Misa del domingo

El Señor enseña a sus Apóstoles la noche de la Última Cena: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14, 23).

Promete el Señor: «haremos morada en él». Sabe perfectamente el Señor Jesús que en lo profundo del corazón humano existe una necesidad o “hambre” de amor y comunión. Sabe también que esta profunda necesidad no hallará su plena satisfacción sino en la comunión con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Quien ha creado al ser humano para la comunión en el amor, es en sí mismo Comunión de Amor. Sólo Él puede resolver esa profunda necesidad que experimenta su criatura humana. Sólo en la comunión de amor con Dios el ser humano puede alcanzar su completa realización y felicidad.

Mas esta comunión a la que está invitada la criatura humana no es una comunión que excluya la comunión con todos aquellos que han sido rescatados por la Sangre del Cordero. La comunión a la que está llamada la criatura humana no es “entre Dios y yo solamente”. En la segunda lectura el Apóstol Juan explicita la dimensión comunitaria de la vocación a la comunión en el amor cuando habla de la ciudad nueva: «En este “universo nuevo”, la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres… Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1044-1045). Por la comunión primera y fundamental con Dios se realizará también la plena comunión con los hermanos humanos.

¿Pero cómo llega el ser humano a hacerse merecedor de esta promesa? Amando a Cristo, con un amor que se verifica en la obediencia a sus enseñanzas. En efecto, advierte Él mismo que quien lo ama necesariamente guarda sus palabras. No hay un verdadero amor a Jesús donde no hay un serio y sostenido esfuerzo por conocer y seguir sus enseñanzas. Hacer lo que Él dice (ver Jn 2, 5) es la manifestación de un auténtico amor al Señor Jesús.

Continúa diciendo el Señor: «Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien les enseñe todo y les recuerde todo lo que les he dicho» (vv. 25-26). El Señor promete a los Apóstoles, a la Iglesia, el don del Espíritu. Su misión será la de enseñar y recordar sus palabras a la comunidad de los discípulos. El Espíritu Santo es quien ayudará a los discípulos a comprender a fondo el Evangelio, a encarnarlo en la propia existencia y a hacerlo vivo y operante a través de su testimonio personal.

La primera lectura presenta a los Apóstoles afrontando el problema ocasionado por aquellos que sostenían que no podían salvarse quienes no se circuncidaban conforme a la ley de Moisés. Los Apóstoles y presbíteros reunidos en Jerusalén tratan la cuestión e iluminados por el Espíritu divino definen aquello que debe o no ser creído, en orden a alcanzar la salvación. Quien ama al Señor ama también a su Iglesia y escucha lo que ella enseña en nombre del Señor.

Dice finalmente el Señor: «Me voy y volveré a ustedes» (Jn 14, 28). Sus palabras encierran, de manera sintética, el acontecimiento pascual: su partida mediante la muerte en Cruz y su vuelta por la Resurrección. Pero también anuncian que cuarenta días después de la Resurrección se separará visiblemente de sus Apóstoles para volver al Padre. Esta partida será al mismo tiempo la condición para una nueva presencia en su Iglesia: por el Espíritu Santo Él permanecerá en y con su Iglesia «todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Conocedor de las más profundas aspiraciones y necesidades del corazón humano, el Señor Jesús nos invita a amar, no de cualquier manera, sino como Él nos ha amado (Evangelio del Domingo pasado). Mas ese amor no puede sostenerse si es que no amamos a Aquel que nos ha amado primero: el mandamiento del mutuo amor sólo es posible ser vivido en la medida en que amemos al Señor Jesús y nos dejemos amar por Él, en la medida en que ese amor, Don de su Espíritu (ver Rom 5, 5), inunde nuestros corazones y transforme nuestras vidas. Sólo esa abundancia de amor en el propio corazón nos hará capaces de salir de nosotros mismos para amar también a los hermanos humanos como Cristo mismo nos ha amado.

Ahora bien, muchas veces podemos “sentir” que amamos al Señor, ¿pero cómo sabemos si nuestro amor es auténtico? ¿Consiste el amor a Cristo solamente en un sentimiento interior, a veces muy intenso? Él mismo nos da la clave fundamental para saber si el amor que le tenemos no es un sentimentalismo vacío o vana palabrería: «Si alguno me ama, guardará mi palabra» (Jn 14, 23). Ama de verdad al Señor quien escucha su voz y pone en práctica sus enseñanzas (ver Lc 11, 28). Así de sencillo, así de claro, así de contundente. ¿Puede acaso quien ama al Señor vivir de una manera opuesta a lo que Él enseña? De ninguna manera. El auténtico amor al Señor se verifica necesariamente en el esfuerzo serio y sostenido por adherirse a su palabra, a sus enseñanzas y mandamientos. Quien ama a Cristo, hace lo que Él le dice (ver Jn 2, 5), no como si fuese una imposición externa, una obligación, sino con alegría, con prontitud, con convicción profunda. Quien vive esta obediencia lo hace con la total certeza de que lo que el Señor le pide es el camino para alcanzar su máximo bien y realización personal, que ése es asimismo el camino para contribuir eficazmente al bien de muchas otras personas que dependen de él o de ella. La adhesión libre a sus enseñanzas, a lo que Él pueda pedirme incluso cuando trae consigo una considerable carga de sufrimiento, de sacrificio, de “cruz”, de renuncia a mis propios planes o modos de ver las cosas es, pues, la “piedra de toque” para saber si mi amor al Señor Jesús es genuino o vana palabrería.

Es asimismo importante recordar que el amor al Señor se expresa de una manera muy concreta en la adhesión a las enseñanzas de la Iglesia, según lo dicho por el Señor: «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10, 16). Hay muchos católicos que hoy dicen “creo en Cristo, pero no en la Iglesia”. Hay tantos otros que “seleccionan” y rechazan algunas de sus enseñanzas de la Iglesia sin siquiera informarse bien, pues les parecen demasiado incómodas o exigentes y opinan que “la Iglesia debería adecuarse a los tiempos modernos”. Quien así piensa, no ama al Señor, sino al mundo y lo que hay en él (ver 1 Jn 2, 15).

Al Señor y a su Iglesia no los podemos disociar. Cristo es la Cabeza del Cuerpo místico, que es la Iglesia que Él fundó sobre Pedro. Pretender separarlos sería como decapitar a una persona. Y la verdad enseñada por el Señor, guardada, rectamente interpretada y transmitida fielmente por la Iglesia gracias a la asistencia del Espíritu Santo qué Él mismo prometió (ver Jn 14, 26), no es la que debe “acomodarse” a los propios pareceres, caprichosas corrientes de moda u opinión de la mayoría. Somos los hijos de la Iglesia quienes amorosa y confiadamente hemos de adherirnos a sus maternales enseñanzas y enseñarlas de una manera comprensible a quienes no las comprenden bien.

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