Hambre de doctrina

Cuando faltan diez días para la Ascensión del Señor, la Iglesia nos hace leer este pasaje de San Juan. Palabras de Jesús en la última Cena, que tienen su sentido más pleno ahora, cuando se hace ya inminente la entrada gloriosa de Cristo en los cielos para sentarse a la derecha del Padre. “Me voy a aquel que me envió…” Después, el Espíritu Santo, enviado por Jesús, llenará la Iglesia y será como su alma.

“Ninguno de vosotros me pregunta: quo vadis? ¿a dónde vas?” Es esta breve exclamación del Señor la que orienta hoy nuestra reflexión en torno a la Palabra. El reproche amable de Jesús, su extrañeza, tienen una gran actualidad: parece que fuera a los cristianos de nuestro tiempo a quienes el Señor inmediatamente se dirige. Porque el cristianismo –que es en esencia seguimiento de Cristo–, son muchos los que hoy lo viven como una rutina, sin norte, porque no saben a dónde va el Señor y, por tanto, a dónde hemos de seguirle nosotros. Las cuatro ideas vagas de que se alimentan tantos que se dicen cristianos no dan, porque no pueden dar, profundidad ni sentido a esa vida que Dios nos ha dado, única e irrepetible. De ahí que en la última curva asome a muchos labios un pensamiento parecido a este del libro de la Sabiduría (5, 6-7): “Hemos errado el camino. Nos cansamos de andar por desiertos y el camino del Señor no lo atinamos…”.

Una rutina no puede llenar nunca. La pura pasividad no es cristiana. Para que el Señor se nos manifieste hay que preguntarle. Ese “quo vadis” que Cristo quiere oír de nosotros nos habla de la necesidad que tenemos de conocerle para hacer coincidir nuestros andares con su camino. Él ya lo había dicho de manera radical: Hay que conocer a Cristo, su vida y su doctrina. Hay que conocer nuestra condición de miembros del “Cuerpo de Cristo” que es la Iglesia. “Y, sin embargo, ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas?…”.

Nos va en ello la vida. Y no es metáfora, sino palabra de Yahvé al profeta Oseas (4, 6): “Se muere mi pueblo por falta de conocimiento”. Se anquilosa la vida cristiana por no conocer el amor y los caminos del Señor, y así la vida puede llegar a ser un desierto: “no hay ya en nuestra tierra —dice de nuevo el Profeta (Oseas 4, 1)— fidelidad ni amor, ni conocimiento de Dios”

“Quo vadis?” Es urgente, pues, que los católicos sintamos hambre de doctrina, de luz, de conocimiento de nuestra fe. No podemos estar pasivos. La doctrina del Señor es del Cielo pero no viene “caída del cielo”. El don de Dios llama al ejercicio de nuestra libertad. Cada uno ha de poner todos los medios a su alcance para acogerlo: escuchar y meditar la palabra de Dios, participar en cursos de formación religiosa, leer libros de calidad espiritual y teológica, etc. Y, luego, hacer que el “conocimiento de Dios” se extienda a nuestro alrededor con el empuje de la piedra caída en el lago.

Nadie ama lo que no conoce. “Si conocieras el don de Dios…”, decía Jesús a aquella mujer samaritana (Juan 4, 10). En la medida en que los cristianos tengan formación, doctrina clara, “conocimiento”, se hará una realidad la petición que la Iglesia eleva hoy al Señor en l colecta de la Misa: “Concede a tu pueblo amar lo que mandas y desear lo que prometes”. Es ésta, incluso, una verdad elemental en la psicología humana. Sin conocimiento no hay amor.

Pedro Rodríguez