Resistencia de los judíos vs. alegría y Espíritu Santo para los gentiles

Pablo y Bernabé inician sus primeros pasos en la misión evangelizadora. Son enviados por la comunidad de Antioquía de Siria, donde por primera vez se les llamó “cristianos” a los seguidores del Nazareno. Lucas nos indica que Pablo y Bernabé exhortaban a ser fieles a la gracia de Dios. Ellos entendían que esta fidelidad a la gracia implicaba nada más y nada menos que aceptar a Jesús de Nazareth como el Mesías y el enviado de Dios para salvar al género humano. Contrariamente a lo que cabría esperar, no son los judíos los que acogen con alegría el mensaje sino los paganos, es decir, los no judíos de Antioquía. A la semana siguiente se juntó más gente entusiasmada para escuchar a Pablo y Bernabé, pero los dirigentes judíos ya no podían soportar la situación. Los misioneros encararon sin miramientos a sus paisanos citando textos del profeta Isaías para justificar lo que estaban haciendo. Ese día, decidieron Pablo y Bernabé, dedicarse a los gentiles ante la persistente negativa de sus cohermanos judíos.

No deja de ser llamativa e interpelante la cerrazón de los judíos de Antioquía al mensaje del Evangelio. Parece ser que cuesta demasiado aceptar la novedad del Evangelio. Esto mismo nos puede pasar hoy a nosotros. Cuando el Evangelio anunciado nos incomoda, porque nos invita a renovar las estructuras eclesiales, a ser iglesia en salida, a practicar la sinodalidad… a ser más hermanos derribando barreras de cualquier tipo. Las resistencia y negativas siguen.

Es importante que nos preguntemos: ¿cómo recibo la novedad del Evangelio? ¿cómo reacciono a las constantes invitaciones del Papa sobre la sinodalidad?

Pero es muy importante el detalle que nos brinda Lucas: cuando se marcharon Pablo y Bernabé: los discípulos quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo.

¿Me considero una persona que tiene la alegría del Espíritu Santo?

El pastor que da vida eterna

Es importante leer todo el capítulo 10 del Evangelio de Juan para comprender mejor el contexto literario y la situación vital que enmarcan los pocos versículos que hemos leído y escuchado hoy en la liturgia. Jesús declara abiertamente que Él es el Pastor que da vida eterna. Jesús, pastor, conoce a sus ovejas y a su vez, las ovejas conocen a su Pastor. Parece un simple juego de palabras, pero no lo es. La profunda relación que se describe es fundamental. Si las relaciones nos definen -como diría un venerable hermano- la relación oveja-pastor es una de ellas.

No solamente el Pastor conoce a sus ovejas, sino que también esas ovejas conocen a su pastor, porque conocen su voz; le escuchan, y le siguen. Las ovejas están seguras bajo el cuidado del Pastor bueno y bello. La seguridad no está en ninguna fuerza humana, sino en las manos del Padre; el Padre de todos. Jesús revela así la profunda comunión que existe entre El y el Padre, y es más, nos hace partícipes de esa comunión porque nos comunica la vida verdadera.

Podemos preguntarnos si la vida que estamos viviendo es VIDA de verdad, o simplemente estamos sobreviviendo, cada uno y cada una como mejor puede. Pero, ¿es esta la vida verdadera que me ofrece Jesús, el pastor bueno? ¿Cómo estoy siguiendo a Jesús, pastor? ¿Cómo experimento en mí la vida eterna que Jesús da?

La antífona del salmo que hemos repetido una y otra vez viene a ser como un “bajo continuo” que nos invita a tomar conciencia de lo que somos como Iglesia, como comunidad eclesial: somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

Responder honestamente a las preguntas antes planteadas nos lleva a tomar una decisión. Decidir u optar por escuchar a Jesús o escuchar las “otras voces” -que son demasiadas-. No es un tarea fácil, pero debes hacerla si queremos vivir auténticamente como discípulos y discípulas de Jesús.

Si optamos por escuchar a Jesús, y seguirlo, entonces, El será nuestro Pastor y recibiremos la vida eterna, por lo tanto, es el motivo de nuestra alegría, la verdadera alegría que sostiene toda nuestra vida y que supera todo entendimiento. Entonces podremos estar confiados de que algún día estaremos con aquella muchedumbre de toda raza, lengua y nación que alaba al Cordero, que es su pastor.

De manera particular, hoy rezamos por nuestros obispos, quienes son y deben continuar siendo, a ejemplo de Jesús, pastores que dan vida verdadera porque no nos conformamos con menos.

Fr. Edgar Amado D. Toledo Ledezma, OP