En tu nombre echaré la red

Desde que tú te fuiste, Señor,
no hemos pescado nada.
Llevamos más de veinte siglos
echando inútilmente las redes de la vida,
y entre sus mallas solo pescamos el vacío.

Yo, uno de tantos, voy quemando las horas
y mi alma sigue seca.

Me he vuelto duro e insensible lo mismo
que una tierra cubierta de cemento.
¿Estaremos ya muertos?
Sinceramente,
¿cuántos años hace que no nos reímos?
¿Quién recuerda la última vez
que amamos de verdad?

Y hoy, Señor, vuelves y me dices a mí,
pescador de contratiempos:
Echa tu red a la derecha, atrévete de nuevo a confiar,
abre tu alma saca del viejo cofre las nuevas ilusiones,
dale cuerda al corazón, levántate y camina.
Y lo hacemos casi solo por darte gusto.
Y, de repente, nuestras redes rebosan alegría,
nos resucita el gozo y es tanto el peso de amor
que recogemos que la red se nos rompe
cargada de ciento cincuenta y tres esperanzas.

Señor, tú que eres sembrador de esperanzas,
experto en pesca de corazones:
llégate a mi desbordada orilla,
camina sobre el agua de mi indiferencia,
y devuélveme, Señor, la alegría.
Te he tenido tanto tiempo sepultado,
tanto tiempo, Señor, sin conocerte,

pero hoy, al fin,
te he descubierto vivo en mis hermanos;
con ellos continuaré pescando por los mares de la vida.

¡En tu nombre, Señor, nuevamente echaré la red!