Comentario – Domingo VI de Pascua

Jesús, en el evangelio de hoy anuncia una ida, la suya propia, y una venida, la del Espíritu Santo. Con su ausencia corpórea y visible se inicia la etapa de la presencia del Espíritu Santo, que tendrá como misión recordar lo dicho por Cristo, más aún, actualizar la enseñanza de Jesús, no sólo para que no la olvidemos, sino para que la entendamos y apliquemos mejor. También el Espíritu Santo es enviado del Padre; y su envío supone la vuelta del Hijo. Para que uno venga, el otro tiene que marcharse. Hay una cierta incompatibilidad entre la presencia corporal y sensible de Cristo en el mundo y la presencia espiritual del Espíritu Santo en nosotros. Pero, en realidad, el Espíritu Santo nos hace espiritualmente presente a Cristo de una manera nueva, más profunda y más efectiva, es decir, más dominante.

Cristo se hace mucho más presente en nuestras vidas que si viviera, como uno de nosotros, en nuestro barrio, en nuestra ciudad o en nuestra parroquia. Es la presencia que crea el Espíritu Santo haciéndonos guardar su palabra, como si fuera un tesoro, y haciéndole morar en nosotros en unión con su Padre, porque el Hijo es inseparable del Padre: y vendremos a él y haremos morada en él. Por tanto, su ida al Padre, que es donde le corresponde estar en cuanto Hijo, no es ausencia en relación con nosotros, sino nuevo modo de presencia; es presencia íntima, como de alguien que nos habita interiormente.

De este sentirse habitados saben mucho los enamorados y las madres y en general todos aquellos que no pueden quitarse a alguien del pensamiento, porque la presencia de ese alguien es recurrente, obsesiva, persistente. Pues bien, la presencia de Cristo en nosotros, que opera el Espíritu Santo, es similar a esta experiencia de inhabitación, por la que Cristo pasa a ser más íntimo a nosotros que nosotros mismos.

Tales presencias, la de Cristo en nosotros, la del Espíritu, que viene a ocupar el espacio dejado por el Jesús de la historia, aunque sin estar en el mismo modo que él en la historia, puesto que está como Espíritu y no como hombre, la del Padre que, con el Hijo, mora en nosotros, pues no son separables, nos dicen que no estamos solos ante el enigma de la realidad y las complicaciones de la vida. Esta fue la conciencia de los primeros evangelizadores y misioneros. Apóstoles como Pablo, Bernabé, Judas, Silas nunca se sintieron solos cuando tuvieron que afrontar dificultades superiores a sus fuerzas; por eso fueron capaces de asumir una tarea de tan grandes proporciones como la evangelización del mundo habitado; y es que se sentían acompañados, guiados, impulsados por el Paráclito, su defensor y consolador. El libro de los Hechos da buena cuenta de ello.

La primera gran crisis de la Iglesia primitiva fue la originada por la entrada en escena de los judaizantes. Eran cristianos venidos del judaísmo que querían imponer a la comunidad cristiana normas estrictamente judías como la circuncisión, hasta el punto de afirmar que sin circuncisión no es posible salvarse. Eso significaba que, como manda la ley de Moisés, había que circuncidar a todos los cristianos que, por proceder del paganismo, no estaban circuncidados. Tal actitud dio origen a violentas discusiones con los que no eran partidarios de semejante sometimiento a la ley judía. Entre estos se encontraban Pablo –que, no obstante, había hecho circuncidar a su discípulo Timoteo por evitar conflictos- y Bernabé. Aquella situación amenazaba con un cisma que acabaría fracturando el tronco de la Iglesia naciente. Sólo el recurso a la autoridad de los considerados columnas de la Iglesia permitió superar el conflicto.

Se tomó la decisión –una decisión consensuada- de subir a Jerusalén a consultar el asunto con los apóstoles y presbíteros. Jerusalén era la Iglesia-madre y allí estaban los máximos dirigentes de la misma: Pedro, Santiago, Juan…, los Doce. Tras ser consultados, deciden «colegialmente» no imponer más cargas que las indispensables: no contaminarse con la idolatría, no comer carne de animales estrangulados y abstenerse de la fornicación. Por tanto, nada de circuncisión. La circuncisión no es necesaria para salvarse. En aquel primer concilio se impusieron, pues, las tesis de Pablo y Bernabé y no la de esos (judaizantes) que habían creado alarma e inquietud con sus palabras, los partidarios de la circuncisión.

Pero esta decisión colegial (=conciliar), que marca el rumbo de la Iglesia futura, no fue sólo colegiada; fue también espiritual: Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros, dicen aquellos primeros padres conciliares. También el Espíritu ha decidido con ellos, aunque no en el mismo plano de igualdad, no como uno de ellos, ni siquiera como el principal de ellos, sino como alguien distinto de ellos. Aquí la «y» no es meramente copulativa. El Espíritu Santo también decide, pero en otro nivel; decide haciendo que aquellos apóstoles tomen esa decisión, decide iluminandorecordando lo que Cristo les había dicho, haciéndoles ver lo que era más conforme a la voluntad de Dios, como inspirador de la Verdad.

Los apóstoles, al tomar esta decisión de tanta responsabilidad, no se sienten solos. Cabía la posibilidad de que atribuyeran a Dios lo que no procedía de él; pero ellos no piensan siquiera en esta posibilidad, porque el Espíritu Santo que está con ellos no permitiría que tomaran una decisión equivocada y cayeran en el error. Esta es su convicción: que el Espíritu Santo está con ellos como su Paráclito y que les guía por el buen camino. Y les guía recordándoles lo que Jesús había dicho, haciéndoles caer en la cuenta de las pretensiones de su Maestro y Salvador, que no eran simplemente la de hacer judíos reformados, sino la de hacer cristianos e hijos de Dios, al modo del Hijo hecho hombre.

Pero recordar no es sólo traer a la memoria unas palabras y unos hechos, sino actualizar, hacer presente tales palabras y hechos, que constituyen el mensaje de Jesús, en el hoy de nuestra historia y de nuestro mundo con todos sus problemas, inquietudes y perplejidades, con toda su carga cultural y científica, con todos sus agobios y proyectos. Pero actualizar no es deformar, ni mundanizar el evangelio, no es vaciarlo de contenido, sino hacerlo más efectivo, más presente en el hombre al que va destinado, en el hombre concreto al que hoy se dirige.

Y ahí interviene la autoridad de la Iglesia con decisiones colegiales, como la que se tuvo en Jerusalén, pero no sin la guía del Espíritu que hoy sigue acompañándola y haciéndole tomar decisiones, que pueden resultar antipáticas a algunos o poco adecuadas para otros, pero al fin y al cabo decisiones del Espíritu Santo y la Iglesia con sus representantes más genuinos, los sucesores de aquellos apóstoles.

Confiemos, pues, en la presencia y acción eficaz del Espíritu Santo en la Iglesia y dejémonos llevar por su impulso sin miedos ni temores. Él sabrá cómo conducirnos a la meta. No estamos solos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo VI de Pascua

I VÍSPERAS

DOMINGO VI DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Nuestra Pascua inmolada, aleluya,
es Cristo el Señor, aleluya, aleluya.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta de la luz!,
despierta, tú que duermes,
y el Señor te alumbrará.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta universal!,
el mundo renovado
cantan un himno a su Señor.

Pascua sagrada, ¡victoria de la luz!
La muerte, derrotada,
ha perdido su aguijón.

Pascua sagrada, ¡oh noche bautismal!
Del seno de las aguas
renacemos al Señor.

Pascua sagrada, ¡eterna novedad!
dejad al hombre viejo,
revestíos del Señor.

Pascua sagrada, La sala del festín
se llena de invitados
que celebran al Señor.

Pascua sagrada, ¡Cantemos al Señor!
Vivamos la alegría
dada a luz en el dolor. Amén.

SALMO 118: HIMNO A LA LEY DIVINA

Ant. El que realiza la verdad se acerca a la luz. Aleluya.

Lámpara es tu palabra para mis pasos,
luz en mi sendero;
lo juro y lo cumpliré:
guardaré tus justos mandamientos;
¡estoy tan afligido!
Señor, dame vida según tu promesa.

Acepta, Señor, los votos que pronuncio,
enséñame tus mandatos;
mi vida está siempre en peligro,
pero no olvido tu voluntad;
los malvados me tendieron un lazo,
pero no me desvié de tus decretos.

Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón;
inclino mi corazón a cumplir tus leyes,
siempre y cabalmente.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El que realiza la verdad se acerca a la luz. Aleluya.

 

SALMO 15: EL SEÑOR ES EL LOTE DE MI HEREDAD

Ant. El Señor, rotas las ataduras de la muerte, ha resucitado. Aleluya.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien».
Los dioses y señores de la tierra
no me satisfacen.

Multiplican las estatuas
de dioses extraños;
no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labios.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano;
me ha tocado un lote hermoso,
me encanta mi heredad.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor, rotas las ataduras de la muerte, ha resucitado. Aleluya.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Aleluya.

LECTURA: 1P 2, 9-10

Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a traer en su luz maravillosa. Antes erais «no pueblo», ahora sois «pueblo de Dios»; antes erais «no compadecidos», ahora sois «compadecidos».

RESPONSORIO BREVE

R/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

R/ Al ver al Señor.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo que, resucitado de entre los muertos, destruyó la muerte y nos dio nueva vida, y digámosle:

Tú que vives eternamente, escúchanos, Señor.

Tú que eres la piedra rechazada por los arquitectos, pero convertida en piedra angular,
— conviértenos a nosotros en piedras vivas de tu Iglesia.

Tú que eres el testigo fiel y veraz, el primogénito de entre los muertos,
— haz que tu Iglesia dé siempre testimonio de ti ante el mundo.

Tú que eres el único esposo de la Iglesia, nacida de tu costado,
— haz que todos nosotros seamos testigos de este misterio nupcial.

Tú que eres el primero y el último, que estabas muerto y ahora vives por los siglos de los siglos,
— concede a todos los bautizados, perseverar fieles hasta la muerte, a fin de recibir la corona de la victoria.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que eres la lámpara que ilumina la ciudad santa de Dios,
— alumbra con tu claridad a nuestros hermanos difuntos.

Con la misma confianza que tienen los hijos con sus padres, acudamos nosotros a nuestro Dios, diciéndole:

Padre nuestro…

ORACION

Concédenos, Dios todopoderoso, continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado, y que los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado V de Pascua

“Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros”

1.-Oración introductoria.

Señor, hoy necesito que me ayudes a entender esta parte del evangelio que se me hace más difícil de asimilar. A todos nos gusta que nos acepten, nos acojan, nos reciban y hasta que hablen bien de nosotros. Pero Tú nos dices, por propia experiencia, que siempre no es así. Y nos encontramos con la oposición, el rechazo, incluso el odio. ¿Qué hacer? Yo quiero fiarme de tu Palabra: El discípulo no es más que el maestro. Haz que yo me aproveche de esta oportunidad para parecerme más a Ti.

2.- Lectura reposada del evangelio. Juan 15, 18-21

Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Su fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo. Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardará.  Pero todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.

3.- Qué dice la Palabra de Dios.

Meditación-reflexión

Hay que tener en cuenta que San Juan, al tratar del mundo en un sentido peyorativo no se refiere al mundo material creado por Dios, el mundo de las luces y colores, el mundo de las realidades humanas, el mundo de nuestro cuerpo. Todo ha sido asumido por Él al hacerse “carne”. Todo ese mundo es maravilloso. Pero hay otro mundo, “el mundo ése” el que rechazó a Jesús, el que llevó a Jesús a la muerte. Ese mundo que ha odiado a Jesús, nos puede seguir odiando también a nosotros hoy.  El verdadero discípulo de Jesús acepta ese rechazo porque así se parece más a Jesús. No olvidemos que hemos sido objeto de una elección divina, como dice el evangelio de hoy. Y toda elección comporta no sólo un amor de predilección sino de singularidad. Cada uno de nosotros puede decir: “Me ama a mí”. “Conoce mi nombre”. Para saber qué significa ser llamado por nuestro propio nombre, habría que acudir a la experiencia de María Magdalena cuando Jesús Resucitado le dice: ¡María! Ese nombre pronunciado por Jesús con cariño y admiración le bastó para creer en la Resurrección y convertirse en primera discípula. Lo mismo que hizo Jesús con Pedro en Tiberiades: “¿Simón, me amas?” Nuestra vida debe convertirse en respuesta de amor al amor que Dios nos tiene. Y debemos estar atentos para escuchar nuestro propio nombre pronunciado por Jesús, ahí en lo más recóndito de nuestro corazón.

Palabra del Papa.

“Sin embargo, la presencia de esta alegría no excluye la posibilidad del sufrimiento. San Pablo pone esto enseguida de manifiesto cuando dice que la participación en la filiación de Cristo significa participar también en sus sufrimientos. Pues gloriarse en Cristo es gloriarse en su cruz (cf. Gal 6, 14). Si tratamos de profundizar nuestra relación con el Padre en el Espíritu Santo, no hemos de sorprendernos al comprobar que somos malentendidos, contestados o perseguidos a causa de nuestras creencias”. Juan Pablo II, santa misa en el «Delaney Park Strip», Alaska. 26 de febrero de 1981.

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Guardo silencio)

5.- Propósito: hacer un intento por escuchar hoy la voz de Jesús que me llama por mi nombre.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, hoy te quiero agradecer el haber caído en la cuenta de que soy un “elegido”. Mi nombre te suena, mi nombre no se te olvida, mi nombre suscita en Ti interés, cercanía, cariño. Y esa misma experiencia quiero tener yo cuando pronuncio el tuyo. Que el mero hecho de pronunciar tu nombre me conmueva, me anime, me ilusione y me llene de tu paz.

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO POR UCRANIA

Tú que nos enseñaste que a la diabólica insensatez de la violencia se responde con las armas de Dios, con la oración y el ayuno, ten piedad de nosotros, aleja la guerra y demás violencias malignas y permítenos llegar a soluciones aceptables y duraderas a esta crisis, basadas no en las armas, sino en un diálogo profundo.

Lo indispensable

1.- “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará….” (Jn 14,23-29) Recuerdo que, al conseguir el permiso de conducir, un monitor después de enseñarnos y de presentarnos en sucesivas clases teóricas el código de circulación, concluía con lo siguiente: quedaos con lo más importante. No os fijéis en el colorido de la señal y vayáis a olvidar lo que ella indica.

Si no clavamos nuestros ojos en las lecturas de este VI Domingo de Pascua, podemos llegar a pensar que, aquella primitiva comunidad cristiana, cumplía y vivía a la perfección y al milímetro todo aquel estilo de vida que Jesús les había marcado. Es un poco la visión idílica que, en el corazón más que con la razón, nos hemos formado de aquellos hombres y mujeres.

Lo cierto es que los contrastes y las primeras discusiones pronto comenzaron a nacer en el horizonte de la fe de aquellas gentes. No todos interpretaban de la misma manera “aquellas señales” del “nuevo código” que Jesús les había dejado para entender, comprender y vivir el amor de Dios y que Dios les tenía.

De igual manera para nosotros, cristianos en este recién estrenado siglo XXI, nos puede resultar peligroso confundir señalización con verdad de fe, normas con salvación, leyes con seguridad, lo secundario….con lo indispensable.

Iban dos peregrinos, adentrándose en una bonita ciudad de España. Uno de ellos respetaba exhaustiva y meticulosamente el ceda el paso y el stop, el giro a la derecha o el giro a la izquierda. ¡No había señal de tráfico que le resultase indiferente! En un momento dado su compañero le dijo: “oye…relájate un poco… disfruta del paisaje y déjate de lo secundario”.

2.- Lo indispensable nos lo reseña Jesús: vivir según la vocación a la que hemos sido llamados. Dar la talla como creyentes nos exige, además de una autocrítica, un pedir la fuerza del Espíritu para que no nos quedemos enganchados y petrificados en lo insignificante dejando pasar de largo lo que es vida y garantía de la solidez y pureza de nuestra fe.

¿Quién nos hace de chivato de esos nuevos caminos? ¿Quién nos sugiere el dónde y el cómo?: el Espíritu Santo

–Él es en definitiva la mejor almohada donde puede descansar ese alma que todos llevamos dentro y que necesita ser contrastada con una fuerza superior que nos viene de lo alto.

–Él es, en definitiva, el mejor consejero que nos hace desempolvar aquello que merece la pena conservar y arrojar por la ventana aquello que malogra o distrae nuestro caminar con Jesús.

–Él es, en definitiva, el que inspira y empuja los derroteros de nuestro viaje en la tierra, y en la iglesia misma, para que sepamos dar el crédito, el valor justo y necesario a lo que es trigo o paja, simple continente o rico contenido, sabiduría divina o conocimiento científico, mandamiento divino o falsas seguridades humanas.

Me gusta la opción que hacían aquellos primeros cristianos de recurrir al mejor consejero y a un necesario ministerio que Dios consolidó para su iglesia y su cometido: ministerio de Asuntos Interiores de la Iglesia presidido por el Espíritu Santo

Hacia El se dirigen nuestras quejas y nuestros fracasos cuando nos sentimos abatidos por mil circunstancias.

-En El se nos recibe con nuevo soplo y se nos confiere nuevos bríos cuando las fuerzas nos fallan

-En El se nos escucha cuando vamos con mil ideas pero con los corazones partidos

-En El se nos alecciona para saber por dónde hemos de caminar y de dónde hemos de volver

-En El se nos nombra de nuevo, no funcionarios, y sí administradores de la Gracia de Dios.

3.- Es gratificante y fuente de serenidad el pensar que EL ESPIRITU SANTO es quien avala y sostiene esta vida de Jesús que intentamos llevar, vivir, proponer y presentar en este mundo nuestro tan seguro de sí mismo y, por otro lado, tan sujeto a mil vaivenes.

Hoy, cuando el Papa Benedicto XVI se encuentra en Brasil, no lleva otra cosa entre sus manos y en su mente sino aquello que el evangelio de hoy proclama: “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”.

4.- TE VAS A IR, SEÑOR, PERO… ¡VUELVE!

-Vuelve e infunde claridad al corazón del que te busca y no te alcanza
-Regresa y fortalece al que te acogió por el Bautismo pero dejó languidecer su fe
-Vuelve y recupera la mente del que pensó en Ti y luego olvido tu nombre
-Regresa y haz fructificar los esfuerzos apostólicos en los que hacen falta cada vez más manos
-Vuelve y reina sobre la sensación de orfandad en la que viven muchos cristianos
-Regresa y tritura las dudas que asoman frente al horizonte de la fe
-Vuelve y cura el alzheimer de tantos seguidores tuyos que olvidaron tu mandamiento -del amor
-Regresa y sensibiliza a las personas que dicen quererte y les cuesta verte en los hermanos
-Vuelve y dinamiza el silencio y las pruebas que nos asolan en tantos momentos
-Regresa y vivifica la memoria donde un día sonó la voz del Espíritu Santo
– Vuelve y que te encontremos en los trabajos que realizamos en cada hora y en cada jornada
– Regresa por el envío de tu Espíritu Santo y trae, de nuevo, a nuestro pensamiento la intensidad de aquellas horas vividas contigo
Porque tenemos miedo a perderte, porque tememos que no vuelvas….no te vayas Señor.

Javier Leoz

Comentario – Sábado V de Pascua

Jn 15, 18-21

Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí, primero que a vosotros.
Estamos bien advertidos. No tenemos porqué extrañarnos de ser rechazados. La conducta del cristiano, en el mundo, debería ser una conducta original que no adquiere todo su sentido más que para el que tiene Fe. Nada de extraño, pues, que muchos nombres rechacen a los cristianos.

La fe del Cristiano, dicen que es oscurantismo…

La castidad del cristiano, de la cristiana, una anomalía…

El perdón de las injurias, el amor de los enemigos, una debilidad…

La plegaria, el amor de Dios, son actitudes ineficaces y desusadas. «Si el mundo no os comprende, sabed que tampoco me ha comprendido a mí.»

Si fueseis del mundo, el mundo os amaría como cosa suya.

En el fondo, si he comprendido bien, Señor, Tú nos dices que el verdadero cristiano debe «ser perseguido», «criticado», «objeto de burla», todo ello es señal de que va contra-corriente del mal. Si el mundo me reconoce demasiado como algo suyo, es quizá porque apenas soy diferente de él.

Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán.

Los sinópticos nos han expuesto ya la bienaventuranza de la persecución: «Bienaventurados seréis si sois perseguidos». (Mateo 5, 11).

La persecución es un medio de unión con Cristo: ser objeto de burla por la fe o por la moral cristiana, es correr la misma suerte que Jesús.

En la época en que Juan escribía esto, muchos cristianos morían mártires.

«Seréis odiados a causa de mi nombre» (Marcos, 13-13). Ser un signo de contradicción… a imitación de Jesús. Señor, perdóname el ser demasiado semejante al «mundo pecador», y el no parecerme suficientemente a ti.

Me han perseguido…

Considerando estas solas palabras descubro súbitamente «tu» angustia, Jesús. Tú has sido un hombre «rechazado» por un mundo que rehusa a Dios.

Dices esto en el curso de esa última noche que pasaste sobre la tierra. Tus perseguidores no están lejos. La flagelación, los salivazos, la corona de espinas, los clavos, las injurias, la sangre derramada… es mañana.

Porque no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por esto el mundo os aborrece.
Para san Juan, habitualmente, el mundo significa «el mundo pecador’ «el mundo que rehusa a Dios»

El conflicto es implacable: «el mundo os detesta.» El Proceso de Jesús no está terminado.

El servidor no está por encima de su amo.

Mateo también ha referido esta frase de Jesús (Mateo, 1024). A lo largo de su evangelio, Juan ha subrayado los fracasos habidos por Jesús en su ministerio’. «Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron», lo decía ya en su prólogo (Juan 1-10).

Siendo así, ¿por qué continúan extrañándonos las dificultades de la Iglesia? No, el servidor no está por encima de su amo. Está previsto y anunciado.

Algunos os maltratarán por causa de mi nombre porque no conocen al que me ha enviado.
No extrañarme de los fracasos, de los malos tratos… Es por la cruz, fracaso aparentemente definitivo, que Jesús ha salvado al mundo.

Noel Quesson
Evangelios 1

La paz de Cristo

1.- «Y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles sobre la controversia» (Hch 15, 2) Es inevitable. Donde hay diversidad de personas hay diversidad de opiniones, puede nacer la controversia. En la Iglesia primitiva había una cuestión que fue la manzana de la discordia durante mucho tiempo: El determinar si era obligatorio o no el someterse a la ley mosaica, con todas las prescripciones añadidas por la tradición judía. Unos defendían que para quedar justificados y entrar en la Iglesia, era preciso someterse a las leyes hebreas, incluida la circuncisión. Muchos de los nuevos cristianos provenían del judaísmo y para ellos resultaba casi imposible admitir que la ley de Moisés ya no obligaba a los hijos del Reino, a los discípulos del Mesías. Y luchaban por mantener una serie de prácticas más o menos extrañas para los gentiles.

Otros, con Pablo y Bernabé a la cabeza, pensaban todo lo contrario. Los paganos convertidos no tenían por qué someterse a las prácticas de los judíos. Para formar parte de la Iglesia bastaba con el bautismo, no era necesaria la circuncisión. Las interminables prescripciones de los hebreos no estaban en vigor para los cristianos, pues la ley de Cristo había sustituido a la de Moisés.

«Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponemos más cargas que las indispensables: que no os contaminéis con la idolatría…» (Hch 15, 28) Controversia, diferencias inevitables con buena intención por parte de unos y de otros, con el deseo de hacer lo que Dios quiere, buscando sólo la autenticidad del mensaje de Cristo. Sí, hay una cosa común: la búsqueda de la verdad. Pero al final hay cosas distintas, se pretenden soluciones antagónicas. ¿Qué hacer entonces? Es muy sencillo. Tenía que serlo, ya que en el caso de la fe se están jugando cosas serias. Por ejemplo, la salvación eterna. Sí, la solución es sencilla. Consiste simplemente en aceptar con fe lo que decida la autoridad competente, asistida por el Espíritu Santo…

Así se dirimió aquella controversia y así se irán solucionando todas las que vendrán después, que serán muchas. Y pretender encontrar otra vía de arreglo es inútil y nefasto para la vida de la Iglesia. Primero, y ante todo, porque Dios lo ha dispuesto así, ha querido a su Iglesia jerárquica y no democrática. Y después porque difícilmente se llega a un acuerdo en cosas tan arduas como son las referentes a la fe. A lo más que se llega a veces es a un acuerdo ecléctico que, a fin de cuentas, no complace ni a unos ni a otros.

2.«El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros…» (Sal 66, 2) La oración consiste en hablar con Dios, en comunicarnos con él, persuadidos de que nos escucha y siempre nos atiende, de una manera o de otra. Hablar con el Señor, decirle lo que sentimos, contarle nuestras penas y nuestros gozos, pedirle que nos perdone y que nos ayude… Pedirle que tenga piedad, que se siga compadeciendo de sus pobres criaturas y perdone nuestras faltas y pecados, que no tome en cuenta nuestras traiciones y desprecios, nuestra ingratitud. Ser con nuestra oración pararrayos de su justa ira, apaciguadores de su justa indignación.

A veces nos puede parecer una tontería el rezar, algo propio de viejas o de beatas. Y, sin embargo, si somos creyentes de verdad, comprenderemos lo decisivo que es el orar, el pedir sin cesar a Dios nuestro Señor que tenga piedad de nosotros, que nos bendiga, que ilumine su rostro sobre nosotros, que todos los pueblos le conozcan y alcancen su salvación.

«Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia» (Sal 66, 5) Te pedimos, haciendo nuestra la súplica del salmista, que inundes de alegría a todas las naciones, que desaparezcan las tristezas y las lágrimas, la zozobra y el miedo de tanta gente, la angustia, el recelo, la envidia, el dolor, la enfermedad, las preocupaciones obsesivas, los vicios que degradan y envilecen… Arranca, Señor, de nuestra tierra las malas raíces que hacen germinar los pecados, las malas acciones que son, al fin y al cabo, la causa de nuestros padecimientos. Estamos en Pascua, el tiempo en el que recordamos y revivimos tu triunfo sobre la muerte, tu gloriosa resurrección que es como primicia de la nuestra.

Tiempo propicio para la alegría y el gozo, para la paz serena del alma y el optimismo gozoso de la esperanza. Y, sin embargo, no acabamos de vivir en profundidad la alegría. Somos como los discípulos de Emaús, que caminan tristes y defraudados. Como hiciste con ellos, camina tú a nuestro lado, háblanos y enciende nuestros corazones con tu palabra. No te vayas, Señor, que anochece…

3.- «El ángel me transportó en espíritu a un monte altísimo y me enseñó la ciudad santa…» (Ap 21, 10) De nuevo nos habla Juan de sus fantásticas visiones, de esos resplandores celestiales que deslumbran su mirada de águila y le hacen exclamar misteriosas palabras de asombro. Entre líneas, en esas palabras se percibe la grandeza magnífica de la Ciudad de Dios, la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén que baja del cielo, enviada de Dios y portadora de su gloria, esa que brilla como una piedra preciosa, como jaspe traslúcido.

Es cierto que sus palabras se refieren en primer lugar y de modo directo a la Iglesia triunfante, a la Ciudad Eterna que brilla en los cielos por siempre, con el esplendor de la victoria definitiva. Pero también es cierto que esas palabras aluden a la Iglesia militante, a ese pueblo de Dios que camina aún, en dura peregrinación, a través del desierto. Sí, la Iglesia de Cristo es ya la Esposa del Cordero, esa que el Señor purificó con su sangre y la hizo gloriosa, sin mancha, arruga o cosa semejante, santa e inmaculada. Y ya ahora, en medio de las sombras de nuestros pecados, la Santa Madre Iglesia refulge sin que la miseria de sus hijos salpique su blancura y esplendor.

«El muro tenía doce cimientos que llevaban doce nombres: los nombres de los Apóstoles del Cordero…» (Ap 21, 14) En más de una ocasión nos habla la Biblia de la Iglesia como de una edificación de Dios, y también de los fundamentos de esa construcción. Por ejemplo a Simón el hijo de Jonás, el pescador de Galilea, se le cambia el nombre llamándole Cefas, que significa piedra. Y se le dice que sobre esa piedra se edificará la Iglesia de Cristo de tal forma que durará eternamente. Será una edificación asentada sobre la más firme roca, hasta el punto de que ningún viento del infierno o tempestad, por diabólica y terrible que sea, podrá derribar los muros de la Ciudad de Dios que es la Iglesia.

En este pasaje se nos dice que los cimientos son los Apóstoles del Cordero, los enviados de Cristo. Y así fue y así es. Pero, junto a los demás Apóstoles, o mejor dicho, los Apóstoles con Pedro son el fundamento vivo y roqueño sobre el que se levanta sólido y fuerte el edificio de la santa Iglesia. Fundamento que sigue permanente y vivo en los que recibieron el relevo de Pedro y de los demás Apóstoles, en el Papa y los obispos, la solidez y la firmeza del Espíritu, para que la Iglesia de Cristo siga brillando como antorcha luminosa en medio de este nuestro oscuro mundo.

4.- «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo…»(Jn 15, 9) El amor de que habla Jesús es algo más, mucho más, que un mero sentimiento, que un enamoramiento. Está ratificado con la fidelidad, con el cumplimiento delicado y constante de la voluntad de la persona amada. Es decir que, en definitiva, sólo quien cumple con los mandamientos de la ley divina es quien realmente ama al Señor. Lo demás es palabrería, una trampa que ni a los mismos hombres engaña, y mucho menos a Dios. Eso es lo que el Maestro nos enseña: El que me ama guardará mi palabra. Y por si acaso no lo hemos entendido añade: El que no me ama no guardará mis palabras. Examinemos nuestra conducta y veamos si de verdad amamos al Señor. Y en caso contrario, tratemos de rectificar.

El Maestro sigue hablando en el rescoldo tibio de la noche de la última Cena. Él se da cuenta de cómo la tristeza se va apoderando del corazón de sus discípulos. También para él eran tristes los momentos de la despedida. Por eso trata de consolarlos con la promesa del Espíritu Santo, el Paráclito, el Consolador óptimo del alma, que vendrá después de que él se vaya, llenándoles de fuego y de luz, de fuerzas y de coraje para emprender la ingente tarea que les aguardaba. Él será quien los acompañe entonces en las hondas soledades, que luego vendrían; quien les hablaría en las largas horas de las persecuciones y tormentos.

Las palabras de Jesús se van entretejiendo entre dificultades y consuelos, con palabras de urgentes exigencias y dulces promesas de ayuda divina, con acentos de guerra acerba y de paz entrañable. La paz os dejo -les dice-, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo. La del mundo es una paz hecha de mentiras y connivencias cobardes, de consensos y cesiones mutuas. Es una paz frágil que intranquiliza más que sosiega. La paz de Cristo, en cambio, es recia y profunda, duradera y gozosa. Por eso, dice a continuación: No tiemble vuestro corazón ni se acobarde.

No, la cobardía no es posible para quien cree en Dios, para quien está persuadido de su poder y sabiduría. El miedo es propio de quien se sabe perdido, pero no de quien se sabe salvado. Que tiemblen los que están alejados de Dios, los que no tienen la seguridad de la esperanza, ni la fortaleza de la fe, ni tampoco el gozo del amor. Esos sí tienen razón para temblar y acobardarse, pero un hombre que es hijo de Dios, no. Caminemos con esta persuasión y avancemos alegres por la vida, desgranando nuestros días en un ambiente de incesante gozo pascual. Que nada ni nadie nos turbe. Que pase lo que pase, conservemos la calma, vivamos serenos y optimistas, persuadidos de que Jesús, con su muerte y con su gloria, nos ha salvado de una vez para siempre.

Antonio García Moreno

Vivir en comunión con Dios, toda la vida

1.- Yo creo que una de las frases más consoladoras de todo el evangelio de Juan es esta que dice Jesús a sus discípulos, poco antes de partir para el Padre: al que me ama, mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El amor a Cristo nos pone en comunión directa con el Padre Dios. Hemos insistido tanto, a lo largo de los siglos, en la importancia de la comunión sacramental, que hemos llegado a creer que sólo estamos en comunión con Dios cuando comulgamos sacramentalmente. Y, por supuesto, no es así. La comunión con Dios es siempre una comunión espiritual; no puede ser de otra manera, porque Dios es espíritu. Las especies sacramentales, el pan y el vino, son materiales, pero el Dios que se hace presente en ellas es, como no puede ser de otra manera, un Dios Espíritu. Tan espiritualmente presente está Dios en el alma de la persona que ama a Dios, y en la comunidad que celebra y concelebra cristianamente la cena del Señor, como lo está en las especies sacramentales que recibimos en la comunión. Es el amor a Dios el que nos une al Dios presente en las especies sacramentales, porque Dios vive y se hace presente en la persona que le ama. Una persona que ama a Dios es un verdadero templo de Dios, un sagrario donde vive y mora el verdadero Dios.

2.- El que me ama guardará mi palabra. Cristo no habla de un amor de boquilla, de un amor que empieza y acaba en la palabra amor. Tampoco habla de un amor exclusivamente afectivo y sentimental, que hoy aparece y mañana se va sin haber dejado huella fija y perenne. Cristo habla de un amor que es entrega incondicional, de un amor que ama como el mismo amor con el que Cristo nos amó. San Agustín decía que el amor es mi peso, hacia allí voy, hacia donde él me lleva. El verdadero amor nos conduce y nos arrastra, nos lleva hacia la persona amada. El amado vive y mora en nosotros y todo lo que hacemos lo hacemos pensando en él y para él. Cuando decimos que amamos a una persona y no estamos dispuestos a sufrir y hasta darlo todo, si fuera necesario, por esa persona, no estamos hablando del amor con el que Cristo nos amó. Un amor sin obras, como una fe sin obras, es un amor muerto, un amor que no nos hace vivir en comunión con Dios. Amar a Dios supone e implica una voluntad firme y decidida de cumplir la Palabra de Dios.

3.- La paz os dejo, mi paz os doy. El amor a Dios nos produce paz y alegría, nos hace personas equilibradas y optimistas. No queremos ser ingenuos ni irresponsablemente utópicos, pero no permitimos que nuestro corazón tiemble, ni se acobarde ante las innumerables e inevitables dificultades que la vida nos presenta. Una persona en la que mora Dios, que está siempre en comunión con Dios, sabe que lleva encerrada, en el frágil vaso de su cuerpo, la fortaleza de Dios. Evidentemente podrá sentir miedo físico, debilidad psicológica y hasta imperfección espiritual, pero sabrá que la fortaleza del Dios que mora y vive dentro de él le va a proporcionar la fortaleza necesaria para resistir los achaques del cuerpo y las debilidades de su espíritu.

4.- Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros. Muy seguros tenían que estar los apóstoles de la presencia del Espíritu de Jesús en medio de ellos, para atreverse a hacer esta afirmación. Pero los apóstoles y presbíteros con toda la Iglesia sabían muy bien que la solución que habían dado al altercado y a la violenta discusión que habían provocado las palabras de Pablo y Bernabé en defensa de los gentiles que no querían circuncidarse, eran palabras dictadas por el Espíritu. No habían buscado interés alguno personal, es más, habían tenido que retorcerse el alma y hacer de tripas corazón para admitir que la circuncisión no era la puerta grande y segura por donde tenían que entrar todos los que quisieran hacerse discípulos del Maestro judío de Nazaret. Fue un momento realmente decisivo y trascendente para la Iglesia católica y para el evangelio universal que les había mandado predicar el Maestro. ¿Seremos nosotros, los católicos de este siglo XXI, capaces de renunciar a tantos ritos y a tantas ceremonias occidentales y muy nuestras, para admitir que los que vienen de lejos y de fuera puedan sentirse entre nosotros como en su propia casa y en su propia iglesia?

Gabriel González del Estal

Cada cosa en su lugar…

1.- “Dijo Jesús: La paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”… San Juan, Cáp. 14. Nuestros abuelos repetían: “Cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa”. De allí brotaría el orden de manera automática. Muchos siglos atrás san Agustín había definido la paz como esa tranquilidad que gratifica, cuando todas las cosas se encuentran en su sitio apropiado. Jesús, al despedirse de los suyos, les promete enviar a Alguien “que os lo enseñe todo”. Y a la vez les entrega un regalo admirable: “La paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo”. Un texto que distingue la paz de Cristo de otras muchas paces. Los escritos de san Juan recalcan continuamente la diferencia entre Reino de Dios y mundo, que no es aquel de la naturaleza, de la ciencia o la técnica. Equivale más bien a un conjunto de fuerzas y mecanismos que atentan contra los valores del Evangelio.

La paz que ese mundo nos ofrece a veces se reduce a un silenciamiento de las armas en favor de los poderosos. O a la defensa de un establecimiento, lejano de un orden social justo. También a meras apariencias, que disfrazan una continuada guerra fría. Situación donde no interesa el corazón de los hombres, ni los derechos de los desposeídos, ni la búsqueda del bien común, de forma armónica y estable. En cambio la paz de Cristo es la serenidad del plan de Dios que nos inunda el alma. La cual germina en nuestro interior cuando pensamos rectamente y actuamos con generosidad hacia todos.

2.- Brilla en la empresa, si cada uno cumple a conciencia sus deberes y mantiene relaciones interpersonales en la decencia y el respeto. Se afianza en el hogar mediante la comprensión, el cariño, el diálogo, el perdón. Inunda la sociedad civil, cuando no importan tanto el dinero o los fusiles, sino la promoción y el bienestar de todos. Resplandece en la Iglesia si todos sus miembros se aman, no de boca sino de obra y de verdad. Logra aunar las naciones y los pueblos, cuando entendemos y defendemos el valor del hombre sobre los egoísmos étnicos y los odios ancestrales.

Pero esa paz tan esquiva y anhelada también duele en el alma. No solamente cuando la miramos en lejanía. También cuando empezamos a construirla, pues exige frecuentes y considerables sacrificios. Como la renuncia a ciertos derechos que parecían inalienables. Ninguna paz se nos da gratis. No aparece como una condecoración celestial dada a los buenos. O mejor dicho, a quienes creen serlo a pie juntillas. Es el fruto de la justicia, lo dijo también san Agustín.

3.- Cuenta una leyenda que la paz ha intentado en muchas ocasiones bajar hasta la tierra. Pero no logra franquear nuestra atmósfera de crueles egoísmos y encendida violencia. Sin embargo, hombres y mujeres de buena voluntad suelen subir a los más altos montes, para encontrarse con ella. Y es tradición de los ancianos que ellos han leído una palabra que la frustrada visitante ha podido escribir sobre las nubes. Un mensaje vital para los pueblos que pretende taladrar el firmamento. Y es solamente verbo de tres sílabas: Compartir.

Gustavo Vélez, mxy

Haremos morada en él

1. – Escuchamos hoy las últimas confidencias de Jesús a sus discípulos en la Ultima Cena, antes de entregarse a la muerte para resucitar a una nueva vida. Sus palabras suenan a despedida. Una mezcla de sentimientos embarga a sus seguidores: tristeza porque Jesús se va, alegría porque les promete que vuelve a su lado; sorpresa y esperanza porque anuncia la llegada del Defensor, el Espíritu Santo, enviado por el Padre, quien se lo enseñará todo; desasosiego y, al mismo tiempo, paz y plenitud que el mundo no puede dar. Sólo Dios es nuestra fortaleza en la debilidad. De ello son muy conscientes los enfermos que en este día reciben el sacramento de la Unción que les conforta.

2. – La fe en Cristo resucitado nos da paz, alegría interior, confianza en su presencia permanente entre nosotros. Pero, como nos dice San Agustín, «para comprender el misterio de Dios hay que purificar el corazón; de ningún otro lugar proceden las acciones sino de la raíz del corazón» (Sermón 91). La fe cristiana nace del corazón, pero corre el peligro de transformarse en religión de ritos. Los judíos «religiosos» quieren imponer la circuncisión. La Iglesia está amenazada de quedarse en lo medios, los ritos, y olvidarse de lo fundamental, la interioridad de la fe.

3. – También nosotros corremos el riesgo de confundir las tradiciones con la verdad, de afirmar como eterno e inmutable lo que es fruto de una época, de hacer apología de nuestra fe con una filosofía ya superada, de imponer cargas y obligaciones que alejan de lo fundamental, de sostener que viene de Dios lo que viene del hombre. Necesitamos vino nuevo en odres nuevos, recuperar la sintonía con la cultura y con el hombre de nuestro tiempo.

4. – En el llamado concilio de Jerusalén los primeros cristianos escucharon la voz del Espíritu Santo que Jesús les había prometido. El Espíritu nos ayudará a no quedarnos en lo superficial para llegar a identificarnos con el Padre que nos ama, viene a nuestra vida y hace morada en nosotros.

José María Martín OSA

El gran regalo de Jesús

Siguiendo la costumbre judía, los primeros cristianos se saludaban deseándose mutuamente la «paz». No era un saludo rutinario y convencional. Para ellos tenía un significado más profundo. En una carta que Pablo escribe hacia el año 61 a una comunidad cristiana de Asia Menor, les manifiesta su gran deseo: «Que la paz de Cristo reine en vuestros corazones».

Esta paz no hay que confundirla con cualquier cosa. No es solo una ausencia de conflictos y tensiones. Tampoco una sensación de bienestar o una búsqueda de tranquilidad interior. Según el evangelio de Juan, es el gran regalo de Jesús, la herencia que ha querido dejar para siempre a sus seguidores. Así dice Jesús: «Os dejo la paz, os doy mi paz».

Sin duda recordaban lo que Jesús había pedido a sus discípulos al enviarlos a construir el reino de Dios: «En la casa en que entréis, decid primero: «Paz a esta casa»». Para humanizar la vida, lo primero es sembrar paz, no violencia; promover respeto, diálogo y escucha mutua, no imposición, enfrentamiento y dogmatismo.

¿Por qué es tan difícil la paz? ¿Por qué volvemos una y otra vez al enfrentamiento y la agresión mutua? Hay una respuesta primera tan elemental y sencilla que nadie la toma en serio: solo los hombres y mujeres que poseen paz pueden ponerla en la sociedad.

No puede sembrar paz cualquiera. Con el corazón lleno de resentimiento, intolerancia y dogmatismo se puede movilizar a la gente, pero no es posible aportar verdadera paz a la convivencia. No se ayuda a acercar posturas y a crear un clima amistoso de entendimiento, mutua aceptación y diálogo.

No es difícil señalar algunos rasgos de la persona que lleva en su interior la paz de Cristo: busca siempre el bien de todos, no excluye a nadie, respeta las diferencias, no alimenta la agresión, fomenta lo que une, nunca lo que enfrenta.

¿Qué estamos aportando hoy desde la Iglesia de Jesús? ¿Concordia o división? ¿Reconciliación o enfrentamiento? Y si los seguidores de Jesús no llevan paz en su corazón, ¿qué es lo que llevan? ¿Miedos, intereses, ambiciones, irresponsabilidad?

José Antonio Pagola