Junto al mar

1.- Y la cosa comenzó en Galilea, nos dice San Pedro, expresando con una frase incolora un hecho que transformó su propia vida y transformo el mundo entero.

+ La cosa comenzó en Galilea es un Dios, despojado de su rango, hecho carne de nuestra carne y huesos de nuestros huesos.

+ La cosa de Galilea es la proclamación a la humanidad de que ya no hay esclavos y libres, judíos o paganos, hombres o mujeres.

+ La cosa es la mayor revolución social y religiosa que jamás ha existido en el mundo.

+ Y la cosa para Pedro es el comienzo de una amistad que no pasará nunca.

2.- Y ese Señor que quiso comenzar la cosa en Galilea quiere acabar el capítulo de su vida mortal donde comenzó: en Galilea.

Y por eso, porque el Señor los ha convocado en Galilea nos encontramos hoy a los discípulos junto al mar de Tiberíades esperando la llegada del Señor.

Y la historia es que en la casa de la suegra de Pedro, donde están, se acaban las provisiones, que son demasiados seis huéspedes en una casa pobre. Y Pedro decide ir a pescar y todos se van con él. Y en toda la noche no pescan nada. Y en el fresco y limpio amanecer se les aparece el Señor a la orilla del mar.

3.- Y ese Jesús, en cuclillas ante el fuego, donde asa un pez, piensa en su Galilea, patria chica de todos ellos. Su mar con sus bonanzas y sus borrascas. Los campos de trigo mecidos por la brisa. Los lirios del campo y los pajarillos del cielo. Pueblo querido, gente muy buena que le han seguido.

El vino de Caná, la viuda de Naín, María la de Magdala. Nazaret, infancia protegida y acunada en el pecho de una madre cariñosa, experiencia nueva que el Hijo de Dios se lleva a su gloria.

Y los apóstoles, que ya llegan sin poder apenas con el peso de la red llena se sientan junto a Jesús, en profundo silencio, sin atreverse a preguntar: “Tu quien eres…”, porque en la paz de su corazón saben que es el Señor.

4.- El Señor se les aparece a la orilla del mar. Ese mar que recuerdan furioso y terrible dominado por el sólo mandato del Señor. Ese mar en cuyas orillas la multitud ha escuchado la palabra de Dios.

Ese mar que les hace pensar en la infinitud de Dios, empequeñecida en el cuerpo humano de ese Jesús, su Señor, su Dios. Un mar que pasea su mano suave por la arena de la playa borrando cualquier huella, como la mano piadosa de Dios acaricia el corazón humano perdonando setenta veces siete.

Señor mío y Dios mío, resuena en el corazón de cada uno de ellos ante el divino galileo que les invita a comer.

5.- Cuantas veces en nuestra vida nos pasamos largas horas, largos días y noches saneando y no pescamos nada, hasta que empieza a apuntar el día y sentimos nuevas fuerzas, nueva paz en el corazón y tampoco necesitamos preguntar “Tu quien eres” porque sabemos que es el Señor, el que en el sufrimiento y el dolor nos llevó en sus brazos dejando sólo sus huellas en la ardiente arena quemada por el sol.

Ojalá el Señor se nos aparezca a la orilla del mar de nuestra vida en la paz del amanecer.

José María Maruri, SJ