La alegría ante Jesús resucitado

1.- Nuestra alegría viene –como no podía ser de otra manera– de Jesús el Resucitado. Los que hemos tenido la suerte de vivir minuciosamente la liturgia de la Semana Santa y en la vigilia de la Resurrección nos estalló el gozo de saber que el triunfo había sido de Él y nuestro. La tristeza desapareció y resultó que habíamos enterrado todas las tristezas de nuestra vida. Hay épocas en la vida de muchos en las que esa tristeza se adosa a las almas. Suele ser una manera de molestar por parte del Maligno. Si en el poso final de toda nuestra vida y en el «resto» que deja la actividad espiritual emerge dicha tristeza habrá que maliciarse –y nunca mejor dicho– que el tentador anda tras nosotros. Solo la alegría le expulsa y la sensación de gozo luminoso que trae la Pascua es una de las mejores armas contra sus maquinaciones.

Hay situaciones tristes. Vivimos en un mundo difícil y con demasiados ejemplos de lejanía a la verdad. El ánimo se turba y hasta el miedo se apodera de nuestros pensamientos ante lo duro y difícil de todo lo que nos circunda. Se puede ser solidarios con la tristeza de los demás y «llorar con los que lloran», pero del fondo de nuestro ser debe salir, como un torrente de agua pura y fresca, el convencimiento de que la cercanía a Cristo produce paz y alegría. A pesar de cualquier cosa, ya que nuestro destino final será –sea cuando sea– la luz que no se apaga, la paz que no cesa y la alegría que no termina. Y todos estos valores de paz, amor y alegría están presentes en la Resurrección gloriosa de Cristo el Señor. Lo hemos vivido y vibramos de felicidad.

2. – Pero creo que a Juan le pasó lo mismo que a nosotros ante la Resurrección. Entre ese «primer final» de su Evangelio, y el «segundo principio» de su libro del Apocalipsis, el Apóstol San Juan marca un periodo ya muy importante dentro de la vida de la Iglesia. Juan, ya anciano, escribe en Patmos el libro profético de una Iglesia que lucha y triunfa. Y así, la escena de la aparición del Señor en medio del lugar cerrado «por miedo a los judíos», con el episodio de la «conversión fuerte» de Tomás, es principio de un periplo prodigioso y, si se quiere, muy rápido de la Iglesia de Cristo. Tomás, a su vez, va a dejar a la Iglesia un legado importante: la oración eucarística más expresiva: «¡Señor mío y Dios mío!» y de ancestral uso. El párrafo del Apocalipsis incluye testimonios de la Resurrección y las apariciones de Jesús a los Apóstoles –narradas en el Evangelio con el protagonismo obligado y táctil de Tomás– centran el relato de este Segundo Domingo del Tiempo Pascual, pero también añaden ese arco histórico de ya muchos años en la primitiva vida de la Iglesia. Del cenáculo lleno de hombres temerosos iba a salir, gracias a Espíritu, el fermento, fuerte e ilustrado, de una Iglesia pujante, eficaz y perseguida.

3. – La mejor clave para adorar y meditar la Resurrección de Jesús está en el efecto de ese prodigio en los Apóstoles. Primero –ya, de una vez– creyeron que Él era Dios; y, entonces, ellos se convirtieron en seguidores conscientes de una actitud y de un camino de indudable trascendencia: de la divinidad y humanidad de Cristo y del camino por Él marcado. Antes de la Cruz y de la Resurrección, los Doce y sus acompañantes no eran otra cosa que una banda irregular de seguidores llenos de dudas. Para que no existan lagunas en el «discurso litúrgico» de esa transformación, bien claro está el contenido del Libro de los Hechos de los Apóstoles y de la velocidad en el crecimiento del número de fieles. Pedro ya está constituido como primado de esa naciente Iglesia y no sólo lo establece su autoridad humana, porque la autoridad divina le llega en su capacidad -y en la de su sombra- para curar a los enfermos y a los poseídos.

4. – Como decía anteriormente, cuando Juan escribe en la Isla de Patmos, la Iglesia ya está establecida en todo el mundo conocido de entonces. Tiene problemas de heterodoxia y persecuciones durísimas, con la fuerza terrible del Estado –el romano– más poderoso de la tierra. Ha pasado mucho tiempo y muchas cosas. Y el episodio –muy importante, muy notable– que completa el citado «discurso litúrgico», va desde la alegría por la Aparición del cenáculo hasta el testimonio singular y maravilloso de un anciano que nos dice que sigue disfrutando de la misma juventud interior que en los días –ya lejanos– de la Resurrección gloriosa de Jesús, el Maestro.

5. – Y de esa evolución de los hombres de la primitiva Iglesia es autor el Espíritu Santo. Por tanto no hay duda de la excelencia intelectual de los antiguos pescadores de Galilea. Es el Espíritu quien les ha enseñado. Algunos tratadistas, por ello, suelen dudar de la autenticidad de las autorías de los libros de San Juan o de las Cartas de Pedro. No admiten esa evolución. Es posible que existan razones lógicas para pensar eso. Sin embargo, no se cuenta con la acción del Espíritu. Y es lo que nosotros ahora esperamos, en el camino de Pentecostés. Tenemos que pedir y esperar que el Espíritu Santo nos cambie. Y si le dejamos entrar en nosotros, nuestra sabiduría servirá para ayudar y convertir a los hermanos, y lógicamente, sin apenas mérito nuestro, crecerá de manera insospechada. Hemos sentido la alegría, profunda, cósmica de la Resurrección salvadora de Cristo. Ahora necesitamos la sabiduría que nos dará el Espíritu Santo, sabiduría que necesitamos para fundamentar la fuerza interior que nos lleve a convertir a nuestros hermanos.

Ángel Gómez Escorial

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