Lectio Divina – Lunes V de Pascua

El que me ame, será amado de mi Padre

1.- INTRODUCCIÓN

Señor, en este rato de oración te pido que me ayudes a meterme en la cabeza lo fundamental, lo esencial del evangelio: El amor. Es el camino que Tú, Jesús,  has elegido para conocer al verdadero discípulo. Y la única norma que nos dejaste en tu  testamento, antes de morir, fue ésta: “Amaos unos a otros como yo os he amado”. Dame tu Espíritu Santo para no salirme nunca del camino del amor.

2.- Lectura sosegada del Evangelio. Juan 14, 21-26

El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él». Le dice Judas -no el Iscariote -: «Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?» Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.

3.- Qué dice el texto

Meditación-reflexión

El evangelio de hoy nos abre unos horizontes fabulosos para descubrir el verdadero camino para ir a Dios. Los judíos deben mirar a Jerusalén, Los árabes miran a la Meca. Y los cristianos, ¿dónde debemos mirar? ¡Al corazón! Si en nuestro corazón hay amor, ahí está Dios. El amor ancla al hombre en Dios. Donde hay verdadero amor, ahí mora el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.  No estamos solos. Las personas, por el hecho de amar, estamos habitados por la Santísima Trinidad. El Dios-Amor, no quiere morar en otra casa que no sea la “casa del amor”. Es el mismo Espíritu Santo el que viene a recordarnos estas cosas tan maravillosas. Y nos lo recuerda  bajando “de la cabeza  al corazón”, todo lo que sabemos sobre Dios. Dios es una gran hoguera de amor. De este fuego has de alimentar la lectura de la Palabra, la celebración de la Eucaristía, la vivencia de la caridad. De este fuego has de alimentar también tu vida para que ésta no se apague. Y si un día el fuego queda reducido a ceniza, no lo des  por apagado. Sopla, tal vez te encuentres todavía con el “rescoldo”.

Palabra del Papa.

“Evangelio nos ofrece un retrato espiritual implícito de la Virgen María, donde Jesús dice: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él». Estas expresiones van dirigidas a los discípulos, pero se pueden aplicar en sumo grado precisamente a aquella que es la primera y perfecta discípula de Jesús. En efecto, María fue la primera que guardó plenamente la palabra de su Hijo, demostrando así que lo amaba no sólo como madre, sino antes aún como sierva humilde y obediente; por esto Dios Padre la amó y en ella puso su morada la Santísima Trinidad. Además, donde Jesús promete a sus amigos que el Espíritu Santo los asistirá ayudándoles a recordar cada palabra suya y a comprenderla profundamente, ¿cómo no pensar en María que en su corazón, templo del Espíritu, meditaba e interpretaba fielmente todo lo que su Hijo decía y hacía? De este modo, ya antes y sobre todo después de la Pascua, la Madre de Jesús se convirtió también en la Madre y el modelo de la Iglesia. (Benedicto XVI, 9 de mayo de 2010).

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra de Dios que acabo de meditar. (Guardo silencio)

5.- Propósito: No pasar hoy a comulgar sin reconciliarme antes con la persona con la que no me hablo.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, quiero agradecerte el poder saber con certeza dónde te puedo encontrar. No habitas lejos, más allá de las estrellas, ni me pides cosas que yo no pueda cumplir. Habitas dentro de mí y sólo me exiges que te ame a Ti y ame a los demás. Si algún día llego a perder mi cabeza, que nunca pierda el tesoro que conservo en el corazón, el tesoro de tu amor.

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

El Espíritu Santo os lo enseñará todo

La unidad entre Jesús y el Padre

Quien me ha visto, ha visto al padre¿no crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? (Juan 14, 9-10)

La misma idea es recogida por Juan en un contexto menos íntimo y más público durante su última entrada en Jerusalén, Jesús entonces gritó con voz potente: “Quien cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; quien me ve a mí ve aquel que me ha enviado “. (Juan 12,44-45). Estas afirmaciones tenían sentido para Jesús o para aquellos que las pusieron en boca de Jesús desde un principio y, desde entonces, para innumerables generaciones. La afirmación no les parece increíble. Lo que estos textos modifican es nuestra noción de un Dios separado e inaccesible y otro accesible y encarnado en el hombre Jesús. La unidad de Jesús y su padre es extendida a todos aquellos que estarán en comunión con él.

La separación radical entre lo humano y lo divino parecía amenazada por estas confesiones, digamos, ‘blasfemas‘ para la mentalidad farisea. Este era el desafío de Jesús. Los primeros pensadores cristianos lo entendieron bien. Dios se hace hombre para que el hombre pueda hacerse Dios, hay un puente, y el puente puede ser atravesado. Este hombre parece decir que el abismo entre lo divino y lo humano no existe. Probablemente fue justo por esto por lo que él eliminó el miedo y predico el amor. “Yo y el padre somos uno “ (Jn 10,30), “Y la palabra que escucháis, no es mía sino del Padre que me ha enviado” (14,24) . Existe un “nosotros“ definitivo, un nosotros último: “Yo y el Padre…” Hay identidad y diferencia. La diferencia es Padre e Hijo. La identidad es Uno.

«Os he dicho esto estando entre vosotros”. Conviene que se vaya

Su vida está llegando a su fin. Ciertamente él está a punto de ir al Padre (Juan XIV,12; 16, 17,28; 20,17). Los consuela diciendo que no los dejará huérfanos (Jn 14,18); pero les da a entender que no lo volverán a ver. Y la sombra de su muerte ya próxima se cierne constantemente sobre ellos.

El texto no podría ser más explícito. En cuanto se vaya, el Espíritu de verdad vendrá y nos conducirá a la verdad plena. ¿Se trata de una fe ingenua en el hombre o de una cierta confianza en el Espíritu? Se supone que Jesús también dijo que es el Espíritu el que da vida.

Jesús era consciente de que convenía que se fuese, que no había venido para quedarse, sino para permanecer en nosotros de una forma más personal, en nuestro ser, en nuestro corazón. Esta es la obra del Espíritu.

Conviene que se vaya, como en Emaús, como en el monte de Galilea, cuando querían matarlo, hacerlo rey. Se fue permitiendo así al Espíritu conferirnos nuestra identidad. No olvidemos que está bien que se haya ido y que no convenía que se quedase, como no convenía que un Dios omnipotente impidiese al hombre abusar de su libertad. Conviene que la iglesia esté en manos de los hombres, que la humanidad forje su destino, que también nosotros seamos corresponsables del destino del mundo. Dejó el mundo en nuestras manos. Esta confianza en el Espíritu, en la práctica significa confianza en el hombre, esta libertad es el testamento de aquel “profeta poderoso en obras y palabras” (Lc 24,19)

Estamos intentando entender una experiencia humana. Y esto podemos hacerlo solo si no separamos al supuesto autor de estas palabras, ni de su vida personal ni de su deseo de compartir con nosotros su condición humana. Si Jesús no se va, ni viene el espíritu ni su resurrección adquiere todo su sentido

Conviene que se vaya de lo contrario ¿cómo podríamos reencontrar al resucitado? La resurrección es la presencia real de la ausencia. “Ha resucitado, no está aquí ya”. Ni aquí ni allá, como el Reino, porque el Reino de Dios está ya entre nosotros (Lucas 17,21).

Si me amarais os alegraríais de que me fuera al Padre

La Paz era el saludo de llegada y despedida siempre pero el suyo es diferente. Su ausencia no impide su presencia, el Espíritu les ayudará a superar todo temor. Les deja con la muestra máxima del amor, la entrega total de su vida de servicio. Vuelve al Padre, el origen de todo, incluso de él mismo. Varias veces les había anunciado el final y ellos no daban crédito, pero ahora, a punto de dar cumplimiento a todo les tranquiliza con su retorno, una vuelta que sentirán en su totalidad cuando sean conscientes del triunfo de la vida en Jesús y en ellos mismos. Esto tiene que alegrarlos porque es la culminación de toda su obra, su estado definitivo con el Padre

Fr. José Ramón López de la Osa González

Comentario – Lunes V de Pascua

Jn 14, 21-26

Toda esta semana meditaremos el «discurso después de la Cena». Esas palabras de Jesús, en el relato de san Juan, siguen inmediatamente el anuncio de la negación de Pedro, portavoz del grupo de los discípulos (Juan 13, 38). Un malestar profundo invade a estos hombres. Temen lo peor. Y es verdad que mañana Jesús será torturado. Jesús experimenta también esta turbación: Y he aquí lo que acierta a decir para reconfortarles… para reconfortarse a sí mismo.

El que recibe mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama.

Amar a Jesús. Jesús quiere que se le ame.

E indica el signo del verdadero amor: la sumisión al amado. Es una experiencia que comprenden todos los que aman. Cuando se ama a alguien, se es capaz de abandonar libremente el punto de vista personal para adaptarse al máximo a la voluntad y a los deseos de aquel que ama: se transforma en aquel a quien se ama. Se establece una especie de simbiosis mutua: tu deseo es también el mío, tu voluntad es la mía, tu pensamiento ha llegado a ser el mío… nuestras dos vidas forman una sola vida.

El que me ama será amado de mi Padre y Yo le amaré.

Todo comentario es inútil. Sencillamente, hay que ir repitiéndose esto a sí mismo. Una verdadera cascada de amistad. Yo… Jesús… El Padre…

Es todo lo contrario a un Dios lejano y temible, es un Dios próximo y amoroso.

«Señor, ¿por qué te manifiestas a nosotros, y no al mundo?»

Esta es la pregunta de uno de los apóstoles. Llenos del Antiguo Testamento, los apóstoles piden a Jesús que se manifieste «pública y gloriosamente», en una especie de Teofanía, en medio de relámpagos y truenos, como en el Sinaí… y como los profetas lo habían anunciado alguna vez. (Ezequiel 43)

Hoy, también, algunos cristianos… y quizá, yo… continúan buscando manifestaciones espectaculares. ¿Cuál será la respuesta de Jesús?

Si alguno me ama guardará mi palabra; mi Padre le amará y vendremos a él y haremos en él nuestra «morada».

¡Esta es la manifestación que Dios nos hace!

Hace su morada en el corazón de los que creen en El. Dicho de otro modo: No se manifiesta más que en el corazón de los que le aman. ¡Para todos los demás, Dios parece ausente…! ¡No se manifiesta!

Jesús habla de amor.

Señor, Tú no te manifiestas más que a los que aceptan tu palabra, a los que libremente aceptan amarte. No fuerzas las puertas estruendosamente. No quieres hacer prodigios espectaculares que forzarían las muchedumbres a la adhesión. No vienes a habitar sino en aquellos que, por amor, ¡te abren su puerta! Señor, bien quisieras manifestarte a todos, pero respetas la libertad de cada uno: ¡No hay que forzar el amor! A nosotros, cristianos, tú nos encargas servir de intermediarios: es la calidad de nuestro amor por ti lo que debería revelarte, manifestarte a todos los que te ignoran.
«La morada de Dios.» ¡No es ante todo un Templo de piedras! El templo «soy yo» ¡si soy fiel a la Palabra de Jesús! La oración, la plegaria…. se trata de escuchar a este Dios presente en mí, y responderle.
No hay que ir lejos a buscarle… Está aquí.

El Espíritu Santo, el defensor que el Padre enviará en mi nombre, Ese os lo enseñará todo. Y os recordará todo lo que Yo os he dicho.

Jesús sabe que se va. Mañana, Viernes Santo, se marchará. Pero anuncia otra presencia, otro sí mismo: el Espíritu.

Noel Quesson
Evangelios 1

El Señor está con nosotros

EL HOMBRE, DOMICILIO DE DIOS

Las comunidades cristianas en las que vive el apóstol Juan están siendo vapuleadas por la persecución y por los conflictos internos. Se sienten zarandeadas como la barca de Pedro en la tormenta del mar de Tiberíades y tienen la impresión de que el Señor está ausente. Juan les viene a recordar que puede parecer que esté dormido pero, en realidad, está vigilante y que, si tienen fe y se acogen a él, calmará la tempestad. Les recuerda a aquellos cristianos desanimados que su promesa de permanecer entre los suyos no era sólo para los cristianos de la primera generación, sino para todos hasta el final de la historia.

Hay en logoterapia una sesión clásica que consiste en liberar el subconsciente partiendo de una palabra clave que sugiere ideas y relaciones. Si hiciéramos la experiencia con la expresión «morada de Dios», la respuesta obvia sería: templo, iglesia, santuario… Pero la respuesta del evangelio de hoy es diferente. La morada de Dios es el propio hombre, el discípulo de Cristo que lo ama guardando su palabra. Y su consigna, su mandamiento nuevo, es abrirse a los hermanos y amarlos como él nos amó, porque son el lugar de la presencia de Dios aquí y ahora, encarnación y prolongación de Cristo mismo. Él inauguró un nuevo estilo de religión en espíritu y verdad (Jn 4,23), sin mediaciones que anulen al hombre en su relación personal con Dios, con el mundo y con los demás.

Las religiones naturales inventaron las mediaciones sacras para salvar la distancia abismal entre la divinidad y los mortales. Incluso la religión revelada del Antiguo Testamento establece la mediación básica de la ley mosaica y del culto del templo de Jerusalén que concretaban la alianza de Dios con su pueblo. En cambio, la religión que funda Jesucristo no necesita sacralizar mediaciones externas, pues la presencia de Dios

es un contacto directo como el amor personal. Jesús, el Padre y el Espíritu moran en los que guardan su palabra. Esta medición personal, al tiempo que desacraliza y deroga toda mediación externa, «sacraliza» al hombre como lugar de la presencia de Dios. Por eso, en la nueva religión y culto en espíritu y verdad lo único «sacro» en este bajo mundo es el hombre mismo, objeto del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús: «Vendremos a él y nos quedaremos a vivir con él» (Jn 12,24).

 

VIVENCIA MÍSTICA DE LA FE

Es imprescindible que tengamos en cuenta el mensaje de Jesús que acabamos de escuchar si es que queremos vivir un cristianismo exultante, animoso, místico. De otro modo quedaría reducido a un moralismo tedioso, abrumador y tristón.

Jesús reitera aquí y ahora: «No tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me voy y vuelvo a vuestro lado». Una vez más estamos ante el misterio. Jesús se queda tan cerca que no sólo se hace nuestro compañero de camino, sino también nuestro huésped. Está presente en el hondón de nuestro ser, en la familia, en medio de la comunidad y del grupo cristiano. Habita en el corazón del que le ama, del que ama a sus hermanos. No me preguntéis cómo. ¡Es un misterio, y qué misterio! No es necesario entenderlo; nos basta con creerlo. Él lo afirma rotunda y solemnemente.

Pero, por otra parte, es preciso tener en cuanta que la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu en la familia, en el grupo, en el interior de cada uno de nosotros no es una presencia pasiva, no están de meros espectadores. Jesús promete que su presencia y la del Padre y el Espíritu es para derramar sobre nosotros tres dones fundamentales: La sabiduría («el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo»), la fuerza («seréis revestidos con la fuerza de lo alto») y la paz («la paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo»).

Escuchemos cómo lo vivencia un místico como Helder Cámara: «En ocasiones, cuando uno recibe una pequeña gracia, puede sentir la tentación de atribuirse a sí mismo el mérito. Pero cuando la gracia es enorme, entonces ya no es tan fácil pensar que uno la ha merecido, es imposible sentir la tentación de la vanidad. Digo esto a propósito de la gracia que el Señor me concede de mostrárseme siempre tan presente en mí mismo, en nosotros, en los demás en general, pero especialmente en los que sufren. Tan presente que muchas veces cuando preveo que un determinado encuentro me inquietaría o me fatigaría o me pondría nervioso si yo me encontrara solo, o cuando debo aconsejar o animar a una persona, digo: Señor, sé realmente una sola cosa conmigo. Escucha con mis oídos, mira con mis ojos, habla con mis labios. Yo no sé lo que debo decir. ¡Habla tú! ¡Te presto mis labios! Que mi presencia, Señor, sea tu presencia… Cuando considero la enorme responsabilidad que significa el ver siempre a Cristo sin el impedimento de las nubes, no puedo pensar que se deba a mis méritos, a mi virtud».

 

JESÚS, NUESTRA FUERZA

El Dios que habita en nosotros es fuente de energía. Su presencia es dinámica. Creo que muchos cristianos tienen una falsa imagen del Señor. Creen que es un gran empresario que nos ha encargado una gran tarea: construir la ciudad futura, la nueva humanidad. Ha dejado unos planos un tanto confusos a la Iglesia y unas tareas concretas a cada uno, y se ha alejado. Vendrá al final de la vida de cada uno a examinar su trabajo, y al final de la historia a revisar la obra en su conjunto. El Señor, ciertamente, nos encomienda una tarea a todos y a cada uno. Eso es lo que nos dice la parábola de los talentos (Mt 25,14- 30), la de los obreros de la viña (Mt 20,1-16) y la del encargado de los cristianos (Mt 24,45-51). Nos encomienda una tarea y además nos previene sobre las dificultades, los sufrimientos, los problemas que inexorablemente conllevará: «Os perseguirán, no os comprenderán, tendréis que cargar con mi cruz» (Mt 10,16). Pero su mensaje no es simplemente una lista de deberes, sino, ante todo y sobre todo, una lista de promesas.

Juan afirma: «Por Moisés nos vino la Ley; Jesucristo nos ha traído la gracia y la verdad» (Jn 1,17). Por eso san Agustín oraba lleno de confianza: «Dame tu amor y gracia, y mándame lo que quieras». Desde su propia experiencia de teólogo, místico y mártir, escribía bellamente D. Bonhoeffer: «Dios es la fuerza de mi fuerza y la fuerza de mi debilidad».

Para que se haga realidad la inhabitación trinitaria dinámica es preciso que se cumpla la condición del Señor: «El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él». Donde hay caridad y amor, canta un himno litúrgico, allí está Dios. Y sólo allí.

Juan afirma rotundamente: Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (Un 4,16). Cuando abro la puerta al hombre, con él entra Dios. Y si niego la entrada al hombre, Dios se queda fuera. El Padre, el Hijo y el Espíritu establecen su morada en el corazón del que acoge al otro fraternalmente; establecen su morada en la familia, en el grupo o comunidad que ama. Un prisionero de los campos de concentración siberianos, gran creyente, confesaba: «Buscaba a mi Dios, y él desaparecía; buscaba mi alma, y no era posible encontrarla; busqué a mi hermano y encontré las tres cosas».

Esto resulta patente en los discípulos de Emaús. Si no hubieran invitado al misterioso compañero de viaje a cenar y pernoctar con ellos, se hubieran quedado sin reconocerle ya que se manifestó en el partir y compartir el pan. Sólo quien hospeda cordialmente al prójimo que encuentra en el camino de la vida, hospedará y reconocerá al Señor. Los cristianos orientales tienen un dicho espiritual que no deberíamos olvidar jamás: Mira al hombre… y verás a Dios.

Atilano Alaiz

Jn 14, 23-29 (Evangelio Domingo VI de Pascua)

El amor debe transformar el mundo

Estamos, de nuevo, en el discurso de despedida de la última cena del Señor con los suyos. Se profundiza en que la palabra de Jesús es la palabra del Padre. Pero se quiere poner de manifiesto que cuando él no esté entre los suyos, esa palabra no se agotará, sino que el Espíritu Santo completará todo aquello que sea necesario para la vida de la comunidad. Según Juan, Jesús se despide en el tono de la fidelidad y con el don de la paz. En todo caso, es patente que esta lectura nos va preparando a la fiesta de Pentecostés.

Esta parte del discurso de despedida está provocada por una pregunta “retórica” de Judas (no el Iscariote) de por qué se revela Jesús a los suyos y no al mundo. El círculo joánico es muy particular en la teología del NT. Esa oposición entre los de Jesús y el mundo viene a ser, a veces, demasiado radical. En realidad, Jesús nunca estableció esa separación tan determinante. No obstante es significativa la fuerza del amor a su palabra, a su mensaje. El mundo, en Juan, es el mundo que no ama. Puede que algunos no estén de acuerdo con esta manera de plantear las cosas. Pero sí es verdad que amar el mensaje, la palabra de Jesús, no queda solamente en una cuestión ideológica.

Sin embargo, debemos hoy hacer una interpretación que debe ir más allá del círculo joánico en que nació este discurso. La propuesta es sencilla: quien ama está cumpliendo la voluntad de Dios, del Padre. Por tanto, quien ama en el mundo, sin ser del “círculo” de Jesús, también estaría integrado en este proceso de transformación “trinitaria” que se nos propone en el discurso joánico. Esta es una de las ventajas de que el Espíritu esté por encima de los círculos, de las instituciones, de las iglesias y de las teologías oficiales. El mundo, es verdad, necesita el amor que Jesús propone para que Dios “haga morada” en él. Y donde hay amor verdadero, allí está Dios, como podrá inferirse de la reflexión que el mismo círculo joánico ofrecerá en 1Jn 4.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Ap 21, 10-23 (2ª lectura Domingo VI de Pascua)

Lo nuevo en las manos de Dios

Se continúa la esplendorosa visión del domingo anterior sobre la nueva Jerusalén. Es una nueva Jerusalén, sin templo, porque el templo es el mismo Señor, presencia viva de amor y fidelidad. Es la utopía de la felicidad que todos los hombres buscan, pero presentada desde la visión cristiana del mundo y de la historia. Es una afirmación con todos los ingredientes simbólicos necesarios, pero eso no quiere decir que no será una realidad absoluta; porque Dios, el Dios de Jesucristo, es el futuro del hombre.

Hablar del futuro, sin recurrir al pasado y al presente, sería perder el sentido de la historia. Y la humanidad tiene historia, pero será transformada. Incluso Dios, en cuanto vivido y experimentado, está encarnado en esa historia humana. Aunque lo importante de esta visión es poner de manifiesto que todo será como Dios ha previsto, y no como sucedía en la historia donde, por respetar la libertad humana, los hombres han querido manipular hasta lo más santo y sagrado. La nueva Jerusalén es una forma simbólica de hablar de un futuro que estará plenamente en las manos de Dios.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Hch 15, 1-1. 22-29 (1ª lectura Domingo VI de Pascua)

El «espíritu» del «Concilio» de Jerusalén

Hoy leemos uno de los episodios más conocidos y de los más importantes del libro de los Hechos de los Apóstoles: el Concilio de Jerusalén, que viene provocado por la libertad con que actuó en la misión evangelizadora la comunidad de Antioquía de Siria, donde trabajaban apostólicamente Pablo y Bernabé. Rompiendo los tabúes de un judeo-cristianismo todavía demasiado judío y menos cristiano –el de Jerusalén-, en cuanto a su identidad, se admitían a los paganos sin necesidad de que antes tuvieran que circuncidarse. Eso escandalizaba, porque se pensaba que para ser cristiano, primeramente se debía ser judío, admitir la ley de Moisés y otras muchas más tradiciones inherentes a ese modo de vida. ¿Dónde quedaba, pues, lo que Jesucristo había hecho por los hombres? ¿De qué valdría la muerte y la resurrección de Jesús? En definitiva, la cuestión era dónde estaba la posibilidad de la salvación, en la ley, o en Cristo.

Pablo, desde el principio (cf Gal 1-2), se va a oponer a esta distinción tan incoherente y no menos injusta desde todos los puntos de vista, deshaciendo con su teología de la gracia y de la fe en Cristo toda ventaja fundamental respecto de la salvación y la reconciliación del hombre con Dios. Pablo quiere decir que todos partimos de cero, que no cuenta ya ser de origen judío o ser pagano; es decir, de ser «justo» según la ley, o lo que es lo mismo, por herencia, por tradición; y ser pagano, por consiguiente pecador, expuesto a la ira de Dios, porque lo diga una “dogmática” inmemorial. Ante Dios, ante Cristo, estamos todos en igualdad de condiciones. Lo único que existe es una diferencia cultural, pero eso no es ninguna ventaja ante el Dios de la misericordia y de la gracia; eso no es una prerrogativa de salvación. En realidad, Pablo, en este texto de Hch 15, no habla, lo hace Pedro en su lugar inspirado (no olvidemos que es Lucas su autor) en el texto de Gal 2,15-21. Lucas, en la famosa decisión de no imponer “cargas” a los paganos, le apoya en el papel del Espíritu.

I.3. No obstante, la decisión estaba tomada: no es necesaria la Ley para la salvación. No hay que obligar a los paganos a someterse a la circuncisión, sino a abrirse a la gracia de Dios. Esta es la gran lucha por la libertad cristiana que comienza ya en los primeros años de la Iglesia. De esta manera, Pablo está rompiendo seguridades, fronteras, ilusiones elitistas de un pueblo que considera que la salvación les pertenece a ellos y a los que ellos den acceso a la «situación de ley». El texto de hoy solamente es un resumen y nos da la conclusión más importante. Y desde luego, nadie debe ser acusado de “antisemitismo” por este motivo. Es verdad que los que prefieran estar con la Ley… lo hacen desde su libertad y desde su fidelidad. Pero no se debe olvidar que Jesús y Pablo estuvieron sometidos a la Ley y decidieron abandonar ese camino. El cristianismo encontró su identidad abandonando la Ley (la Torah judía) por un Cristo crucificado y resucitado. Eso es irrenunciable, no es antisemitismo. ¡Y no debe existir antisemitismo nunca!

Fray Miguel de Burgos Núñez

Comentario al evangelio – Lunes V de Pascua

¡Feliz lunes de la quinta semana de Pascua! Deseo que este tiempo te esté regalando experiencias pascuales para actualizar la fe y resucitar el amor y la esperanza.

Y, para tener más vida, ya está aquí y resuena la promesa del Espíritu Santo. Es hora de ponerse a al escucha del Paráclito. Él es quien actualiza la palabra de Jesús, su enseñanza, el sendero que lleva a acoger el amor del Padre. Él prepara la morada humana que recibe al Dios uno y trino. Él nos va haciendo conscientes del Evangelio entre líneas que escribió Jesús con su vida, muerte y resurrección.

Este es el Evangelio que predican Pablo y Bernabé. Aunque la predicación les juega malas pasadas. En este caso un modo de persecución no de las personas, sino del mensaje. Considerar a Bernabé y a Pablo “dioses en figura de hombres” destruye el mensaje que quieren transmitir los apóstoles. Es una tentación que se da no pocas veces. No sólo en quien predica, sino en cualquier cristiano que se preocupa sanamente por trasmitir su fe: “si me consideran ‘el mejor’, ‘el más comprometido’, ‘el más inteligente’, ‘el más brillante’, ‘el de más talento’ o ‘el más sencillo y humilde’ podré dar buen testimonio de Jesús y llegar a mucha gente”. Poned estas palabras u otras parecidas. Hay que reconocer que es una miel tentadora. Pero sería como quedarse en los hosannas de la entrada de Jesús en Jerusalén, sin leer el resto de los relatos de la pasión-resurrección. Y todos sabemos que los hosannas callan pronto –además provocan adicción- y que lo que permanece es la vida nueva en la resurrección, para lo cual hay que pasar por la cruz. No queramos ser más que nuestro Maestro, para que Dios se digne morar en nosotros y seamos asamblea de vida.

Ciudad Redonda

Meditación – Lunes V de Pascua

Hoy es lunes V de Pascua.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 14, 21-26):

En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él». Le dice Judas, no el Iscariote: «Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?». Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho».

Hoy, Jesús nos muestra su inmenso deseo de que participemos de su plenitud. Incorporados a Él, estamos en la fuente de vida divina que es la Santísima Trinidad. Jesucristo asegura que estará presente en nosotros por el don de la inhabitación divina en el alma en gracia. Así, los cristianos ya no somos huérfanos. 

La presencia de Dios en el corazón nos ayudará a descubrir y realizar en este mundo los planes que la Providencia nos haya asignado. El Espíritu del Señor suscitará en nuestro corazón iniciativas para situarle en la cúspide de todas las actividades humanas. Si tenemos esta intimidad con Jesús llegaremos a ser buenos hijos de Dios y nos sentiremos amigos suyos en todo lugar y momento.

—Santa María, Madre nuestra, intercede para que penetremos en este trato con la Santísima Trinidad. La luz y el fuego de la vida divina se volcarán sobre cada fiel si estamos dispuestos a recibir el don de la inhabitación.

Rev. D. Norbert ESTARRIOL i Seseras

Liturgia – Lunes V de Pascua

LUNES DE LA V SEMANA DE PASCUA, feria

Misa de la feria (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio Pascual.

Leccionario: Vol. II

  • Hch 14, 5-18. Os anunciamos esta Buena Noticia: que dejéis los ídolos vanos y os convirtáis al Dios vivo.
  • Sal 113B.No a nosotros, Señor, sino a tu nombre da la gloria.
  • Jn 14, 21-26.El Paráclito, que enviará el Padre, será quien os lo enseñe todo.

Antífona de entrada             Cf. Jn 14, 27
Ha resucitado el Buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su rebaño. Aleluya.

Monición de entrada y acto penitencial
En la Primera Lectura Lucas nos muestra a Pablo realizando entre los paganos los mismos signos y milagros que Pedro entre los judíos (aquí la curación de un lisiado) y predicando el mismo mensaje.
En el Evangelio Cristo habla de inhabitación de Dios. En el Antiguo Testamento, el lugar donde Dios habitaba era, primero, la Tienda y el Arca de la Alianza; después, el Templo. El Templo era el signo de que Dios vivía en medio de y con su pueblo. Esto era tomado con frecuencia demasiado al pie de la letra, materialmente y casi mágicamente. Los Libros Sapienciales decían que la presencia de Dios era algo más interior: Dios se hacía presente por medio de su sabiduría, hallada en el corazón de los justos. — Jesucristo dice que la presencia de Dios es mucho más íntima: él vive por amor en los corazones de los que le aman y guardan su Palabra; una presencia que sólo la puede conocer alguien que realmente ama. — Cristo manifestará ahora su presencia entre nosotros de forma misteriosa y sacramental, en esta eucaristía.

            Yo confieso…

Oración colecta
TE pedimos, Señor,
que protejas siempre a tu familia con tu mano poderosa,
para que, libre de toda maldad,
en virtud de la resurrección de tu Hijo unigénito,
consiga los dones del cielo.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Con espíritu gozoso invoquemos a Jesucristo resucitado, fuente de vida para los hombres.

1.- Para que el Señor Jesús, que vive en la Iglesia, derrame sobre ella la abundancia del Espíritu Santo y la conduzca al conocimiento de la verdad plena. Roguemos al Señor.

2.- Para que los obispos, presbíteros, diáconos y catequistas proclamen el mensaje cristiano a todos los hombres. Roguemos al Señor.

3.- Para que los enfermos, los moribundos y todos los que sufren encuentren fuerza y consuelo en la victoriosa resurrección de Cristo. Roguemos al Señor.

4.- Para que la eucaristía haga madurar nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad. Roguemos al Señor.

Señor Jesucristo, escucha las súplicas que te presentamos confiando en que intercedes ante el Padre por nosotros. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
SUBAN hasta ti, Señor, nuestras súplicas
con la ofrenda del sacrificio,
para que, purificados por tu bondad,
nos preparemos para el sacramento de tu inmenso amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio pascual

Antífona de comunión          Cf. Jn 14, 27
La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo, dice el Señor. Aleluya.

Oración después de la comunión
DIOS todopoderoso y eterno,
que en la resurrección de Jesucristo
nos has renovado para la vida eterna,
multiplica en nosotros los frutos del Misterio pascual
e infunde en nuestros corazones
la fortaleza del alimento de salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre el pueblo
QUE tu pueblo, Señor,
pueda alegrarse siempre de celebrar
los misterios de su redención
y de recibir continuamente sus frutos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.