Cada cosa en su lugar…

1.- “Dijo Jesús: La paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”… San Juan, Cáp. 14. Nuestros abuelos repetían: “Cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa”. De allí brotaría el orden de manera automática. Muchos siglos atrás san Agustín había definido la paz como esa tranquilidad que gratifica, cuando todas las cosas se encuentran en su sitio apropiado. Jesús, al despedirse de los suyos, les promete enviar a Alguien “que os lo enseñe todo”. Y a la vez les entrega un regalo admirable: “La paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo”. Un texto que distingue la paz de Cristo de otras muchas paces. Los escritos de san Juan recalcan continuamente la diferencia entre Reino de Dios y mundo, que no es aquel de la naturaleza, de la ciencia o la técnica. Equivale más bien a un conjunto de fuerzas y mecanismos que atentan contra los valores del Evangelio.

La paz que ese mundo nos ofrece a veces se reduce a un silenciamiento de las armas en favor de los poderosos. O a la defensa de un establecimiento, lejano de un orden social justo. También a meras apariencias, que disfrazan una continuada guerra fría. Situación donde no interesa el corazón de los hombres, ni los derechos de los desposeídos, ni la búsqueda del bien común, de forma armónica y estable. En cambio la paz de Cristo es la serenidad del plan de Dios que nos inunda el alma. La cual germina en nuestro interior cuando pensamos rectamente y actuamos con generosidad hacia todos.

2.- Brilla en la empresa, si cada uno cumple a conciencia sus deberes y mantiene relaciones interpersonales en la decencia y el respeto. Se afianza en el hogar mediante la comprensión, el cariño, el diálogo, el perdón. Inunda la sociedad civil, cuando no importan tanto el dinero o los fusiles, sino la promoción y el bienestar de todos. Resplandece en la Iglesia si todos sus miembros se aman, no de boca sino de obra y de verdad. Logra aunar las naciones y los pueblos, cuando entendemos y defendemos el valor del hombre sobre los egoísmos étnicos y los odios ancestrales.

Pero esa paz tan esquiva y anhelada también duele en el alma. No solamente cuando la miramos en lejanía. También cuando empezamos a construirla, pues exige frecuentes y considerables sacrificios. Como la renuncia a ciertos derechos que parecían inalienables. Ninguna paz se nos da gratis. No aparece como una condecoración celestial dada a los buenos. O mejor dicho, a quienes creen serlo a pie juntillas. Es el fruto de la justicia, lo dijo también san Agustín.

3.- Cuenta una leyenda que la paz ha intentado en muchas ocasiones bajar hasta la tierra. Pero no logra franquear nuestra atmósfera de crueles egoísmos y encendida violencia. Sin embargo, hombres y mujeres de buena voluntad suelen subir a los más altos montes, para encontrarse con ella. Y es tradición de los ancianos que ellos han leído una palabra que la frustrada visitante ha podido escribir sobre las nubes. Un mensaje vital para los pueblos que pretende taladrar el firmamento. Y es solamente verbo de tres sílabas: Compartir.

Gustavo Vélez, mxy