Comentario al evangelio – Lunes III de Pascua

El pan de vida: el alimento que perdura para la vida eterna

El camino pascual es un proceso mistagógico (una guía de introducción en los misterios cristianos, una profundización de la catequesis prebautismal), que enseña al neófito (y a toda la comunidad que lo acompaña) dónde puede ver al Señor resucitado. Y en esta tercera semana la atención se centra en la Eucaristía: la comunidad cristiana (primer lugar en el que se puede ver al Señor) es una comunidad eucarística. Las experiencias del Señor resucitado narradas por los evangélicos tienen lugar preferentemente en el contexto de la Eucaristía.

El evangelio de Juan presenta la realidad de le Eucaristía por medio del discurso del pan de vida en el capítulo 6. Después de alimentar a la multitud con cinco panes y dos peces, se da un momento de transición, del pan material a la fe. Jesús se preocupa de nuestras necesidades materiales, da de comer a la multitud hambrienta, pero, acto seguido, invita a dar un paso más allá de estas necesidades inmediatas, a pasar “a la otra orilla”, a renunciar a una relación meramente interesada con Dios, como solución extrema de nuestros problemas, cuando no podemos resolverlos por nosotros mismos, para entablar una relación basada en la fe-confianza, la única posible en el asunto de la salvación. El pan material sirve como “signo”, que remite a otra dimensión, la de la vida eterna, la vida en Dios. Se trata de dimensiones íntimamente conectadas, que no es posible separar. Igual que hace Cristo, el que cree en él se preocupa de las necesidades concretas (materiales, psicológicas, espirituales) de su prójimo, el amor se traduce en acciones de solicitud y ayuda a los necesitados. Por eso, precisamente, el dar de comer a la multitud, remediando su hambre física, es signo de esa vida superior. Estamos llamados a preocuparnos de las necesidades materiales de nuestro prójimo: Cristo mismo les da de comer, pero lo hace por medio de nuestras manos. Y como no somos sólo una organización de beneficencia, una ONG, esos gestos de fraternidad se convierten en signos de una realidad superior que ya está operando entre nosotros. Realizando la obra de solidaridad fraterna, invitamos a ir más allá, a realizar la obra de Dios, el paso a la fe en Jesucristo, el verdadero pan de vida. De hecho, si esa solidaridad es “fraterna”, lo es porque vemos en nuestro prójimo, en cualquier persona, a un hermano, hijo del Padre de Jesucristo. Es por la fe en Cristo por lo que conocemos a Dios como Padre y a nuestros semejantes como hermanos.

Es esencial conectar los gestos (signos) de fraternidad con esa fe explícita en el Dios Padre de Jesucristo. En caso contrario, podemos caer en un buenismo ingenuo, sin verdadera confesión (una fraternidad etérea, sin un Padre que nos hermana), o, por el lado contrario, en una confesión intransigente que no nos permite ver en los demás a nuestros hermanos. Aquí vale la confesión valiente, arriesgada y sin irenismo de Esteban, que nos acompaña en estos días.

José M. Vegas cmf