Lectio Divina – Viernes III de Pascua

“El que coma de este pan vivirá para siempre”

1.- Oración introductoria.

Señor, dame hoy especialmente tu gracia para poder comprender un poquito este misterio de amor que es la Eucaristía. Y digo misterio porque lo que menos podíamos imaginar nosotros los humanos es que Tú pudieras tener esta idea tan grande, tan generosa, tan enorme de poder estar siempre con nosotros a pesar de tu ida al Padre. Es un misterio de amor. Y el misterio se acepta y no se discute. ¡Gracias, Señor!

2.- Lectura reposada del texto Juan 6, 52-59

Discutían entre sí los judíos y decían: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre. Esto lo dijo enseñando en la sinagoga, en Cafarnaúm.

3.- Qué me dice el texto.

Meditación-reflexión

Ante una promesa tan fantástica de Jesús al inventar el modo de permanecer siempre con nosotros, los judíos se ponen a discutir. ¿Cómo puede ser esto? San Agustín les diría: “Dame un corazón que ame y entenderán lo que digo”. Lo lógico, lo razonable, es objeto de la razón, pero el amor no tiene lógica. Por eso dirá Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no comprende”. Si Dios se hubiera guiado por la lógica de la razón no tendríamos ni Encarnación, ni Redención, ni Eucaristía. Afortunadamente para nosotros Dios se ha guiado siempre por la lógica del amor. Y una de las características del amor es que “el amor no se va, el amor se queda”.  Se fue al cielo y se quedó con nosotros a través de la Eucaristía. Y se quedó de la manera que mejor pudiera demostrarnos todo lo que nos quería. Porque existe el amor de padres, de hermanos, de amigos, de esposos. Pero con ninguno de estos amores se puede llegar a una intimidad tan grande como con el alimento. Al recibir a Cristo en la Eucaristía, ese alimento no lo hacemos sustancia nuestra, pero sí nosotros nos unimos sustancialmente con Dios. Cada uno de nosotros puede decir con San Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal. 2,20).

Palabra del Papa

“Esta fe nuestra en la presencia real de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, en el pan y en el vino consagrados, es auténtica si nos comprometemos a caminar detrás de Él y con Él…. Caminar con Él y detrás de Él, tratando de poner en práctica su mandamiento, el que dio a los discípulos precisamente en la última Cena: “Como yo os he amado, amaos también unos a otros”. El pueblo que adora a Dios en la Eucaristía es el pueblo que camina en la caridad. Adorar a Dios en la Eucaristía y caminar con Dios en la caridad fraterna”. (Homilía de S.S. Francisco, 14 de junio de 2014).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto que acabo de meditar. (Silencio)

5.-Propósito: Hoy, en el trato normal con mis hermanos, voy a tener presente: “Es Cristo quien vive en mí”. Y voy a obrar en consecuencia.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración

Después de haber meditado en la enormidad de tu amor, sólo me queda una palabra: “Gracias”. Y la quiero decir no sólo con el alma sino también con el corazón; y no sólo con el corazón sino “con todo el corazón” de modo que no haya ni una partícula en mi ser que no vibre ante Ti, en adoración, en alabanza y en acción de gracias.

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

Comentario – Viernes III de Pascua

Jn 6, 52-59

Discutían entre sí los judíos: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Ellos lo interpretan de la manera más realista; y les choca.

Jesús dijo entonces: «Sí, en verdad os digo que, si no coméis a carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros.»

Lejos de atenuar el choque, Jesús repite lo que ya ha dicho; lo enlaza explícitamente con el «sacrificio del calvario»… «el pan que yo daré, es mi carne… que habré dado antes en la Pasión, para la vida del mundo». La alusión a la «sangre», en el pensamiento de Jesús, remite también a la cruz y a la muerte que da la vida.

No olvidemos que cuando San Juan puso por escrito este discurso había estado celebrando la eucaristía desde más de 60 años. ¿Cómo podría admitirse que sus lectores de entonces no hubiesen aplicado inmediatamente estas frases a la eucaristía: cuerpo entregado y sangre vertida? Por otra parte, si Jesús no hubiese nunca hablado así, ¿cómo los apóstoles, la tarde de la Cena, hubiesen podido comprender algo de lo que Jesús estaba haciendo? La institución de la eucaristía, la tarde del jueves santo, hubiera sido ininteligible a los Doce, si Jesús no les hubiera jamás preparado anteriormente.

El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día. En efecto, mi carne es la verdadera comida, y mi sangre es la verdadera bebida.

«Tomad y comed, esto es mi cuerpo… Tomad y bebed, ésta es mi sangre…»

San Juan no relata la institución de la eucaristía. Pero el paralelismo es aquí suficientemente riguroso con los Sinópticos: Mateo, Marcos y Lucas.

Tres efectos de la Eucaristía quedan indicados:

1º «La vida eterna y la resurrección»

Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y Yo le resucitaré.

¡En la eucaristía comulgamos a «Cristo vivo resucitado»! Y este Cuerpo resucitado pasa a ser en nosotros «simiente» de vida divina. En el momento de la Cena Jesús hablará del «banquete celestial» donde reunirá de nuevo a sus amigos: «No beberé más del fruto de la viña hasta el día en que beberé con vosotros el vino nuevo en el Reino de mi Padre». Vamos hacia ese encuentro feliz.

2º “La inmanencia recíproca de Cristo y del cristiano”

Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y Yo en él

Es una palabra muy apreciada por Juan: habitar, «¡permanecer!»

¿Sabéis lo que es el estar con alguien a quien se ama? ¿Ser feliz con él? La vocación de todo hombre es «estar con Dios, permanecer en Dios» Es el tema fundamental de la Alianza, que se ha expresado, al curso de la historia, en la Escritura, por fórmulas cada vez más íntimas: Vosotros seréis mi pueblo, y Yo seré vuestro Dios»… «Mi amado está conmigo y Yo estoy con él»… «Permaneceréis en mí y yo en vosotros»…

3° «La consagración del cristiano a Cristo»

Así como vivo Yo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mí.

Hubiera sido mejor traducir:… vivo «para» mi Padre, ¡Vivir «para alguien»! Jesús ha consagrado su vida al Padre, ha vivido totalmente para El. Y, a su vez, nos pide vivir para El. Gracias, Señor. Amén.

Noel Quesson
Evangelios 1

Misa del domingo

En el capítulo 10 del Evangelio según San Juan el Señor Jesús se compara a sí mismo con un pastor que da la vida por sus ovejas.

En el pasaje de este Domingo escuchamos decir al Señor: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen» (Jn 10, 27). Este conocimiento que el Señor tiene de sus ovejas no es un conocimiento meramente intelectual, científico, frío, distante o desentendido. El verbo griego que utiliza Juan y se traduce al español por conocer es de una gran riqueza. Entraña una compenetración vital con la persona que es objeto de este “conocimiento”, implica un profundo amor y una comunicación íntima que lleva a la comunión profunda.

Por su parte el auténtico discípulo escucha la voz de su Pastor y lo sigue. Al experimentarse de este modo conocido por el Señor aprende a confiar ciegamente en Él. Fruto de esta confianza es la escucha, una escucha activa que se traduce en una obediencia amorosa. Con alegría y prontitud se empeña en hacer lo que Él diga (ver Jn 2, 5), dejándose conducir dócilmente por Él.

A quienes escuchan su voz el Señor les promete la vida eterna (ver Jn 10, 28). ¡La vida eterna! Todo ser humano anhela que su vida se prolongue más allá de la muerte, una vida que sea feliz, en la que ya no exista el sufrimiento ni la muerte. Lleva en sí un como “germen de eternidad”, que le lleva a resistirse ante la idea de su definitiva disolución o la de sus seres amados (ver Gaudium et spes, 18). El ser humano anhela el Infinito para sí y para los que ama, y anhela la eterna comunión con quienes ama, porque Dios ha sembrado en su corazón ese deseo, porque Dios que es Amor lo ha creado para el amor y porque lo ha llamado a participar de su comunión divina de amor por toda la eternidad.

Esta vida eterna, ofrecida a su criatura humana por Dios desde el inicio, la perdió a causa del pecado. En el Señor Jesús la ofrece nuevamente a todo aquel que escuche su voz. Él, vencedor del pecado y de la muerte, Señor de la Vida, es el único que tiene «palabras de vida eterna» (Jn 6, 68), el único que tiene el poder de dar la vida eterna a la criatura humana. Esta vida eterna es un puro don de Dios. No podrá ser jamás el resultado del solo esfuerzo humano o de sus méritos. El Señor la comunica a quienes desde su libertad responden a la invitación divina y se abren al don de su reconciliación, a quienes entran y permanecen en comunión con Él.

¿De qué modo nos ha obtenido el Señor nuevamente el don de la vida eterna? Con su sangre ha lavado y blanqueado las vestiduras de los creyentes (2ª. lectura). ¿Pero cómo es posible que queden blancas unas vestiduras lavadas en sangre? «La respuesta es: la “sangre del Cordero” es el amor de Cristo crucificado. Este amor es lo que blanquea nuestros vestidos sucios, lo que hace veraz e ilumina nuestra alma obscurecida; lo que, a pesar de todas nuestras tinieblas, nos transforma a nosotros mismos en “luz en el Señor”» (S.S. Benedicto XVI).

Quienes participan del triunfo del Cordero «ya no pasarán hambre ni sed», ya no experimentarán la muerte ni sufrimiento alguno. El Señor «será su pastor, y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas», «no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano».

Los apóstoles y ministros elegidos y llamados por el Señor son quienes en su Nombre, por la predicación del Evangelio de la Reconciliación, han de comunicar esa vida eterna a quienes de mente y corazón crean en el Señor y en su Palabra (1ª. lectura).

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

La lectura del Evangelio de este Domingo es muy breve. Trae un fragmento de la parábola llamada “del Buen Pastor” (vv. 27-30), contenida en el capítulo 10 del Evangelio según San Juan. El pasaje completo se lee todos los años, siempre el cuarto Domingo de Pascua. Por esta razón al cuarto Domingo de Pascua se le conoce también como el Domingo del Buen Pastor. Además, debido al profundo vínculo existente entre Jesucristo, el Buen Pastor, y todo sacerdote, el Papa Pablo VI decretó que en este mismo Domingo se llevara a cabo una jornada mundial de oración por las vocaciones al sacerdocio. Así, pues, este Domingo toda la Iglesia se une para rezar al Señor para que envíe más pastores para apacentar a su rebaño.

Esta oración se hace más urgente cuando se constata que en comparación con tiempos antiguos son cada vez menos los jóvenes que deciden seguir al Señor y entregarle su vida en la vocación sacerdotal. Se ha llegado a hablar de una crisis de vocaciones en la Iglesia. ¿Es que el Señor ha dejado de llamar y tocar a la puerta de los jóvenes, para invitarlos a ser buenos pastores para las multitudes que también hoy en día andan como ovejas sin pastor? ¿O habría que hablar más propiamente de una crisis de respuesta? Y es que en efecto, son muchos los llamados, pero pocos los que responden. El Señor Jesús, que conoce a cada una de sus ovejas, no deja de pronunciar hoy el nombre de aquellos que están llamados, no deja de convocarlos a su seguimiento con aquel radical “sígueme”. También a ellos los invita a dejarlo todo (ver Mt 8, 22; 9,9; 19, 21; Lc 9, 59; Jn 1, 43; 21, 19) para estar con Él y enviarlos al mundo entero a anunciar su Evangelio y ser ministros de la Reconciliación (ver 2 Cor 5, 18-19).

De la vocación podemos decir que no es algo que aparece de un momento para otro en el transcurso de la vida. La vocación es como un sello, grabado como con fuego en la estructura misma de la persona desde el momento de su concepción. Amado y pensado por Dios para ser sacerdote, para ser profeta, para ser apóstol del Señor, lo ha “formado” así desde el seno materno (ver Jer 1, 5). El elegido lleva en su interior este sello que le reclama llegar a ser lo que está llamado a ser. Por ello cada joven tiene la imperiosa necesidad de preguntarse seriamente sobre su vocación y la misión que Dios le ha confiado en el mundo, aquello para lo que ha nacido.

Para ello debe acercarse al Señor, y preguntarle a Él: ¿qué quieres que haga? ¿Cuál es mi vocación y misión en el mundo? El Señor, quien nos conoce hasta lo más profundo, quien nos ama entrañablemente, es quien nos mostrará también nuestra particular vocación y misión en el mundo, que es al mismo tiempo el camino de nuestra propia realización humana. Por ello, en todo proceso de discernimiento vocacional, es al Señor a quien hay que acudir en oración y con los oídos y corazón abiertos: ¡Muéstrame, Señor, mi vocación! ¿Me llamas a la vida matrimonial, o me pides una especial consagración a ti? ¿Me llamas al sacerdocio? «¡Habla, Señor, que tu siervo escucha» (ver 1 Sam 3, 10). De la respuesta acertada al Plan de Dios depende la propia felicidad y la de muchas otras personas, y por eso en este asunto de tanta trascendencia es tan importante que todo joven encuentre el aliento, el apoyo y la ayuda de sus mismos padres, así como de sacerdotes y personas consagradas que lo puedan guiar y orientar rectamente.

Lamentablemente, hoy como ayer, hay muchos jóvenes que por diversas razones permanecen sordos al llamado del Señor. Hay también quienes apenas ven signos de vocación o escuchan fuerte el llamado experimentan tanto miedo que huyen del Señor y antes que confiar en Dios prefieren aferrarse a sus ‘riquezas’, a todo aquello que les ofrece alguna humana seguridad, aunque sólo sea pasajera (ver Mc 10, 21-22).

No es fácil escuchar la voz del Señor y menos decirle ‘sí’, pues ese ‘sí’ conlleva un cambio radical de los propios planes que uno se ha hecho. Decirle al Señor «te seguiré adondequiera que vayas» (Lc 9, 57) se asemeja a dar un salto al vacío. Implica renunciar a todo, ir contra corriente, afrontar a veces la incomprensión y oposición de los propios amigos, parientes o padres. ¡Cuántas vocaciones se pierden por la oposición de los padres que ven en la vocación a la vida sacerdotal o consagrada de uno de sus hijos no un signo de una singular predilección divina, sino una maldición para toda la familia! En una sociedad que se descristianiza cada vez más, quienes experimentan y quieren responder al llamado del Señor serán ciertamente incomprendidos y sometidos a duras pruebas.

Pero hay también de aquellos que escuchando y descubriendo el llamado del Señor, con valor y decisión, sobreponiéndose a todo temor, renunciando generosamente a sus propios planes, saben decirle “aquí me tienes, Señor, hágase en mí según tu palabra” (ver Is 6, 8; Lc 1, 38). Hoy hay también jóvenes audaces y heroicos que encontrando su fuerza en el Señor perseveran en medio de las múltiples pruebas, obstáculos, tentaciones y dificultades que se les puedan presentar en el camino. Y hay también padres generosos que abriéndose al llamado de alguno de sus hijos los alientan y apoyan a ponerse a la escucha del Señor y responderle con generosidad. ¡También estos recibirán del Señor el ciento por uno, por la inmensa generosidad, sacrificio y renuncia que implica entregar un hijo al Señor!

La vocación es un misterio, un asunto entre Dios y la persona llamada. Quienes creemos en Dios, creemos en este misterio: el Señor también hoy elige y llama a algunos a dejarlo todo para seguirlo muy de cerca invitándolos a participar de su intimidad, destinándolos desde toda la eternidad por un amor de predilección (ver Jer 31, 3) para que vayan por el mundo entero anunciando el Evangelio y de ese modo den fruto y su fruto permanezca (ver Jn 15, 16).

Rezar por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en general es una grave necesidad, y apoyarlas un deber que experimenta todo católico coherente, todo aquel que verdaderamente escucha la voz del Pastor y lo sigue. ¡Este Domingo especialmente, pero también todos los días, recemos intensamente a Dios para que envíe más obreros a su mies (ver Mt 9, 38) y también para que respondan todos aquellos que han sido llamados!

A veces, Señor, a veces…

A veces, Señor, a veces
son tantas las ofertas
y tantos los guiños e insinuaciones,
que el corazón se desboca
y la mente se ofusca
con propuestas tan llamativas y gustosas.

Y entonces, Señor, entonces,
me voy por sendas oscuras,
no presto atención a tus melodías,
evito tu roce y caricias,
y me pierdo, aunque sea de día,
porque me obsesionan los cantos de sirena.

Pero…

A veces, Señor, a veces
sólo anhelo que Tú me llames,
pronunciando mi nombre, como otras veces,
para despertarme y pacificarme,
y poder compartir heridas, deseos y tareas
a la vera del camino de la vida.

Y entonces, Señor, entonces,
aunque haya bandidos y ladrones,
sé que Tú vas cerca y delante
abriendo caminos y horizontes,
silbando alegres canciones
y dándonos a todos vida abundante.

A veces, Señor, a veces
reconozco tu presencia y voz,
y entonces, Señor, entonces
te sigo y salgo al mundo con ilusión.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes III de Pascua

Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?

Allí donde actúa el Espíritu de Jesús, decíamos ayer, florece hasta el desierto. La muerte de Esteban, una tragedia a los ojos humanos, y la persecución posterior que desencadena, vistas con ojos de fe, resultan caminos de la Providencia que acaban dando sus frutos. Ni más ni menos que, Saulo, uno de los principales protagonistas de la persecución es tocado por el Espíritu, se encuentra inesperadamente con Jesús, y se convierte en Pablo, el gran Apóstol de los gentiles. La conversión de Pablo es toda una invitación a no perder la esperanza, no sólo en Dios, claro está, sino también en los hombres: el más encarnizado enemigo de Dios, de la fe, de la Iglesia, puede encontrarse con Cristo, cambiar radicalmente. Estas conversiones son mucho más frecuentes de lo que parece. Aquí en Rusia hemos tenido ocasión de conocer a no pocas personas, educadas en un ateísmo radical y personalmente asumido, que, después, de diversas maneras, han hecho un “camino de Damasco” y se han convertido en creyentes (católicos, ortodoxos) activos, pequeños Pablos de Tarso, instrumentos escogidos de Dios.

Esto debería invitarnos a, sin caer en ingenuidades, depurar actitudes numantinas, que a veces nos embargan, y por las que dividimos el mundo en “los nuestros” y “los de fuera”, extraños y, a veces, enemigos de los que hay que defenderse (y ya se sabe que la mejor defensa es un buen ataque), para, mirando con los ojos de Dios, ver en ellos gentes a las que Dios anda buscando (como el buen Pastor a las ovejas perdidas), a las que está esperando en algún recodo de su particular camino de Damasco, para llamarlos. Porque del encuentro de Pablo con Jesús en el camino de Damasco se deduce con claridad que Pablo no conocía a Jesús, pero Jesús sí que lo conocía a él, como conoce y ama a todos esos enemigos de la Iglesia.

Esta transformación no es cosa, simplemente, de propósitos morales. Es preciso dejar que Cristo habite en nosotros, y nosotros en él, en una existencia eucarística. La Eucaristía debería producir ese milagro de la encarnación personal de la Palabra que tan bien realizó Pablo: “es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). Y si, por la comunión Eucarística, Cristo vive en nosotros, bien podríamos convertirnos nosotros, por nuestro modo de vida, en esa voz que llama a una vida nueva a los que se declaran nuestros enemigos, para que, como Pablo, pasen de la ceguera a la luz de la fe en Cristo.

José M. Vegas cmf

Meditación – Viernes III de Pascua

Hoy es viernes III de Pascua.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 6, 52-59):

En aquel tiempo, los judíos se pusieron a discutir entre sí y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre». Esto lo dijo enseñando en la sinagoga, en Cafarnaúm.

Hoy, Jesús revela expresamente el alcance de su encarnación: dar la vida por el mundo. La Eucaristía, además de ser el sacramento de su permanencia entre nosotros, contiene el don de su sacrificio por nosotros.

Esto se ve más claramente en el versículo 53, donde el Señor menciona además su Sangre, que Él nos da a «beber». Aquí no sólo resulta evidente la referencia a la Eucaristía, sino que además se perfila aquello en que se basa: el sacrificio de Jesús que derrama su Sangre por nosotros y, de este modo, sale de Sí mismo, por así decirlo, se derrama, se entrega a nosotros. Así, pues, Encarnación y Cruz se entrecruzan.

—El pan presupone que la semilla —el grano de trigo— ha caído en la tierra, «ha muerto», y que de su muerte ha crecido después la nueva espiga. El pan terrenal puede llegar a ser portador de la presencia de Cristo porque lleva en sí mismo el misterio de la pasión, reúne en sí muerte y resurrección.

REDACCIÓN evangeli.net

Liturgia – Viernes III de Pascua

VIERNES III DE PASCUA, feria

Misa de feria (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio Pascual.

Leccionario: Vol. II

  • Hch 9, 1-20. Ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a los pueblos.
  • Sal 116.Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.
  • Jn 6, 52-59.Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

Antífona de entrada           Ap 5, 12
Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. Aleluya.

Monición de entrada y acto penitencial
Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Ésta es la pregunta de Cristo, el Señor, cuando se hace el encontradizo con Saulo, el perseguidor de los cristianos, en el camino de Damasco.  Jesús se identifica a sí mismo con sus discípulos perseguidos. Desde aquel momento, en adelante, Saulo servirá al Señor, cuya vida vivirá plenamente: “Ya no soy yo quien vivo; es Cristo quien vive en mí”… El del camino de Damasco fue un encuentro que cambió radicalmente a Saulo en Pablo.  

El Señor nos dice hoy en el evangelio: “Los que comen mi carne y beben mi sangre viven en mí y yo en ellos”. Éste va a ser nuestro encuentro con el Señor en esta eucaristía. Que ojalá sea un encuentro tan profundo que nos transforme.

• Tú, que eres nuestra luz y salvación. Señor, ten piedad.
• Tú, que eres la defensa de nuestra vida. Cristo, ten piedad.
• Tú, que nos das el verdadero alimento. Señor, ten piedad.

Oración colecta
DIOS todopoderoso,
concédenos, a los que hemos conocido ya
la gracia de la resurrección del Señor,
resucitar a la vida nueva
por el amor del Espíritu.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
El Espíritu del Señor nos resucita a una vida nueva. Oremos, pues para que en todo el mundo nos dejemos conducir por él.

1.- Por la Iglesia, para que todos sus miembros experimenten la necesidad de una continua conversión, en respuesta a la voluntad del Padre. Oremos.

2.- Por nuestra sociedad satisfecha y autosuficiente, para que reconozca su necesidad radical de Dios. Oremos.

3.- Por los padres de los niños que se preparan para recibir la comunión por vez primera, para que colaboren activamente en la educación cristiana de sus hijos. Oremos.

4.- Por nosotros, que participamos en la mesa del Señor, para que se manifiesten en nuestra vida las actitudes de Cristo. Oremos.

Escúchanos, Señor todopoderoso, y haz que, resucitados también nosotros a una vida nueva por el Espíritu, podamos crecer siempre en tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
TE pedimos, Señor,
que, en tu bondad, santifiques estos dones,
aceptes la ofrenda de este sacrificio espiritual
y nos transformes en oblación perenne.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio pascual

Antífona de comunión
El Crucificado resucitó de entre los muertos y nos redimió. Aleluya.

Oración después de la comunión
SEÑOR, después de recibir el don sagrado del sacramento,
te pedimos humildemente
que nos haga crecer en el amor
lo que tu Hijo nos mandó realizar
en memoria suya.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Oración sobre el pueblo
T
E pedimos, Señor,

que instruyas a tu pueblo con las enseñanzas del cielo,
para que evitando todo lo malo
y siguiendo todo lo bueno,
no merezca tu indignación,
sino tu incesante misericordia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.