Comentario – Miércoles III de Pascua

Jn 6, 35-40

Yo soy el pan de vida.

Jamás ningún profeta había pedido creer en su persona como la hace Jesús. Incluso Moisés, sólo pedía que creyeran en Yavé.

Jesús, en cambio, pretende algo exorbitante y radical: se presenta como la fuente suprema de salvación, en múltiples fórmulas, que evocan el “Yo soy el que soy” del mismo Dios:
Yo soy el Pan de vida (Juan, 6, 35; 6, 48-50; 6, 51)

Yo soy la Luz del mundo (Juan, 8, 12; 9, 5)

Yo soy la Puerta de las ovejas (Juan, 10, 7-9)

Yo soy el Buen Pastor (Juan, 10, 11-14)

Yo soy la Resurrección y la Vida (Juan, 11, 25)

Yo soy la verdadera Viña (Juan, 15, 1-5)

«Yo soy el Pan.» Fórmula de una fuerza extraordinaria.

Jesús se identifica a sus enseñanzas: su doctrina es pan, El mismo es pan… ¡capaz de mitigar nuestra hambre!

El que viene a mí ya no tendrá más hambre, quien cree en mí, jamás tendrá sed.

El paralelismo de las dos frases permite aclarar la una por la otra. El que «viene a Jesús», el que «cree en Jesús» no necesita ir a otra parte para saciarse… ¡ya no tiene más hambre ni sed! Jesús, fuente de equilibrio y de gozo, fuente de sosiego: la mayoría de nuestras tristezas y de nuestros desequilibrios vienen de no saber apoyarnos realmente sobre la roca de la Palabra substancial del Padre que es Jesús.

«Creer» y «venir a Jesús», son presentados aquí como equivalentes: con ello se pone en evidencia el hecho que la fe es una «actitud vital de adhesión a la persona de Cristo», más que ser el «asentimiento intelectual a una suma de verdades dogmáticas abstractas» —si bien una no excluye a la otra.

Todos los que el Padre me da vienen a mí, y al que viene a mí Yo no lo echaré fuera.

El Padre quiere verdaderamente «salvar» a los hombres. El es quien toma la iniciativa: ¡»los que el Padre me da»! Pero hay también la parte de «correspondencia» en el hombre: es la Fe, que Jesús traduce por la expresión «Venir a El».

Porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad dé Aquel que me envió.
«Venir a Jesús», es imitarle, es reproducir su actitud.

Cumplir la Voluntad de Dios, es un alimento espiritual. Podríamos decir que esto comporta dos exigencias:

— meditar la Palabra de Dios, alimentarse de Su pensamiento… Es la oración.

— para poder someterse en los detalles a su Voluntad sobre nosotros… Es la acción.

Minuto tras minuto, algunos quereres divinos están escondidos en nuestras vidas cotidianas. Como para Jesús, el cumplimiento de esta voluntad de Dios es el único camino de la santidad y del gozo total. Corresponder a Dios por la Fe es ya «estar en comunión» con El.

Y esta es la voluntad del Padre, que Yo no pierda a ninguno de los que El me ha dado.

Dios quiere que todos los hombres se salven… se ha dicho en otro pasaje. Tal es la buena nueva.

Pero que Yo les resucite a todos en el último día; pues la voluntad de mi Padre es que todo el que ve al Hijo y cree en El tenga la vida eterna.

Contemplo detenidamente esta «voluntad» del Padre… y hago mi oración a partir de esto.

Noel Quesson
Evangelios 1