Ambos…

Lo que Dios hace…

El libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos acompaña en la Liturgia a lo largo de la cincuentena pascual, nos narra en la primera lectura las andanzas misioneras de Pablo y Bernabé que vuelven a Listra, a Iconio y a Antioquía. Allí animan y exhortan a los “discípulos” a perseverar en la fe que les habían anunciado y que ha arraigado en sus corazones para el seguimiento de Cristo. A pesar de las dificultades que puedan sobrevenir a causa de tal seguimiento, puede más la vida nueva que genera en los discípulos el encuentro con el Resucitado. Que Él haya vencido a la muerte les blinda contra toda adversidad y les anima a anunciar con valentía el Evangelio.

Pablo y Bernabé fortalecen las comunidades fundadas designando presbíteros, orando, ayunando y encomendando al Señor a todos los creyentes. La estrategia apostólica es, por tanto, anunciar el Evangelio y establecer comunidades cristianas dotadas de estructura y medios espirituales para su crecimiento en la vida cristiana y en la conciencia de misión. Después de seguir su periplo misionero vuelven a la comunidad que les había enviado. Ellos no han ido por libre, son enviados de la Iglesia “con la gracia de Dios”, por eso, al llegar, no cuentan “lo que han hecho” sino “lo que Dios ha hecho” por medio de ellos abriendo a los gentiles “la puerta de la fe”. Es el Señor Resucitado, el Dios de la gloria, el que abre el camino de la fe por medio de los testigos enviados por Él, a través de su Iglesia, hasta los confines del mundo.

Todas tus criaturas te den gracias…

¡Cómo no dar gracias a Dios por su hacer, por su obrar maravilloso a través de su Hijo muerto y resucitado por nosotros! Haciendo nuestro el sentimiento agradecido del salmista “bendeciremos su Nombre por siempre jamás”. Por su clemencia y misericordia, por su cariño, por su bondad con todas sus criaturas, por sus hazañas maravillosas como fruto de su amor providente. Este gran amor divino lo hemos experimentado en la muerte y resurrección de Cristo. Que toda la creación se una a nuestra alabanza.

Todo nuevo…

El texto del libro del Apocalipsis que leemos este domingo intensifica la alegría pascual. La Resurrección de Cristo tiene un efecto global: “cielos y tierra nuevos”. Lo viejo, lo caduco, ha pasado. Ahora todo es nuevo: “Ahora hago el universo nuevo” dice el que está sentado en el trono. Esta novedad la expresa el vidente de Patmos a través de la imagen de la “nueva Jerusalén” descendida del Cielo, esplendorosa como una novia, morada nueva sin muerte, llanto, ni luto, ni dolor. Nada obsta pues a la alianza nupcial, festiva y gozosa, que Dios quiere con su pueblo, renovado por la Pascua de Cristo y simbolizado en esa ciudad magnifica.

La Pascua del Amor…

El Evangelio de este domingo nos hace volver al cenáculo donde Jesús, en el preludio de su “hora”, habla de su glorificación y confía a los discípulos el mandamiento de su amor, la verdadera señal que les autentifica como seguidores suyos. Su “hora” es la de la Pascua de su Amor. Su Amor “hasta el extremo” vence la muerte y renueva todo. Como cristianos, hemos renacido en la Pascua amorosa de Jesús y este mandamiento nos recuerda que nuestra “existencia cristiana”, en cuanto “existencia pascual”, es vivir realmente este Amor el cual manifiesta en verdad que somos nuevas criaturas.

Fray Juan Carlos González del Cerro, OP