Comentario – Sábado II de Pascua

Jn 6, 16-21

El «signo» de la marcha sobre las aguas, en san Juan, como en san Mateo 14-22 y en san Marcos 6-45… está estrechamente ligado con la multiplicación de los panes.

La multiplicación de los panes prepara la parte principal del discurso sobre el Pan de vida (versículos 26 al 59): el verdadero pan de Dios, soy Yo, es mi Cuerpo y mi sangre… dados en alimento.

La marcha sobre las aguas inicia el final del discurso (versículos 60 al 71) En ella aparece Jesús como sustraído de alguna manera a las leves de la materia; es esto ya un modo de respuesta a las dificultades de los que rehusan aceptar su doctrina eucarística… este Cuerpo que dará en alimento será un cuerpo espiritual, como dirá san Pablo (1Corintios 15, 35-49), un Cuerpo resucitado.

Después de la multiplicación de los panes, llegada la tarde, bajaron sus discípulos al mar, y subiendo en la barca, se dirigían al otro lado del mar, hacia Cafarnaúm. Ya había oscurecido y aún no había vuelto a ellos Jesús.

Jesús queda solo. ¿Por qué no ha embarcado con ellos? Parece que esto fue muy intencional de su parte.

Cuando son conocidos los procedimientos que Juan emplea en la composición literaria, se adivina que todos los detalles tienen un valor. La «noche», las «tinieblas»… tienen una significación. Jesús está ausente: es de noche.

A través del mundo sensible, Juan sugiere el universo espiritual y religioso que su alma mística contempla. Todo es un símbolo. Esto no impide tampoco que sea «histórico». Juan estaba en esta barca, se afanaba en la noche, no lo olvidemos. Esta noche era algo muy real. Pero, al mismo tiempo para Juan significaba la ausencia de Jesús. Y esta noche dura siempre para todos los creyentes. La eucaristía es también como una noche.

El mar se alborotaba, pues soplaba muy fuerte el viento.

Además de la noche, que hace difícil la navegación, está la tempestad. A menudo, hoy también, nos envuelven las tempestades. Puedo rezar partiendo de las que tengo presentes… en mi vida, en el mundo actual.

Habiendo navegado como unos veinticinco o treinta estadios, vieron a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca.

Contemplo este «icono» admirable que Juan me describe. Es esto también una «imagen» real, histórica… pero que hay que saber contemplar desde el interior, en su significación religiosa.

Sí, el «cuerpo» de Jesús de Nazaret es un verdadero cuerpo de hombre. Pero es un cuerpo particular, enteramente penetrado del Espíritu de Dios. A sus apóstoles, este día, seles ha aparecido como sustraído a las leyes ordinarias de la gravedad. Cuando al día siguiente por la mañana, en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús dirá que hay que «comer su carne en alimento»… a los apóstoles les chocará menos que a los demás oyentes, porque recordarán la escena vivida sobre el mar. «El Espíritu es el que da vida, la carne no aprovecha para nada», dirá Jesús para tratar de hacer sentir el misterio de la eucaristía. (Juan, 6, 63).

Y temieron. Pero El les dijo: «Soy yo, no temáis.» Querían ellos tomarle en la barca; pero al instante se halló la barca en la ribera, adonde se dirigían.

El «temor» reverencial, signo de la Presencia de Dios, en el lenguaje cultural de la Biblia.

Y este otro «signo» misterioso: Cristo no parece ligado estrechamente a las leyes habituales de la localización…
Más allá de lo racional y de lo sensible y de lo comprensible… yo creo en ti.

Noel Quesson
Evangelios 1

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