Sin beneficio de inventario

1.- “Estando a la orilla del lago y después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Pedro respondió: Señor, tú sabes todo, tú sabes que te quiero”. San Juan, Cáp. 21. A pocos kilómetros de Damasco, se asienta un pueblecito sirio de nombre Malula, habitado por musulmanes y cristianos que, a pesar del árabe su lengua oficial, conservan el idioma arameo como un recuerdo de familia. Quisiéramos visitar este poblado, con el evangelio en la mano, para escuchar de algún vecino en su idioma original, aquella frase de Jesús: “Simón hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”. La cual debió sonar con inusitada mansedumbre y amable fortaleza. Se trataba de resituar en su peculiar vocación, a quien sería en adelante la piedra fundamental de la Iglesia.

El texto de san Juan es la contraparte de otro que encontramos en san Marcos. Pedro había negado a su Maestro y el evangelista cuenta el hecho tres veces, que es una forma bíblica de resaltar lo sucedido. Y el Resucitado, al reencontrase con los suyos, le pregunta al jefe de los Doce: “Simón, Hijo de Juan, ¿me amas?”. Por segunda vez lo interroga. Y al final: “Simón hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”.

2.- Frente al paisaje abierto de lago, junto a las barcas y las redes tendidas al sol, Pedro recordaría con dolorosa claridad lo sucedido aquella oscura noche: “También tú estabas con Jesús de Nazaret. Tu acento lo delata”, le había dicho la criada del pontífice. Y el apóstol se había defendido: “No conozco a ese hombre de quien hablas”. San Juan consigna también la respuesta de Pedro a Jesús: “Señor, tú sabes todo. Tú sabes que amo”. Una afirmación inigualable. Asegura que el Señor conoce su historia íntegramente, pero a pesar de todo, sabe muy bien que lo ama. De parte del Señor hubo también una confirmación escalonada: “Apacienta mis corderos. Apacienta mis ovejas”. Y finalmente: “Apacienta mis ovejas”. El triple testimonio que, según la tradición judía, le daba consistencia a un contrato.

3.- Pero todo ello explica además el estilo del perdón que Dios concede. Es la ratificación de su amor, de su confianza en nosotros, sin beneficio de inventario. Porque la conversión cristiana y el Sacramento de la Reconciliación invitan encarecidamente a mirar hacia delante. No motivan una regresión sicológica, que ahonda las heridas y puede enfermar el espíritu. No entendemos entonces ciertas escuelas ascéticas empeñadas en recalcar, a todas horas, nuestra culpabilidad. Ni ciertos grupos piadosos, dedicados a enumerar y clasificar pecados. Como tampoco a quienes redactaron prolijos textos de examen de conciencia, añadiendo otros párrafos para evaluar si tales exámenes habían quedado bien hechos. A la luz del evangelio la moral cristiana no puede reducirse a un elenco de fallas. Ha de presentarnos, ante todo, los valores del Reino de Dios, que a diario nos reparte su paz y su alegría. Esta serenidad y este gozo conforman el clima de la Pascua y el contexto de toda vida cristiana.

4.- Una profesora de física decía: No entiendo a los predicadores que hacen continuo énfasis en el pecado. En mis estudios he encontrado numerosas páginas que presentan las maravillas de la luz. Jamás un texto que profundice en las tinieblas.

Gustavo Vélez, mxy

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