Comentario – Domingo III de Pascua

El evangelio de hoy nos ofrece una de las estaciones más bellas de este via resurrectionis recorrido por los apóstoles tras su intenso via crucis. Éste les había dejado una profunda sensación de fracaso. Tras la dura experiencia de los días transcurridos en Jerusalén, los apóstoles vuelven a Galilea, su lugar de procedencia, intentando tal vez olvidar lo acaecido recientemente y recomponer los trozos de su vida destrozada; eso mismo parece llevarles hacia su antiguo estado y estilo de vida. Han iniciado un camino de retorno. Por eso, no es extraño que intenten, casi maquinalmente, recuperar su viejo oficio de pescadores, después de haber sido llamados a abandonar tal oficio para convertirse en pescadores de hombres.

Pero su intento de retorno a la vida pasada –como suele suceder tantas veces- resulta un fracaso: aquella noche no cogieron nada. Su vida había quedado marcada por Cristo, e intentar vivirla prescindiendo de él era ya imposible; sin él la vida no podía ser fecunda, ni satisfactoria; sin él, la vida carecía ya de sentido. Pero Jesús nunca se ausenta del todo; siempre se hace notar, y en las circunstancias más imprevistas. De madrugada, Jesús se acerca a la orilla, pero ellos no le reconocen.

La decepción ha cerrado provisionalmente sus ojos a las cosas hermosas y buenas de la vida. Reconocer a su Maestro en semejante estado resultaba francamente difícil. Él se dirige a ellos con palabras muy humanas, pero que ponen en evidencia la esterilidad de su esfuerzo: Muchachos, ¿tenéis pescado? Después de una entera noche de trabajo no tenían siquiera un pez que ofrecer al peregrino. Ésta era la realidad de su vida sin Cristo: no tener nada que ofrecer.

Entonces Jesús les hace una pequeña indicación: Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. Y realmente encontraron: tal cantidad de peces que no tenían fuerzas para sacar la red. La indicación del peregrino se había revelado sumamente eficaz. La cosa no había sucedido por casualidad. Era un signo similar a los muchos que habían acompañado a Jesús a lo largo de su vida pública. Y ese signo permitió el reconocimiento de uno de sus discípulos.

Es el Señor, exclamó Juan, el discípulo que Jesús tanto quería, aquel que se había distinguido por su amor al Maestro, el más ligado afectivamente a Jesús, el contemplativo, el más capaz de penetrar en el corazón de Cristo. Luego no todos le reconocieron al mismo tiempo; hubo quien le reconoció antes que los demás, siendo todos sus discípulos. Sólo el que está atento, sólo el que mira con ojos penetrantes –y tales son los ojos de la fe: ojos que ven más allá de la apariencia de las cosas el fundamento de las mismas-, sólo el que detiene su mirada repetidas veces en Jesús y en sus signos presenciales (su palabra, su eucaristía, el necesitado), puede ver al Resucitado allí donde está, porque se hace presente con la presencia que adopta en cada momento desde su condición gloriosa.

Reconocerle es sentirle vivo, cercano, activo, presente con toda su potencia y amor, y en todo momento: en el momento del fracaso y del éxito, en el momento de la prueba y de la bonanza, en el momento de la vida y de la muerte; es advertir que no estamos solos, ni siquiera cuando nos abandonan los demás, porque Jesús resucitado es la presencia amorosa siempre disponible, porque ya nada le puede impedir estar junto a nosotros y prepararnos la mesa (un trozo de pan y un pescado, distintos de los adquiridos por nosotros; enteramente suyos para nosotros) e invitarnos a ella.

Los apóstoles, quizá asustados, quizá extasiados, no se atreven a preguntarle quién esporque saben bien que es el Señor, aunque bajo la apariencia de un simple peregrino, de un lenguaje sencillo o de un gesto de delicadeza. Al fin y al cabo ésta había sido siempre la apariencia del Maestro: la de la mansedumbre y la humildad, la de la forma de siervo. ¿Para qué más preguntas e indagaciones?

No esperemos otras manifestaciones del Resucitado; no exijamos más apariciones, otras apariciones a la medida de nuestros deseos. Nosotros hoy tenemos más que aquellos apóstoles que fueron testigos de primera mano del Resucitado. Tenemos su propio testimonio, refrendado con sangre, una larga tradición de fe y de mártires que secundaron aquel primer testimonio capaz de desafiar prohibiciones leyes por obedecer a Dios. Ésta es la respuesta que aquellos apóstoles, testigos de la Resurrección de Jesús, dieron ante sus jueces amenazantes: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

En caso de conflicto entre las leyes humanas y la ley de Dios, prevalece la voluntad de Dios. Por muy grande que sea la autoridad de los hombres, mayor es la autoridad de Dios. Por eso, ante leyes injustas, inmorales, lesivas de la vida y la integridad humana, ante leyes contrarias a la doctrina evangélica, ante prohibiciones que plantan cara a la voluntad de Dios, sólo cabe la objeción de conciencia, pues no podemos hacer lo que en conciencia consideremos contrario a la voluntad de Dios.

Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Esto se hace especialmente válido y urgente en una religiosa (pero no cristiana) como la judía, en una sociedad pagana como la romana o en una sociedad descristianizada como la nuestra, donde proliferan leyes que no tienen en cuenta ni se inspiran en criterios evangélicos. Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres, aunque ello traiga consigo persecuciones, desprecios, exclusiones, sufrimientos. Que Dios nos encuentre preparados para afrontar las dificultades y oponer la objeción de conciencia si es preciso.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística