Comentario al evangelio – Sábado II de Pascua

Ya os decía, hace unos días, que la descripción de la comunidad, que hacía el libro de los Hechos, lo era del sueño que albergaban los primeros cristianos. Quiero decir que representaba el ideal, pero no era una fotografía de lo que ocurría. Juntos, por ejemplo, compartían el ideal de que todo lo tuvieran en común y que nadie pasara necesidad. Pero la realidad era más conflictiva que los ideales. De hecho, los discípulos grecoparlantes se quejan contra los hebreoparlantes, no por cuestiones lingüísticas, sino por algo mucho más serio: éstos no atienden a las pobres viudas de aquéllos. Y esto genera una discusión que fractura a la comunidad. Hay conflicto. Pero, ¿qué es lo que hace de él un conflicto que no es insalvable? Pues, precisamente, el hecho de que todos participan de la misma visión soñada y todos quieren hacerla cada vez más real.

No hay cosa peor que perder los sueños comunitarios. Perdido el sueño, se pierde la esperanza de construir una comunidad más evangélica. Se tira la toalla y se justifica esta postura, diciendo que no hay que ser idealistas y que esto no da más de sí. El sueño ha dejado de convertirse en ideal tensional que tira de las voluntades hacia arriba y hacia el centro.

Frente a esa postura, hay que mantener el deseo de crecer. Hay que recuperar el propio atractivo carismático. Hay que vencer la mediocridad y el miedo a la noche cerrada y al viento fuerte, que puede golpearnos. Hay que escuchar la voz de Jesús que nos dice: «soy yo, no temáis». Hay que adherirse a Él personal y colectivamente. Hay que dejarse moldear por Él. Y hay que decir testarudamente que, con la fuerza de la resurrección, otra comunidad es posible.

Ciudad Redonda

Meditación – Sábado II de Pascua

Hoy es sábado II de Pascua.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan 6, 16-21

Al oscurecer, los discípulos de Jesús bajaron al mar, embarcaron y empezaron la travesía hacia Cafarnaúm. Era ya noche cerrada, y todavía Jesús no los había alcanzado; soplaba un viento fuerte, y el lago se iba encrespando. Habían remado unos veinticinco o o treinta estadios, cuando vieron a Jesús que se acercaba a la barca, caminando sobre el mar, y se asustaron. Pero él les dijo: «Soy yo, no temáis». Querían recogerlo a bordo, pero la barca tocótierra en seguida, en el sitio a donde iban.

El Evangelio de hoy contiene dos verdades importantes. Primero, demuestra que Jesús es divino, porque podía caminar sobre el agua y controlar las leyes de la naturaleza. Lo puede hacer porque es uno con el Creador del universo. Jesús, siendo Señor de toda la Creación, tiene poder sobre la naturaleza. Al darse cuenta de esto, los apóstoles tuvieron miedo y se sintieron llenos de un temor grande y reverente. La segunda verdad que advertimos en este relato es que Jesús quiere hablarnos personalmente. Los apóstoles se dieron cuenta de la divinidad de Jesús, porque vieron que podía controlar el orden creado y se quedaron pasmados, pero el miedo dio paso a la fe cuando les dijo: “Soy yo, no tengan miedo.” Las palabras de Jesús les llegaron muy hondo a cada uno y les ablandó el corazón; por eso “con gusto lo recibieron en la barca. A veces nosotros también nos sentimos atormentados y atribulados, como los apóstoles que navegaban en el mar embravecido. Nadie es inmune a las dificultades de la vida: las tensiones y pesares con familiares y amigos; los problemas de trabajo o económicos; las enfermedades y los vicios. Por mucho que tratemos de evitar tales situaciones, a veces no parece que lo logramos, pero no hay que desmayar: Jesús quiere quesepamos que él también tiene dominio sobre todas estas cosas. Su muerte y su resurrecciónnos ponen ahora mismo en contacto con la vida del mundo venidero y así logramos vivir en la victoria de la resurrección. ¿Has tenido tú un encuentro con Cristo y has conocido su poder? ¿Lo has visto como Señor y Rey del universo, con autoridad sobre todas las cosas? ¿Has experimentado el consuelo de escuchar su voz cada día en la oración, en el Texto Sagrado y en la Liturgia? El Señor quiere que lo conozcas de todas estas formas. Acude a Jesús ahora mismo y haz oración; pídele que venga a tu corazón. El Señor te demostrará quetiene dominio sobre el pecado y sobre las obras de la oscuridad y te dará tranquilidad respecto a tu vida. Abre tu corazón y recíbelo con alegría. Una vez que lo hagas, dedícate a tener presente al Señor, hacer oración diariamente y leer y estudiar su Palabra en la Sagrada Escritura. Así crecerán tu fe y tu paz. “Señor mío Jesucristo, pongo toda mi confianza en ti. Ven a mi corazón y mi mente, para que la luz de tu verdad guíe mis pasos y yo sea un fiel seguidor tuyo.”

Comunidad Piedras Vivas

Liturgia – Sábado II de Pascua

SÁBADO II DE PASCUA

Misa del sábado (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio Pascual.

Leccionario: Vol. II

  • Hch 6, 1-7. Eligieron a siete hombres llenos del Espíritu Santo.
  • Sal 32.Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
  • Jn 6, 16-21.Vieron a Jesús caminando sobre el mar.

Antífona de entrada           Cf. 1 Pe 2, 9
Pueblo adquirido por Dios, anunciad las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa. Aleluya.

Monición de entrada y acto penitencial
Los apóstoles estaban buscando discípulos que atendieran a las necesidades materiales de la gente. Se esperaba que estos discípulos fueran servidores llenos del Espíritu de sabiduría, que percibieran con sensibilidad las necesidades, y fueran justos e imparciales al distribuir el alimento y la ayuda necesitada. Se requiere efectivamente sensibilidad para percibir quiénes son los realmente necesitados y qué necesitan realmente. Los apóstoles designaron a Esteban y a algunos compañeros más para esta misión. La Primera Lectura de hoy nos dice también que la primera obligación de la Iglesia es la proclamación de la Buena Noticia de salvación. Y el Evangelio añade, como buena noticia, que Cristo permanece siempre con su Iglesia, también en las pruebas y tempestades de todos los tiempos.

• Tú, que has destruido el pecado y la muerte con tu resurrección. Señor, ten piedad.
• Tú, que has renovado la creación entera con tu resurrección. Cristo, ten piedad.
• Tú, que das la alegría a los vivos y la vida a los muertos con tu resurrección. Señor, ten piedad.

Oración colecta
OH, Dios,
que, por los misterios pascuales,
has querido abrir a tus fieles la puerta de la misericordia,
míranos y ten piedad de nosotros,
para que no nos desviemos nunca del sendero de la vida
los que, con tu benevolencia,
seguimos el camino de tu voluntad.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Jesucristo, el Señor, está sentado a la derecha del Padre e intercede por nosotros. Oremos con confianza, animados por su mediación.

1.- Por el papa, los obispos, los sacerdotes y los diáconos, para que realicen su misión en la Iglesia animados por un espíritu de servicio. Roguemos al Señor.

2.- Por la Iglesia, para que todos los cristianos sientan la importancia de su colaboración en la extensión del reino de Dios. Roguemos al Señor.

3.- Por los que se preparan para recibir por vez primera la eucaristía, para que se dispongan a ser testigos de Cristo en la familia, en la escuela y en los diversos ambientes en que se mueven. Roguemos al Señor.

4.- Por los que pasan hambre, para que todos los ayudemos a salir de su difícil situación. Roguemos al Señor.

Escúchanos, Señor, haz que la Palabra de Jesucristo, tu Hijo se difunda, y crezca el número de sus discípulos. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
TE pedimos, Señor,
que, en tu bondad, santifiques estos dones,
aceptes la ofrenda de este sacrificio espiritual
y nos transformes en oblación perenne.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio Pascual

Antífona de comunión          Jn 17, 24
Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste. Aleluya.

Oración después de la comunión
SEÑOR, después de recibir el don sagrado del sacramento,
te pedimos humildemente
que nos haga crecer en el amor
lo que tu Hijo nos mandó realizar
en memoria suya.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Oración sobre el pueblo
CONCEDE, Señor,
que tus fieles, por la fuerza de tu bendición,
se dispongan interiormente al bien,
para que realicen todas sus obras
fortalecidos y movidos por tu amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Lectio Divina – Santa Catalina de Siena

Santa Catalina de Siena

Mi yugo es suave y mi carga ligera

1.-Oración introductoria.

Señor, te pido que me des un corazón humilde y sencillo, como el corazón de tu madre. Vengo hoy a ti no con la soberbia del fariseo que se creía mejor que los demás sino con la humildad del publicano que se sentía un gran pecador. No vengo a ti desde mi “exigencia” sino desde mi “indigencia”. No merezco que me des nada, pero sí pongo delante de ti mis manos vacías para que me las llenes.

2.- Lectura reposada del evangelio. Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».

3.- Qué dice el texto.

Meditación-Reflexión

La alabanza de Jesús va dirigida a su Padre, Señor del cielo y de la tierra. Es muy importante esa vinculación que hace Jesús entre el Padre y el Creador. Jesús ha disfrutado como nadie de la Naturaleza porque para Él no existe “naturaleza muerta” sino que toda la creación es un regalo del Padre para nosotros. En la hoja del árbol, en el canto del pájaro, en el ruido del agua, en la brisa del mar, Jesús descubre las huellas del Padre. Salir a la Naturaleza es empaparme de la ternura del Padre. Es más. Toda la creación me lleva de la mano a un Dios cada vez más grande. Toda la creación, como una rendija entre las nubes, me lleva a las profundidades del misterio de Dios que se revela “a la gente sencilla”. Sólo éstos conocen el paso de Dios por la Creación y por la Historia. Por otra parte, Jesús aparece como el verdadero descanso para los apóstoles. Y ¿dónde descansamos las personas? El verdadero descanso está en el amor. El niño descansa en los brazos de su madre; y el esposo con su esposa, y los amigos con sus amigos. Y toda persona está llamada a descansar en el corazón de Dios. “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón va de tumbo en tumbo mientras no descanse en Ti”.

Palabra del Papa.

La gente sencilla siempre tie­ne espacio para albergar el misterio. Tal vez hemos reducido nuestro hablar del misterio a una explicación racional; pero en la gente, el mis­terio entra por el corazón. En la casa de los pobres, Dios siempre encuentra sitio (Encuentro con el Episcopado brasileño, 27-7-13).

4.- Qué me dice a mí hoy este texto. (Guardo silencio)

5.-Propósito. Salir un rato al campo y disfrutar de la creación al pensar que ella es un bonito regalo del Padre para mí.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Gracias, Dios mío, por todo lo que he aprendido hoy en este espacio de oración. Gracias por las pistas que me has dado para disfrutar de la Naturaleza, no como un geólogo, sino como un hijo de Dios. Las montañas nevadas y los anchos mares; los pájaros con sus trinos y los peces de mil colores, todo lo ha creado mi Padre Dios para que lo disfrute. Y también para decirle: ¡Qué grande eres, Dios mío y qué inmenso es tu amor! Yo te adoro, te alabo y te amo.

ORACIÓN POR LA PAZ.

«Señor Jesús, Príncipe de la Paz, mira a tus hijos que elevan su grito hacia ti: Ayúdanos a construir la paz. Consuela, oh Dios misericordioso, los corazones afligidos de tantos hijos tuyos, seca las lágrimas de los que están en la prueba, haz que la dulce caricia de tu Madre María caliente los rostros tristes de tantos niños que están lejos del abrazo de sus seres queridos. Tú que eres el Creador del mundo, salva a esta tierra de la destrucción de la muerte generalizada, haz que callen las armas y que resuene la dulce brisa de la paz. Señor Dios de la esperanza, ten piedad de esta humanidad sorda y ayúdala a encontrar el valor de perdonar». (Parolín, Secretario del Estado Vaticano)

Comentario – Viernes II de Pascua

Jn 6, 1-15

Empezamos hoy la lectura del famoso capítulo 6 de san Juan: es una verdadera síntesis teológica sobre la eucaristía y sobre la fe. Según un procedimiento de composición, habitual en san Juan, tendremos el relato de dos milagros, luego un largo discurso de Jesús que expresa y prolonga la significación de estos dos ‘ signos ‘ prodigiosos. La lectura de este conjunto abarcará toda la próxima semana, i) Multiplicación de los panes. 2) Marcha sobre las aguas. 3) Discurso sobre el Pan de Vida.

Al otro lado del lago le seguía una gran muchedumbre porque había visto los ‘signos que hada… subió Jesús al monte y se sentó con sus discípulos. Estaba cercana la Pascua, la gran fiesta de los Judíos.

alusión explícita a la proximidad de la Pascua… y, como enseguida veremos, la formula de bendición de los panes (eucaristasas en griego) que es exactamente la utilizada durante la Cena-comida pascual… prueban que san Juan pensaba ciertamente en la Eucaristía. No olvidemos, además, que cuando Juan escribió este relato, la Iglesia tenía ya una práctica de al menos unos 40 ó 5 o años de celebraciones eucarísticas.

Levantando pues los ojos, y contemplando la gran muchedumbre que venía a El, dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para dar de comer a éstos?»

Dios es amor, dirá san Juan en su primera Epístola.

Jesús es amor, nos revela a Dios.

Jesús ve las necesidades de los hombres. Jesús se preocupa de la felicidad de los hombres. Jesús tiene presente la vida de los hombres.

Su milagro de la multiplicación de los panes, como su sacramento de eucaristía… son gestos de amor.

¡Me paro a escuchar tu voz, Jesús! Eres Tú quien nos interroga, quien nos provoca. Eres Tú, Señor, quien nos pide saber mirar el hambre de los hombres, y sus necesidades aún las más prosaicas… «para que tengan de qué comer» Tú dices… ¡simplemente de qué comer! Y nosotros que tan a menudo soñamos en un Dios lejano, en las nubes. Eres Tú que nos conduces a nuestra vida humana cotidiana. Amar… ¡ahí está! es un humilde servicio cotidiano.

Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es esto para tanta gente?

Ante los grandes problemas humanos —el Hambre, la Paz, la Justicia— repetimos constantemente la misma respuesta: «¿qué podemos hacer nosotros? esto nos rebasa.»

Retengo la inmensa desproporción: 5 panes… 2 peces… 5.000 hombres.

Jesús tomó los panes, y, habiendo «eucaristiado» —habiendo «dado gracias»— se los distribuyó.
Dar Gracias. Agradecer a Dios.

Tal es el sentimiento de Jesús en este instante. Piensa en otra multiplicación de «panes». Piensa en el inaudito misterio de la comida pascual que ofrecerá a los hombres de todos los tiempos. No descuida el «hambre corporal», pero piensa sobre todo en el «hambre de Dios» que es de tal modo más grave aún para los hombres.

«Verdaderamente éste es el gran profeta, que ha de venir al mundo.» Pero Jesús conociendo que iban a venir para arrebatarle y hacerle rey se retiró otra vez al monte El solo.

Jesús no quiere dejar creer que El trabaja para un reino terrestre. Su proyecto no es político, incluso si tiene incidencias humanas profundas. Jesús no entra directamente en el proyecto de «liberación» cívica en el que sus contemporáneos quisieran arrastrarle. Esto será por otra parte la gran decepción de estas gentes, que le abandonarán todos. Jesús piensa que su proyecto es otro: su gran discurso sobre el ‘pan de la vida eterna» nos revelará ese «proyecto».

Noel Quesson
Evangelios 1

La misa del domingo

El Evangelio de este Domingo trae el relato de otra aparición o “manifestación” del Señor resucitado a sus Apóstoles. Las diversas apariciones narradas por los evangelistas suceden unas en Judea y otras en Galilea. Así, mientras las dos anteriores apariciones relatadas por San Juan en su Evangelio ocurrían en Jerusalén, específicamente en el Cenáculo a puertas cerradas, ésta tuvo lugar a orillas del Mar de Tiberíades, en Galilea, a unos 130 kilómetros al norte de Jerusalén. A Galilea habían marchado Pedro y los demás Apóstoles por indicación misma del Señor (ver Mt 28, 7.10.16; Mc 14, 28; 16,7).

El episodio narrado este Domingo trae a nuestra memoria otro episodio, ocurrido unos tres años antes en el mismo escenario. En aquella ocasión, en los albores de su ministerio público, el Señor Jesús había mandado a Pedro y a sus compañeros que remasen mar adentro y echasen las redes, tras una noche de pesca infructuosa (ver Lc 5, 4). Pedro y sus compañeros hicieron lo que el Señor les dijo y obtuvieron una pesca espectacular. De vuelta en la orilla, asombrado por lo ocurrido, Pedro no atinó sino a arrodillarse ante Jesús para decirle: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador» (Lc 5, 8). El Señor Jesús, buscando infundirle ánimo, le respondió: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5, 10). De este modo le revelaba al mismo tiempo su propia vocación y misión.

En aquella misma ocasión el Señor convocó también a Andrés, Santiago y Juan diciéndoles: «¡Síganme! Los haré pescadores de hombres» (Mc 1, 17). Y desde entonces, todos ellos, «dejándolo todo, le siguieron» (Lc 5, 11).

Años después aquella misma escena se repetía. Pedro, reunido con Tomás, Natanael, Santiago, Juan y otros dos discípulos cuya identidad el evangelista no menciona, toma la iniciativa y les dice: «me voy a pescar». Los demás se sumaron. Quizá sólo haya que ver en esta decisión de Pedro la necesidad que tenían de buscarse el alimento de cada día, mientras esperaban que el Señor se manifestase como había prometido. Aún así llama la atención que aquellos que lo habían dejado todo por seguir al Señor, ahora volviesen a retomar nuevamente su antiguo oficio. ¿Era un signo acaso de que Pedro no se sentía ya digno de su vocación y misión? ¿Cómo podía ser él Petrus¸ la piedra o roca sólida sobre la cual Cristo habría de edificar su Iglesia, cuando se había mostrado tan frágil e inconsistente aquella noche en que lo negó tres veces, con juramento e improperios? ¿No estaría Pedro decepcionado de sí mismo? ¿Cómo podía ser él digno de tal vocación y misión, cómo podía ya ser la roca sobre la que el Señor pensaba levantar su Iglesia? ¿Y cómo lo verían los demás Apóstoles? ¿Con qué autoridad se presentaría ante ellos, si había negado a su Señor? Con esta herida en su alma, con esta carga de frustración y decepción de sí mismo, con esta sensación de indignidad ante el encargo recibido, ¿no sería mejor volver a su antiguo oficio?

Luego de bregar inútilmente toda la noche, Pedro y sus compañeros ven a un hombre en la orilla al despuntar el día. Distaban de la orilla unos doscientos codos, es decir, unos cien metros, y ello hacía difícil reconocer de quién se trataba. Este hombre, luego de preguntarles si tenían pescado y obtener de ellos una respuesta negativa, les aconseja echar las redes «a la derecha de la barca» (Jn 21, 6). Hicieron lo que les decía, acaso pensando que habría visto alguna señal de la presencia de peces en esa zona. El resultado, como años antes, fue igualmente asombroso: ya no podían arrastrar la red por la cantidad extraordinaria de peces que habían capturado. Juan asoció de inmediato ambos episodios y comprendió quién era aquel hombre en la orilla: «¡es el Señor!», exclamó sin vacilar. Pedro, hombre de acción, apasionado, vehemente, impulsivo como siempre, no quiso esperar más para encontrarse con el Señor, se ciñó la túnica y se lanzó al agua para nadar hasta la orilla mientras los demás lo harían lentamente, arrastrando consigo la pesada carga de peces.

Ya en la orilla el Señor prepara unos peces asados para los apóstoles. Luego del buen desayuno se dirige a Pedro para hacerle tres veces consecutivas la pregunta acerca del amor y afecto que le tiene: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?… ¿Me amas?… ¿Me quieres?». A cada afirmación de Pedro, el Señor le responde: «Apacienta mis corderos… pastorea mis ovejas… apacienta mis ovejas».

Luego de su triple negación quiso el Señor hacerle a Pedro la triple pregunta sobre su amor, en el mismo escenario de la primera llamada, para reafirmar su llamado (ver Jn 21, 22) y misión de apacentar y pastorear Su rebaño. Pedro comprendía entonces que el amor cubría todos sus pecados (ver 1 Pe 4, 8) y que ni su vocación ni su misión quedaban canceladas por su triple negación. Él, la piedra elegida por el Señor (ver Mt 16, 18), debía aceptar humildemente su condición de vaso de barro (ver 2 Cor 4, 7). Debía comprender que la fuerza para llevar a cabo su misión no debía buscarla arrogantemente en sí mismo, sino en el amor al Señor. Por eso la medida del amor que el Señor le pide es «más que estos», mayor que el amor que cualquier otro discípulo pudiese tenerle, un amor que debía expresarse en el compromiso de apacentar y guiar el rebaño del Señor hasta dar la vida por él.

Fruto del encuentro con el Señor resucitado así como del don del Espíritu Santo, en obediencia a Dios y a la misión recibida del Señor Jesús, los Apóstoles darían un valiente testimonio de que Dios resucitó a Jesucristo, el Crucificado, exaltándolo como Jefe y Salvador «para otorgarle a Israel la conversión y el perdón de los pecados». Cristo es el Cordero degollado que, una vez exaltado, recibe «el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza» (ver la segunda lectura).

Definitivamente el encuentro con el Señor Resucitado es la razón del cambio profundo y radical experimentado por los Apóstoles, que se mostraron tan cobardes en el momento del prendimiento y crucifixión del Señor. La realidad, el hecho concreto y palpable de la resurrección de Cristo, y no una alucinación colectiva, fantasía o elaboración literaria, es lo único capaz de llevar a los Apóstoles a dar un audaz, sostenido y valiente testimonio del mensaje del Señor y de llenar Jerusalén y el mundo entero con la doctrina evangélica, a pesar de azotes, cárceles, ultrajes, intimidaciones e incluso la muerte misma que en su momento tendrán que sufrir por su fidelidad al Señor Jesús y al Evangelio que están llamados a proclamar (ver la primera lectura).

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

“El amor con amor se paga”. ¿Podemos amar menos a quien tanto nos ha amado, a quien ha entregado su vida por nosotros en la Cruz? “El amor en uno enciende el amor en el otro”, decía San Agustín. Al reconocer el inmenso amor que Dios nos tiene, no podemos sino conmovernos hasta lo más profundo, hasta las entrañas. Su amor nos estremece interiormente, nos deja atónitos: ¿por qué me has amado tanto, tanto Señor, que por mí te hiciste hombre, aceptaste insultos, burlas, bofetadas, latigazos, espinas, deshonra, injusticia, y finalmente, la muerte, y muerte en Cruz? No puede haber otra respuesta sino ésta: ¡Porque me amas verdaderamente! Y no con un amor cualquiera, sino con un amor profundo, extremo, que no conoce límites (ver Jn 13, 1).

Al mirar tu Cruz, ante el inmensísimo amor que nos muestras, ¿cómo es posible pensar que tú has abandonado al hombre, que tú te mantienes distante, lejano, impasible o indiferente ante el sufrimiento humano? ¡Somos nosotros, soy yo quien tantas veces te he abandonado, te he olvidado, te he dado la espalda, te he traicionado como Judas que te vendió por unas cuantas monedas, te he negado como Pedro, te he dejado sólo como los discípulos que salieron corriendo cuando vieron que tú te entregabas pacíficamente a tus captores, te he despreciado con mis pecados como el vulgo que gritaba cada vez más fuerte: “a ése crucifícale”! ¡Soy yo quien permanezco tan ciego a tu amor, Señor!

Pero, como a Pedro, también tú te acercas a mí cuando ando confundido, avergonzado y abatido por mis caídas y negaciones, para hacerme aquella misma triple pregunta: ¿Me amas? ¿Me amas más que estos? ¿Me quieres? Tú sabes, Señor, de mi fragilidad, ¡tú sabías de mis caídas y traiciones incluso antes de cometerlas yo! Aún así me buscas, me quieres, me amas, das la vida por mí para que pueda yo encontrar mi vida en ti. Señor, tú conoces todo lo que en mí está oculto (Jn 2, 25), porque sondeas hasta lo más profundo de mi corazón, ¡tú sabes que te quiero!

Señor, ¿es que no me amas menos por mis caídas, mis traiciones, mis pecados, mis infidelidades y mis negaciones (Mt 26, 74-75)? ¡Claro que te duelen, y las has cargado sobre ti en el Altar de la Cruz! Pero tu amor es más grande que mis pecados, y tu amor, cada vez que vuelvo a ti arrepentido, cubre la multitud de mis pecados, me perdonas nuevamente. Y una vez que he vuelto a ti, una vez que tú has perdonado mi culpa y mi pecado, tú quieres que te ame más. Por eso también a mí, cuantas veces vengo arrepentido a ti luego de mis rebeldías, me preguntas con delicadeza: ¿Me amas? ¿Me amas como se ama a aquel por quien se está dispuesto a dar la propia vida? ¿Me quieres, como se quiere al amigo entrañable?

Aquel que nos ha amado de un modo inaudito, que nos ha amado Él primero, te hace también hoy la triple pregunta sobre tu amor a Él. ¿Lo amas? Pero el Señor no te pide que ese amor se muestre en un sentimiento intenso, ni en el llanto o la efusión de una emoción pasajera, sino por el compromiso serio, constante, perseverante, así como en la generosa entrega a los demás: “si me amas, ¡apacienta, mis ovejas!”. Cada quien tiene alguien de quien preocuparse, alguien a quien alimentar y educar en la fe, alguien a quien acercar al Señor: esposo o esposa, hijos o padres, familiares, amigos o amigas, alumnos, trabajadores, etc. Todos son “ovejas del Señor” que de una u otra manera dependen de mi testimonio y apostolado, de que yo alimente y nutra su fe y los guíe en el camino de la vida cristiana. Éste es el amor con el que el Señor quiere que lo amemos: un amor afectivo que al mismo tiempo sea efectivo, es decir, comprometido en el apostolado y anuncio del Evangelio así como en la acción social solidaria, en la donación y entrega de sí mismo en favor de los demás.

En tu nombre echaré la red

Desde que tú te fuiste, Señor,
no hemos pescado nada.
Llevamos más de veinte siglos
echando inútilmente las redes de la vida,
y entre sus mallas solo pescamos el vacío.

Yo, uno de tantos, voy quemando las horas
y mi alma sigue seca.

Me he vuelto duro e insensible lo mismo
que una tierra cubierta de cemento.
¿Estaremos ya muertos?
Sinceramente,
¿cuántos años hace que no nos reímos?
¿Quién recuerda la última vez
que amamos de verdad?

Y hoy, Señor, vuelves y me dices a mí,
pescador de contratiempos:
Echa tu red a la derecha, atrévete de nuevo a confiar,
abre tu alma saca del viejo cofre las nuevas ilusiones,
dale cuerda al corazón, levántate y camina.
Y lo hacemos casi solo por darte gusto.
Y, de repente, nuestras redes rebosan alegría,
nos resucita el gozo y es tanto el peso de amor
que recogemos que la red se nos rompe
cargada de ciento cincuenta y tres esperanzas.

Señor, tú que eres sembrador de esperanzas,
experto en pesca de corazones:
llégate a mi desbordada orilla,
camina sobre el agua de mi indiferencia,
y devuélveme, Señor, la alegría.
Te he tenido tanto tiempo sepultado,
tanto tiempo, Señor, sin conocerte,

pero hoy, al fin,
te he descubierto vivo en mis hermanos;
con ellos continuaré pescando por los mares de la vida.

¡En tu nombre, Señor, nuevamente echaré la red!

Comentario al evangelio – Santa Catalina de Siena

Hay una mujer sencilla, muy alejada en el tiempo, que pertenece al grupo de los que han recibido la revelación de Dios. Se llama Catalina de Siena. En un siglo en el que estamos viviendo la “revolución de la mujer”, necesitamos figuras que encarnen la manera femenina de seguir a Jesús. En Catalina se dan los rasgos que aparecen en la oración de Jesús:

Ella fue una mujer sencilla. No sabía leer ni escribir. No tuvo, por tanto, ninguna formación académica.

Ella fue una escogida por Dios. En los 33 años de su existencia, se dejó seducir por Jesucristo, hasta el punto de que, renunciando a cualquier otra relación, se desposó con él y recibió el don místico del desposorio espiritual.

Catalina representa un espíritu fuerte en tiempos muy convulsos para la sociedad y para la Iglesia. Su criterio evangélico ayudó a muchos, incluyendo dos Papas, a encontrar el verdadero camino. Fue como un faro en medio de la tormenta.

En el origen de esta actitud está su relación especial con Jesús y su vinculación a la dulce Madre, la Virgen María. Estas relaciones fuertes le permitieron abordar una vida de extraordinaria penitencia y, sobre todo, las múltiples persecuciones y calumnias de que fue objeto.

Cuando, contemplando a Catalina, dirigimos la mirada a nuestro tiempo, podemos hacernos una pregunta simple: ¿Cómo contribuir a encontrar el camino evangélico en tiempos tan complejos como los que nos ha tocado vivir? La respuesta es sencilla, aunque en absoluto fácil:

Viviendo relaciones fuertes con quienes pueden sostener una vida: Jesús y su Madre.

Aceptando “entregar la vida” para que otros puedan vivir. Esta entrega de la propia vida tiene que ver con la aceptación de muchas cosas que no nos gustan, pero que sirven para que los demás crezcan. Y, naturalmente, tiene que ver con la incomprensión, el desprecio y la prueba

Ciudad Redonda