Lectio Divina – Lunes IV de Pascua

Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia

1.-Oración introductoria.

Señor, este primer momento de mi oración tiene para mí mucha importancia. Crea dentro de mí un ambiente, un espacio vital, y me predispone para el diálogo, la comunicación, el abrazo contigo. Gracias por esta preparación, por esta predisposición, por este interés que Tú pones en mí para avivar en lo más íntimo de mi corazón el deseo ardiente de un encuentro.

2.- Lectura reposada del evangelio Jn 10, 1-10

En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es un ladrón y un salteador. Pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero y las ovejas atienden a su voz, llama a sus propias ovejas por su nombre y las conduce fuera. Cuando las ha sacado todas, va delante de ellas y las ovejas le siguen porque conocen su voz. Pero a un extraño no le seguirán, sino que huirán de él porque no conocen la voz de los extraños. Jesús les propuso esta comparación, pero ellos no entendieron qué era lo que les decía. Entonces volvió a decir Jesús: En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos cuantos han venido antes que yo son ladrones y salteadores, pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta; si alguno entra a través de mí, se salvará; y entrará y saldrá y encontrará pastos. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Si Dios es Amor, necesariamente la puerta del aprisco es el amor. Ésta es la puerta principal. Pretender entrar en el aprisco de otra manera, es intentar entrar por la puerta falsa. Por esa puerta falsa pretendían entrar los fariseos de entonces y los fariseos de ahora. Y cuando uno entra por la puerta verdadera se encuentra con el verdadero Pastor. Éste le abre con gozo, le llama por su propio nombre, y va delante de él. Pensemos un poco: Para Jesús, mi Pastor, yo soy importante, tengo un nombre, y entre Él y yo se establece un maravilloso diálogo de amor. Me conoce, es decir, tiene conmigo una relación de intimidad. Este Pastor “va por delante” de las ovejas. Él marca el camino, me defiende de los posibles enemigos, y me invita a seguir por un camino que Él ya conoce porque ya lo ha experimentado. Jesús obraba y después hablaba de lo que ya había practicado. Lo contrario de los fariseos que “decían, pero no hacían”. El resultado de este seguimiento a este buen Pastor es “una vida en abundancia”. No una vida raquítica, mediocre, a medias, sino una vida de plena realización.

Palabra del Papa

“La puerta es siempre el paso de un lugar a otro. Ingresar por una puerta significa dejar una estancia y entrar a otra totalmente diversa. Pasar una puerta implica un movimiento, un cambio de visión. Una puerta nunca te obliga a entrar o a salir. La puerta siempre está allí, esperando que la abras, que ingreses o que salgas por ella. ¡Qué maravilloso es contemplar a Cristo como la puerta que nos permitirá salir de “nuestra vida” y entrar a otra vida nueva, diversa! Pasar por Cristo no significa que todo el día tenemos que estar rezando sin parar, o que tenemos que estar pensando hora tras hora en Dios. El Señor nos lo dice con tanta sencillez: “quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos”. Es como si Cristo nos quisiera expresar: “Mira, cuando necesites mi gracia: aquí estoy; cuando estés cansado de tus fracasos, de tus dificultades: ven a mí; cuando tu alma tenga hambre de Dios: aquí está el mejor pasto que soy Yo: ¡la Eucaristía! Cristo es la puerta que nos hace entrar a la felicidad verdadera, nunca violenta nuestra libertad, pues quiere que nosotros lo elijamos a Él por un acto consciente y libre de amor”. (…)”. (Benedicto XVI, 7 de mayo de 2006).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto que acabo de meditar. (Silencio)

5.- Propósito: Llenar bien este día. No malograrlo dejando las cosas a medias.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí por medio de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración´

Señor, qué a gusto he estado contigo. Me emociona eso de que yo, que soy tan poca cosa, sea importante para ti, me llames por mi nombre, me brindes tu intimidad y llenes mi vida de sentido.  Contigo me siento satisfecho, contento, feliz. ¡Qué maravilloso eres, Señor!

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

Ambos…

Lo que Dios hace…

El libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos acompaña en la Liturgia a lo largo de la cincuentena pascual, nos narra en la primera lectura las andanzas misioneras de Pablo y Bernabé que vuelven a Listra, a Iconio y a Antioquía. Allí animan y exhortan a los “discípulos” a perseverar en la fe que les habían anunciado y que ha arraigado en sus corazones para el seguimiento de Cristo. A pesar de las dificultades que puedan sobrevenir a causa de tal seguimiento, puede más la vida nueva que genera en los discípulos el encuentro con el Resucitado. Que Él haya vencido a la muerte les blinda contra toda adversidad y les anima a anunciar con valentía el Evangelio.

Pablo y Bernabé fortalecen las comunidades fundadas designando presbíteros, orando, ayunando y encomendando al Señor a todos los creyentes. La estrategia apostólica es, por tanto, anunciar el Evangelio y establecer comunidades cristianas dotadas de estructura y medios espirituales para su crecimiento en la vida cristiana y en la conciencia de misión. Después de seguir su periplo misionero vuelven a la comunidad que les había enviado. Ellos no han ido por libre, son enviados de la Iglesia “con la gracia de Dios”, por eso, al llegar, no cuentan “lo que han hecho” sino “lo que Dios ha hecho” por medio de ellos abriendo a los gentiles “la puerta de la fe”. Es el Señor Resucitado, el Dios de la gloria, el que abre el camino de la fe por medio de los testigos enviados por Él, a través de su Iglesia, hasta los confines del mundo.

Todas tus criaturas te den gracias…

¡Cómo no dar gracias a Dios por su hacer, por su obrar maravilloso a través de su Hijo muerto y resucitado por nosotros! Haciendo nuestro el sentimiento agradecido del salmista “bendeciremos su Nombre por siempre jamás”. Por su clemencia y misericordia, por su cariño, por su bondad con todas sus criaturas, por sus hazañas maravillosas como fruto de su amor providente. Este gran amor divino lo hemos experimentado en la muerte y resurrección de Cristo. Que toda la creación se una a nuestra alabanza.

Todo nuevo…

El texto del libro del Apocalipsis que leemos este domingo intensifica la alegría pascual. La Resurrección de Cristo tiene un efecto global: “cielos y tierra nuevos”. Lo viejo, lo caduco, ha pasado. Ahora todo es nuevo: “Ahora hago el universo nuevo” dice el que está sentado en el trono. Esta novedad la expresa el vidente de Patmos a través de la imagen de la “nueva Jerusalén” descendida del Cielo, esplendorosa como una novia, morada nueva sin muerte, llanto, ni luto, ni dolor. Nada obsta pues a la alianza nupcial, festiva y gozosa, que Dios quiere con su pueblo, renovado por la Pascua de Cristo y simbolizado en esa ciudad magnifica.

La Pascua del Amor…

El Evangelio de este domingo nos hace volver al cenáculo donde Jesús, en el preludio de su “hora”, habla de su glorificación y confía a los discípulos el mandamiento de su amor, la verdadera señal que les autentifica como seguidores suyos. Su “hora” es la de la Pascua de su Amor. Su Amor “hasta el extremo” vence la muerte y renueva todo. Como cristianos, hemos renacido en la Pascua amorosa de Jesús y este mandamiento nos recuerda que nuestra “existencia cristiana”, en cuanto “existencia pascual”, es vivir realmente este Amor el cual manifiesta en verdad que somos nuevas criaturas.

Fray Juan Carlos González del Cerro, OP

Comentario – Lunes IV de Pascua

Jn 10, 1-10

Sí, en verdad os digo: El que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que sube por otra parte, éste es ladrón y salteador. El que entra por la puerta, es el Pastor de las ovejas.

Para comprender bien esta imagen de Jesús, conviene conocer las costumbres de los pastores de Oriente; por la noche varios pastores se entienden entre sí para agrupar sus rebaños en un solo redil, vigilado por un solo portero. Los ladrones sólo pueden entrar saltando las empalizadas. Contrariamente, de madrugada los pastores retornan al redil y el Sortero les abre sin vacilación y pueden llamar a sus ovejas y llevarlas a los pastos.

Jesús, aquí, responde a una pregunta de los fariseos, durante la discusión que siguió al milagro de la curación del ciego de nacimiento: ‘¡Pues qué!, ¿nosotros seríamos también ciegos?» (Juan, 9, 40). Notemos también la correspondencia con un pasaje de los sinópticos: «Dejadlos, ellos son ciegos que guían a otros ciegos» (Mateo, 15, 14; Lucas, 6, 39). Jesús opone los «falsos pastores» —ladrones y salteadores— que pretenden guiar a los demás sin tener para ello mandato… al «verdadero pastor» que es introducido, a plena luz, por la puerta…

A éste le abre el portero, y las ovejas oyen su voz, y llama a sus ovejas por su nombre y las saca fuera; y cuando las ha sacado todas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz, pero no seguirán al extraño, antes huirán de él.

Los tres evangelios sinópticos han notado a menudo ese tema del «pastor».
Sobre cada frase yo puedo detenerme y llevarla a la oración.

«Las hace salir…» hasta los verdes pastos. Jesús nos conduce hacia la felicidad, hacia la verdadera expansión, hacia los verdaderos alimentos.

«Llama a cada una por su nombre…» Jesús me conoce, por mi nombre, en el detalle. ¿No debo yo imita/ a Jesús y desarrollar a mi alrededor toda una red de lazos de amistad…, luchar contra el «anonimato»? «Anónimo» = «lo que no tiene nombre, que no se le puede llamar por su nombre» «Va delante de ellas…» Toda mi vida humana y cristiana no es otra cosa: tratar de seguir a Jesús, hacer todo como El, imitarle. En este momento preciso de mi vida, ¿qué aspecto de la vida de Jesús debo seguir?

«Las ovejas conocen su voz…» Esto es también una característica esencial de la vida cristiana: escuchar la voz… meditar con amor la palabra… de Jesús.

Hacer oración. Pasar un poco de tiempo a no hacer otra cosa que: escuchar a Jesús.

Ellos no comprendieron

Sin embargo, ¡estaba muy claro! Pero, a veces, no se quiere comprender.

Jesús tomó la palabra de nuevo: «Sí, en verdad os digo, Yo soy la puerta de las ovejas.

Como todo oriental, Jesús utiliza las comparaciones en abundancia. Encontramos nuevamente aquí el estilo de las parábolas de los sinópticos. «Yo soy la puerta…»

Jesús es aquel que abre a la humanidad un nuevo «espacio». Fuera de El, la humanidad está encerrada en sí misma: ninguna ideología, ninguna teoría, ninguna religión no nos libera de la fatalidad de «no ser más que hombre, y por lo tanto, de morir». Pero Jesús nos saca de nuestra impotencia, y nos introduce en el dominio divino… un «espacio infinito, eterno se abre a nosotros, por esta Puerta».

El que por mí entrare, se salvará y hallará pasto… Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia…

Noel Quesson
Evangelios 1

Un mandamiento nuevo

AMOR CON AMOR SE PAGA

Jesús señala como modelo de referencia para el amor entre sus discípulos el amor que él ha tenido a todos y a cada uno. Ellos recuerdan, sin duda, el afecto cordial que les profesa, los continuos gestos de amistad que ha tenido con ellos; todavía tienen fresco en la memoria el gesto del lavatorio de los pies y las reacciones que ha suscitado en Pedro. Han comprobado en sí mismos que él «no ha venido a ser servido sino a servir» (Mt 20,28).

La raíz, el motivo de nuestro amor al prójimo está en que Jesús nos amó. El amor a los demás ha de partir de esta experiencia del amor del Señor, como respuesta a quien ahora, glorificado, no le podemos tender una mano. Para aprender a amar es imprescindible sentirse amado por el Señor. A partir de esta experiencia surge solo el impulso de amor a los hermanos. «Queridos míos, escribe Juan, si Dios nos ha amado de este modo, también nosotros hemos de amarnos unos a otros» (1Jn 4,11). Zaqueo se ha sentido amado gratuitamente por el rabí de Nazaret, a pesar de su condición de proscrito y de ladrón; la respuesta espontánea que siente no es sólo resarcir a los perjudicados sino beneficiarlos muy por encima del perjuicio que les ha causado (Lc 19,8), como respuesta al amor del rabí de Nazaret.

Pedro proclama ardorosamente su amor al Maestro, pero Jesús le señala la forma de realizarlo, de corresponder a su amor de amistad: «Cuida de mis hermanos, apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos» (Jn 21,15-18). No hay otra forma de amor verdadero a Dios que el amor a sus hijos, nuestros hermanos.

En Jesús encontramos, pues, el motivo de nuestro amor. Y encontramos también la medida. Él nos profesa «el amor más grande: dar la vida por los amigos» (Jn 15,13). «Si se desprendió de su vida por nosotros; también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos» ( U n 3,16). Es imprescindible estar alertados, porque podemos caer en el autoengaño de despacharnos dando la calderilla de la vida, como hacían los escribas y fariseos, que daban lo que les sobraba; es preciso hacer como la pobre viuda que «echó de lo que le hacía falta, todo lo que tenía para vivir» (Lc 21,4).

No se trata simplemente de apartar y reservar en nuestro presupuesto unas cantidades de tiempo, de dinero, de haberes personales para repartirlos y quedarnos tranquilos; se trata de vivir según el talante de Jesús, de convertir la vida en un servicio continuo, de que el amor y la entrega sean el sentido de nuestra vida. No podemos olvidar nunca el «como yo os he amado», que no lo lograremos jamás, pero es preciso tenerlo como referencia necesaria.

Durante toda la vida hemos de estar dando gracias por este incomparable regalo divino del Maestro de maestros. Ahora sabemos lo que de verdad es importante en la vida, lo que durará para siempre, lo que constituye la plenitud del hombre, su felicidad, lo que constituirá nuestro cielo, que no será otra cosa que una gran fiesta de fraternidad. El cielo consistirá en amarnos. Ésa será nuestra única tarea.

Ya puedo estar cargado de títulos, de conocimientos, de experiencias, de logros humanos e incluso de buenas obras que, sin amor, no soy nadie, nada me vale. Con el amor lo soy todo; sin el amor no soy nada. Sólo lo que lleva el sello del amor vale (1Co 1,13ss). Nada trajimos al mundo y nada llevaremos al morir» (1Tm 6,7), excepto nuestra capacidad de amar (1 Co 13,8). Esto es lógico, porque nuestra capacidad de amar no es algo que tenemos, lo llevamos; no es algo «nuestro», sino que es nosotros mismos.

 

MANDAMIENTO NUEVO

El término que emplean las traducciones es mandamiento: «Os doy un mandamiento nuevo». El sentido que Jesús da a sus palabras no es de «mandamiento», sino de consigna, orientación para la vida. Jesús no pretende, ni mucho menos, que amemos por obligación, porque está mandado. Esto no sería «amor», sino «sometimiento psicológico».

Es conveniente que nos percatemos del amor al que se refiere el Maestro en esta consigna suya. Por supuesto que Jesús invita al amor de ayuda al malherido del camino, al pobre Lázaro que está tendido a nuestra puerta y al enemigo. Pero en eso coincidiremos, sin duda, con otras personas de buena voluntad. El amor que nos señala como distintivo es otro: «Que os améis unos a otros», que se produzca entre vosotros un amor recíproco. Lo explícita cuando dice: «como yo os he amado». Pero, ¿cómo amó a aquellos discípulos de entonces? ¿Cómo nos ama a los discípulos de ahora? «No os he llamado siervos -dice- sino amigos». «Amaos como yo os he amado». Es decir, amaos como amigos que se sirven, que se ayudan, que están dispuestos a dar la vida los unos por los otros. «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (Jn 15,13).

No olvidemos que Jesús proclama su consigna al acabar de lavar los pies de sus amigos y poco antes de dar la vida. Así amó Jesús y así indica que hemos de amarnos unos a otros. Invita a realizar entre los hermanos más próximos el milagro de la comunidad de Jerusalén, el milagro de tener «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32), en lo que hacían consistir justamente los clásicos la amistad.

Señala Jesús que su consigna es nueva: «Os doy un mandamiento ‘nuevo'». ¿Por qué «nuevo» si ya se conocía en el Antiguo Testamento y hablan de él reiteradamente los profetas? Los libros sapienciales recomiendan la amistad y hablan del amigo como «un gran tesoro» (Eclo 6,5-17; 9,10). La consigna de Jesús es «nueva» porque tiene la gran novedad de la referencia a él, modelo único y pleno de amor; es nueva porque el misterio de Jesús ilumina el misterio del hombre, como señala insistentemente el Vaticano II. Jesús habla de mandamiento nuevo, porque nos brinda con su vida y su mensaje la oportunidad de vivir la comunión y la amistad con los hermanos desde una perspectiva nueva: como hijos del mismo Padre, hermanos en el mismo Hijo y templos del Espíritu, como «iconos» de la Trinidad.

«EN ESTO CONOCERÁN QUE SOIS MIS DISCÍPULOS»

Jesús pone tanto énfasis en su consigna, de tal forma la considera fundamental, que la propone como señal de identificación de sus discípulos: «En esto conocerán que sois mis discípulos». Nunca subrayaremos suficientemente los creyentes que el amor fraterno es el verdadero «test» para verificar la autenticidad de una comunidad que quiere ser la de Jesús. Lo que permite descubrir «la verdad» de una comunidad cristiana no es la formulación verbal de un determinado credo ni la práctica precisa de unos ritos cultuales ni la organización o disciplina eclesial. La señal por la que se deberá conocer también hoy a los verdaderos discípulos es el amor vivido prácticamente con el espíritu de Jesús.

En los albores del cristianismo la comunidad primera de Jerusalén era un testimonio de amor y de unión ante los de fuera. Los creyentes eran bien vistos de todo el pueblo y la gente se hacía lenguas de ellos porque en el grupo de los discípulos todos pensaban y sentían lo mismo, teniendo una sola alma. Ciento cincuenta años más tarde, según el escritor Tertuliano, ésa continuaba siendo la opinión de la calle. La gente reconocía pronto a los cristianos con solo verlos, y comentaba: ¡Mirad cómo se aman! El día en que ofrezcamos un hogar eclesial a los desamparados, acudirán en masa emigrantes de la tierra inhóspita de la increencia, del pasotismo, de la indiferencia, como vienen a Europa los ciudadanos de países de miseria buscando una vida mejor. Os lo aseguro.

Hay un pequeño gran hombre, el Abbé Pierre, un gran creyente, que ha vivido para los pordioseros y tirados, que a sus 87 años ha dejado también su «testamento»: el mismo de Jesús, pero con otras palabras. Lo ha dejado en un libro que se titula precisamente: Testamento. Sintetizando afirma: «La vida me ha enseñado que vivir es un poco de tiempo que se nos concede para aprender a amar y para prepararse para el encuentro del Amor Eterno y con los hermanos. Ésta es la certeza que quisiera poder ofrecer en herencia, porque es la clave de mi vida y de todo lo que he hecho». ¡Y cuánto ha hecho!

Atilano Alaiz

Jn 13, 31-35 (Evangelio Domingo V de Pascua)

La batalla del amor

Estamos, en el evangelio de Juan en la última cena de Jesús. Ese es el marco de este discurso de despedida, testamento de Jesús a los suyos. La última cena de Jesús con sus discípulos quedaría grabada en sus mentes y en su corazón. El redactor del evangelio de Juan sabe que aquella noche fue especialmente creativa para Jesús, no tanto para los discípulos, que solamente la pudiera recordar y recrear a partir de la resurrección. Juan es el evangelista que más profundamente ha tratado ese momento, a pesar de que no haya descrito la institución de la eucaristía. Ha preferido otros signos y otras palabras, puesto que ya se conocían las palabras eucarísticas por los otros evangelistas. Precisamente las del evangelio de hoy son determinantes. Se sabe que para Juan la hora de la muerte de Jesús es la hora de la glorificación, por eso no están presentes los indicios de tragedia.

La salida de Judas del cenáculo (v.30) desencadena la “glorificación” en palabras del Jesús joánico. ¡No!, no es tragedia todo lo que se va a desencadenar, sino el prodigio del amor consumado con que todo había comenzado (Jn 13,1). Jesús había venido para amar y este amor se hace más intenso frente al poder de este mundo y al poder del mal. En realidad esta no puede ser más que una lectura “glorificada” de la pasión y la entrega de Jesús. Y no puede hacerse otro tipo de lectura de lo que hizo Jesús y las razones por las que lo hizo. Por ello, ensañarse en la pasión y la crueldad del su sufrimiento no hubiera llevado a ninguna parte. El evangelista entiende que esto lo hizo el Hijo del hombre, Jesús, por amor y así debe ser vivido por sus discípulos.

Con la muerte de Jesús aparecerá la gloria de Dios comprometido con él y con su causa. Por otra parte, ya se nos está preparando, como a los discípulos, para el momento de pasar de la Pascua a Pentecostés; del tiempo de Jesús al tiempo de la Iglesia. Es lógico pensar que en aquella noche en que Jesús sabía lo que podría pasar tenía que preparar a los suyos para cuando no estuviera presente. No los había llamado para una guerra y una conquista militar, ni contra el Imperio de Roma. Los había llamado para la guerra del amor sin medida, del amor consumado. Por eso, la pregunta debe ser: ¿Cómo pueden identificarse en el mundo hostil aquellos que le han seguido y los que le seguirán? Ser cristiano, pues, discípulo de Jesús, es amarse los unos a los otros. Ese es el catecismo que debemos vivir. Todo lo demás encuentra su razón de ser en esta ley suprema de la comunidad de discípulos. Todo lo que no sea eso es abandonar la comunión con el Señor resucitado y desistir de la verdadera causa del evangelio.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Ap 21, 1-5 (2ª lectura Domingo V Pascua)

En Dios, todo será nuevo

Esta es una lectura grandiosa, porque es una lectura típica de este género literario. Leemos, pues, un texto que tiene todas las connotaciones de la ideología apocalíptica. Tiene toda la poesía de lo utópico y de lo maravilloso. En realidad es algo idílico, no puede ser de otra manera para el “vidente” de Patmos, como para todos los videntes del mundo. Jerusalén, lugar de la presencia de Dios para la religión judía alcanza aquí el cenit de lo que ni siquiera David había soñado cuando conquistó la ciudad a los jebuseos. Todo pasará, hasta lo más sagrado. Porque se anuncia una ciudad nueva, un tabernáculo nuevo, en definitiva una “presencia” nueva de Dios con la humanidad.

Un cielo nuevo y una tierra nueva, de la que desciende una nueva Jerusalén, que representa la ciudad de la paz y la justicia, de la felicidad, en la línea de muchos profetas del Antiguo Testamento. Se nos quiere presentar a la Iglesia como el nuevo pueblo de Dios, en la figura de la esposa amada, ya no amenazada por guerras y hambre. Es el idilio de lo que Pablo y Bernabé recomendaban: hay que pasar mucho para llegar al Reino de Dios. Dios hará nueva todas las cosas, pero sin que sea necesario dramatizar todo los momentos de nuestra vida. Es verdad que para ser felices es necesario renuncias y luchas. El evangelio nos dará la clave.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Hch 14, 21-27 (1ª lectura Domingo V de Pascua)

La Iglesia, comunión de comunidades

Esta es la descripción del primer viaje apostólico en que Lucas ha resumido la actividad misionera de la comunidad de Antioquía, y de Pablo más concretamente. Durante este primer viaje apostólico se nos presenta a Pablo y a Bernabé trabajando denodadamente por hacer presente el Reino de Dios en ciudades importantes de Cilicia, y de la provincia romana de la Capadocia, al sur de Turquía. En realidad deberíamos tener muy presente los cc. 13-14 de los Hechos, que forman una unidad particular de esta misión tan concreta. Son dignos de destacar los elementos y perfiles de esta tarea, que implica a todos los cristianos, que por el hecho de serlo, están llamados a la misión evangelizadora. Resalta el coraje para anunciar la palabra de Dios y el exhortar a perseverar en la fe. Todo se ha preparado con cuidado, la comunidad ha participado en la elección y, por lo mismo, es la comunidad la que está implicada en esta evangelización en el mundo pagano. Está a punto de terminar el primer viaje apostólico con el que Lucas ha querido resumir una primera etapa de la comunidad primitiva.

Jerusalén, de alguna manera, había quedado a la espera de este primer ciclo en que ya los primeros paganos se adhieren a la nueva fe. Y es la comunidad de Antioquía, donde los discípulos reciben un nombre nuevo, el de cristianos, la que se ha empeñado, con acierto profético, en abrirse a todo el mundo, a todos los hombres, como Jesús les había pedido a los apóstoles (Hch 1,8). La iniciativa, pues, la lleva la comunidad de Antioquía de Siria, no la de Jerusalén. Pero en definitiva es la “comunidad cristiana” quien está en el tajo de la misión. Ya sabemos que algunos de Jerusalén, ni siquiera veían con buenos ojos estas iniciativas, porque parecían demasiado arriesgadas.

No obstante, no se debe olvidar el gran protagonista de todo esto: el Espíritu, que se encarga de abrir caminos. Por eso, si no es Jerusalén y los Doce, será Antioquía y los nuevos “apóstoles” quienes cumplirán las palabras del “resucitado”: ¿por qué? porque el mensaje no puede encadenarse al miedo de algunos. En esas ciudades evangelizadas, algunos judíos y sinagogas no aceptarán a éstos con su doctrina, porque todavía pensaban que eran judíos. Pero ni siquiera en la comunidad cristiana de Jerusalén, por parte de algunos, se aprobarán estas iniciativas. Es más, al final de este “viaje” habrá que “sentarse” a hablar y discernir qué es lo que Dios quiere de los suyos. La asamblea de Jerusalén está esperando (Hch 15).

Fray Miguel de Burgos Núñez

Comentario al evangelio – Lunes IV de Pascua

Hemos comenzado la cuarta semanada de este tiempo de Pascua, un periodo más largo que el de Cuaresma pues necesitamos rumiar, tomar conciencia e interiorizar el acontecimiento central de nuestra fe: la Resurrección del Señor. Me da la impresión de que la Pascua no la vivimos con la misma intensidad que la Cuaresma, porque quizá nos resulta más fácil sintonizar con el sufrimiento y el dolor y no tanto con el gozo y la alegría. Y a esto precisamente estamos invitados a vivir en este tiempo: la resurrección de Jesucristo es también la nuestra, su gozo y su alegría es su regalo para nosotros.

Los discípulos necesitaron su tiempo de escuela con Jesús para asimilar este misterio que al final transformó radicalmente sus vidas. En la primera lectura de hoy, Pedro convence a los hermanos de judea de que los hermanos paganos, que se incorporan a las filas del cristianismo sin haber pasado por los ritos del judaísmo, también son destinatarios de la fuerza de la resurrección. Lo hace narrándoles la visión que tuvo en Jafa sobre la pureza de los alimentos. Tienen que asimilar que el mensaje y la entrega de Jesús es universal, para todos, por encima de razas, tradiciones y localismos.

El Evangelio de Juan nos recuerda que Jesús es el Buen Pastor, aquel que nos conoce, nos cuida, nos llama por el nombre y que sabe lo que necesitamos. Hay otros pastores que no entran por la puerta, sino que asaltan a las ovejas para robarlas y apartarlas del Buen Pastor. Esta profecía de Jesús sigue ocurriendo hoy; no faltan falsos pastores en forma de ideologías, corrientes de opinión y campañas muy orquestadas, que tratan de apartar de la fe y provocar el rechazo de todo lo que huela a cristianismo. En expresión de Jesús son “ladrones” y “bandidos”.

En este tiempo de Pascua nosotros queremos seguir escuchando la voz del Buen Pastor que con sus “silbos amorosos” en expresión del poeta Lope de Vega, no deja de llamarnos para atraernos hacia Él: “Pastor que con tus silbos amorosos me despertaste del profundo sueño” […] ”vuelve los ojos a mi fe piadosos, pues te confieso por mi amor y dueño, y la palabra de seguirte empeño, tus dulces silbos y tus pies hermosos.”

Él es la puerta, Él ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia; no dejemos de escuchar su voz.

Juan Lozano, cmf.

Meditación – Lunes IV de Pascua

Hoy es lunes IV de Pascua.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 10, 1-10):

En aquel tiempo, Jesús habló así: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba.

Entonces Jesús les dijo de nuevo: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».

Hoy, sorprendentemente, el discurso del pastor no comienza con el «Yo soy el buen pastor», sino con la imagen de la «puerta». Jesús da la pauta para los pastores de su rebaño: alguien es un buen pastor cuando entra a través de Jesús. Así, Jesucristo sigue siendo el pastor: el rebaño le «pertenece» sólo a El.

En Juan 21, el Señor le dice por tres veces a Simón-Pedro: «Apacienta mis corderos/ovejas». Se le está confiando la misma tarea de pastor que pertenece a Jesús. Para desempeñarla debe entrar por la «puerta»: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Cristo le pregunta por el «amor» que le hace ser una sola cosa con Él. Así Pedro llega a las ovejas «a través de Jesús». Entonces las ovejas escuchan la voz de Jesús y es Él mismo quien las guía.

—Finalmente, Jesús dice a Pedro: «Sígueme» (21,19). Ello comporta la aceptación de la cruz, la disposición a dar la propia vida. Precisamente así se hacen concretas las palabras: «Yo soy la puerta».

REDACCIÓN evangeli.net

Liturgia – Lunes IV de Pascua

LUNES DE LA IV SEMANA DE PASCUA, feria

Misa de la feria (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio Pascual.

Leccionario: Vol. II

  • Hch 11, -18. Así pues, también a los gentiles les ha otorgado Dios la conversión que lleva a la vida.
  • Sal 41.Mi alma tiene sed de ti, Dios vivo.
  • Jn 10, 1-10.Yo soy la puerta de las ovejas.

Antífona de entrada          Rom 6, 9
Cristo una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Aleluya.

Monición de entrada y acto penitencial
“He venido para que tengan vida –y vida abundante”, dice Jesús, el Buen Pastor. Él es la puerta para todos. En la Primera Lectura, Pedro defiende su acción de bautizar al pagano Cornelio con las mismas razones: También los paganos son llamados a aceptar el evangelio, y el Espíritu Santo también desciende sobre ellos, aunque aparentemente parece que los mismos cristianos han entendido el caso de Cornelio y de su familia como un caso excepcional. — ¿Está la Iglesia  -estamos nosotros-  abiertos a aceptar a todos?¿Qué hacemos para que esto llegue a ser una realidad? Así pues, está claro que Jesús había venido para traer vida a todos.

Yo confieso…

Oración colecta
OH, Dios,
luz perfecta de los santos,
que nos has concedido celebrar en la tierra
los sacramentos pascuales,
haznos gozar eternamente
de la plenitud de tu gracia.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos a Dios Padre, que resucitó a su Hijo Jesucristo y lo exaltó a su derecha.

1.- Por la Iglesia, para que cuantos se llaman discípulos de Cristo sepan discernir su voz en medio de tantas otras voces. Roguemos al Señor.

2.- Por los que en la Iglesia ejercen el servicio de la autoridad, para que amen a los hermanos con el amor de Cristo, que llegó a dar su vida por nosotros. Roguemos al Señor.

3.- Por todos los que buscan con sinceridad la verdadera fe, para que se les muestre el rostro del Dios vivo a través del testimonio de vida de los creyentes. Roguemos al Señor.

4.- Por nuestros hermanos difuntos, para que participen de la gloria de Cristo resucitado en la patria del cielo. Roguemos al Señor.

Acoge benigno, Padre santo, las súplicas de tu Iglesia, y concédenos que tu Hijo haga de nosotros un solo rebaño bajo un solo Pastor. Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
RECIBE, Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante,
y a quien diste motivo de tanto gozo
concédele disfrutar de la alegría eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio pascual

Antífona de comunión          Cf. Jn 20, 19
Jesús se puso en medio de sus discípulos y les dijo: «Paz a vosotros». Aleluya.

Oración después de la comunión
MIRA, Señor, con bondad a tu pueblo
y, ya que has querido renovarlo
con estos sacramentos de vida eterna,
concédele llegar a la incorruptible resurrección
de la carne que habrá de ser glorificada.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre el pueblo
TE pedimos, Señor,
que extiendas tu brazo poderoso en defensa de tus hijos,
y así, obedientes a tu voluntad de Padre,
se sientan seguros bajo la protección de tu amor eterno.
Por Jesucristo, nuestro Señor.