Comentario al evangelio – Jueves III de Pascua

Predicar en el desierto

La obra de la evangelización es asunto del Espíritu Santo o, como dice Jesús, del Padre y su Providencia: “nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre…” Pero esa obra se realiza por la mediación humana que empieza en la encarnación del Verbo, en Cristo, y se prologa por medio de su cuerpo que es la Iglesia. En nuestro testimonio cristiano tenemos que sabernos instrumentos de esa Providencia del Padre, de esa guía del Espíritu Santo y, definitiva, del ministerio del mismo Cristo, del que nos alimentamos en la Eucaristía (en la doble mesa de la Palabra y el Pan y el Vino). Y como los caminos de Dios no son los de los hombres (cf. Is 55, 8) la obra de la evangelización transcurre por caminos paradójicos y, humanamente, no siempre comprensibles desde criterios de éxito y eficacia. El ángel del Señor (el Espíritu Santo) envía a Felipe a un lugar desierto y a un hombre sin futuro (un eunuco). He aquí un buen ejemplo de ese anuncio del evangelio por extraños caminos, en apariencia infecundos, incapaces de dar fruto. No es infrecuente escuchar críticas a la inutilidad de ciertas vocaciones y de ciertas misiones. ¿Qué hacen los monjes y monjas de clausura, ahí, encerrados, orando, cuando hay tantas cosas que hacer, tantas necesidades que atender? ¿Qué pintan esos misioneros en territorios musulmanes, en los que ni siquiera pueden anunciar el evangelio? También los que trabajamos en lugares como Rusia hemos escuchado esos reproches: ¿qué hacemos en “territorio ortodoxo”, donde apenas hay católicos, cuando en nuestros viejos países, que alguna vez fueron cristianos, hay tanto que hacer y tan pocas vocaciones? Es el ángel del Señor el que envía a Felipe al camino de Gaza, que, le dice, está desierto. Y Felipe no pregunta: “¿a qué?”; simplemente, va. Y conversa con un eunuco, un hombre-desierto, sin futuro. Pero es que donde actúa el Espíritu del Señor y hay hombres que lo secundan el desierto se convierte en un jardín (cf. Is 53, 3) y los eunucos, excluidos por la Ley de la asamblea del Señor (cf. Dt 23, 2), engendran vida: “No diga el eunuco: soy un árbol seco. Pues así dice el Señor: respecto a los eunucos que guardan mis sábados y eligen aquello que me agrada y mantienen mi alianza, yo he de darles en mi templo y en mis muros un monumento y nombre mejor que hijos e hijas; nombre eterno les daré que no será borrado” (Is 56, 3-5).

Hay esterilidades aparentes que acaban siendo más fecundas que las fecundidades de este mundo (basta recordar a Isabel y, más aún, a María), cuando nos sometemos en fe a la acción del Espíritu, confiamos en la Providencia del Padre de Jesús y somos capaces de escuchar a los ángeles. La Eucaristía alimenta esas actitudes y debería reflejarse en nuestra capacidad de testimoniar nuestra fe hasta el en desierto, allí donde, en apariencia, no hay esperanza.

José M. Vegas cmf