Comentario – Domingo VI de Pascua

Jesús, en el evangelio de hoy anuncia una ida, la suya propia, y una venida, la del Espíritu Santo. Con su ausencia corpórea y visible se inicia la etapa de la presencia del Espíritu Santo, que tendrá como misión recordar lo dicho por Cristo, más aún, actualizar la enseñanza de Jesús, no sólo para que no la olvidemos, sino para que la entendamos y apliquemos mejor. También el Espíritu Santo es enviado del Padre; y su envío supone la vuelta del Hijo. Para que uno venga, el otro tiene que marcharse. Hay una cierta incompatibilidad entre la presencia corporal y sensible de Cristo en el mundo y la presencia espiritual del Espíritu Santo en nosotros. Pero, en realidad, el Espíritu Santo nos hace espiritualmente presente a Cristo de una manera nueva, más profunda y más efectiva, es decir, más dominante.

Cristo se hace mucho más presente en nuestras vidas que si viviera, como uno de nosotros, en nuestro barrio, en nuestra ciudad o en nuestra parroquia. Es la presencia que crea el Espíritu Santo haciéndonos guardar su palabra, como si fuera un tesoro, y haciéndole morar en nosotros en unión con su Padre, porque el Hijo es inseparable del Padre: y vendremos a él y haremos morada en él. Por tanto, su ida al Padre, que es donde le corresponde estar en cuanto Hijo, no es ausencia en relación con nosotros, sino nuevo modo de presencia; es presencia íntima, como de alguien que nos habita interiormente.

De este sentirse habitados saben mucho los enamorados y las madres y en general todos aquellos que no pueden quitarse a alguien del pensamiento, porque la presencia de ese alguien es recurrente, obsesiva, persistente. Pues bien, la presencia de Cristo en nosotros, que opera el Espíritu Santo, es similar a esta experiencia de inhabitación, por la que Cristo pasa a ser más íntimo a nosotros que nosotros mismos.

Tales presencias, la de Cristo en nosotros, la del Espíritu, que viene a ocupar el espacio dejado por el Jesús de la historia, aunque sin estar en el mismo modo que él en la historia, puesto que está como Espíritu y no como hombre, la del Padre que, con el Hijo, mora en nosotros, pues no son separables, nos dicen que no estamos solos ante el enigma de la realidad y las complicaciones de la vida. Esta fue la conciencia de los primeros evangelizadores y misioneros. Apóstoles como Pablo, Bernabé, Judas, Silas nunca se sintieron solos cuando tuvieron que afrontar dificultades superiores a sus fuerzas; por eso fueron capaces de asumir una tarea de tan grandes proporciones como la evangelización del mundo habitado; y es que se sentían acompañados, guiados, impulsados por el Paráclito, su defensor y consolador. El libro de los Hechos da buena cuenta de ello.

La primera gran crisis de la Iglesia primitiva fue la originada por la entrada en escena de los judaizantes. Eran cristianos venidos del judaísmo que querían imponer a la comunidad cristiana normas estrictamente judías como la circuncisión, hasta el punto de afirmar que sin circuncisión no es posible salvarse. Eso significaba que, como manda la ley de Moisés, había que circuncidar a todos los cristianos que, por proceder del paganismo, no estaban circuncidados. Tal actitud dio origen a violentas discusiones con los que no eran partidarios de semejante sometimiento a la ley judía. Entre estos se encontraban Pablo –que, no obstante, había hecho circuncidar a su discípulo Timoteo por evitar conflictos- y Bernabé. Aquella situación amenazaba con un cisma que acabaría fracturando el tronco de la Iglesia naciente. Sólo el recurso a la autoridad de los considerados columnas de la Iglesia permitió superar el conflicto.

Se tomó la decisión –una decisión consensuada- de subir a Jerusalén a consultar el asunto con los apóstoles y presbíteros. Jerusalén era la Iglesia-madre y allí estaban los máximos dirigentes de la misma: Pedro, Santiago, Juan…, los Doce. Tras ser consultados, deciden «colegialmente» no imponer más cargas que las indispensables: no contaminarse con la idolatría, no comer carne de animales estrangulados y abstenerse de la fornicación. Por tanto, nada de circuncisión. La circuncisión no es necesaria para salvarse. En aquel primer concilio se impusieron, pues, las tesis de Pablo y Bernabé y no la de esos (judaizantes) que habían creado alarma e inquietud con sus palabras, los partidarios de la circuncisión.

Pero esta decisión colegial (=conciliar), que marca el rumbo de la Iglesia futura, no fue sólo colegiada; fue también espiritual: Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros, dicen aquellos primeros padres conciliares. También el Espíritu ha decidido con ellos, aunque no en el mismo plano de igualdad, no como uno de ellos, ni siquiera como el principal de ellos, sino como alguien distinto de ellos. Aquí la «y» no es meramente copulativa. El Espíritu Santo también decide, pero en otro nivel; decide haciendo que aquellos apóstoles tomen esa decisión, decide iluminandorecordando lo que Cristo les había dicho, haciéndoles ver lo que era más conforme a la voluntad de Dios, como inspirador de la Verdad.

Los apóstoles, al tomar esta decisión de tanta responsabilidad, no se sienten solos. Cabía la posibilidad de que atribuyeran a Dios lo que no procedía de él; pero ellos no piensan siquiera en esta posibilidad, porque el Espíritu Santo que está con ellos no permitiría que tomaran una decisión equivocada y cayeran en el error. Esta es su convicción: que el Espíritu Santo está con ellos como su Paráclito y que les guía por el buen camino. Y les guía recordándoles lo que Jesús había dicho, haciéndoles caer en la cuenta de las pretensiones de su Maestro y Salvador, que no eran simplemente la de hacer judíos reformados, sino la de hacer cristianos e hijos de Dios, al modo del Hijo hecho hombre.

Pero recordar no es sólo traer a la memoria unas palabras y unos hechos, sino actualizar, hacer presente tales palabras y hechos, que constituyen el mensaje de Jesús, en el hoy de nuestra historia y de nuestro mundo con todos sus problemas, inquietudes y perplejidades, con toda su carga cultural y científica, con todos sus agobios y proyectos. Pero actualizar no es deformar, ni mundanizar el evangelio, no es vaciarlo de contenido, sino hacerlo más efectivo, más presente en el hombre al que va destinado, en el hombre concreto al que hoy se dirige.

Y ahí interviene la autoridad de la Iglesia con decisiones colegiales, como la que se tuvo en Jerusalén, pero no sin la guía del Espíritu que hoy sigue acompañándola y haciéndole tomar decisiones, que pueden resultar antipáticas a algunos o poco adecuadas para otros, pero al fin y al cabo decisiones del Espíritu Santo y la Iglesia con sus representantes más genuinos, los sucesores de aquellos apóstoles.

Confiemos, pues, en la presencia y acción eficaz del Espíritu Santo en la Iglesia y dejémonos llevar por su impulso sin miedos ni temores. Él sabrá cómo conducirnos a la meta. No estamos solos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística