Meditación – Miércoles II de Pascua

Hoy es miércoles II de Pascua.

La lectura de hoy  es del evangelio de Juan (Jn 3, 16-21):

En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios».

Hoy seguimos escuchando la conversación que —de noche— tuvo aquel maestro judío, Nicodemo, doctor de la Ley, con Jesucristo. Una conversación íntima y profunda. Nicodemo siente sinceramente la atracción de Jesús: Él es «algo» nuevo que irrumpe en nuestra historia; sólo alguien que viniera de parte de Dios podría realizar aquellos milagros.

Nicodemo, como judío convencido, confía en la Ley de Moisés. Sin embargo, como el resto del pueblo de Israel, espera el Mesías-Salvador. Jesús le descubre verdades insospechadas. Entre ellas que el Mesías es el mismísimo Hijo de Dios, del cual proviene la salvación del mundo. Sólo un Dios que estuviera dispuesto a sufrir con nosotros —haciéndose uno de nosotros— podía ofrecer de parte nuestra un sacrificio realmente agradable a Dios para nuestra salvación. Sabemos que este Hijo de Dios existe y que es Jesucristo. No se nos ha dado ningún otro nombre por el cual vayamos a ser salvados.

—Jesús, confieso que eres Dios y, porque realmente eres Dios, te confío mi eterna salvación.

REDACCIÓN evangeli.net

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