El dulce Cristo en la tierra

1.- «¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestras enseñaza» (Hch 5, 28) Una vez más están frente al Sanedrín, ante el Tribunal Supremo de justicia de Israel. Y no será la última. Después serán otros tribunales, los romanos, los griegos, los egipcios, los persas, los hispanos. Habrá sentencias, sentencias capitales, sentencias de muerte. Ya lo había dicho el Señor: «Os llevarán a los tribunales por mi nombre. No temáis, no penséis qué habéis de contestar. Yo estaré muy cerca, el Espíritu contestará por vosotros».

Es claro, se ve palpablemente que estos hombres tienen una nueva fuerza desconocida, no hay manera de hacerlos callar. Y hablan, nada menos de que Jesús de Nazaret ha resucitado, de que es el Mesías prometido por los profetas, de que han crucificado al que había de venir, al Cristo de Dios, al Ungido, al Rey de Israel. Estas palabras sacuden sus conciencias dormidas. Pero en lugar de reconocer los hechos, en lugar de arrepentirse y hacer penitencia, se empeñan en ahogar aquellas voces que proclaman la verdad. Esa verdad a veces dura e hiriente, pero la única que salva, la verdad que nos libera. Ojalá que nosotros nunca la disimulemos ni la rechacemos, que la abracemos tal cual es, que la aceptemos plenamente. Así nuestra vida será un canto a la sinceridad, la sencillez, a la franqueza, a la humildad.

«Los Apóstoles salieron del Consejo contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús»(Hch 5, 41) Azotaron a los Apóstoles, les prohibieron hablar en el nombre de Jesús y los soltaron. Eran cuarenta varazos menos uno, descargando el golpe en seco sobre sus espadas desnudas, restallando sin piedad la dureza de sus nudos. La sangre que amorata lívidos cardenales en surco, la sangre que brota y que resbala caliente y viscosa sobre la piel. Apóstoles y mártires, enviados y testigos de excepción. Era la primera vez. En el cielo se oyó el preludio de esa sinfonía heroica y sangrienta que tantas veces terminaría en la muerte tan dolorosa como gloriosa.

Después los soltaron. Creyeron que aquel duro castigo sería suficiente para callarlos, una mordaza para sus bocas. Pero se equivocaron. Los Apóstoles, azotados y doloridos, caminaban, sin embargo, contentos, rebosantes de gozo por haber sufrido aquello por amor de Cristo. Cantando iban los mártires a la muerte del fuego, a ser devorados por las fieras. Radiantes de gozo. Era lógico que ante esto, la sangre de mártires fuera fecunda semilla de cristianos. Ir a la muerte cantando, aceptar con alegría el martirio lento de cada día, el martirio de un corazón desprendido, de un trabajo humanamente bien hecho, de un hacer lo que se pueda en favor de los demás, sin esperar ninguna recompensa terrena… Concédenos la fuerza y la gracia que necesitamos para ser mártires, testigos de la Verdad. Con una vida que convenza, que anime, que arrastre.

2.- «Te ensalzaré, Señor, porque me has librado…» (Sal 29, 2) La intervención de Dios impidió la burla de los enemigos. Cuando todo parecía perdido, el Señor sacó del abismo a su elegido. Por eso brotan del corazón del salmista palabras de gratitud y de gozo. El peligro fue tan inminente que parecía imposible salir de él, muy poco debió faltar para sucumbir. Todos de alguna forma, unos más y otros menos, hemos pasado por una situación parecida, aunque quizá ni nos hayamos dado cuenta. Cada vez que hemos ofendido a Dios, hemos corrido el tremendo peligro de ser condenados para siempre. Estuvimos al borde del abismo sin fin, a punto de padecer los tormentos del infierno. Tomemos conciencia de ello y elevemos, nosotros también, nuestro espíritu hacia el Señor, para agradecerle que nos haya librado, para pedirle que nunca más nos pongamos en estado de condenación.

«Tañed para el Señor, fieles suyos, dad gracias a su nombre santo» (Sal 29, 6) Gracias, Dios mío, gracias porque has querido darme otra oportunidad. Ya estaría apartado de ti para siempre, si tú no hubieras intervenido en favor mío. Por eso el alma se nos ha de llenar de gratitud, de deseos de aprovechar esta nueva ocasión de rectificar, de servir a Dios, de amarlo, de poseerle y de gozarle. Más adelante habla el texto sacro de que la cólera divina dura un instante, mientras que su bondad se extiende por toda la vida. Es cierto que la cólera divina, aunque sea breve, puede derribar y arrasar en un instante cuanto se ponga por delante. Por eso es conveniente tener un santo temor de Dios. Sin embargo, ha de prevalecer en nosotros el amor y la esperanza, la persuasión de que el Señor es ante todo bondadoso, capaz de perdonar una y mil veces, de tener paciencia hasta movernos, a fuerza de comprensión, a ser mejores cada día.

El Señor, además de perdonar, nos fortalece hasta el punto de que nada ni nadie nos pueda desanimar en nuestro propósito de servirle y de amarle sobre todas las cosas. Para ello hemos de recurrir con insistencia y con humildad a su bondad sin límites.

3.- «Yo, Juan, miré y escuché la voz de muchos ángeles…» (Ap 5, 11) El Apóstol y Evangelista san Juan es simbolizado con la figura de un águila. Sus alas se extienden poderosamente y surcan los aires hasta las alturas más elevadas. Su vuelo es majestuoso y sereno, seguro. Su mirada penetrante abarca un ancho panorama, descubre desde al altura su presa y mira de hito en hito la luz deslumbradora del sol… Juan sube hasta las cimas de las cumbres de Dios, su vuelo es tan alto que su mirada penetra, absorta y extasiada, en la morada inenarrable de la divinidad.

Sus palabras nos permiten entrever algo de la grandeza sin nombre que hay en el cielo. Millares y millones de ángeles, ancianos de porte mayestático, hombres y mujeres que cantan alborozados la victoria del Señor. La Jerusalén celestial, la Ciudad de Dios construida sobre fundamentos sólidos, con maravillosa y esplendente pedrería preciosa. El trono de Dios en su máxima gloria. Esas voces de muchas aguas que claman: «Al que se sienta en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos…». Danos, Señor, la luz que necesitamos para intuir al menos la maravilla y grandeza de tu Reino. Haz que la esperanza de llegar a gozar de todo eso, nos haga vivir mejor tu ley de amor y de entrega.

«Y los cuatro vivientes respondían: Amén» (Ap 5, 14) Hay palabras que han permanecido invariablemente a través de muchos siglos. Palabras difíciles de traducir con un solo vocablo, palabras tan llenas de significado que en sí mismas son todo un programa de vida, un ideal capaz de llenar por completo a existencia de un hombre. Y una de esas palabras es el «amén». Se trata de un vocablo que se remonta a los primeros pueblos semitas, a los antiguos hebreos que fueron llamados por Yahvé desde las remotas regiones de Mesopotamia.

«Amén» significa: así es, es verdad, es indiscutible, es evidente, es cierto. Por eso rubrica toda confesión de fe firme y decidida. También significa así sea, ojalá que tal suceso ocurra, Dios quiera que eso que pedimos con ardiente súplica nos sea concedido. Finalmente con el «amén» estamos diciendo al Señor que sí, que aceptamos rendidamente su voluntad… Amén, Señor, amén. Porque creo firmemente en tu Palabra, en las verdades que tú nos revelaste y que la Iglesia católica enseña. Amén también, Dios mío, porque deseo que se cumpla en mí tu voluntad. Y porque te pido que me concedas lo que más me convenga para ser bueno y fiel. Por todo eso, amén, Señor, siempre amén.

4.- «Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades» (Jn 21, 1) Muchas veces la escena evangélica se desarrolla a la orilla del lago de Tiberíades. Sus aguas limpias y azules fueron el fondo entrañable de los encuentros de Jesús con sus discípulos. En esta ocasión la pesca ha sido infructuosa. Toda la noche rastreando el lago, sin conseguir nada. Las luces del alba descendían desde las colinas cuando divisaron en la orilla la figura de un hombre. Les pregunta a lo lejos si han cogido algo, y al contestarle que no, les dice que vuelvan a echar las redes hacia la derecha de la barca. Como un último intento, aquellos pescadores le hacen caso… Entonces, un enjambre de peces aletea dentro de las redes, cargadas como nunca. Juan mira hacia la orilla y reconoce gozoso que al Maestro.

Pedro, el que por tres veces le negó, no duda ni por un momento en ir a su encuentro. Él sabía que el Señor le amaba más que lo suficiente para perdonarle su pecado. Esa era la diferencia respecto de Judas. Éste huyó de Jesús, no creyó posible el perdón para su traición. Pedro es cierto que lloró amargamente su pecado. Pero sabía que el Maestro le volvería a perdonar. Quien le había enseñado a perdonar siete veces siete, bien podría perdonarle a él. Y no se equivocó. El Señor le acoge con el mismo cariño de siempre, le mira con la misma profunda mirada, con la misma comprensión de antes.

Lo que quizá no imaginaba Pedro es que el perdón de Jesús iba a ser tan grande, que todo sería lo mismo que antes. Lo lógico hubiera sido que el primer puesto lo ocupara otro que lo mereciera más que él, otro que al menos no hubiera renegado de su Maestro hasta jurar que no le conocía. Sin embargo, Jesús le vuelve a encomendar el cuidado de su rebaño, le entrega otra vez el poder de regir a su Iglesia, la misión excelsa de ser su vicario en la tierra, el que haga sus veces cuando él se marche a los cielos.

Al mismo tiempo le profetiza las dificultades que ese papel entraña. Llegará el momento en que le perseguirán y el encarcelarán, le calumniarán y le maltratarán, lo llevarán maniatado adonde él no quisiera ir, le crucificarán en una de las colinas de Roma. La profecía se cumplió. Y se seguirá cumpliendo. Porque también hoy, lo mismo que ayer y que mañana, el Vicario de Jesús, el dulce Cristo en la tierra, sufrirá en su carne el dolor de ser fiel a su divino Maestro.

Antonio García Moreno