El Señor está con nosotros

EL HOMBRE, DOMICILIO DE DIOS

Las comunidades cristianas en las que vive el apóstol Juan están siendo vapuleadas por la persecución y por los conflictos internos. Se sienten zarandeadas como la barca de Pedro en la tormenta del mar de Tiberíades y tienen la impresión de que el Señor está ausente. Juan les viene a recordar que puede parecer que esté dormido pero, en realidad, está vigilante y que, si tienen fe y se acogen a él, calmará la tempestad. Les recuerda a aquellos cristianos desanimados que su promesa de permanecer entre los suyos no era sólo para los cristianos de la primera generación, sino para todos hasta el final de la historia.

Hay en logoterapia una sesión clásica que consiste en liberar el subconsciente partiendo de una palabra clave que sugiere ideas y relaciones. Si hiciéramos la experiencia con la expresión «morada de Dios», la respuesta obvia sería: templo, iglesia, santuario… Pero la respuesta del evangelio de hoy es diferente. La morada de Dios es el propio hombre, el discípulo de Cristo que lo ama guardando su palabra. Y su consigna, su mandamiento nuevo, es abrirse a los hermanos y amarlos como él nos amó, porque son el lugar de la presencia de Dios aquí y ahora, encarnación y prolongación de Cristo mismo. Él inauguró un nuevo estilo de religión en espíritu y verdad (Jn 4,23), sin mediaciones que anulen al hombre en su relación personal con Dios, con el mundo y con los demás.

Las religiones naturales inventaron las mediaciones sacras para salvar la distancia abismal entre la divinidad y los mortales. Incluso la religión revelada del Antiguo Testamento establece la mediación básica de la ley mosaica y del culto del templo de Jerusalén que concretaban la alianza de Dios con su pueblo. En cambio, la religión que funda Jesucristo no necesita sacralizar mediaciones externas, pues la presencia de Dios

es un contacto directo como el amor personal. Jesús, el Padre y el Espíritu moran en los que guardan su palabra. Esta medición personal, al tiempo que desacraliza y deroga toda mediación externa, «sacraliza» al hombre como lugar de la presencia de Dios. Por eso, en la nueva religión y culto en espíritu y verdad lo único «sacro» en este bajo mundo es el hombre mismo, objeto del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús: «Vendremos a él y nos quedaremos a vivir con él» (Jn 12,24).

 

VIVENCIA MÍSTICA DE LA FE

Es imprescindible que tengamos en cuenta el mensaje de Jesús que acabamos de escuchar si es que queremos vivir un cristianismo exultante, animoso, místico. De otro modo quedaría reducido a un moralismo tedioso, abrumador y tristón.

Jesús reitera aquí y ahora: «No tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me voy y vuelvo a vuestro lado». Una vez más estamos ante el misterio. Jesús se queda tan cerca que no sólo se hace nuestro compañero de camino, sino también nuestro huésped. Está presente en el hondón de nuestro ser, en la familia, en medio de la comunidad y del grupo cristiano. Habita en el corazón del que le ama, del que ama a sus hermanos. No me preguntéis cómo. ¡Es un misterio, y qué misterio! No es necesario entenderlo; nos basta con creerlo. Él lo afirma rotunda y solemnemente.

Pero, por otra parte, es preciso tener en cuanta que la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu en la familia, en el grupo, en el interior de cada uno de nosotros no es una presencia pasiva, no están de meros espectadores. Jesús promete que su presencia y la del Padre y el Espíritu es para derramar sobre nosotros tres dones fundamentales: La sabiduría («el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo»), la fuerza («seréis revestidos con la fuerza de lo alto») y la paz («la paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo»).

Escuchemos cómo lo vivencia un místico como Helder Cámara: «En ocasiones, cuando uno recibe una pequeña gracia, puede sentir la tentación de atribuirse a sí mismo el mérito. Pero cuando la gracia es enorme, entonces ya no es tan fácil pensar que uno la ha merecido, es imposible sentir la tentación de la vanidad. Digo esto a propósito de la gracia que el Señor me concede de mostrárseme siempre tan presente en mí mismo, en nosotros, en los demás en general, pero especialmente en los que sufren. Tan presente que muchas veces cuando preveo que un determinado encuentro me inquietaría o me fatigaría o me pondría nervioso si yo me encontrara solo, o cuando debo aconsejar o animar a una persona, digo: Señor, sé realmente una sola cosa conmigo. Escucha con mis oídos, mira con mis ojos, habla con mis labios. Yo no sé lo que debo decir. ¡Habla tú! ¡Te presto mis labios! Que mi presencia, Señor, sea tu presencia… Cuando considero la enorme responsabilidad que significa el ver siempre a Cristo sin el impedimento de las nubes, no puedo pensar que se deba a mis méritos, a mi virtud».

 

JESÚS, NUESTRA FUERZA

El Dios que habita en nosotros es fuente de energía. Su presencia es dinámica. Creo que muchos cristianos tienen una falsa imagen del Señor. Creen que es un gran empresario que nos ha encargado una gran tarea: construir la ciudad futura, la nueva humanidad. Ha dejado unos planos un tanto confusos a la Iglesia y unas tareas concretas a cada uno, y se ha alejado. Vendrá al final de la vida de cada uno a examinar su trabajo, y al final de la historia a revisar la obra en su conjunto. El Señor, ciertamente, nos encomienda una tarea a todos y a cada uno. Eso es lo que nos dice la parábola de los talentos (Mt 25,14- 30), la de los obreros de la viña (Mt 20,1-16) y la del encargado de los cristianos (Mt 24,45-51). Nos encomienda una tarea y además nos previene sobre las dificultades, los sufrimientos, los problemas que inexorablemente conllevará: «Os perseguirán, no os comprenderán, tendréis que cargar con mi cruz» (Mt 10,16). Pero su mensaje no es simplemente una lista de deberes, sino, ante todo y sobre todo, una lista de promesas.

Juan afirma: «Por Moisés nos vino la Ley; Jesucristo nos ha traído la gracia y la verdad» (Jn 1,17). Por eso san Agustín oraba lleno de confianza: «Dame tu amor y gracia, y mándame lo que quieras». Desde su propia experiencia de teólogo, místico y mártir, escribía bellamente D. Bonhoeffer: «Dios es la fuerza de mi fuerza y la fuerza de mi debilidad».

Para que se haga realidad la inhabitación trinitaria dinámica es preciso que se cumpla la condición del Señor: «El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él». Donde hay caridad y amor, canta un himno litúrgico, allí está Dios. Y sólo allí.

Juan afirma rotundamente: Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (Un 4,16). Cuando abro la puerta al hombre, con él entra Dios. Y si niego la entrada al hombre, Dios se queda fuera. El Padre, el Hijo y el Espíritu establecen su morada en el corazón del que acoge al otro fraternalmente; establecen su morada en la familia, en el grupo o comunidad que ama. Un prisionero de los campos de concentración siberianos, gran creyente, confesaba: «Buscaba a mi Dios, y él desaparecía; buscaba mi alma, y no era posible encontrarla; busqué a mi hermano y encontré las tres cosas».

Esto resulta patente en los discípulos de Emaús. Si no hubieran invitado al misterioso compañero de viaje a cenar y pernoctar con ellos, se hubieran quedado sin reconocerle ya que se manifestó en el partir y compartir el pan. Sólo quien hospeda cordialmente al prójimo que encuentra en el camino de la vida, hospedará y reconocerá al Señor. Los cristianos orientales tienen un dicho espiritual que no deberíamos olvidar jamás: Mira al hombre… y verás a Dios.

Atilano Alaiz