Lectio Divina – Miércoles III de Pascua

“El que venga a mí, no tendrá hambre”

1.- Oración introductoria.

Señor, yo vengo a la oración “con hambre”. No con hambre material ya que he desayunado bien, sino con hambre de Ti; hambre que llene mis aspiraciones más hondas, mis deseos más profundos. Y, junto al hambre de Ti, hambre de justicia; hambre de que se acabe el hambre en el mundo; hambre de que, en pleno siglo XXI, ya nadie muera de hambre.

2.- Lectura reposada de la Palabra del Señor Juan 6, 35-40

En aquel tiempo dijo Jesús a la gente: Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed. Pero ya os lo he dicho: Me habéis visto y no creéis. Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-Reflexión

¿Qué quería decir Jesús con esta frase?  Yo soy el pan de la vida. Naturalmente que Jesús no es un pan que se compra en la panadería. Es un símbolo de sí mismo. El pan es símbolo del alimento que comen los hombres cada día. No es “un lujo sino una necesidad”. La comunidad primitiva ha descubierto que sin Jesús no pueden vivir. Lo expresa muy bien la teóloga Elsa Támez: “Nuestro Dios es amor y pan. Confieso que no puedo vivir sin Dios, porque no puedo vivir sin amor o sin pan”. Por otra parte, el pan tiene relación con la seguridad.

Por eso decimos: “Esta persona ya tiene el pan asegurado” La primera comunidad cristiana es consciente de la “propia fragilidad”, de la palpable “inseguridad humana”.  Y ha encontrado en Jesús “seguridad”. Pero no sólo seguridad para unos años o el tiempo de nuestra corta vida, sino que Jesús habla de “vida eterna”. Es decir, de una vida “más allá de nuestra vida”. También el pan tiene una connotación con “la bondad”. Solemos decir: este hombre o esta mujer son más buenos que el pan. Y me pregunto: Yo que me alimento todos los días de este pan de la bondad ¿Cómo no soy bueno? Salgo de Misa y murmuro, soy violento, calumnio…, ¡Es algo inconcebible!

Palabra autorizada del Papa.

¿Qué significa pan de la vida?

Qué nos quiere decir Jesús con esto, se pregunta el Pontífice. Y señala que, para vivir se necesita el pan, quien tiene hambre no pide comidas refinadas y caras, sino pan, quien no tiene trabajo no pide sueldos altos, sino el «pan» de un empleo. «Jesús se revela como el pan – afirma el Papa – es decir lo esencial, lo necesario para la vida de cada día. No un pan entre muchos otros, sino el pan de la vida. En otras palabras, nosotros, sin Él, más que vivir, sobrevivimos: porque solo Él nos nutre el alma, solo Él nos perdona de ese mal que solos no conseguimos superar, solo Él nos hace sentirnos amados, aunque todos nos decepcionen, solo Él nos da la fuerza de amar y perdonar en las dificultades, solo Él da al corazón esa paz que busca, solo Él da la vida para siempre cuando la vida aquí en la tierra se acaba». (Roma. 8-8-2021).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Guardo silencio).

5.- Propósito. Hoy me haré esta pregunta: Y si me quitaran a Jesucristo, ¿se notaría en mi vida?

6.- Dios me ha hablado a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, también nos has dicho en tu evangelio: El que crea en mí no tendrá nunca sed. Yo tengo sed, tengo mucha sed. ¿Quién es hombre o mujer y no tiene sed? La sed profunda es la sed de felicidad. Es común a todos los mortales. Pero no quiero solucionar mi sed como la Samaritana antes de encontrase contigo. Todos los días llenaba su cántaro y todos los días se le quedaba vacío. Bebía agua de pozo, agua estancada. Yo quiero saciar mi sed con el agua que Tú, Señor, le prometiste: agua de manantial que salta hasta la vida eterna. Y ese manantial lo llevaba dentro de su corazón. ¡Dame también hoy a mí de esa agua!

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

Comentario – Miércoles III de Pascua

Jn 6, 35-40

Yo soy el pan de vida.

Jamás ningún profeta había pedido creer en su persona como la hace Jesús. Incluso Moisés, sólo pedía que creyeran en Yavé.

Jesús, en cambio, pretende algo exorbitante y radical: se presenta como la fuente suprema de salvación, en múltiples fórmulas, que evocan el “Yo soy el que soy” del mismo Dios:
Yo soy el Pan de vida (Juan, 6, 35; 6, 48-50; 6, 51)

Yo soy la Luz del mundo (Juan, 8, 12; 9, 5)

Yo soy la Puerta de las ovejas (Juan, 10, 7-9)

Yo soy el Buen Pastor (Juan, 10, 11-14)

Yo soy la Resurrección y la Vida (Juan, 11, 25)

Yo soy la verdadera Viña (Juan, 15, 1-5)

«Yo soy el Pan.» Fórmula de una fuerza extraordinaria.

Jesús se identifica a sus enseñanzas: su doctrina es pan, El mismo es pan… ¡capaz de mitigar nuestra hambre!

El que viene a mí ya no tendrá más hambre, quien cree en mí, jamás tendrá sed.

El paralelismo de las dos frases permite aclarar la una por la otra. El que «viene a Jesús», el que «cree en Jesús» no necesita ir a otra parte para saciarse… ¡ya no tiene más hambre ni sed! Jesús, fuente de equilibrio y de gozo, fuente de sosiego: la mayoría de nuestras tristezas y de nuestros desequilibrios vienen de no saber apoyarnos realmente sobre la roca de la Palabra substancial del Padre que es Jesús.

«Creer» y «venir a Jesús», son presentados aquí como equivalentes: con ello se pone en evidencia el hecho que la fe es una «actitud vital de adhesión a la persona de Cristo», más que ser el «asentimiento intelectual a una suma de verdades dogmáticas abstractas» —si bien una no excluye a la otra.

Todos los que el Padre me da vienen a mí, y al que viene a mí Yo no lo echaré fuera.

El Padre quiere verdaderamente «salvar» a los hombres. El es quien toma la iniciativa: ¡»los que el Padre me da»! Pero hay también la parte de «correspondencia» en el hombre: es la Fe, que Jesús traduce por la expresión «Venir a El».

Porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad dé Aquel que me envió.
«Venir a Jesús», es imitarle, es reproducir su actitud.

Cumplir la Voluntad de Dios, es un alimento espiritual. Podríamos decir que esto comporta dos exigencias:

— meditar la Palabra de Dios, alimentarse de Su pensamiento… Es la oración.

— para poder someterse en los detalles a su Voluntad sobre nosotros… Es la acción.

Minuto tras minuto, algunos quereres divinos están escondidos en nuestras vidas cotidianas. Como para Jesús, el cumplimiento de esta voluntad de Dios es el único camino de la santidad y del gozo total. Corresponder a Dios por la Fe es ya «estar en comunión» con El.

Y esta es la voluntad del Padre, que Yo no pierda a ninguno de los que El me ha dado.

Dios quiere que todos los hombres se salven… se ha dicho en otro pasaje. Tal es la buena nueva.

Pero que Yo les resucite a todos en el último día; pues la voluntad de mi Padre es que todo el que ve al Hijo y cree en El tenga la vida eterna.

Contemplo detenidamente esta «voluntad» del Padre… y hago mi oración a partir de esto.

Noel Quesson
Evangelios 1

¿Qué me quiere decir hoy Jesús?

El Buen Pastor – Juan 10, 27-30

En aquel tiempo dijo Jesús: – Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno.

Explicación

En este evangelio, Jesús es presentado por los primeros cristianos como un Pastor Bueno. Y lo es porque nos conoce, nos quiere, le seguimos y apreciamos su voz. Es más, sabemos que dio su vida por nosotros, y que allí donde vayamos, nos acompañará. Es un Pastor Bueno, porque se desvive por sus ovejas.

Evangelio dialogado

Te ofrecemos una versión del Evangelio del domingo en forma de diálogo, que puede utilizarse para una lectura dramatizada.

Cuarto domingo de pascua –C- (Jn 10, 27-30)

Narrador: Voy a contaros una conversación que mantuvo Jesús con un grupo de judíos en el Templo de Jerusalén durante la fiesta de la Dedicación.

Niño1: Yo conozco algunas fiestas judías, pero nunca oí hablar de la fiesta de la Dedicación. ¿Qué se celebraba en ella?

Narrador: Se celebraba la purificación del templo, que llevó a cabo Judas Macabeo allá por el año 164 antes de Cristo. Había sido profanado por Antíoco IV, rey de Siria, cuando conquistó Jerusalén.

Niño2: Los enemigos del pueblo judío debían de tener manía al Templo.

Narrador: El Templo representaba muchísimo para los judíos, pues su historia y su vida personal giraban en torno a él.

Niño1: ¿Y qué hicieron los que conquistaron el templo?

Narrador: Quitaron las costumbres judías e impusieron el culto a Júpiter Olímpico. Pero dejemos a un lado la historia y veamos lo que nos cuenta el Evangelio. Jesús se paseaba por el pórtico de Salomón, en el templo. Un grupo de judíos le rodeó y comenzaron a preguntarle.

Niño 1: ¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspense? ¿Eres tú el Mesías?

Niño 2: ¿Eres tú el que esperamos o tenemos que esperar a otro?

Jesús: Os lo he dicho y no me habéis creído.

Niño 1: ¿Quién da testimonio de ti? ¿Quién te respalda?

Jesús: Las obras que yo hago. Si no creéis en mí, creed en mis obras.

Niño 2: Todos obramos en este mundo por alguna razón. ¿En nombre de quién obras tú?

Jesús: En nombre de mi Padre que está en los cielos.

Judío1: ¡Eso no puede ser, estás mintiendo! ¡Cómo vas a ser tú Hijo de Dios! Ya ves que nosotros no creemos en ti.

Jesús: Porque vosotros no sois de mis ovejas.

Judío2: ¡Aclara eso, vamos, acláralo!

Jesús: Es fácil de entender. Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen.

Niño 1: Nadie sigue a otro sin recibir nada. ¿Qué les das tú a tus ovejas?

Jesús: La vida eterna.

Niño 2: ¿Eterna? Seguro que esas ovejas pronto morirán. O cualquiera te las arrebatará de las manos. Es la ley de la selva, amigo.

Jesús: Ni perecerán, ni nadie las arrebatará de mis manos.

Niño 1: ¿Por qué estás tan seguro? ¿Quién te dio esas ovejas?

Jesús: Esas ovejas me las dio mi Padre.

Niño 2: ¿Y por qué no te las podemos quitar?

Jesús: Porque nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre, ya que Él es más que todas las cosas.

Niño 1: ¿Qué relación tienes tú con el Padre? ¿Tan unido estás a él?

Jesús: Amigos, yo y el Padre somos uno.

Fr. Emilio Díez Ordóñez y Fr. Javier Espinosa Fernández

Comentario al evangelio – Miércoles III de Pascua

La vida eterna y la alegría del evangelio

Jesús es el pan de vida, y el que come de este pan y bebe de su sangre no tendrá hambre ni sed. Jesús colma los deseos y expectativas más profundas y fundamentales del ser humano. El saciado de esta manera, el que experimenta en su vida la plenitud que da la fe en Cristo, está capacitado para dar la vida. Ahora bien, dar la vida, de una vez o en el día a día, es perder a los ojos de este mundo: tener hambre y sed físicas, padecer enfermedades, sucumbir ante las persecuciones… Pero esa derrota, según los criterios del mundo, es una victoria para el que “viene a Cristo” y cree en él, porque expresa la suprema libertad de todos los condicionamientos mundanos, la capacidad de disponer de la propia vida y darla con generosidad, precisamente desde la plenitud (la “saciedad”) de esa fe. Es una fe que nos hace ver la fecundidad del martirio. No en el sentido (“masoquista”, podríamos decir) de que se desee o celebre la muerte. De hecho, la comunidad sintió con hondura la muerte de Esteban e hizo un gran duelo por él. Pero su martirio y la cruel persecución que se desató contra la parte griega de la comunidad fue, sin embargo, el comienzo de una campaña de evangelización a gran escala. Y ahí mismo vemos la acción del Espíritu, que resucitó a Jesús de entre los muertos, y que convierte una situación de sufrimiento y muerte en una ocasión para extender el mensaje de la Vida.

La fe, alimentada por Cristo, Pan de Vida, no nos garantiza el éxito en los asuntos de este mundo, es más, en ocasiones, nos complica la vida, y mucho, hasta ponerla en peligro de muerte, pero nos da la perspectiva de esa plenitud que se refleja en la resurrección de los muertos, la Resurrección de Cristo, en la que esperamos participar, y en la que ya estamos participando, precisamente por medio del Pan eucarístico, que nos lleva, nos debe llevar, superando todo temor, a cumplir la voluntad del Padre, al testimonio de fe y a las obras del amor.

José M. Vegas cmf

Meditación – Miércoles III de Pascua

Hoy es miércoles III de Pascua.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 6, 35-40):

En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed. Pero ya os lo he dicho: Me habéis visto y no creéis. Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día».

Hoy, Jesús se presenta como el pan de vida. A primera vista, causa curiosidad y perplejidad la definición que da de sí mismo; pero, cuando profundizamos, nos damos cuenta de que en estas palabras se manifiesta el sentido de su misión: salvar al hombre y darle vida. «Ésta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día» (Jn 6,39). Por esta razón y para perpetuar su acción salvadora y su presencia entre nosotros, Jesucristo se ha hecho para nosotros alimento de vida.

Dios hace posible que creamos en Jesucristo y nos acerquemos a Él: «Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera; porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado» (Jn 6,37-38). Acerquémonos, pues, con fe a Aquel que ha querido ser nuestro alimento, nuestra luz y nuestra vida, ya que «la fe es el principio de la verdadera vida», como afirma san Ignacio de Antioquía.

Jesucristo nos invita a seguirlo, a alimentarnos de Él, dado que esto es lo que significa verlo y creer en Él, y a la vez nos enseña a realizar la voluntad del Padre, tal como Él la lleva a cabo. Al enseñar a los discípulos la oración de los hijos de Dios, el Padrenuestro, colocó seguidas estas dos peticiones: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día». Este pan no sólo se refiere al alimento material, sino a sí mismo, alimento de vida eterna, con quien debemos permanecer unidos día tras día con la cohesión profunda que nos da el Espíritu Santo.

Rev. D. Joaquim MESEGUER García

Liturgia – Miércoles III de Pascua

MIÉRCOLES III DE PASCUA, feria

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio Pascual.

Leccionario: Vol. II

  • Hch 8, 1b-8. Iban de un lugar a otro anunciando la Buena Nueva de la Palabra.
  • Sal 65.Aclamad al Señor, tierra entera.
  • Jn 6, 35-40.Esta es la voluntad del Padre: que todo el que ve al Hijo tenga vida eterna.

Antífona de entrada           Cf. Sal 70, 8. 23
Llena estaba mi boca de tu alabanza para poder cantar. Te aclamarán mis labios, Señor. Aleluya.

Monición de entrada y acto penitencial
El fervor de la joven Iglesia es tan contagioso que, incluso en la persecución, los cristianos aprovechan la ocasión de la misma persecución para predicar a Cristo Resucitado. Ciertamente, Dios no abandona a la Iglesia, aun en momentos de prueba y sufrimiento. La lectura de Hechos dice incluso que había gran alegría por los signos de la presencia de Jesús.

Hay también gran alegría en la lectura del evangelio donde oímos a Jesús decir que él es nuestro pan de vida: no solamente se dará más tarde a sí mismo como pan para ser comido, sino que su palabra y mensaje son para nosotros auténtico pan de vida, algo por lo que y para lo que vale la pena vivir.

• Tú, que eres el Pan de vida. Señor, ten piedad.
• Tú, que no quieres que se pierda nada de lo que se te ha dado. Cristo, ten piedad.
• Tú, que nos resucitarás en el último día. Señor, ten piedad.

Oración colecta
ATIENDE, Señor, a tu familia y ayúdala como conviene,
y concede participar en la resurrección de tu Unigénito
a quienes has dado la gracia de la fe.
Él, que vive y reina contigo.

Oración de los fieles
Jesús, el Señor, se ha hecho presente entre nosotros a través de su Palabra. Ahora se hace nuestro mediador ante el Padre. Oremos, pues, confiadamente.

1.- Para que la Iglesia difunda con valentía en todo el mundo el mensaje de Cristo. Roguemos al Señor.

2.- Para que todas las comunidades cristianas cuiden con esmero la educación en la fe de sus miembros. Roguemos al Señor.

3.- Para que los países pobres encuentren la ayuda necesaria en los países ricos. Roguemos al Señor.

4.- Para que todos los que participamos en la mesa del Señor realicemos en la vida lo que la eucaristía significa. Roguemos al Señor.

Escúchanos, Padre de bondad, para que todos los que creemos en Cristo tengamos la vida eterna y la resurrección gloriosa. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor

Oración sobre las ofrendas
CONCÉDENOS, Señor,
alegrarnos siempre por estos misterios pascuales,
y que la actualización continua de tu obra redentora
sea para nosotros fuente de gozo incesante.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio pascual I

Antífona de comunión
Ha resucitado el Señor e ilumina a los que hemos sido redimidos con su sangre. Aleluya.

Oración después de la comunión
ESCUCHA, Señor, nuestras oraciones
para que el santo intercambio de nuestra redención
nos sostenga durante la vida presente
y nos dé las alegrías eternas.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre el pueblo
MIRA con bondad, Señor,
a tu familia y concédele la misericordia continua que te suplica,
y pues sin ella no puede hacer nada digno de ti,
merezca realizar con ella tus preceptos salvadores.
Por Jesucristo nuestro Señor.