La misa del domingo

El Evangelio de este Domingo trae el relato de otra aparición o “manifestación” del Señor resucitado a sus Apóstoles. Las diversas apariciones narradas por los evangelistas suceden unas en Judea y otras en Galilea. Así, mientras las dos anteriores apariciones relatadas por San Juan en su Evangelio ocurrían en Jerusalén, específicamente en el Cenáculo a puertas cerradas, ésta tuvo lugar a orillas del Mar de Tiberíades, en Galilea, a unos 130 kilómetros al norte de Jerusalén. A Galilea habían marchado Pedro y los demás Apóstoles por indicación misma del Señor (ver Mt 28, 7.10.16; Mc 14, 28; 16,7).

El episodio narrado este Domingo trae a nuestra memoria otro episodio, ocurrido unos tres años antes en el mismo escenario. En aquella ocasión, en los albores de su ministerio público, el Señor Jesús había mandado a Pedro y a sus compañeros que remasen mar adentro y echasen las redes, tras una noche de pesca infructuosa (ver Lc 5, 4). Pedro y sus compañeros hicieron lo que el Señor les dijo y obtuvieron una pesca espectacular. De vuelta en la orilla, asombrado por lo ocurrido, Pedro no atinó sino a arrodillarse ante Jesús para decirle: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador» (Lc 5, 8). El Señor Jesús, buscando infundirle ánimo, le respondió: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5, 10). De este modo le revelaba al mismo tiempo su propia vocación y misión.

En aquella misma ocasión el Señor convocó también a Andrés, Santiago y Juan diciéndoles: «¡Síganme! Los haré pescadores de hombres» (Mc 1, 17). Y desde entonces, todos ellos, «dejándolo todo, le siguieron» (Lc 5, 11).

Años después aquella misma escena se repetía. Pedro, reunido con Tomás, Natanael, Santiago, Juan y otros dos discípulos cuya identidad el evangelista no menciona, toma la iniciativa y les dice: «me voy a pescar». Los demás se sumaron. Quizá sólo haya que ver en esta decisión de Pedro la necesidad que tenían de buscarse el alimento de cada día, mientras esperaban que el Señor se manifestase como había prometido. Aún así llama la atención que aquellos que lo habían dejado todo por seguir al Señor, ahora volviesen a retomar nuevamente su antiguo oficio. ¿Era un signo acaso de que Pedro no se sentía ya digno de su vocación y misión? ¿Cómo podía ser él Petrus¸ la piedra o roca sólida sobre la cual Cristo habría de edificar su Iglesia, cuando se había mostrado tan frágil e inconsistente aquella noche en que lo negó tres veces, con juramento e improperios? ¿No estaría Pedro decepcionado de sí mismo? ¿Cómo podía ser él digno de tal vocación y misión, cómo podía ya ser la roca sobre la que el Señor pensaba levantar su Iglesia? ¿Y cómo lo verían los demás Apóstoles? ¿Con qué autoridad se presentaría ante ellos, si había negado a su Señor? Con esta herida en su alma, con esta carga de frustración y decepción de sí mismo, con esta sensación de indignidad ante el encargo recibido, ¿no sería mejor volver a su antiguo oficio?

Luego de bregar inútilmente toda la noche, Pedro y sus compañeros ven a un hombre en la orilla al despuntar el día. Distaban de la orilla unos doscientos codos, es decir, unos cien metros, y ello hacía difícil reconocer de quién se trataba. Este hombre, luego de preguntarles si tenían pescado y obtener de ellos una respuesta negativa, les aconseja echar las redes «a la derecha de la barca» (Jn 21, 6). Hicieron lo que les decía, acaso pensando que habría visto alguna señal de la presencia de peces en esa zona. El resultado, como años antes, fue igualmente asombroso: ya no podían arrastrar la red por la cantidad extraordinaria de peces que habían capturado. Juan asoció de inmediato ambos episodios y comprendió quién era aquel hombre en la orilla: «¡es el Señor!», exclamó sin vacilar. Pedro, hombre de acción, apasionado, vehemente, impulsivo como siempre, no quiso esperar más para encontrarse con el Señor, se ciñó la túnica y se lanzó al agua para nadar hasta la orilla mientras los demás lo harían lentamente, arrastrando consigo la pesada carga de peces.

Ya en la orilla el Señor prepara unos peces asados para los apóstoles. Luego del buen desayuno se dirige a Pedro para hacerle tres veces consecutivas la pregunta acerca del amor y afecto que le tiene: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?… ¿Me amas?… ¿Me quieres?». A cada afirmación de Pedro, el Señor le responde: «Apacienta mis corderos… pastorea mis ovejas… apacienta mis ovejas».

Luego de su triple negación quiso el Señor hacerle a Pedro la triple pregunta sobre su amor, en el mismo escenario de la primera llamada, para reafirmar su llamado (ver Jn 21, 22) y misión de apacentar y pastorear Su rebaño. Pedro comprendía entonces que el amor cubría todos sus pecados (ver 1 Pe 4, 8) y que ni su vocación ni su misión quedaban canceladas por su triple negación. Él, la piedra elegida por el Señor (ver Mt 16, 18), debía aceptar humildemente su condición de vaso de barro (ver 2 Cor 4, 7). Debía comprender que la fuerza para llevar a cabo su misión no debía buscarla arrogantemente en sí mismo, sino en el amor al Señor. Por eso la medida del amor que el Señor le pide es «más que estos», mayor que el amor que cualquier otro discípulo pudiese tenerle, un amor que debía expresarse en el compromiso de apacentar y guiar el rebaño del Señor hasta dar la vida por él.

Fruto del encuentro con el Señor resucitado así como del don del Espíritu Santo, en obediencia a Dios y a la misión recibida del Señor Jesús, los Apóstoles darían un valiente testimonio de que Dios resucitó a Jesucristo, el Crucificado, exaltándolo como Jefe y Salvador «para otorgarle a Israel la conversión y el perdón de los pecados». Cristo es el Cordero degollado que, una vez exaltado, recibe «el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza» (ver la segunda lectura).

Definitivamente el encuentro con el Señor Resucitado es la razón del cambio profundo y radical experimentado por los Apóstoles, que se mostraron tan cobardes en el momento del prendimiento y crucifixión del Señor. La realidad, el hecho concreto y palpable de la resurrección de Cristo, y no una alucinación colectiva, fantasía o elaboración literaria, es lo único capaz de llevar a los Apóstoles a dar un audaz, sostenido y valiente testimonio del mensaje del Señor y de llenar Jerusalén y el mundo entero con la doctrina evangélica, a pesar de azotes, cárceles, ultrajes, intimidaciones e incluso la muerte misma que en su momento tendrán que sufrir por su fidelidad al Señor Jesús y al Evangelio que están llamados a proclamar (ver la primera lectura).

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

“El amor con amor se paga”. ¿Podemos amar menos a quien tanto nos ha amado, a quien ha entregado su vida por nosotros en la Cruz? “El amor en uno enciende el amor en el otro”, decía San Agustín. Al reconocer el inmenso amor que Dios nos tiene, no podemos sino conmovernos hasta lo más profundo, hasta las entrañas. Su amor nos estremece interiormente, nos deja atónitos: ¿por qué me has amado tanto, tanto Señor, que por mí te hiciste hombre, aceptaste insultos, burlas, bofetadas, latigazos, espinas, deshonra, injusticia, y finalmente, la muerte, y muerte en Cruz? No puede haber otra respuesta sino ésta: ¡Porque me amas verdaderamente! Y no con un amor cualquiera, sino con un amor profundo, extremo, que no conoce límites (ver Jn 13, 1).

Al mirar tu Cruz, ante el inmensísimo amor que nos muestras, ¿cómo es posible pensar que tú has abandonado al hombre, que tú te mantienes distante, lejano, impasible o indiferente ante el sufrimiento humano? ¡Somos nosotros, soy yo quien tantas veces te he abandonado, te he olvidado, te he dado la espalda, te he traicionado como Judas que te vendió por unas cuantas monedas, te he negado como Pedro, te he dejado sólo como los discípulos que salieron corriendo cuando vieron que tú te entregabas pacíficamente a tus captores, te he despreciado con mis pecados como el vulgo que gritaba cada vez más fuerte: “a ése crucifícale”! ¡Soy yo quien permanezco tan ciego a tu amor, Señor!

Pero, como a Pedro, también tú te acercas a mí cuando ando confundido, avergonzado y abatido por mis caídas y negaciones, para hacerme aquella misma triple pregunta: ¿Me amas? ¿Me amas más que estos? ¿Me quieres? Tú sabes, Señor, de mi fragilidad, ¡tú sabías de mis caídas y traiciones incluso antes de cometerlas yo! Aún así me buscas, me quieres, me amas, das la vida por mí para que pueda yo encontrar mi vida en ti. Señor, tú conoces todo lo que en mí está oculto (Jn 2, 25), porque sondeas hasta lo más profundo de mi corazón, ¡tú sabes que te quiero!

Señor, ¿es que no me amas menos por mis caídas, mis traiciones, mis pecados, mis infidelidades y mis negaciones (Mt 26, 74-75)? ¡Claro que te duelen, y las has cargado sobre ti en el Altar de la Cruz! Pero tu amor es más grande que mis pecados, y tu amor, cada vez que vuelvo a ti arrepentido, cubre la multitud de mis pecados, me perdonas nuevamente. Y una vez que he vuelto a ti, una vez que tú has perdonado mi culpa y mi pecado, tú quieres que te ame más. Por eso también a mí, cuantas veces vengo arrepentido a ti luego de mis rebeldías, me preguntas con delicadeza: ¿Me amas? ¿Me amas como se ama a aquel por quien se está dispuesto a dar la propia vida? ¿Me quieres, como se quiere al amigo entrañable?

Aquel que nos ha amado de un modo inaudito, que nos ha amado Él primero, te hace también hoy la triple pregunta sobre tu amor a Él. ¿Lo amas? Pero el Señor no te pide que ese amor se muestre en un sentimiento intenso, ni en el llanto o la efusión de una emoción pasajera, sino por el compromiso serio, constante, perseverante, así como en la generosa entrega a los demás: “si me amas, ¡apacienta, mis ovejas!”. Cada quien tiene alguien de quien preocuparse, alguien a quien alimentar y educar en la fe, alguien a quien acercar al Señor: esposo o esposa, hijos o padres, familiares, amigos o amigas, alumnos, trabajadores, etc. Todos son “ovejas del Señor” que de una u otra manera dependen de mi testimonio y apostolado, de que yo alimente y nutra su fe y los guíe en el camino de la vida cristiana. Éste es el amor con el que el Señor quiere que lo amemos: un amor afectivo que al mismo tiempo sea efectivo, es decir, comprometido en el apostolado y anuncio del Evangelio así como en la acción social solidaria, en la donación y entrega de sí mismo en favor de los demás.