Comentario – Miércoles IV de Pascua

Jn 12, 44-50

Este pasaje, en el evangelio de san Juan, sigue a la resurrección de Lázaro y a la unción en Betania. Es una colección de palabras muy características de Jesús que parecen haber sido agrupadas aquí para «concluir» la primera parte del evangelio, antes de abordar la segunda, que es la Pasión y la Resurrección.

El que cree en mí, no es en mí en quien cree

Jesús no atrae a sí, remite a otro.

Sino en el que me ha enviado.

Jesús se define a menudo como «el enviado» = missus, en latín… apóstoles, en griego…

Jesús, misionero del Padre.

Jesús, «apóstol» del Padre, «enviado» por el Padre.

Humildad profunda del misionero: no es nada por sí mismo… está allí en nombre de Otro… quiere conducir a los demás a descubrir a este Otro. Conducir a Dios. Llevar a nuestros amigos a experimentar su relación con Dios.

Pero en primer lugar tener nosotros esta experiencia: ¿cómo pretender ser misionero si uno mismo no vive su profunda relación con Dios? La «misión» no es ante todo una empresa, ni una cuestión de métodos… es un «envío»

El que me ve, ve al que me ha enviado

Sin palabras, sin «empresas», el verdadero misionero «hace que vean» a Dios… así sencillamente, a través de su propia persona. ¡Quien, ve a Jesús, ve al Padre!

¡Qué exigencia extraordinaria y maravillosa! ¡Qué Gracia! Oh, Señor, hazme transparente, como Tú lo eras. «Vosotros sois el Cuerpo de Cristo» traducirá san Pablo. Debo ser el rostro de Cristo, como Jesús era el rostro del Padre. A través de mi vida, hacer ver a Dios.

Yo he venido como luz al mundo, para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas.

Transparencia… luz… belleza… seguridad… Opacidad… tinieblas… miedo…

Evocar imagen de sol… de día… e imágenes de noche…

Si alguno escucha mis palabras y no las guarda, yo no le condeno, porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo… El que me rechaza y no recibe mis palabras, tiene ya quien le juzgue: La palabra que Yo he hablado, esa le juzgará en el ultimo día.

Jesús sabe que llega el fin de su vida: es una especie de balance negativo. Los hombres no han querido la luz, no han escuchado sus palabras. Es el fracaso, globalmente… a parte el pequeño núcleo de discípulos, unos pocos en número. Pues bien, ¡Jesús reafirma que no condena!

Que ha venido para salvar.

Son solamente los hombres los que se condenan, cuando rehusan escuchar. La condenación no es obra de Dios. La «salvación» ofrecida se transforma en «juicio», no por voluntad de Dios, sino por las opciones negativas de los hombres. Todo está ahora a punto para la Pasión.

Las palabras que Yo hablo, las hablo según el Padre me ha dicho.

Siempre la profunda dependencia y humildad del misionero. Jesús no ha inventado lo que nos ha dicho.

¿Y yo? ¿Digo las palabras del Padre, o las mías?

Noel Quesson
Evangelios 1