Un mandamiento nuevo

AMOR CON AMOR SE PAGA

Jesús señala como modelo de referencia para el amor entre sus discípulos el amor que él ha tenido a todos y a cada uno. Ellos recuerdan, sin duda, el afecto cordial que les profesa, los continuos gestos de amistad que ha tenido con ellos; todavía tienen fresco en la memoria el gesto del lavatorio de los pies y las reacciones que ha suscitado en Pedro. Han comprobado en sí mismos que él «no ha venido a ser servido sino a servir» (Mt 20,28).

La raíz, el motivo de nuestro amor al prójimo está en que Jesús nos amó. El amor a los demás ha de partir de esta experiencia del amor del Señor, como respuesta a quien ahora, glorificado, no le podemos tender una mano. Para aprender a amar es imprescindible sentirse amado por el Señor. A partir de esta experiencia surge solo el impulso de amor a los hermanos. «Queridos míos, escribe Juan, si Dios nos ha amado de este modo, también nosotros hemos de amarnos unos a otros» (1Jn 4,11). Zaqueo se ha sentido amado gratuitamente por el rabí de Nazaret, a pesar de su condición de proscrito y de ladrón; la respuesta espontánea que siente no es sólo resarcir a los perjudicados sino beneficiarlos muy por encima del perjuicio que les ha causado (Lc 19,8), como respuesta al amor del rabí de Nazaret.

Pedro proclama ardorosamente su amor al Maestro, pero Jesús le señala la forma de realizarlo, de corresponder a su amor de amistad: «Cuida de mis hermanos, apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos» (Jn 21,15-18). No hay otra forma de amor verdadero a Dios que el amor a sus hijos, nuestros hermanos.

En Jesús encontramos, pues, el motivo de nuestro amor. Y encontramos también la medida. Él nos profesa «el amor más grande: dar la vida por los amigos» (Jn 15,13). «Si se desprendió de su vida por nosotros; también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos» ( U n 3,16). Es imprescindible estar alertados, porque podemos caer en el autoengaño de despacharnos dando la calderilla de la vida, como hacían los escribas y fariseos, que daban lo que les sobraba; es preciso hacer como la pobre viuda que «echó de lo que le hacía falta, todo lo que tenía para vivir» (Lc 21,4).

No se trata simplemente de apartar y reservar en nuestro presupuesto unas cantidades de tiempo, de dinero, de haberes personales para repartirlos y quedarnos tranquilos; se trata de vivir según el talante de Jesús, de convertir la vida en un servicio continuo, de que el amor y la entrega sean el sentido de nuestra vida. No podemos olvidar nunca el «como yo os he amado», que no lo lograremos jamás, pero es preciso tenerlo como referencia necesaria.

Durante toda la vida hemos de estar dando gracias por este incomparable regalo divino del Maestro de maestros. Ahora sabemos lo que de verdad es importante en la vida, lo que durará para siempre, lo que constituye la plenitud del hombre, su felicidad, lo que constituirá nuestro cielo, que no será otra cosa que una gran fiesta de fraternidad. El cielo consistirá en amarnos. Ésa será nuestra única tarea.

Ya puedo estar cargado de títulos, de conocimientos, de experiencias, de logros humanos e incluso de buenas obras que, sin amor, no soy nadie, nada me vale. Con el amor lo soy todo; sin el amor no soy nada. Sólo lo que lleva el sello del amor vale (1Co 1,13ss). Nada trajimos al mundo y nada llevaremos al morir» (1Tm 6,7), excepto nuestra capacidad de amar (1 Co 13,8). Esto es lógico, porque nuestra capacidad de amar no es algo que tenemos, lo llevamos; no es algo «nuestro», sino que es nosotros mismos.

 

MANDAMIENTO NUEVO

El término que emplean las traducciones es mandamiento: «Os doy un mandamiento nuevo». El sentido que Jesús da a sus palabras no es de «mandamiento», sino de consigna, orientación para la vida. Jesús no pretende, ni mucho menos, que amemos por obligación, porque está mandado. Esto no sería «amor», sino «sometimiento psicológico».

Es conveniente que nos percatemos del amor al que se refiere el Maestro en esta consigna suya. Por supuesto que Jesús invita al amor de ayuda al malherido del camino, al pobre Lázaro que está tendido a nuestra puerta y al enemigo. Pero en eso coincidiremos, sin duda, con otras personas de buena voluntad. El amor que nos señala como distintivo es otro: «Que os améis unos a otros», que se produzca entre vosotros un amor recíproco. Lo explícita cuando dice: «como yo os he amado». Pero, ¿cómo amó a aquellos discípulos de entonces? ¿Cómo nos ama a los discípulos de ahora? «No os he llamado siervos -dice- sino amigos». «Amaos como yo os he amado». Es decir, amaos como amigos que se sirven, que se ayudan, que están dispuestos a dar la vida los unos por los otros. «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (Jn 15,13).

No olvidemos que Jesús proclama su consigna al acabar de lavar los pies de sus amigos y poco antes de dar la vida. Así amó Jesús y así indica que hemos de amarnos unos a otros. Invita a realizar entre los hermanos más próximos el milagro de la comunidad de Jerusalén, el milagro de tener «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32), en lo que hacían consistir justamente los clásicos la amistad.

Señala Jesús que su consigna es nueva: «Os doy un mandamiento ‘nuevo'». ¿Por qué «nuevo» si ya se conocía en el Antiguo Testamento y hablan de él reiteradamente los profetas? Los libros sapienciales recomiendan la amistad y hablan del amigo como «un gran tesoro» (Eclo 6,5-17; 9,10). La consigna de Jesús es «nueva» porque tiene la gran novedad de la referencia a él, modelo único y pleno de amor; es nueva porque el misterio de Jesús ilumina el misterio del hombre, como señala insistentemente el Vaticano II. Jesús habla de mandamiento nuevo, porque nos brinda con su vida y su mensaje la oportunidad de vivir la comunión y la amistad con los hermanos desde una perspectiva nueva: como hijos del mismo Padre, hermanos en el mismo Hijo y templos del Espíritu, como «iconos» de la Trinidad.

«EN ESTO CONOCERÁN QUE SOIS MIS DISCÍPULOS»

Jesús pone tanto énfasis en su consigna, de tal forma la considera fundamental, que la propone como señal de identificación de sus discípulos: «En esto conocerán que sois mis discípulos». Nunca subrayaremos suficientemente los creyentes que el amor fraterno es el verdadero «test» para verificar la autenticidad de una comunidad que quiere ser la de Jesús. Lo que permite descubrir «la verdad» de una comunidad cristiana no es la formulación verbal de un determinado credo ni la práctica precisa de unos ritos cultuales ni la organización o disciplina eclesial. La señal por la que se deberá conocer también hoy a los verdaderos discípulos es el amor vivido prácticamente con el espíritu de Jesús.

En los albores del cristianismo la comunidad primera de Jerusalén era un testimonio de amor y de unión ante los de fuera. Los creyentes eran bien vistos de todo el pueblo y la gente se hacía lenguas de ellos porque en el grupo de los discípulos todos pensaban y sentían lo mismo, teniendo una sola alma. Ciento cincuenta años más tarde, según el escritor Tertuliano, ésa continuaba siendo la opinión de la calle. La gente reconocía pronto a los cristianos con solo verlos, y comentaba: ¡Mirad cómo se aman! El día en que ofrezcamos un hogar eclesial a los desamparados, acudirán en masa emigrantes de la tierra inhóspita de la increencia, del pasotismo, de la indiferencia, como vienen a Europa los ciudadanos de países de miseria buscando una vida mejor. Os lo aseguro.

Hay un pequeño gran hombre, el Abbé Pierre, un gran creyente, que ha vivido para los pordioseros y tirados, que a sus 87 años ha dejado también su «testamento»: el mismo de Jesús, pero con otras palabras. Lo ha dejado en un libro que se titula precisamente: Testamento. Sintetizando afirma: «La vida me ha enseñado que vivir es un poco de tiempo que se nos concede para aprender a amar y para prepararse para el encuentro del Amor Eterno y con los hermanos. Ésta es la certeza que quisiera poder ofrecer en herencia, porque es la clave de mi vida y de todo lo que he hecho». ¡Y cuánto ha hecho!

Atilano Alaiz