El buen pastor y los mercenarios

¡Cristo ha resucitado! “Mors illi ultra non dominabitur”. A Cristo ya no le domina la muerte. Vive para siempre. Aleluya. ¡La resurrección de Nuestro Señor! Esta realidad increíble en la que creemos penetra todo este tiempo que ahora transcurre en la liturgia. También nosotros hemos resucitado con Cristo a una vida nueva, llena de fe, de amor y de pureza. Si no en el cuerpo, sí en el alma hemos llevado aquellas vestiduras blancas que los recién bautizados en la antigua cristiandad portaban en la semana de Pascua. “Saboread las cosas de Dios”, nos ha repetido, insistente, la Santa Madre Iglesia, que el domingo pasado elevaba al Señor en nuestro nombre esta espléndida plegaria: “Haz, te rogamos, oh Dios omnipotente, que habiendo celebrado las fiestas de Pascua, continuemos, con tu gracia, realizando su ideal en nuestra vida y costumbres. Por Jesucristo Nuestro Señor”.

Es en este contexto litúrgico como deben entenderse los textos de la misa de hoy, especialmente el Evangelio. Parece como si la Iglesia –que es nuestra Madre, no lo olvidemos– nos dijera: Habéis resucitado con Cristo, queréis seguirle, queréis “realizar su ideal en vuestra vida y costumbres”. Pues bien, no olvidéis que para perseverar en ese ideal –que es capaz de llenar las ansias del corazón–, para apartar todos los obstáculos, para superar todas las dificultades, hay que tener muy dentro lo que Jesús dice hoy de sí mismo: “Yo soy el buen Pastor”.

Este domingo es, en efecto, el domingo del Buen Pastor. En la epístola, San Pedro hace una emotiva evocación de los padecimientos de Cristo y de su fruto inmenso en las almas. Termina diciendo: “Andabais como ovejas descarriadas, pero ahora os habéis convertido al Pastor de vuestras almas”. En el Evangelio Jesús lo dice directamente: “Yo soy el Buen Pastor, y conozco mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí”.

La idea de Cristo-Pastor penetró de tal forma el corazón de los primeros cristianos que la imagen del Buen Pastor está unida al brote inicial del arte cristiano. En las Catacumbas de Domitila –siglo I– aparece ya la figura del Buen Pastor. Desde entonces es un motivo, un modelo constante de iconografía cristiana. La plasticidad de esta imagen ha sido incorporada por la Iglesia a su liturgia y hoy la tenemos por delante. ¿Qué mensaje nos trae en este domingo segundo que sigue a la Pascua?

Entre la multitud de ideas y sugerencias que solicitan nuestra atención al mirar a Cristo, pastor bueno de las almas, hay una que, me parece está en el centro de la liturgia pascual: Cristo, que ha resucitado y nos ha abierto el camino de una vida nueva es también el único que puede conducirnos hasta llegar a la meta.

Dos puntos tenemos que considerar aquí. El primero es esa exclusividad de Cristo –con pleno derecho: derecho de conquista, decían los antiguos– para conducirnos al triunfo. Los demás, dice el Señor, son mercenarios. Yo soy el Buen Pastor. Por medio de su doctrina, de sus sacramentos y de la jerarquía por El establecida, Jesús es el único que puede guiarnos. A veces, el hombre –es una constante histórica– cree escuchar por otras partes mensajes de salvación, doctrinas o personajes que se presentan con carácter mesiánico. No nos engañemos: son mercenarios, no aman al hombre de carne y hueso. Por eso, al venir el lobo, dejan las ovejas y huyen, y el lobo arrebata y dispersa las ovejas. Cristo es el Buen Pastor porque da su vida por las ovejas. Ha entregado su vida por nosotros y la ha recobrado triunfante como primicias de nuestro personal triunfo. Cristo dice de sí mismo cosas impresionantes. Hay que meditarlas despacio: Yo soy la Verdad. Yo soy el Camino. Yo soy la Vida. Yo soy la Puerta. Yo soy el Buen Pastor… No se nos ha dado otro Nombre, dirá poco después San Pedro (Hechos 4, 12), en el que podamos ser salvos, que el Nombre de Jesús.

Pero si Cristo es el único que puede conducirnos a la Vida, a nosotros toca el no poner obstáculos. Este es el segundo punto. Dice Jesús que cuando llega el Buen Pastor, “las ovejas oyen su voz y llama a las ovejas a cada uno por su nombre… y va delante de ellas, y las ovejas le siguen porque conocen su voz”. La vida cristiana es un dejarse llevar por Jesucristo. De ahí, que una característica fundamental del cristiano sea su docilidad a la gracia, a la acción de Dios en el alma. Lo cual –quede bien claro– no significa en lo más mínimo pasividad: ser dócil a la gracia –a las indicaciones del Buen Pastor– es faena sobrenatural de altos vuelos, que exige en el hombre acopio de energía y mucha generosidad. Seguir a Cristo, dejarse conducir por Él, exige al hombre cristiano día a día, hora a hora, una batalla campal contra los enemigos del alma, que tiran hacia abajo, hacia el barro. Lo que sucede –y aquí está el secreto de la vida cristiana– es que esa batalla no es una lucha negativa, agria y seca, sino la lucha victoriosa, alegre, comprometida de los hombres que en el seguimiento de Cristo encuentran su felicidad y su triunfo.

Cristo es el Buen Pastor. Es el Único: los demás son mercenarios. A cada uno nos llama por nuestro nombre. Que sepamos seguirle. Este es el ideal de la Pascua.

Pedro Rodríguez