Lectio Divina – Viernes IV de Pascua

“No se turbe vuestro corazón”

1.- Introducción.

Señor, vengo a Ti, a estar contigo. Y lo hago de mañana, con la frescura del amanecer, con la limpieza de la tierra, con la caricia del viento, con el encanto de lo nuevo, lo no usado, lo no manchado, lo no estropeado. Y te pido tener la mente fresca y los oídos bien abiertos para escuchar de Ti unas palabras enternecedoras: “No tengáis miedo, no os turbéis, confiad”- Haz que estas dulces palabras se metan en mi cabeza y sepa guardarlas en mi corazón.

2.- Lectura reposada de la Palabra. Juan 14, 1-6

«No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino». Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-Reflexión.

“No se turbe vuestro corazón”. Palabras consoladoras de JESÚS, sobre todo si tenemos en cuenta el momento en que las pronunció: antes de su partida. La ausencia de Jesús iba a abrir una honda herida en el corazón de sus discípulos. Durante varios años Él ha sido para ellos su amigo, su defensor, su apoyo, su fortaleza. Ahora se marcha y les acecha la tristeza, la angustia, la soledad. Jesús les anima a perder el miedo, a superar la tristeza. Llega el momento de la fe, es decir, de la confianza en Él, del fiarse plenamente de su persona. Y les consuela diciendo que se va porque les interesa a ellos, porque así les puede preparar una casa bonita en el cielo. Es una casa grande, con muchas mansiones. Que nadie pase apuros por dudar si habrá sitio para él. Después volverá, pero no para seguir viviendo aquí en este “valle de lágrimas” sino en un lugar maravilloso donde ya no habrá “ni luto, ni llanto, ni dolor”. Una casa donde el gozo será vivir en el amor: en el amor del Padre, en el amor de Jesús y en el amor de los hermanos. Es el fruto de la redención llevada a cabo por Jesús y hecha realidad en nosotros por la fuerza del Espíritu, no por nuestros propios méritos.

Palabra del Papa

“Hoy me quiero centrar en la acción que el Espíritu Santo realiza en la guía de la Iglesia y de cada uno de nosotros a la Verdad. Jesús mismo dice a sus discípulos: el Espíritu Santo «les guiará en toda la verdad», siendo él mismo «el Espíritu de la Verdad». Vivimos en una época en la que se es más bien escéptico con respecto a la verdad. Benedicto XVI ha hablado muchas veces de relativismo, es decir, la tendencia a creer que no hay nada definitivo, y a pensar que la verdad está dada por el consenso general o por lo que nosotros queremos. Surge la pregunta: ¿existe realmente «la» verdad? ¿Qué es «la» verdad? ¿Podemos conocerla? ¿Podemos encontrarla? Aquí me viene a la memoria la pregunta del procurador romano Poncio Pilato cuando Jesús le revela el sentido profundo de su misión: «¿Qué es la verdad?». Pilato no llega a entender que «la» Verdad está frente a él, no es capaz de ver en Jesús el rostro de la verdad, que es el rostro de Dios. Y sin embargo, Jesús es esto: la Verdad, la cual, en la plenitud de los tiempos, «se hizo carne”, habitó entre nosotros para que la conociéramos. La verdad no se aferra como una cosa, la verdad se encuentra. No es una posesión, es un encuentro con una Persona.  (S.S. Francisco, catequesis del 15 de mayo de 2013)

4.- ¿Qué me dice hoy a mí esta palabra ya reflexionada? (Silencio)

5.-Propósito. Vivir todo este día con mucha paz. Sin miedos, sin sobresaltos, sin inquietudes. El Padre Dios me ama y está al tanto de todo.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Al acabar este rato de oración, de nuevo quiero agradecerte este momento por las luces que me has concedido. Te digo que al escuchar tus palabras he sentido que me ha desaparecido el miedo a la muerte. Nuestra situación allá arriba, en tu propia casa, será inmensamente mejor que todo lo vivido aquí en este mundo. Tu casa será mi casa; tu mesa será mi mesa; tu jardín será mi jardín; tu felicidad será también la mía. ¡Gracias, Señor!

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

Comentario – Viernes IV de Pascua

Jn 14, 1-6

Antes de pasar de este mundo al Padre, Jesús decía: «No se turbe vuestro corazón…»

Los apóstoles están inquietos. ¿Dónde va?

No olvidemos la atmósfera trágica de esta última tarde, jueves santo, víspera de su muerte.

Toda la humanidad, toda la amistad de Jesús en estas palabras de consuelo.
Nuestro Dios no es indiferente ni frío, sino un Dios sensible a nuestros sufrimientos.

Creéis en Dios, creed también en mí.

La paz profunda que supera toda turbación viene de la Fe. Jesús pide un acto ele Fe en su persona, idéntico al que puede hacerse respecto a Dios: llamada a una Fe sin reserva, total…

¡que aporta la paz!

¡Señor, dame esta fe, esta paz!

En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, os lo diría, porque voy a prepararos el lugar.

Jesús «vuelve a casa» el primero… va a ver de nuevo al Padre.

Así ve Jesús su muerte. La alegría de la vuelta a casa para encontrar a alguien a quien se ama y del quien se sabe amado. «Voy al Padre». Jesús debe ser el primero en ir al cielo. Pero hace una gran promesa: ¡nos prepara un lugar!

¡Gracias, Señor! ¡Prepáralo bien! ¡Guárdalo bien! El mío y el de todos los que amo, y el de todos los hombres…

Cuando Yo me haya ido y os haya preparado el lugar, de nuevo volveré y os tomaré conmigo.
Son palabras de ternura.

«Os tomaré conmigo…» «Volveré…»

Promesa de que no estaremos separados de Jesús.

Es un lenguaje muy sencillo, casi ingenuo: ‘la casa del Padre , preparar un lugar , tomar junto a si …

Allí donde Yo estoy, estaréis también vosotros.

Jesús nos hace participar de su vida divina.

Tal es el objetivo de mi vida. Es hacia donde va la humanidad. Estar con Dios, estar donde está Jesús. Se comprende que haya dicho: «No se turbe vuestro corazón».

Para ir donde Yo voy, vosotros conocéis el camino.

¡Cristo, el que abre los caminos! ¡El que va delante! El que ha roto el circulo infernal de la finitud humana, de la mortalidad y del pecado, El que ha abierto «la salida». Sin Cristo la humanidad está encerrada en sus límites; pero he aquí que se. abre una esperanza. No seremos siempre egoístas, injustos, duros, impuros, débiles… la humanidad no será siempre opresora, racista, violenta, agresiva, no estará dividida… Hay un camino que conduce a alguna parte, allá donde el amor existe.

Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida. Nadie viene al Padre sino por mí.

Esta es la «buena nueva»: la historia tiene un sentido, el hombre tiene un sentido, todo hombre está destinado a vivir cerca del Padre… «¡en tu Reino, donde esté nuestro lugar, con toda la creación entera por fin liberada del pecado y de la muerte. Glorificarte por Cristo Jesús!”

Noel Quesson
Evangelios 1

Misa del domingo

Cuando la noche de la última Cena Judas abandona el cenáculo para consumar su traición, el Señor Jesús dice a sus discípulos que «Dios ha sido glorificado en Él» (Evangelio). ¿De qué modo ha sido Dios glorificado por Cristo, su Hijo? Por su plena y total obediencia al Plan del Padre, llevando a pleno cumplimiento la misión reconciliadora a Él confiada: «Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar» (Jn 17, 4).

Cristo con su perfecta y amorosa obediencia ha vuelto a hacer todo nuevo (2da. lectura), ha venido a reconstruir lo que Adán por su desobediencia había destruido, ha venido a reconciliar las rupturas que Adán por su pecado había introducido en el corazón humano: ruptura con Dios, consigo mismo, con los hermanos humanos y con la creación entera. Gracias a que Dios ha sido glorificado por la obediencia de Cristo, todo ser humano puede en Cristo alcanzar su máxima grandeza y la plenitud de su ser.

Al mirar a Cristo todo hombre o mujer entienden que dar gloria a Dios consiste ante todo en realizar en sí el proyecto divino que el Padre, en su infinito amor y sabiduría, tiene pensado para cada cual. «La gloria de Dios —enseñaba San Ireneo— es el hombre vivo» (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 294). La persona humana da gloria a Dios cuando alcanza la plenitud de la vida humana, que consiste en participar de la misma vida y plenitud divina (ver 2 Pe 1, 4). Es por la amorosa obediencia al Plan de Dios como la criatura humana alcanza su realización, y con ello su verdadera dicha y felicidad.

«También Dios lo glorificará en sí mismo: y lo hará muy pronto», dice asimismo el Señor Jesús. Dios glorificó a su Hijo por su fiel obediencia. No sería una glorificación como la esperaban los discípulos. No era un revestir a su Hijo de un poder y una gloria humana lo que el Padre tenía pensado, con el fin de instaurar un mesianismo terreno y un dominio político sobre los demás pueblos y naciones de la tierra (ver Hech 1, 6). Dios, en cambio, glorifica a su Hijo por la Resurrección, haciéndole vencedor sobre el poder del pecado y de la muerte. Dios glorifica a su Hijo exaltándolo y otorgándole «el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 9-11; ver Catecismo de la Iglesia Católica, 434).

Aquella misma noche, faltando ya poco para entregar su vida en el Altar de la Cruz, el Señor Jesús con la fuerza de un testamento espiritual encarga a sus Apóstoles “su” mandamiento: «que se amen unos a otros; como yo los he amado». Este mandamiento resume todo lo que Él ha venido a enseñar. Cumplir con ese mandamiento está por encima de todo. Nada hay más importante que amar como Cristo mismo (ver 1 Cor 13, 1ss).

¿De qué amor se trata? En griego se expresa con la palabra agape y en latín caritas. Este amor, llamado también caridad, es un impulso interior que busca el bien máximo del otro, sea físico, psicológico o espiritual. Quiere que el otro llegue a ser lo que está llamado a ser. Encuentra su fuente en Dios, que es amor (ver 1 Jn 4, 8.16). Dios crea al ser humano por sobreabundancia de amor, capaz de amar como Él, para participar de su misma comunión divina de amor. La vocación más profunda de todo ser humano es ese amor. El pecado es una negación del auténtico amor, es un rechazo de Dios y una negación de sí mismo. Dios Padre, fiel a su amor, por amor entregó a su Hijo para reconciliar a los pecadores y hacerlos nuevamente partícipes de su naturaleza divina (ver 1 Jn 4, 9-10). Es el mismo amor con que Cristo, Dios hecho hombre, ha amado al Padre y a todo ser humano, por quienes se ha entregado en el Altar de la Cruz, amando a los suyos hasta el extremo (ver Jn 13, 1). Este amor es también el amor del Espíritu Santo. Él es la Persona-amor que derrama ese amor en los corazones de los cristianos (ver Rom 5, 5), transformando los corazones endurecidos por el pecado en corazones de carne (ver Ez 36, 26-27) capaces de amar como Cristo mismo, capaces de cumplir su mandamiento. El creyente puede llegar a amar como Cristo mismo, porque Dios da ese amor a quien libremente lo acoge.

Si de este modo nos ha amado Dios, dice San Juan, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros (ver 1 Jn 4, 11-18). El mutuo amor vivido entre cristianos aspira a ser un nítido reflejo del amor que se vive en la Trinidad: mutuo don y acogida de las Personas divinas. De allí deriva la comunión. Quien ama a los hermanos humanos con el mismo amor del Señor Jesús se introduce en esta nueva dinámica de amor inaugurada por el Señor Jesús y participa ya de la Comunión divina de amor. Asimismo, experimenta que el amor en él llega a su plenitud.

Este amor es el fundamento y germen del Reino nuevo que Cristo ha venido a inaugurar. Es este amor el que todo lo hace nuevo e inaugura ya en esta tierra un pueblo nuevo, una comunidad de personas que ha de distinguirse ante todos por el amor que se tienen los unos a los otros. Este reino inaugurado por el Señor en la tierra aguarda su consumación en el cielo nuevo y la tierra nueva en los que Dios y los hombres vivirán en plena comunión (2da. lectura).

¿Pero por qué dice Jesús que este mandamiento es “nuevo”? ¿Dónde está la novedad, si el mandamiento del amor al prójimo ya existía en la Ley antigua? (ver Lev 19, 18). La novedad está en el modo de amar, la novedad está en amar como Cristo nos amó, es decir, en amar con su mismo amor. El Señor Jesús es modelo y fuente del amor que reconcilia y renueva al ser humano, del amor que hace de él una nueva criatura, del amor que se convertirá en el distintivo de sus discípulos: «En esto reconocerán todos que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan unos a otros».

El gozo de aquel que se ha encontrado con el Señor y se ha dejado tocar y transformar por su amor es anunciarlo a los demás. El encuentro con el Señor Resucitado transforma la propia existencia y mueve a dar testimonio de la vida nueva que Él ha traído, mueve al anuncio de Cristo y de su Evangelio, mueve a querer vivir el amor hasta el extremo, a querer servir a otros mediante la predicación de la Palabra, mediante el anuncio del Evangelio de la reconciliación (1ra. lectura). Haber sido alcanzados por Cristo compromete al anuncio, porque ese don es no sólo para uno, sino para toda la humanidad.

El anuncio de la Palabra del Señor, si quiere ser eficaz, ha de ir acompañado por el testimonio de la caridad. La conversión no depende únicamente de la predicación, sino del testimonio de una vida cristiana coherente, que aspira a vivir el amor de Cristo en todas sus dimensiones, que aspira a amar con sus mismos amores: al Padre en el Espíritu, a María su madre, y a todos los hermanos humanos.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

«Ámense unos a otros; como yo los he amado». Este mandamiento del Señor no es algo ajeno a nosotros: responde a nuestra vocación más profunda, a nuestra vocación al amor. ¿Acaso no experimentamos en nosotros un deseo profundo de amar y de ser amados? ¿No buscamos de muchas maneras saciar esa hambre de amor? Sin amor, nuestra vida se torna gris, oscura, triste, peor aún, nuestra vida se vacía de sentido.

Yo necesito amar, sencillamente porque estoy hecho para amar, porque ésa es mi vocación más profunda. Y estoy hecho para amar porque vengo de Dios que es Amor, y porque Él ha puesto en mí esa capacidad y necesidad de amar para que pueda participar finalmente de su misma Comunión divina de Amor.

Por ello experimentamos que no hay cosa que más nos llene de paz, de gozo y felicidad que la experiencia del amor y de la comunión con Dios y con nuestros seres queridos. ¡Qué felices somos cuando amamos y cuando en correspondencia nos experimentamos amados! ¡Y qué desoladora y dolorosa puede resultar la experiencia de no ser amados por nadie, y cuánta amargura inunda el corazón vacío de amor! Por eso podemos afirmar que no somos islas en medio de un mar inmenso, pues no podemos alcanzar la felicidad si no es por la comunión de amor con otras personas semejantes a nosotros y con Dios. Sí, para amar y alcanzar la felicidad plena necesitamos no solamente de Dios sino que necesitamos también de los demás, porque así nos ha creado Dios: necesitados los unos de los otros. Por ello, para responder a nuestra vocación al amor es esencial abrirnos al amor del Señor Jesús, es esencial “amorizarnos”, llenarnos del amor de Cristo para entregarnos a la construcción de una sociedad más justa, fraterna y reconciliada, una verdadera civilización del amor.

Así, pues, hay que aprender a amar de Cristo y como Cristo. Él es el modelo por excelencia, la escuela concreta del verdadero amor. Él es el Maestro del amor humano llevado a su plenitud.

Pero Él no solamente es Maestro que enseña. Él es mucho más que eso. Es el Hijo del Padre, quien vive y refleja en sí mismo todo el amor que el Padre nos tiene (ver Jn 3, 16; 14, 9). Más aún, siendo Dios es el Amor mismo (ver 1 Jn 4, 8.16) y la fuente de todo amor humano auténtico. Por tanto, para amar verdaderamente, para responder a nuestra vocación al amor, hay que nutrirnos de su Amor. ¡Qué importante, si de verdad queremos ser felices, es abrirnos al amor de Cristo, es aprender a amar de Cristo, es amar como Cristo! Para ello es esencial aprender a conocer más al Señor mediante la lectura y meditación asidua de su palabra, mediante la oración perseverante, mediante la participación activa en la Eucaristía de los Domingos, mediante la confesión frecuente.

El amor cristiano aprendido en la escuela del Corazón del Señor Jesús se vive en el día a día, en lo concreto. No es tan sólo un sentimiento. Es compromiso con el otro para ayudarlo a responder a su vocación a ser persona humana, es donación de sí y acogida del otro, es diálogo, es solidaridad, es caridad, es esfuerzo por construir la comunión especialmente con aquellos que son de Cristo.

Para reposar

Para reposar
no quiero proyectos ni sueños,
ni olvidos
que traen agujeros negros.

Tampoco quiero
los vacíos, que dan vértigo,
ni los llenos,
que nos dejan satisfechos.

Quiero, ya lo sabes,
tu regazo cálido y ondulado
y esas manos
que desatan los nudos de mi cuerpo.

Para reposar
quiero tus masajes y besos
y un rincón
sereno para la espera y los encuentros.

Así podré escuchar
tu mandato nuevo y claro
de amar a todos
como tú nos has amado.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes IV de Pascua

“Que no se turbe vuestro corazón”, comienza el Evangelio que meditamos hoy. Y sigue: “Creed en Dios y creed también en mi” […] “porque me voy a prepararos un lugar”. Esta lectura es muy utilizada en los funerales cuando despedimos a un ser querido, ya que Jesús nos asegura la continuidad de nuestra vida tras la muerte, concebida por nosotros como un tránsito, una puerta hacia la otra vida. Sin embargo, hoy queremos meditarla como un mensaje de Jesús para nuestro aquí y ahora, pues con frecuencia, los avatares de la vida nos roban la paz del corazón y la confianza en los valores que profesamos gracias a nuestra fe.

Perder la paz interior nos lleva a vivir los acontecimientos con violencia y de forma esquizofrénica, y se nota cuando entramos en esta espiral pagana, porque vivimos como si no tuviéramos fe. Los cristianos estamos llamados a resolver las situaciones de conflicto de otro modo: los problemas en la familia donde en ocasiones nos vemos desbordados en la relación con la pareja, los hijos, nuestros padres o hermanos; las tensiones en el trabajo con nuestros superiores, compañeros o subordinados; las toxicidades que a veces se producen entre nuestras amistades; el ambiente de desesperación ante situaciones de injusticia, guerra o corrupción social… No nos faltan problemas en nuestra vida, por eso Jesús nos dice hoy “que no se turbe vuestro corazón”.

Te propongo que pongas hoy en oración a todas las personas y situaciones que en la actualidad te turban, te quitan la paz. Ora con ellas y por ellas. Pídele a Jesús Resucitado que te de su paz para que puedas abordarlas de otro modo, con paciencia, con una mirada más calmada, con distancia, de modo que no causen negatividad en ti.

Hoy recordamos a la Virgen María en su advocación de Ntra. Sra. de Fátima. Ella es una poderosa intercesora y sobre todo la gran mujer que supo esperar en el gran día de la esperanza: el Sábado Santo. Supo que la fuerza del amor siempre es más poderosa que la muerte, y que aquella muerte de su Hijo no podía terminar así. Esperar y ser pacientes ante las situaciones adversas es lo que presentamos también a la Madre, junto a los miles de peregrinos que hoy se congregan para rezar en la pequeña villa portuguesa.

Nuestra Sra. de Fátima, ruega por nosotros.

Juan Lozano, cmf

Meditación – Viernes IV de Pascua

Hoy es viernes IV de Pascua.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 14, 1-6):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaréconmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Uno de los mayores ecos que me hace la Palabra de hoy es el sano reproche de Jesús a Felipe: “hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen?” Me nace en el corazón como un sentimiento de sentarme frente a Jesús y sentir que me dice esto mismo: “hermano, hace tanto que venimos caminando juntos… ¿y todavía no sabés quién soy?” Quizásesto tenga que ver con que muchas veces los cristianos nos acostumbramos a la vida y a Dios. Nos parece todo obvio y conocido. Nos creemos que nos las sabemos todas y creemos que nos sabemos toda de Dios. Tanto, que muchas veces nos cuesta el asombro. Casi de la misma manera que vivimos alienados con un celular en la mano (y de esto no se salva nadie)vamos perdiendo la capacidad de asombro que nos viene a revelar Jesús de parte de Dios. Ese Dios que hace nuevas todas las cosas, pero que muchas veces por estar atrás de lo urgente nos perdemos lo necesario, lo que de veras importa. Y nace esta pregunta de Jesús: “¿tanto tiempo juntos y no me conocen?”. Por eso creo que es fundamental volver una y otra vez a Jesús. Volver a dejarnos sorprender por Él, por su Ternura y su Misericordia. Y dejarnos sorprender por los lugares, muchas veces insólitos e impensados en los que Dios habita y se revela. Hoy es fundamental volver a renovar la fe en que Jesús es de veras Camino, Verdad y Vida. Nosotros, que quizás nos acostumbramos a Dios, necesitamos dejarnos volver a sorprendernos por la novedad siempre nueva del Evangelio y dejarnos descubrir en nuestra intimidad por Jesús y su Espíritu. ¡Tenemos que hacer el esfuerzo de volver a conocer a Jesús! ¡Tenemos que volver a hablar con Jesús de corazón a Corazón! ¡Tenemos que volver a leer el Evangelio sin glosa ni interpretación! Y retomar las verdades fundamentales: Jesús es Camino, Verdad y Vida. Camino porque somos nosotros quienes lo seguimos a Él y no al revés. Convertirnos es hacer nuestro el mismo estilo de vida de Jesús de Nazaret. Y esto va para todos. No sólo los curas y monjas. Todos los cristianos tenemos que seguir a Jesús, incentivo, modelo y medio para en todo amar y servir. Verdad que no se deja manipular, que no se manosea, que no se tergiversa. Hoy que está tan de moda el relativismo, nosotros nos jugamos por una verdad: ¡Jesús de Nazaret, su Reino y su justicia! La verdad de las Bienaventuranzas y de todo el Evangelio. La verdad de los valores que no pasan de moda: justicia, tierra, techo, trabajo, bien común, amor al pobre y excluido, cultura del trabajo, pan partido y solidario con los hermanos… Vida que sólo Jesús puede darnos. No podemos darnos el lujo de perder el tiempo dudando si la Vida de Jesús es verdadera, si nos hace bien, si no oprime nuestra libertad… La Vida de Jesús es Vida Eterna, es Vida verdadera,es Vida que da sentido y nos renueva y nos hace libres de veras para poder hacer que nuestra vida sea existir para los demás. Hoy es un lindo evangelio para renovar nuestra fe y desacostumbrarnos a Dios. Para dejarnos siempre sorprender por ese Jesús que es rostro de un Dios derretido en caridad que nos sorprende día a día y nos invita a transitar por Él: Camino, Verdad y Vida. Que tengas un lindo domingo y será si Dios quiere hasta el próximo evangelio.

P. Sebastian Garcia

Liturgia – Viernes IV de Pascua

VIERNES IV DE PASCUA, feria

Misa de feria (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio Pascual

Leccionario: Vol. II

  • Hch 13, 26-33. Dios ha cumplido su promesa resucitando a Jesús.
  • Sal 2.Tú eres mi hijo: yo te he engendrado hoy.
  • Jn 14, 1-6.Yo soy el camino y la verdad y la vida.

Antífona de entrada          Ap 5, 9-10
Señor, con tu sangre has adquirido para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes. Aleluya.

Monición de entrada y acto penitencial
En la sinagoga, Pablo proclama a Cristo Resucitado. Que Cristo haya resucitado no es un mero acontecimiento importante del pasado: Es  -como dice el mismo Pablo- “un  mensaje de salvación pensado para ustedes. Hemos venido aquí para anunciarles la Buena Nueva”.  Esta noticia va dirigida a ustedes, hoy.

¿Cuál es nuestra tarea y la misión de todos los cristianos en el mundo hoy? Proclamar la Buena Nueva de que Cristo ha resucitado y vive entre nosotros. Hacer lo que Cristo hizo. “Ser Cristos” los unos para con los otros y para el mundo, porque somos pueblo de Dios, pueblo sacerdotal y misionero. No estamos solos en esta misión, ya que el mismo Cristo vivo está con nosotros hoy, como nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida.

• Tú, que eres el camino que conduce hacia el Padre. Señor, ten piedad.
• Tú, que eres la verdad que ilumina a los pueblos. Cristo, ten piedad.
• Tú, que eres la vida que renueva el mundo. Señor, ten piedad.

Oración colecta
OH, Dios, autor de nuestra libertad y salvación,
escucha las súplicas de quienes te invocamos
y, pues nos has salvado con la Sangre derramada de tu Hijo,
haz que vivamos siempre por ti
y en ti gocemos al encontrar la felicidad eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Dirijamos nuestra oración a Dios Padre, que por el Espíritu Santo resucitó a Jesucristo de entre los muertos, y dará vida también a nuestros cuerpos mortales.

1.- Por todos los que integramos la Iglesia de Cristo, para que, siguiéndolo a él y escuchando su voz, proclamamos ante el mundo su verdad. Roguemos al Señor.

2.- Por todos los que ignoran o rechazan a Cristo, para que lleguen, por la gracia del Espíritu, a experimentar que Cristo es la verdad, el camino y la vida plena. Roguemos al Señor.

3.- Por los misioneros y por los que anuncian el Evangelio, para que vivan ellos también la verdad y la vida que predican. Roguemos al Señor.

4.- Por los que gobiernan las naciones, para que en todas sus decisiones sean iluminados y guiados por el Espíritu de Dios. Roguemos al Señor.

Escúchanos, Dios de bondad, y haz que los que esperamos el cielo nuevo y la tierra nueva trabajemos con empeño también por la edificación del mundo presente. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
ACOGE, Señor, con bondad
las ofrendas de tu familia,
para que, bajo tu protección,
no pierda los dones ya recibidos
y alcance los eternos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio pascual

Antífona de comunión          Rom 4, 2
Cristo nuestro Señor fue entregado por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación. Aleluya.

Oración después de la comunión
G
UARDA, Señor, con tu amor constante

a los que has salvado,
para que los redimidos por la pasión de tu Hijo
se alegren con su resurrección.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Oración sobre el pueblo
S
EÑOR,

que tu pueblo reciba los frutos de tu generosa bendición
para que, libre de todo pecado,
logre alcanzar los bienes que desea.
Por Jesucristo, nuestro Señor.