Comentario – Miércoles II de Pascua

Jn 3, 16-21

Tanto amó Dios al mundo…

Todo viene de una iniciativa divina.

¡Nuestro Dios es un Dios que «ama»! Es un Dios Padre. Dios es amor.
Medito sobre el adverbio: Dios ha amado tanto, de tal manera ha amado, tan fuertemente amó… Se adivina que va a hacer locuras, que este amor le llevará a hacer cosas sorprendentes.
«El mundo». Sin embargo se comprende un poco que Dios ame el mundo: después de todo es su obra, es su creación, es su hijo.

…¡Que le dio su unigénito Hijo!

Juan no cesa de contemplar ese «don». Jesús es el don de Dios, el regalo maravilloso que el Padre ha dado: lo que de más precioso tenía.

Jesús es la maravilla de Dios.

Se tiende, a veces, a pensar que «el amor de Dios» se ha manifestado solamente en el calvario… pero, la «venida del Hijo a este mundo» es ya una manifestación del amor.

Todo el que crea en El no perecerá, sino que tendrá la «vida eterna»

Dios es el «viviente» por excelencia: la «vida» en el mayor bien que el hombre pueda poseer.

Pues bien, Dios ha comunicado su vida. Las imágenes son abundantes: el árbol de vida, el camino de la vida, la fuente de la vida, el libro de vida, el pan de vida…

Vincularse a Dios, conformarse a su voluntad, es «vivir»… Desobedecer a la voluntad divina es «perecer»…

¡El que cree, no perecerá!

Esta fórmula será repetida más de 50 veces en el evangelio de San Juan. Es el padre quien ha tenido esta idea, quien ha enviado a su Hijo.

No para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por El.

Nos encontramos siempre con el único y mismo pensamiento: «Tanto ha amado Dios…» El único deseo de Dios, el único anhelo, la gran empresa de Dios, ¡es la de «salvar»! Basta con evocar nuestras propias experiencias, nuestros propios amores, para experimentar cuan natural es esto: cuando se ama, se quiere el bien para aquellos a quienes se ama.

¡Dios quiere que «yo» sea salvado! Gracias, Señor.

¡Dios quiere que «Un Tal» que conozco, mi hijo, mi amigo, mi colega, mi marido, sea salvado! Gracias, Señor.

El que cree en El, no es juzgado.

El que no quiere creer, ya está condenado.

Volvemos a encontrar ‘la opción» radical:

por… o contra… Jesús.

creer… no creer en… Jesús.

Hay pues una responsabilidad del hombre. ¡Qué misterio! Dios quiere salvar. Pero algunos «rehusan» esta salvación y se condenan a sí mismos.

Cuando vino la luz al mundo, los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal aborrece la luz… Pero el que obra según la verdad viene a la luz.

«Hacer el bien»… «Hacer el mal»…Suele ser de esta manera práctica que se hace la división. Cualquiera que hace el bien —aún si no conoce a Cristo— está ya en una cierta comunión con Dios.

Noel Quesson
Evangelios 1

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