, te comportas como si su persona hubiera desaparecido para siempre, lo mismo que desaparecieron aquellos que ya se murieron. Y no es así. Cristo está vivo, está presente de modo real y verdadero en la Eucaristía. Esa lucecita que parpadea junto al sagrario, no es la lámpara vacilante que se coloca ante un nicho, es la señal encendida que advierte la presencia palpitante y amorosa de Jesús.

4.- «Al anochecer de aquel día, el primero de la semana…» (Jn 20, 19) Era al anochecer, en esos momentos en los que es más fácil el ataque de los enemigos, cuando la luz comienza a huir y las tinieblas avanzan medrosas, propicias a la emboscada. Los discípulos seguían asustados, reunidos todos en aquella casa, con las puertas cerradas, atentos al menor ruido que pudiera anunciar la proximidad de los que habían crucificado al Maestro. La aventura se había terminado, las locas ilusiones de un reino mesiánico en el que ellos ocuparan los primeros puestos se habían desvanecido en poco tiempo. Ahora sólo quedaba esperar el momento propicio para iniciar la dispersión, huyendo cada uno por su lado, sin llamar la atención; marcharse como si nunca hubieran tenido nada que ver con aquel Rabí que se llamó Jesús de Nazaret.

Y de pronto el silencio temeroso queda roto. Allí, junto a ellos, estaba el Maestro, radiante, vivo, más fascinante aún que antes. Se quedaron atónitos, sin dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo, pensando en el fondo de sus corazones, sin decir nada, que eran presa de una alucinación. Pero la voz de Jesús resuena con la misma entrañable cordialidad de siempre, les saluda deseándoles la paz. Sin embargo, no acaban de reaccionar, de salir de su asombro. El Señor les enseña la huella de sus heridas, sus manos traspasadas, su costado abierto. Entonces comenzaron a comprender que era verdad, Jesús había vuelto de las regiones tenebrosas del sepulcro, y la gozosa aventura del Reino de Dios no había terminado, todo comenzaba de nuevo con perspectivas inusitadas y gloriosas.

Paz a vosotros –repite el Maestro–. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Sí, era él, eran sus palabras. Les hablaba del Padre y de una misión excelsa, la de marchar por todos los caminos del mundo proclamando las maravillas de un Dios que es Padre de todos los hombres, que ama hasta el perdón sin límites, hasta entregar por amor al Hijo Unigénito. También les habla, como tantas otras veces, del Espíritu Santo, esa fuerza divina que sopla donde quiere y quema y purifica y transforma y eleva y hace renacer de nuevo al hombre con una vida distinta, divina.

Ya es de noche y, sin embargo, en aquellos corazones luce la más esplendente luminosidad. Cuando llega Tomás, todos le cuentan, atropellándose, que el Señor ha resucitado, que está vivo, que lo han visto y oído, que les ha vuelto a decir cosas magníficas e inefables. Pero Tomás no les cree, piensa que están medio locos, poseídos por el deseo de lo imposible. Sólo luego, cuando Jesús vuelve y le toma de la mano, sólo entonces, se rendirá el apóstol incrédulo. Pero gracias a él, Jesús pensó en nosotros y exclamó: Dichosos los que crean sin haber visto.

Antonio García Moreno

Comentario – Sábado de la Octava de Pascua

Mc 16, 9-15

Hoy leemos la «conclusión» del evangelio según san Marcos… muy probablemente no escrita, por la misma persona que escribió el resto del evangelio. Esta conclusión es una especie de resumen del conjunto de las apariciones relatadas por los otros tres evangelistas y que hemos leído esta semana.

Resucitado Jesús la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de quien había echado siete demonios. Ella fue quien lo anunció a los que habían sido sus compañeros y que estaban sumidos en la tristeza y el llanto.

El autor subraya que la «pecadora» era ahora la favorecida. En casa de Simón el fariseo, Jesús ya lo había dejado entrever: «aquél a quien poco se le perdona, poco ama.»

Así el pecado puede llegar a ser el inicio de una gran aventura espiritual.

«Feliz falta, que nos ha valido un tal Redentor», canta la liturgia de la noche pascual, a propósito del pecado de Adán. Esto puede ser también verdad de nuestras faltas.

Pero ellos, oyendo que vivía y que había sido visto por ella, no lo creyeron.

El autor subraya la incredulidad de los Once.

He aquí una insistencia que jamás será del todo explorada. Eran Doce discípulos. Abandonaron a su maestro. Lo negaron. Uno de ellos lo traicionó y se ahorcó. Después de su muerte todos quedaron desanimados y entristecidos se dirigían a sus casas…

Al poco tiempo se les encuentra formando una comunidad ferviente, que proclama con valentía en Jerusalén e incluso delante del sanedrín que le condenó, que Jesús vive. Evidentemente no han exagerado. Necesariamente algo ha de haber pasado.

Después de esto se mostró en otra forma dos de ellos que iban de camino y se dirigían al campo. Estos, vueltos, dieron la noticia a los demás; ni aún a éstos creyeron.

Decididamente eran duros de mollera.

Al fin se manifestó a los once, estando recostados a la mesa, les reprendió su incredulidad y su terquedad por cuanto no habían creído a los que le habían visto resucitado.

Feliz duda que nos proporciona una mayor certeza. No se trata pues de personas ingenuas o de iluminados… sino de gentes concretas, de inteligencia roma.

Ayúdanos, Señor, en nuestras búsquedas y nuestras dudas, a conservar en nosotros una disponibilidad, una abertura… Los evangelistas no nos dejan saciar nuestra curiosidad cuando sentimos la tentación de hacerles preguntas indiscretas: ¿Cómo se realizó la resurrección? ¿Qué fue de su cadáver? ¿Qué es un cuerpo resucitado?

Solamente nos han dicho «lo que ellos han visto» Modestia admirable de los apóstoles que no hacen sino balbucear ese algo que sucedió, y que les constriñe a «cambiar de opinión…» cómo humildemente reconocen.

Después les dijo: «Id por todo el mundo y predicad la buena nueva a toda criatura.”

El envío a la misión. Hay que dar crédito a las maravillas de Dios… mientras esperamos verlas con toda claridad, al final.

Noel Quesson
Evangelios 1

La crisis de Tomás

1.- “A los ocho días, estaban otra vez los discípulos en el cenáculo y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y dijo a Tomás: Trae tu dedo, aquí tienes mis manos. Trae tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo sino creyente”. San Juan, Cáp. 20. No toda ambición es presuntuosa. Ni reprochable todo proyecto de superación personal. Sin embargo, antes de prometer algo, o embarcarnos en determinada aventura, conviene medir las propias fuerzas. El sentido común lo recomienda. Y san Pedro lo enseña desde su experiencia. Luego de prometerle a Jesús que lo seguiría a todas partes, termina de forma lastimosa, negándolo ante una criada del Sumo Sacerdote.

En el capítulo 11 de san Juan, encontramos también una actitud precipitada del apóstol Tomás. Ante el acoso de sus enemigos, Jesús se ha ido a la provincia de Perea, más allá del Jordán. Allí le anuncian que Lázaro ha muerto, y el Señor responde dando a entender que hará algo extraordinario por su amigo. Entonces el apóstol se ofrece como héroe en la futura hazaña del Maestro: “Vamos también nosotros a morir con él”. Sin embargo al avanzar en el texto evangélico, encontramos la crisis de Tomás frente a la resurrección del Señor.

2.- Corría la voz de algunas mujeres que habían ido al huerto y no encontraron el cuerpo de Jesús. Aunque otras aseguraban haber visto al Resucitado. Un buen grupo de apóstoles contaban que el Señor los había visitado en el cenáculo. Pero a Tomás la fe de sus colegas le parece ingenua. Quiere creer, pero de una forma más sólida, bajo determinadas condiciones: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto la mano en su costado”.

Sin embargo el planteamiento del apóstol es inválido. Creer a base de pruebas no es creer. Es solamente aceptar una certeza. De otra parte, tocar un cuerpo y comprobar unas heridas no es mucha cosa. Por lo cual, se le abona a Tomás el haber subido, motivado por Jesús, hacia una fe verdadera. La cual nos expresa con otra espontánea exclamación: “Señor mío y Dios mío”. Se nota el contraste de Tomás frente al grupo de discípulos. Estos creyeron con una fe colectiva, quizás auténtica, pero bajo ciertos aspectos poco meritoria.

3.- Ante la pregunta: “¿Sois cristianos?, los alumnos del Padre Astete respondíamos: “Sí, por la gracia de Dios”. Pero muchos hombres y mujeres de hoy podrían afirmar: Somos cristianos por un proceso de ósmosis. Porque nacieron en un ambiente religioso, que a veces no les taladró la epidermis. En cambio algunos de la familia de Tomás, hemos tenido que recorrer un camino colmado de obstáculos. Nuestra conciencia crítica, los golpes de la vida, un Evangelio mal presentado, los ejemplos negativos de algunos hermanos, o los absurdos de la historia nos retrasaban el paso. Hubo necesidad de preguntar, pero también de escuchar. De cuestionar, pero a la vez de aceptar hechos y razones.

Sin embargo como la fe cristiana es una alianza, el Señor sigue preocupado de encontrarse con todos, y de modo especial con aquellos que, entre dudas, le buscan. Por esto, según cuenta san Juan en su relato, regresó hasta el cenáculo ocho días después, cuando Tomás, un discípulo vacilante, deseaba creer.

Gustavo Vélez, mxy

«Hemos visto al Señor»

1.- Tomás «no estaba con ellos cuando vino Jesús». ¿Dónde se encontraba?, ¿por qué se fue?, ¿cómo se sentiría? No lo sabemos, pero lo podemos imaginar. Se fue porque se sintió decepcionado por el «fracaso» de Jesús. Y tomó las de Villadiego, pues para qué seguir esperando si ya todo se había acabado con la muerte de Jesús. Le faltó paciencia al pobre de Tomás… Pensaría que la vida sigue, que no queda más remedio que volver a lo cotidiano ¿No es esta la misma situación de tantos «cristianos» bautizados, pero que han abandonado la nave de la Iglesia? Total, piensan, da igual, pues no siento nada. No es que hayan perdido totalmente la fe, pero ya no la viven como antes. Lo más fácil es escapar y refugiarse en lo inmediato, en lo que este mundo te brinda. Su fe queda reducida a la mínima expresión. Son cristianos de la BBC (bodas, bautizos y comuniones). Puede que sigan siendo buenas personas, de las que se comprometen en proyectos con el Tercer Mundo, de las que están siempre dispuestas a echar una mano a quien lo necesite, pero no han experimentado el gozo de la fe.

2.- Los frutos de la resurrección son la alegría, la paz y el testimonio de vida. ¿La alegría se nota en nuestra vida y en nuestras celebraciones? Hay muchos niños y jóvenes que no se sienten atraídos por nuestra forma de celebrar rutinaria y triste. Sin embargo, hay muchas comunidades que saben vivir el gozo de la experiencia pascual, que celebraron con entusiasmo la Vigilia Pascual sin mirar al reloj. Ahí se nota que hay algo más que un mero cumplimiento del precepto dominical. ¿Y la paz? La que Jesús nos regala es lo más grande del mundo, es la plenitud de todos los dones del Espíritu. Si la paz reina en nuestro corazón seremos capaces de transmitirla a los demás y de construirla a nuestro alrededor. ¿Cómo dar testimonio de nuestra fe en el mundo de hoy? No bastan las palabras, es nuestra propia vida el mejor testimonio. La diferencia entre alguien «que practica» y alguien «que vive» es que el primero lleva en su mano una antorcha para señalar el camino y el segundo es él mismo la antorcha. Se notará en tu cara, en tus comentarios, en tus gestos, en tu forma de ser si has experimentado la alegría del encuentro con el resucitado. Si eres feliz, transmitirás felicidad. Y quien te vea dirá: «merece la pena seguir a Jesús de Nazaret».

3.- Es muy difícil encontrarse con Jesús fuera de la comunidad. Tomás volvió a la comunidad y es allí donde tuvo su experiencia pascual. El error de muchas personas es retirarse a sus soledades como hizo Tomás al principio. Sólo en la comunidad podemos compartir, celebrar, madurar y testimoniar nuestra fe. Valoremos más que nunca lo privilegiados que somos por haber visto a Jesús y por tener una comunidad en la que compartimos nuestra fe. Sólo si permanecemos unidos haremos signos y prodigios, ayudaremos a los que sufren y seremos capaces de dar un sentido auténtico a nuestro mundo perdido y desorientado.

José María Martín OSA

La paz del Señor

1.-Los curas a la sacristía… Oliendo a lejía, naftalina, y en el mejor de los casos a “Polytus”, ese producto para barnizar la madera. Y que no se salgan de ahí hablando de corrupción o de inmoralidad pública.

Y ahí tenemos a los primeros curas, hacinados en una habitación, cerradas las puertas y ventanas por miedo a los judíos. Aquello es un verdadero velatorio: velan a un muerto que en realidad está vivo.

Y llega Jesús y es el primero que les dice: “yo os envío”. Salid de aquí, abrid puertas y ventanas. Ventilad la naftalina porque el mensaje que lleváis a los demás es de total novedad y de inmensa alegría. Mensaje de vida, de perdón, de paz.

Pero se pregunta uno si todos nosotros no llevamos dentro un cristianismo de sacristía, un cristianismo que dejamos colgados en las muchas perchas que suele haber en ellas y lo volvemos a descolgar el domingo siguiente.

Porque no pocas veces tenemos hechos compartimentos estancos entre religión y vida ordinaria como los compartimentos estancos que llevan agua del Ebro a las playas de Mallorca por si falta el nivel.

2.- ¿Nos sentimos nosotros portadores de una gran noticia que comunicar a los demás? Qué Jesucristo ha resucitado, que es el Primero y el Último. Es decir. Dios. Que en todo el evangelio el único que llama Dios a Jesús es Tomás, cuando cae en la cuenta de que tiene algo inmenso que comunicar a los demás. Que ese ser de carne y hueso que él ha palpado con sus manos es Dios. Y que por eso tiene en Si toda Vida y aunque muera no puede morir.

Y que en Él todos hemos resucitado, que llevamos en nosotros la semilla de la inmortalidad que va germinando día a día, que vivir no es ir muriendo poco a poco, sino ir naciendo a lo eterno, al infinito.

Que vivir es responder al soplo de Dios que llama y que va quitándonos de encima toda esa ceniza que en el camino hemos acumulado para dejar brillante y nueva la brasa de la vida que recibimos un día de Dios al nacer y que ya no se apagará jamás.

3.- El notición de que no hay malicia ni pecado que Dios no perdone y olvide, porque para el perdón de Dios nunca hay una última vez –no aguanto más, de aquí no paso—porque siempre perdona y por entero.

Y que por eso la vida del cristiano tiene que ser vida llena de paz, no paz de cipreses de cementerio. No paz bobalicona. No paz pordiosera. Paz anclada con el peso del amor infinito de Dios que nos ama a cada uno personal e intransferiblemente.

4.- Hay una paz que no es nuestra, sino que depende de los demás, cuando nos sentimos queridos, apreciados, necesarios, con buena salud, una paz de bonanza exterior. Pero esa paz nos la pueden quitar de un plumazo. Es como nuestra pretendida paz europea, como la paz augusta. Todos muy felices cuando nos permiten sentarnos en un extremo de una gran mesa, nos prestan la presidencia por seis meses, nos dan la limosna de la cenicienta –y ahora la tenemos que dar nosotros—y entonces nos sentimos miembros de la paz europea.

Paz bien efímera, que se acaba con los millones de hectolitros de vino que nos prohíben producir, del ganado que hay que matar, de los cultivos que han que abandonar, de la pesca que hay que ceder a países más estimados que nosotros por nuestros mismos miembros y colegas de la paz europea. Y perdemos la paz, porque nos la prestaban. Era paz pordiosera, de cenicienta.

No era la paz del señorío, del respeto a si mismo, de saberse una nación no rica en materias primas, pero si en potencial humano, que un día supo trabajar y hoy lo hemos pordioseado. Una paz fundada en nuestros valores morales, culturales y religiosos.

Una paz prestada nunca es paz. Por eso la paz de que nos habla el Señor es paz por dentro. Es paz nuestra o aún mejor la paz que Dios da. La Paz de Dios. “Mi paz os doy…”

Paz en la seguridad de un amor de Dios a mi, tan personal que ha dado su vida por mi, una paz inconmovible como es el mismo Dios que la da. Una paz que sólo depende de Dios, paz que sin bonanza externa puede existir.

Paz que se acaba con el vino que nos prohíben producir, el ganado que hay que matar, el pescado que hay que no pescar. Y perdemos la paz, porque nos la prestaban. Era paz pordiosera.

José María Maruri, SJ

Barro animado por el Espíritu

Juan ha cuidado mucho la escena en que Jesús va a confiar a sus discípulos su misión. Quiere dejar bien claro qué es lo esencial. Jesús está en el centro de la comunidad, llenando a todos de su paz y alegría. Pero a los discípulos les espera una misión. Jesús no los ha convocado solo para disfrutar de él, sino para hacerlo presente en el mundo.

Jesús los «envía». No les dice en concreto a quiénes han de ir, qué han de hacer o cómo han de actuar: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Su tarea es la misma de Jesús. No tienen otra: la que Jesús ha recibido del Padre. Tienen que ser en el mundo lo que ha sido él.

Ya han visto a quiénes se ha acercado, cómo ha tratado a los más desvalidos, cómo ha llevado adelante su proyecto de humanizar la vida, cómo ha sembrado gestos de liberación y de perdón. Las heridas de sus manos y su costado les recuerdan su entrega total. Jesús los envía ahora para que «reproduzcan» su presencia entre las gentes.

Pero sabe que sus discípulos son frágiles. Más de una vez ha quedado sorprendido de su «fe pequeña». Necesitan su propio Espíritu para cumplir su misión. Por eso se dispone a hacer con ellos un gesto muy especial. No les impone sus manos ni los bendice, como hacía con los enfermos y los pequeños: «Exhala su aliento sobre ellos y les dice: Recibid el Espíritu Santo».

El gesto de Jesús tiene una fuerza que no siempre sabemos captar. Según la tradición bíblica, Dios modeló a Adán con «barro»; luego sopló sobre él su «aliento de vida»; y aquel barro se convirtió en un «viviente». Eso es el ser humano: un poco de barro alentado por el Espíritu de Dios. Y eso será siempre la Iglesia: barro alentado por el Espíritu de Jesús.

Creyentes frágiles y de fe pequeña: cristianos de barro, teólogos de barro, sacerdotes y obispos de barro, comunidades de barro… Solo el Espíritu de Jesús nos convierte en Iglesia viva. Las zonas donde su Espíritu no es acogido quedan «muertas». Nos hacen daño a todos, pues nos impiden actualizar su presencia viva entre nosotros. Muchos no pueden captar en nosotros la paz, la alegría y la vida renovada por Cristo. No hemos de bautizar solo con agua, sino infundir el Espíritu de Jesús. No solo hemos de hablar de amor, sino amar a las personas como él.

José Antonio Pagola

Meditación – Sábado de la Octava de Pascua

El final del evangelio de Marcos es un añadido; y da la noticia de las apariciones del resucitado. El Cristo resucitado se hace encontradizo, se hace ver y se da a conocer: a María Magdalena, a los discípulos de Emaús… El que es encontrado por él no puede menos de contar lo que ha visto y oído. La experiencia de encuentro incluye la misión de anunciarlo. Verlo y anunciarlo son dos caras de la misma  experiencia. El anuncio es llamada a la fe; es invitación a creer. El texto del evangelio insiste  en que los destinatarios no creen. Jesús mismo reprocha a los once su incredulidad porque no creen en el testimonio de los que le han visto resucitado y vivo. Ya en la etapa pre-pascual Jesús reprochaba la dureza de corazón de los discípulos a la hora de entender el camino de Jesús, sus actitudes y prácticas.

En la etapa  post-pascual, la comunidad cristiana sigue escuchando el mandato de Jesús: Id y proclamad… Y la Iglesia siente que no puede menos de contar lo que ha visto y oído. Siente la necesidad de seguir proclamando la misericordia eterna del  Señor y contando sus hazañas. Especialmente la gran proeza de la resurrección de Jesús y los milagros que los testigos siguen haciendo en su nombre…

¿Sentimos nosotros la urgencia de anunciar la resurrección de Jesús? ¿Necesitamos nosotros creer y esperar en la resurrección? ¿Estamos contentos y satisfechos con esta vida presente y no anhelamos más?

Ciudad Redonda